Visibilidad intersex

En el tiempo que llevo trabajando en la promoción de los derechos de las personas intersex, hay un tema que genera controversia, en mi opinión sin razón para que así fuera. Si lo abordo en esta ocasión, es porque reconozco que hace falta aclararlo: hablo acerca de la visibilidad del activismo intersex. Para ello, me valdré de tres anécdotas.

La primera es referida, dos personas intersex y una aliada de la comunidad que participaron en un evento público fueron interpeladas por una persona de la comunidad LGBT. Esta persona expresó su desacuerdo con que la comunidad intersex no fuera tan abierta, que no fuera visible. Que cómo esperábamos que las personas simpatizaran con nosotrxs si no éramos públicxs. La segunda ocasión que surgió el tema fue en medio de una reunión con activistas de otros países. Una de las personas manifestó su desacuerdo con que algunxs optáramos por un perfil más bajo, por emplear seudónimos en vez de nuestros nombres legales, y dijo que con ello solo promovíamos el temor y el estigma. La tercera ocasión fue hace poco, en un evento donde intervine públicamente. Un aliado de la comunidad me felicitó por haberme decidido a participar, a ser más visible. Entendí que lo decía como un cumplido, pero hubo un eco en mi interior que me hizo cuestionar el significado de la palabra visibilidad en el contexto del activismo por los derechos de las personas intersex.

El común denominador de estas tres anécdotas no salta a la vista si antes no se entiende lo tremendamente difícil que es para una persona asumir la historia propia con una voluntad política, es decir, con el deseo de promover un cambio, de marcar una diferencia, de generar una reacción que lleve a una transformación del estado de las cosas como son. Esto es especialmente cierto para las personas intersex. En este sentido, confieso que hace años miraba a los activistas de cualquier tema con cierto desdén. Como muchas de las personas que viven absortas en el trajín cotidiano y en la creencia de la existencia de jerarquías morales dadas por el quehacer, la formación y la profesión, yo me situaba desde una posición falsa de superioridad moral y pensaba: “¿Por qué no se encuentran un trabajo real?” ¿Cómo fue que una persona que pensaba de esa forma mudó su ocupación hacia aquello que tenía en tan baja estima? Como casi cualquier transformación real, provino de una convicción profunda, y para que sea profunda, debe ser personal. Descubrir mi historia personal me hizo darme cuenta de muchas cosas que estaban mal, no a causa de una maquiavélica disposición de un grupo de especialistas médicos del IMSS a comienzos de los años ’80s, ni por el bienintencionado despropósito de mis padres al acceder a seguir el consejo de las eminencias médicas, sino porque socialmente existen montones de condicionantes sociales y culturales que avalan y dan por bueno ese pensar y ese obrar tan hondamente violento. Condicionantes muchas de las cuales solo estoy consciente porque son las que más cercanamente me han tocado, a mí y a mi familia, pero que también estoy consciente que hay muchísimas otras que existen y ocurren, aunque yo no las haya vivido en mi propia experiencia de vida. Lupita Chávez, en su propio testimonio de vida, dice: “no ofrezco mi testimonio para victimizarme sino para ayudar a más personas que nacieron con esta condición”. Hace solo unos días, una amiga me dijo que quería hacer algo para ayudar, y yo le ofrecí la misma solución que funcionó para mi, y que ha funcionado para muchxs: escribir su propio testimonio de vida. Porque al escribir la propia historia, unx se reencuentra a si mismx, y valoriza aquello que sirve para aprender y aquello que hay que dejar ir, y permite también determinar lo que se quiere hacer en adelante. En el caso de Lupita, como en el mío y en el de muchas personas, el testimonio no es para inducir a la compasión mal comprendida, aquella que supone que poner atención a historias como las nuestras les ayudan a ser mejores seres humanos o a ser una sociedad con mayor empatía, como si por obra de un artilugio alquímico nuestra conciencia se limpiara y nuestras omisiones nos fuesen eximidas; no, el testimonio sirve para generar conciencia de lo que como seres humanos estamos ignorando, a veces deliberadamente, y cuestionar nuestras bases tan inconscientemente asimiladas. En este momento, recuerdo a una persona que, tras un evento donde di mi testimonio, se me acercó como si quisiera consolarme (en verdad, aquella vez me puse muy emotiva al hablar ante el público). No necesitaba consuelo; necesitaba reconocimiento, y no hacia mi persona, sino hacia las realidades que siguen sucediendo como sucedió en mi caso. Imagino que aquella persona no sabía de qué otra forma reaccionar ante una situación que hasta ese día había desconocido. Quizás sea esa la primera e inevitable reacción de algunas personas que piensan que pueden ayudar, aunque no sepan cómo. Como quienes ven a una persona convulsionarse en un episodio epiléptico, ansiosos sin saber cómo actuar, hasta que alguna persona interviene de forma eficaz, o hasta que son educados al respecto.

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Espectro visible de luz, fotografía de Hadley Paul Garland (bajo licencia de Creative Commons). Hay mucho más en la luz que los colores que nos revela. “Lo esencial es invisible para los ojos” -. Antoine de Saint-Exupéry

No creo que ser visible signifique presentarse en foros públicos y desnudar el alma (o el cuerpo) sin motivo. No creo que ser visible se traduzca directamente en manifestarse en una plaza pública, o en hacer una caminata, trote, rodada o marcha. Aunque entiendo muy bien que para algunas personas, esas sean formas poderosas de ser visibles, la visibilidad no puede, no debe exigir de ninguna forma como requisito indispensable la presencia de un cuerpo y de un rostro, de un nombre, de una figura pública; debería, en cambio, exigir una mayor atención a la voces, a las demandas, al pensamiento crítico, a las diversas formas de manifestación de nuestra existencia como el arte y la literatura hechos por personas intersex, más que a un cuerpo o a un rostro o a un nombre. La visibilidad que me interesa es la del tema intersex como tal. Recuerdo un comentario que escuché una vez de un aliado, a la pregunta de una asistente a un evento que dimos hace unos meses, que resume a la perfección lo que para mi (y para todo aliado de nuestra lucha) debería significar la visibilidad intersex: aquella vez, alguien preguntó por Laura Inter. —¿Tú sabes si Laura Inter está aquí?—, preguntó aquella persona, y el aliado, con toda templanza, replicó: —Si Laura Inter está aquí, ella vendrá a ti —. Y es verdad: si una persona intersex quiere hacerse presente o pública en un foro dado, lo hará, en sus tiempos, en sus términos. No se puede pedir otra cosa de nadie, en realidad. Aquella persona de la comunidad LGBT que interpeló a lxs participantes del foro estaba parcialmente equivocada en dar por sentado que la única forma de lograr avances era siendo públicos. Parcialmente, porque no le veo sentido ser públicamente intersex solo para saciar la curiosidad de quienes quieren saber cómo es una persona intersex, pero sí que hay que saber elegir los foros y los momentos en los cuales nombrarse intersex, especialmente cuando la oportunidad se presenta de propiciar un cambio, de generar conciencia. Está también el tema de la inseguridad a la que se enfrentan las personas que se dedican a cualquier forma de activismo, circunstancias tales que exigen una forma inteligente de actuar sin con ello acallarse, sin con ello someterse nuevamente al yugo del estigma social. Las personas que nos criticaban a los que elegíamos un perfil bajo en aquella reunión ciertamente provenían de un entorno más seguro que México, de un país de la esfera occidental donde se puede dar la cara como persona intersex pues el riesgo a asumir es menor. No se trata de agachar la cabeza en derrota, sino de ser conscientes de que no necesitamos mártires, sino agentes de cambio que impulsen una transición social, sin violencia, sin muertes. Mi interés es cuestionar, es revolucionar las mentes de las personas, es plantearles preguntas que eventualmente le haga salir por si mismas de ese sopor que tan bien conozco. Mi interés, en fin, no es ser corifeo de ninguna cruzada, sino voz que se sume a la cuestión crítica de una era que tiene que deshacerse de sus prejuicios y asumir la diversidad más amplia de la naturaleza humana.

Día de las madres, 2017

Rabia. Cólera. Ira.

Hubo días en que solo sentía eso. Días en que rumiaba solo una pregunta: ¿por qué mi madre me traicionó así? ¿Por qué esa mujer fuerte e indomable, que ha conseguido imponerse impávida a amenazas y peligros reales, dejó que esas eminencias blandieran el escalpelo con impunidad para quitarme mis gónadas, para mutilar mis genitales, y fabricar a partir de mi cuerpo una identidad ajena?

Oh, cuántos días sentí odio por mi madre.

Un día, mi mente se silenció. Mi corazón escuchó. La racionalización dio paso a la razón. Y con la naturalidad con que llueve sobre un valle, también manó la compasión.

¡Qué difícil debió serte, mamá, consentir a que me hicieran lo que me hicieron! ¡Cuántos días, cuántos años viviste con la mortificación: “¿habré tomado la decisión correcta?”!

Qué difícil debió serte el pensar que alguien me mirara diferente. Que alguien me juzgara por preferir el futbol sobre las muñecas, los tenis sobre los zapatitos de charol, el verde sobre el rosa, la ropa deportiva sobre los vestidos. Que alguien me señalara o me discriminara por actuar fuera del entendimiento de los roles de género de la sociedad y la época en que me viste crecer.

Cuando pienso en los pasados cinco años tan difíciles, tan llenos de desdicha y dolor, de lamentos y reclamos, de injurias y daño físico, me doy cuenta que no solo yo sobreviví a los años más oscuros de mi vida: tú también sobreviviste a mi lado.

Hay heridas, huellas de abandono que quizá no podremos resolver del todo en el tiempo que nos queda. Pero tras haber sobrevivido a tan aciagos días, y comenzar a caminar juntas, agradezco que tú hayas sido mi madre; porque tuviste el valor de no dejarme a pesar de tus errores, ni a pesar de los míos; porque nuestra relación no es perfecta y sigue de- (y re-) construyéndose, pero es real y ha probado la fortaleza del amor que tiene por cimientos; porque con ese mismo valor que te distingue de entre la multitud, alzaste tu voz para apoyarme, para apoyarnos, cuando por primera vez me presenté como una persona intersex ante un grupo de extraños; porque hoy también te alegras de ver cómo voy convirtiéndome, finalmente, en la persona que siempre debí ser.

Me ves, finalmente, siendo intersex, y descubriendo la vida y la felicidad.

Me tienes contigo, y yo te tengo a mi lado.

Te quiero, mamá.

La importancia del apoyo mutuo y las redes sociales

Cuando en febrero del 2016 contacté por primera vez con Brújula Intersexual, poco sabía de lo mucho que en el curso de un año mi vida se transformaría gracias a la interacción que tendría con la comunidad intersexual que se había conformado en torno al proyecto.  No intuía que encontraría amistad, apoyo de mis pares, alianzas; menos aún, que encontraría el tierno afecto de una pareja.

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No paro de recalcar un rasgo que las personas intersex compartimos cuando nos lanzamos a indagar sobre nuestro pasado: que estamos terriblemente solxs. La falta de visibilidad de la intersexualidad es sinónimo de aislamiento, lo mismo que el estigma es sinónimo de silencio. ¿A dónde acudimos cuando, sabiéndonos distintos, nos está vedado hablar de forma abierta lo que vivimos, lo que sentimos, lo que hemos atravesado? Son muy pocos los amigos (los de verdad) con los que se puede abordar lo que nos pasa por la mente. La familia casi nunca cumple ese propósito, porque padres y hermanos también guardan silencio y comparten la vergüenza del estigma. En el mejor de los casos, se cuenta con un apoyo tácito y un respaldo de cariño; en el peor, la familia resulta tan nociva como el resto de la sociedad.

Contactar a una persona intersex, o a un grupo como el que Brújula se ha erigido, tampoco resulta tan simple como parece. La necesidad de averiguar sobre unx mismx, de conocer las historias de otras personas, de sentirse identificadx es natural, pero de ahí a atreverse a enviar un simple saludo hay un gran salto. El común denominador es la inseguridad, el miedo a ser juzgadx que proviene del rechazo y de una autoestima socavada tras años de sentir que hay algo malo con unx. Que es unx quien nació mal, que es unx el error, que es unx la patología. Abrirse, entablar un vínculo de confianza, puede resultar aterrador según la persona. Hay quienes con más valentía se arrojan y encuentran de inmediato esa calidez en la recepción de una comunidad que, aunque pequeña, es receptiva. No es pequeña porque seamos pocxs; es pequeña precisamente por esa falta de visibilidad que permita un acercamiento mayor. Cada vez se siente que esta invisibilidad va cambiando, que es un poquito menos que antes. Pero falta mucho.

La primera vez que contacté a Brújula fue en febrero del año pasado, lo dije ya; pero me tomó hasta junio para animarme a comunicarme vía chat con Laura Inter; otro más me costó juntar el valor para de hecho dejar que las barreras de la desconfianza comenzaran a caer. En noviembre conocí a Laura y a tres personas inter más. Fue la vez que decidí hablar en Conapred. ¡No es fácil pararse frente a un grupo de desconocidos y hablar de la experiencia propia! Pero ahí estábamos, cinco personas intersex dando nuestro testimonio de vida. Tener el apoyo mutuo ayuda a mantenerse de pie y continuar hablando.

Hago mención de todo esto porque recién hace tres semanas tuve oportunidad de acudir a una reunión que tuvo lugar en el sur de la Ciudad de México. En total éramos siete personas intersex. Pocas veces he sentido la camaradería espontánea que en esta ocasión surgió. Veníamos de realidades y contextos diferentes, pero el simple hecho de saber que no teníamos que ocultar nada sobre nuestro pasado, que podíamos hablar libremente de vivencias y experiencias, de la manera en que miramos el mundo, y hasta de encontrar muchos aspectos en común, todo eso contribuyó a generar una atmósfera de confianza única.

Gracias al surgimiento de Internet y las redes sociales es que los individuos de la casi invisible comunidad intersexual hemos podido conectarnos, poco a poco. Contar con una persona a la cual platicarle las cosas que vives, las que te preocupan, sobre todo porque sabes que esa persona entiende por lo que has vivido, es invaluable, inclusive si esa persona no está físicamente contigo. No es solo recurrir a un amigo; tampoco es como ir con un terapeuta. Es contar con un vínculo solidario, compasivo, que proviene no solo de imaginarse en los zapatos de la otra persona, sino de haber estado de hecho en ellos.

En lo personal, ha sido todo un viaje el haberme abierto a otras personas intersex como yo. Pero la retribución ha sido enorme, no solo por lo que he encontrado sino porque he descubierto que también yo cuento con algo valioso para dar. Y lo doy porque, como hace poco me lo dijo una persona intersex, lo que más nos ayuda es esa unión entre nosotrxs, ese apoyo mutuo. Creo, desde luego, que hay muchas cosas más que podemos hacer, como comunidad, como sociedad; pero el simple hecho de estar ahí para otrxs, y de que otrxs estén ahí para unx, es un paso gigantesco, es un acto de generosidad que resulta tan revolucionario como el activismo más acendrado.

Si eres una persona intersex en México (o en cualquier parte, que de nuevo esa es la belleza de estar en línea) que estás leyendo esta publicación, y quieres ponerte en contacto con otras personas como tú, sea porque tienes dudas, sea porque te sientes solx, no dudes en contactarme, o directo con Brújula Intersexual. Si a mi me cambió la vida, ¿por qué a ti no?

 

 

 

 

Audio: Brújula Intersexual habla sobre “¿Qué significa ser intersexual?” en el programa de radio Sexópolis

El pasado miércoles 1 de marzo tuve la oportunidad, junto a Mara Toledo y Odette, persona intersex, de representar a Brújula Intersexual en el programa de radio Sexópolis de Paulina Millán, sexóloga y catedrática de la diversidad sexual, en una charla muy amena sobre distintos aspectos de la intersexualidad. Los invito a que escuchen el audio del programa.

Source: Audio: Brújula Intersexual habla sobre “¿Qué significa ser intersexual?” en el programa de radio Sexópolis

Historia rota. Por Hana Aoi (persona intersexual)

Gracias a Laura Inter, por ser fuente constante de inspiración, y por su amistad. Fue gracias a su insistencia en pedirme la traducción al inglés de la versión original de este texto que tuve el valor de explorar de nuevo el pasado, con una mirada más serena y el deseo de que otrxs puedan identificarse y que sepan que siempre existe la esperanza de trascender al dolor y ser unx mismx.

Brújula Intersexual

Historia rota.

Por Hana Aoi (E-mail: aoihana.1981@gmail.com. Website: Vivir y Ser Intersexual)

Versión editada y actualizada del texto publicado también en Brújula Intersexual bajo el mismo nombre.

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Es un abismo sideral, un vacío inmenso de una oscuridad y un silencio insoportables. No se ve nada. No se oye nada. Pero ahí se encuentran los fragmentos de una historia pendiente de articular.

Denegar el pasado representa una grave afrenta, ya sea porque es unx quien vive en la negación, o porque son los seres queridos que cuidaron de unx cuando se era una criatura quienes viven en negación. Muchos me han dicho: “Lo pasado, pasado está. Ya no mires atrás. Enfócate solo en el presente”. Aún así, al ser intersex, ignorar la historia del nacimiento de unx acarrea una serie de eventos y consecuencias en la propia vida que desembocan en problemáticas de las que, como si nada, se…

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Lxs niñxs están bien

Una de mis mayores preocupaciones cuando pienso en los bebés intersex es la maraña de emociones encontradas que experimentan sus padres cuando sus hijxs son diagnosticadxs. Siento una propensión inmediata a ponerme en su lugar y pensar en cómo ayudarles a canalizar sus sentimientos y sus temores, y prevenirles de tomar una decisión irreversible.

Una decisión que, además, realmente no les corresponde tomar.

Cuando yo nací, mis padres no tenían mucha noción de que las decisiones que tomaron en nombre mío fueran las “correctas”. Ser padre de familia es una responsabilidad inmensa. Ya no se trata de ti; todo gira en torno a tu(s) hijx(s). Y por tal razón, cualquier decisión puede ser una espada de doble filo para su bienestar presente y futuro. Es difícil prever los resultados, sin importar cuán bienintencionadas sean las acciones que realizas. Tal fue el caso de mis padres: creyeron de corazón que actuaban bien, porque actuaron desde el amor. Pero también desde el temor. Carecían de información, sólo existían los prejuicios y  nadie estuvo ahí para asesorarlos, aparte de los “expertos”, quienes los urgieron a seguir sus recomendaciones. Mis ovotestes “potencialmente cancerígenos” fueron extirpados, y mis genitales “ambiguos”, operados para lucir y funcionar de forma “normal”. Esa era la forma de ver las cosas en ese tiempo, y solo puedo imaginar la angustia y la desorientación que sintieron. Y el alivio momentáneo, mientras era muy pequeña, porque “no me daba cuenta”.

Hace unos meses, en una de las ocasiones que volvimos a abordar el tema de mi nacimiento (ya con más serenidad, en comparación con la primera vez que fue tan tormentosa), mi madre confesó haberse sentido culpable por la posibilidad de haber tomado la decisión equivocada. Por otro lado, reconoció que en ese momento no tenían a nadie más a quien recurrir. Solo muy pocas personas en la familia supieron, porque de verdad, ¿cómo soportar el peso de un secreto así? Hoy me resulta simple argumentar que esto no tiene por qué ser un secreto; que solo era que mi cuerpo era distinto, y que no había nada de qué preocuparse. Que el estigma lo podemos terminar nosotrxs mismxs, dando visibilidad a la intersexualidad, acabando con prejuicios, educando, informando.  Pero dado que los “expertos”, es decir, los médicos, solo vieron una patología en mis características sexuales, la noción germinó en la mente de mis papás, succionando la felicidad de mi nacimiento y convirtiéndola en preocupación, ansiedad, desconcierto, y miedo. Mucho miedo.

Y percibo que en el presente, en esta latitud del mundo donde los prejuicios en torno a la diversidad humana perviven, donde asumir la diferencia te pone incluso en riesgo de muerte, muchos padres, incluso aquellos que han buscado ayuda y que han recibido información, siguen llevando a sus bebés a la plancha, arrebatándoles el derecho a decidir solo porque no conciben que el cuerpo de sus peques sea diferente a lo que ellos estaban esperando.

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De la campaña “Libres e iguales” de las Naciones Unidas para la Visibilidad Intersex

Crecer siempre ha sido complicado. En este mundo polarizado (que siempre lo ha sido, solo que apenas hoy cobramos consciencia de ello), la sensación de vivir en medio de una creciente violencia nos hace buscar un refugio. Esta necesidad es fundamental en el caso de muchos padres de familia, que perciben cómo la sociedad solapa y a veces hasta promueve la intimidación y la agresión hacia los niños que son distintos,  a manos de otros niños y de adultos intolerantes que creen que se rigen bajo principios morales cuando realmente sólo se conducen por prejuicios y creencias dogmáticas. Idóneamente, los padres tratan de ayudar a sus hijos a superar estas dificultades a fin de que su vida no sea más complicada de lo que de por sí la vida lo es. Ahora agreguemos el elemento intersex a las vivencias de esx niñx. ¿Cómo brindarle seguridad sobre si mismx, cómo enseñarle a defenderse en la vida? Todavía mi madre me pide encarecidamente que me cuide, porque sabe que tengo potenciales problemas de salud en un futuro, debido a los procedimientos a los que fui sometida. Pero me lo pide también porque desea mi seguridad física, porque sabe que afuera hay personas que se dejan llevar por el miedo y la intolerancia. No es ingenua: ha vivido el tiempo suficiente para saber que el mundo es un lugar tremendamente complejo, y en el cual hay muchos horrores. Pero confía en mi. ¿Acaso no es eso lo más valioso?

Solo puedo pensar que la seguridad de un niño proviene de la completa aceptación de sus padres a lo que constituye la esencia de su persona. Y el cuerpo, la experiencia de vida que el cuerpo nos proporciona, es especialmente importante en lxs niñxs intersex. Uno puede desear protegerlos todo el tiempo, toda la vida. Lo sé porque lo he vivido. Pero al final, unx tiene que vivir la vida por unx mismx, y defenderse a sí mismx, y pavimentarse su propio camino a la felicidad y a la plenitud. ¿No es ese el deseo final de un padre de familia?

Algo muy aparte es la atención médica que merezcan las condiciones específicas asociadas a ciertas variantes intersex. Por ejemplo, en los casos de HSC en forma perdedora de sal, donde realmente la salud (y la vida) de la criatura está en juego. Pero es importantísimo aprender a distinguir entre lo que son situaciones de salud y los temores que surgen por la diferencia en las características sexuales. Es decir, aprender a distinguir entre preocuparse por atender la salud de unx niñx intersex, y a desprenderse de prejuicios y miedos sobre las diferencias completamente sanas y naturales de su cuerpo.  

La base de un cambio real reside en la confianza que tengan los padres de los bebés intersex al recibirlos entre sus brazos. Desde ahí se puede avanzar mucho, en la medida en que la comunidad médica persiste en su cerrazón, y un cambio inmediato a nivel social resulta utópico. En cambio, la confianza de los padres de familia acerca de la diferencia de su bebé intersex, completamente saludable y natural, puede ser construida  de muchas formas, dejando así una marca positiva en la vida de esa familia. Pese a que existe mayor difusión, sigue faltando que los padres entren en contacto con personas que, de forma positiva y con empatía, les confieran la sensación de respaldo y comprensión, y les acompañen durante el proceso de externar sus miedos, preocupaciones, sentimientos encontrados, a fin de ayudarles a cobrar consciencia de que su bebé está bien como ha nacido. Si bien hay un montón de barreras sociales que habrán de atravesar, es necesario que consigan comprender que siempre va a haber una barrera que queramos evitar. Pero en lo que toca a su persona, es mejor entonces abordar el tema con aceptación, bien informados, amorosamente y con la certeza de que uno no tiene que adaptarse a la miopía de la sociedad sobre el cuerpo de su bebé. Aprendiendo así, de paso, a apreciar las infinitas posibilidades que surgen desde la aceptación total de la diversidad humana.

Callejoneada con el género

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar la hermosa ciudad colonial de Guanajuato. Un día de vacaciones, se podría decir. Durante todo el día recorrí sus calles en compañía de tres queridxs amigxs. Fue una experiencia sumamente grata en todos sentidos. Tuvimos la oportunidad de charlar a gusto, de explorar callejones, subir al mirador del Pípila, contemplar los edificios de la Alhóndiga de Granaditas, el Mercado de Hidalgo, el Teatro Juárez, las espectaculares escalinatas de la Universidad de Guanajuato, el Jardín de la Unión… incluso participar de una tradicional callejoneada. Nunca había ido a una. Era la primera en que podía apreciar la ciudad en su esplendor diurno y vespertino.

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Edificio emblemático de la Universidad de Guanajuato.

Las callejoneadas son una especie de procesión nocturna por los callejones más emblemáticos de la joya del México colonial, llena de júbilo y canto por parte de una tuna o estudiantina que interpreta canciones de inspiración española o bien temas oriundos de México, como la famosa “Caminos de Guanajuato”, autoría de uno de los tres cantautores mexicanos más populares de la historia, José Alfredo Jiménez (considero justo afirmar que los otros dos, a la par suyo, son Agustín Lara y Juan Gabriel). Iluminados apenas por las luces ambarinas de las lámparas callejeras, escalando por callejones en declive o con escalinatas, llegamos a un punto donde ocurrió una anécdota que hizo evidente un aspecto que, en lo personal, me hizo sentir incómoda.

Sucedió que uno de los integrantes de la tuna pidió a los asistentes que nos separáramos en dos bloques: hombres y mujeres. El propósito era llevar a los hombres por una ruta aparte y conducir a las mujeres por otro callejón, hasta llegar a un punto donde se llevaría a cabo una especie de serenata (un gesto romántico, realmente). Años atrás me habría unido al contingente femenino sin chistar, sin pensar en que, como persona intersex, mi cuerpo y mi identidad de género son construcciones clínicas y sociales desde el momento en que nací. Pero esta vez algo en mí respingó, y era el hecho de que dos de mis amigxs eran personas ínter con rasgos andróginos. Sin hacer bulla, se integraron al contingente de los hombres, y mi otra amiga, que como yo se identifica como mujer en el tema del género, nos integramos en el bloque femenino. Mi amiga me hizo una observación: — ¿Y las personas ínter qué hacemos? —. Lo hizo en un tono tranquilo, era claro que no lo tomaba personal, pero lo mismo las dos nos sentíamos preocupadas por la integridad física de nuestrxs amigxs, a quienes habían llevado en el otro grupo. Pensé que no era justo que tuviéramos que preocuparnos por su integridad. Ellxs se habían ido con los otros hombres. Eso era todo. Pero entonces, ¿por qué era que teníamos que sentirnos mortificadas por su seguridad? Eso me remontó a los numerosos testimonios de personas intersex que dan cuenta de las veces que sufrieron agresiones verbales e incluso físicas por entrar al sanitario de hombres o de mujeres, y de la zozobra de tener que enfrentarse a ser agredidxs o humilladxs si la reacción de las personas en el sanitario al cual optaran por entrar fuera la de cavernícolas amenazados por una bestia salvaje. Dicho de otra forma: el precio a pagar por sufrir la reacción al temor a lo diferente, ignorando por esos miedos el hecho ineludible de que se trata de seres humanos.

Y no era sólo una ocurrencia mía: ese mismo día dos de mis amigxs se tuvieron que acompañar al sanitario de mujeres para que unx (de rasgos femeninos según lo socialmente esperado) protegiera al otrx (de aspecto más andrógino) de cualquier posible agresión como las que ya se habían suscitado en otras ocasiones.

Al final, lo tomé con calma. ¿Por qué habríamos de temer un desaguisado en un evento cuya intención es pasarla bien todos, sin distingo de rasgos, de género, de edades, de creencias, de nada? Era, después de todo, un momento para disfrutar. Desafortunadamente, no pude evitar percatarme que en algunas bromas de los integrantes de la tuna había elementos misóginos y homofóbicos al llegar al conocido Callejón del Beso. Claro que no sería justo acusar a nuestros guías de serlo, porque tampoco es justo juzgar a un grupo de personas por solo haber pasado una hora con ellas. Pero sí es un síntoma real de que en nuestra formación como personas, incluso en el entorno tolerante y progresista de una ciudad llena de historia y cultura como Guanajuato (como lo es en otras ciudades, más grandes pero del mismo talante como Guadalajara o la Ciudad de México a tal fin), persiste ese pensamiento machista, por muchos hombres malinterpretado como su derecho a comportarse según las conductas heredadas de siglos atrás endulzadas bajo términos como “caballerosidad” u “hombría”, pero que en realidad sostienen principios de dominación (a toda costa) sobre el resto de la sociedad, a dictar e imponer normas que les permitan sojuzgar la libertad de quienes no somos hombres (o de quienes no son hombres según sus estándares), sobre quienes no nos ajustamos a esa concepción binaria de género y que representamos una transgresión a ese sistema.

Con todo, no fue una mala experiencia. Mis amigxs me hicieron ver que no se habían sentido intimidadxs o en peligro. Estoy segura que me gustaría volver a una callejoneada en una ocasión futura. Quizá con una tuna o estudiantina diferente.

Solo deseo que, un día, nadie tenga que sentirse preocupado por un ser querido cuyo cuerpo es diferente a lo que otros siguen esperando que seamos.