Día de las madres, 2017

Rabia. Cólera. Ira.

Hubo días en que solo sentía eso. Días en que rumiaba solo una pregunta: ¿por qué mi madre me traicionó así? ¿Por qué esa mujer fuerte e indomable, que ha conseguido imponerse impávida a amenazas y peligros reales, dejó que esas eminencias blandieran el escalpelo con impunidad para quitarme mis gónadas, para mutilar mis genitales, y fabricar a partir de mi cuerpo una identidad ajena?

Oh, cuántos días sentí odio por mi madre.

Un día, mi mente se silenció. Mi corazón escuchó. La racionalización dio paso a la razón. Y con la naturalidad con que llueve sobre un valle, también manó la compasión.

¡Qué difícil debió serte, mamá, consentir a que me hicieran lo que me hicieron! ¡Cuántos días, cuántos años viviste con la mortificación: “¿habré tomado la decisión correcta?”!

Qué difícil debió serte el pensar que alguien me mirara diferente. Que alguien me juzgara por preferir el futbol sobre las muñecas, los tenis sobre los zapatitos de charol, el verde sobre el rosa, la ropa deportiva sobre los vestidos. Que alguien me señalara o me discriminara por actuar fuera del entendimiento de los roles de género de la sociedad y la época en que me viste crecer.

Cuando pienso en los pasados cinco años tan difíciles, tan llenos de desdicha y dolor, de lamentos y reclamos, de injurias y daño físico, me doy cuenta que no solo yo sobreviví a los años más oscuros de mi vida: tú también sobreviviste a mi lado.

Hay heridas, huellas de abandono que quizá no podremos resolver del todo en el tiempo que nos queda. Pero tras haber sobrevivido a tan aciagos días, y comenzar a caminar juntas, agradezco que tú hayas sido mi madre; porque tuviste el valor de no dejarme a pesar de tus errores, ni a pesar de los míos; porque nuestra relación no es perfecta y sigue de- (y re-) construyéndose, pero es real y ha probado la fortaleza del amor que tiene por cimientos; porque con ese mismo valor que te distingue de entre la multitud, alzaste tu voz para apoyarme, para apoyarnos, cuando por primera vez me presenté como una persona intersex ante un grupo de extraños; porque hoy también te alegras de ver cómo voy convirtiéndome, finalmente, en la persona que siempre debí ser.

Me ves, finalmente, siendo intersex, y descubriendo la vida y la felicidad.

Me tienes contigo, y yo te tengo a mi lado.

Te quiero, mamá.

Historia rota. Por Hana Aoi (persona intersexual)

Gracias a Laura Inter, por ser fuente constante de inspiración, y por su amistad. Fue gracias a su insistencia en pedirme la traducción al inglés de la versión original de este texto que tuve el valor de explorar de nuevo el pasado, con una mirada más serena y el deseo de que otrxs puedan identificarse y que sepan que siempre existe la esperanza de trascender al dolor y ser unx mismx.

Brújula Intersexual

Historia rota.

Por Hana Aoi (E-mail: aoihana.1981@gmail.com. Website: Vivir y Ser Intersexual)

Versión editada y actualizada del texto publicado también en Brújula Intersexual bajo el mismo nombre.

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Es un abismo sideral, un vacío inmenso de una oscuridad y un silencio insoportables. No se ve nada. No se oye nada. Pero ahí se encuentran los fragmentos de una historia pendiente de articular.

Denegar el pasado representa una grave afrenta, ya sea porque es unx quien vive en la negación, o porque son los seres queridos que cuidaron de unx cuando se era una criatura quienes viven en negación. Muchos me han dicho: “Lo pasado, pasado está. Ya no mires atrás. Enfócate solo en el presente”. Aún así, al ser intersex, ignorar la historia del nacimiento de unx acarrea una serie de eventos y consecuencias en la propia vida que desembocan en problemáticas de las que, como si nada, se…

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Romper el silencio

El siguiente texto lo escribí para la capacitación sobre intersexualidad del Consejo Nacional para la Prevención de la Discriminación, y fue publicado inicialmente en el blog de Brújula Intersexual.

micro_audience_smallerHoy me presento ante ustedes para dar testimonio de un aspecto de mi persona, con la intención de ofrecerles una de muchas ventanas a la intersexualidad, y de generar consciencia y sensibilidad sobre la importancia de su trabajo para prevenir y luchar contra la discriminación hacia la comunidad intersex.

Mi nombre es Hana. Nací a principios de los años ochenta. Hace apenas cinco que comencé el viaje al interior de mí misma para reconocer y recuperar los fragmentos perdidos de mi historia, aquellos que se extraviaron en el silencio y la vergüenza. Hoy, por primera vez ante una audiencia, y pese al miedo, rompo el silencio. Otras voces antes de mi hicieron lo mismo, y espero sea el caso de muchos en el futuro.

Soy intersex porque nací con rasgos físicos, genéticos y biológicos que no cumplen con la definición binaria de masculino y femenino que prevalece en nuestra sociedad. Por estos motivos, una junta de eminencias médicas reunidas ex profeso, siguiendo el protocolo médico extendido hasta hoy, recomendó que se me asignara un género de inmediato, que se me practicara una serie de cirugías a lo largo de los años para extirpar los ovotestes con los que nací y moldear mis genitales lo más parecidos posible al género asignado, junto con un seguimiento puntual de mi desarrollo físico, y al llegar a la edad adecuada, estimular una pubertad artificial acorde también al género asignado. Estos procedimientos son irreversibles, y el resultado fue un cuerpo desprovisto de sensibilidad sexual, al que le fabricaron una vagina para cumplir con un estándar social y le asignaron la terapia de remplazo hormonal correspondiente. Nunca se tomó en cuenta mi opinión, ni quién era yo, qué quería, ni las experiencias de vida de las que se me privaría para siempre. Todo esto, pese a que mi cuerpo no estaba enfermo, sólo era diferente. Si alguien hubiera orientado a mis padres en aquel momento de comprensible incertidumbre, y les hubiera hecho saber que las cirugías no eran urgentes médicamente hablando, ni siquiera necesarias, que mi cuerpo no estaba enfermo ni defectuoso, quizá entonces mi opinión habría sido tomada en cuenta.

Considero que el problema de raíz fue que era una bebé, y luego una niña, y luego una adolescente. La mayoría de las veces nosotros los adultos pensamos que los niños son incapaces de tomar decisiones trascendentales como esta, alegando su falta de madurez física y mental. La realidad es que los niños son muy capaces, como menos, de opinar sobre lo que quieren para sí mismos. Somos nosotros, los adultos, los que le negamos esa posibilidad a los niños a causa de nuestros propios prejuicios y miedos, a causa de la sociedad a la que por comodidad preferimos aceptar antes que transformar. Este es el origen mismo de la discriminación que padecemos: se nos arrebata la posibilidad de decidir porque la sociedad percibe una amenaza en nuestros cuerpos y nuestras experiencias de vida distintas al común de las personas, y nuestros padres perciben la amenaza y actúan de forma comprensiva: la discriminación se presenta a veces rampante y violenta, porque como sociedad la permitimos; a veces viene sin intención, de profesionales médicos que de buena fe creen que hacen lo correcto para uno, pero sin uno. Las posturas y declaraciones fanáticas de personas que al referirse a la comunidad intersex como una aberración, una patología o una ideología de género, fallan en percatarse que se refieren a humanos con rostro, con nombre y con sentimientos, que todo cuanto queremos es que se reconozca a las personas intersex de las nuevas generaciones el derecho que todo ser humano tiene a decidir sobre su cuerpo, y a padres de familia de ser plena y objetivamente informados.

Durante años llevé una vida tranquila y callada, en la cual reprimí los recuerdos de esas largas noches de dolor en el Centro Médico La Raza cuando tenía cuatro años y luego a los once, cuando médicos e internos pasaban revista a mis genitales sin que yo pudiera oponerme, porque me habían hecho creer que algo estaba mal con mi cuerpo y que tenía que soportar la vergüenza de esas revisiones. No hay forma de cuantificar el daño que me dejó la asimilación psicológica de estos procedimientos, pero puedo asegurarles que las consecuencias las vivo todos los días, de una manera u otra. Hubo otros que tuvieron experiencias más traumáticas. Tampoco hay forma de desglosar objetivamente el sufrimiento de los seres allegados a uno; por ejemplo, mis padres, que desde el primer momento quisieron darme la mejor oportunidad para tener una vida feliz y productiva, como es el deseo de todos los padres del mundo que aman a sus hijos, y que, sin motivo para suponer el daño que iba a experimentar a raíz de esa decisión, confiaron ciegamente en los médicos.

Al hacer consciencia de lo vivido, hoy me reconstruyo y completo los fragmentos perdidos de mi historia. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, escribió Gabriel García Márquez en su libro autobiográfico Vivir para contarla. Considero pertinente esta frase porque pone de manifiesto que la vida, como serie de hechos, de causas y consecuencias, carece de significado hasta que, al recordar, reconocemos su marca indeleble en nuestras vidas. Es mi deseo personal que paren los tratamientos innecesarios, que los bebés intersex por nacer sean libres de estos muros que nos impone la sociedad y la práctica médica que arbitrariamente la sustenta, y que si han de padecer el sufrimiento y el dolor, que no sea nunca más porque sus cuerpos son distintos a la norma social, sino por los retos que libremente elijan asumir para sus vidas, y que las narrativas que nos relaten no tengan su origen nunca más en la vergüenza ni en el silencio.

Sobre tomar una decisión prematura por miedo.

De antemano reconozco mi derrota en este punto: los padres son quienes tienen la última palabra cuando se trata de la salud de su bebé.

Sin embargo, ¿es la salud realmente el foco de atención cuando se trata de un bebé intersex?

Quiero abundar un poco en mi propia experiencia, sobre la vivencia de mis padres cuando decidieron confiar ciegamente en el consejo de los médicos de ser intervenida quirúrgicamente.

Yo nací con ovotestes. Y me dirán, ¿qué son los ovotestes? Todas las personas poseemos tejido ovotesticular alrededor de la séptima semana de gestación. Nuestras gónadas se desarrollan a partir de ese tejido y toman forma definitiva como ovarios o testículos. En mi caso, mis gónadas se quedaron con ese tejido primordial; a estas gónadas se les da el nombre de ovotestes (singular ovotestis u ovotestículo).

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La razón por la que comparto esto es porque cuando nací, la “ambigüedad” genital con que nací no resultó desagradable a los  ojos clínicos del obstetra que trató a mi madre, por lo cual fui a casa, sólo para ser admitida en un hospital de alta especialidad del gobierno mexicano porque mi madre, que ya había tenido dos hijas previamente, sabía que algo estaba fuera de lugar. Con franqueza, no creo en absoluto que mi madre creyera que hubiera algo anormal en mí, pero sí se sintió alarmada porque nunca había visto los genitales “ambiguos” de un bebé intersexual. Entonces la batería interdisciplinaria de médicos especialistas hizo cónclave y decretó aplicar el protocolo de Money, explicando que yo tenía una condición patológica llamada “hermafroditismo verdadero” (que ni es hermafroditismo ni es verdadero, y lo cual se explica en una publicación anterior) y convenciéndolos de llevarse el paquete de cirugías para “prepararme para la vida” bajo el invencible argumento de que “era en mi mejor interés y para prevenir un posible cáncer”.

No voy a mentir: es cierto que existe una incidencia del 3% de cáncer (gonadoblastomas) en el tejido ovotesticular. Es cierto que al oír “cáncer”, la gente salta por un muy racional miedo a la muerte. ¿Quién quiere un cáncer para un recién nacido? Lo cierto es que, dada la muy baja incidencia de gonadoblastomas en tejido ovotesticular, la decisión de intervenir a una criatura de semanas de nacida necesita ser repensada. Ahora, mi caso es raro incluso entre las personas intersexuales. Entonces, ¿qué necesidad existe de llevar a la plancha quirúrgica a un bebé intersexual?

Quizá extirparme las gónadas fue una decisión acertada. Quizá yo habría optado por ese camino para mí misma. Quizá no. Pero el resto de cirugías y tratamientos a los que fui sometida después, eso sí fue totalmente innecesario. La opción me fue arrebatada. Desde luego, los médicos no informaron a mis padres, porque su protocolo les indicaba que lidiaban con una patología. Nada más falso…

El aspecto que intento destacar es que es necesario que los padres de bebés intersexuales combatan al miedo que conlleva la creencia de que los rasgos innatos intersexuales representan una amenaza intrínseca a la salud del bebé. Si bien es cierto que algunos tratamientos pueden ser recomendables y que debe dársele seguimiento a la salud del bebé durante su desarrollo, invadir el cuerpo a través de una cirugía de consecuencias irreversibles (esterilidad, incontinencia, insensibilidad sexual, incluso depresión por mencionar algunas) no debe ser la primera opción, salvo por las muy contadas excepciones donde hay una amenaza real a la salud del bebé.

De la misma forma, es crucial que con el curso de los años, esx niñx intersexual vaya siendo informadx de su condición innata y se le incluya en la toma de decisiones sobre su propio cuerpo, respondiendo sus dudas e inquietudes. Para ello, es indispensable que los padres busquen información y apoyo en verdaderos expertos, en personas que hayan atravesado experiencias similares, y que acepten la belleza manifestada en la diversidad de su bebé. La diferencia, sutil pero muy relevante, es que esx niñx vaya de poco a poco cobrando consciencia de su cuerpo como es, aceptándolo, amándolo, y creciendo así plenamente como ser humano.

Silenciosa mayoría, ¿casos de éxito?

Uno de los mitos prevalecientes en la comunidad médica en torno a las personas intersexuales es que quienes alzamos la voz o presentamos nuestros testimonios de vida como una denuncia tácita de lo que en la realidad se trata de violaciones a nuestros derechos humanos (consultar El Informe del Relator Especial), somos solo una minoría resentida frente a una silenciosa mayoría de casos exitosos en el “tratamiento de los desórdenes de desarrollo sexual” (DSD, por sus siglas en inglés, término acuñado hace relativamente poco, en 2006, y que sólo es utilizado en la literatura médica. La comunidad intersex rechaza categóricamente este término por una cuestión más que lógica: la palabra “desórdenes” sugiere que la intersexualidad es un tipo de patología o defecto congénito, lo cual, como no nos cansaremos de repetir, es una concepción equivocada).

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Yo tengo la nada original hipótesis de que esa mayoría silenciosa no habla porque el miedo la acalla (para un ejemplo, está el testimonio de Kimberly Zieselman, traducido al español y publicado en Brújula Intersexual). Es una suposición bastante válida por una simple razón: el estigma que pende sobre las personas intersex es demasiado grande, y existe un momento y un punto dados donde, desde la óptica de quien ha interiorizado el sufrimiento, es muy preferible callarse y vivir una vida modesta, a ser denostado por amigos y familia.

Pero llega el momento en que ese silencio es absolutamente insoportable.

Pido disculpas por lo que voy a hacer, pero tengo que escribirlo: yo soy un “caso de éxito”. Soy una persona que después de las cirugías y el tratamiento hormonal llevé una vida funcional y aparentemente satisfactoria, claro está, soportada en la ignorancia de mi propia condición intersex, y en haber descontinuado el seguimiento que tuve hasta los quince años (en eso mi historia se parece algo a la de Kimberly). Aquí podría señalar cómplices y culpables, pero la fase del dedo acusador la dejé atrás hace tiempo, y hoy tengo la responsabilidad de ser lo objetiva que mi historia personal y mi mirada subjetiva me permitan. Pero ese es un tema para otro momento…

En fin, que este “caso de éxito” tardó treinta años en cobrar consciencia plena (o comenzar el viaje hacia ese despertar), y el hundimiento de mi estabilidad emocional, fundada en falacias, trajo consigo el derrumbe de mi “feliz” vida personal y de mi “exitosa” carrera profesional. Me tomó bastante tiempo (más del que creí) para volver a ponerme de pie (figurativamente, pero también literal, porque atravesé la peor depresión clínica de una vida llena de periodos complejos), y comenzar a comprender que, gracias a la verdad que trajo el redescubrimiento de mi historia, y a la paulatina reconciliación conmigo misma y con mi familia (y no menos importante, a la aceptación de mi condición intersex), por fin pude poner manos a la obra para hacer una realidad este proyecto y echar abajo el mito de los “casos de éxito”.

Ojalá esas voces que callan ahora pronto se animen a alzarse. Ojalá que pronto nuestra comunidad se fortalezca y enriquezca con sus historias y sus ideas.

Ese es uno de los principales objetivos de este blog.

Intersexual a los 30 (¿qué?)

A la edad de 30 descubrí que era intersexual. No fue una revelación, más bien la confirmación de algo que mi intuición me había estado sugiriendo desde la adolescencia.

A grandes rasgos, mi historia se resume en tres cirugías antes de los 12, en numerosos seguimientos médicos (algunos dolorosos y otros solo vergonzosos), en una terapia de reemplazo hormonal (que trajo consigo una miomatosis y una menarca, las dos a los 34), y en un prolongado y completo silencio al respecto.

Lo doloroso del descubrimiento no fue cobrar consciencia de los hechos en sí. Ni siquiera tuve oportunidad de ponderarlos con calma: el descubrimiento se sumó a una gran fiesta llamada “crisis de identidad” a la que todo mundo (o todos en mi mundo, al caso es igual) estuvo invitado. ¡Hey, no sólo no sé por qué elegí hacer lo que hago ni trabajar en lo que trabajo, sino que además no tengo la más puñetera idea de por qué nadie me consultó si estaba de acuerdo con ser mujer y que le fabricaran al mundo una vagina en mi cuerpo!

Bueno, por dramático que se luzca, así me sentí por mucho tiempo… no, así me siento aún de vez en cuando…

El camino que hacia la reconciliación con unx mismx no es sencillo. Implica, para comenzar, la aceptación de sí mismx. Después de eso, viene el proceso de “salir del clóset”, hacernos visibles dentro de la comunidad intersexual, y hacer visible esa comunidad, articularla. Escribir la historia propia me parece que es un hito importante en ese proceso.

Compartir nuestras historias sirve para conocernos, para descubrir lo mucho que tenemos en común. También sirve para comprender esa “transgresión” a la concepción binaria del género y del sexo, esa “amenaza” al status quo por el simple hecho de existir (más sobre el tema, en otro momento). ¿A cuántos se nos enseñó que existía la intersexualidad en la escuela? A mí no. Por eso la sorpresa cuando descubro que soy algo -que soy alguien- que nadie me había dicho que podía ser -que era, que soy-. Esta cerrazón a la diversidad misma de la naturaleza humana es causa de mucha discriminación y de muchos maltratos a personas de la comunidad que viven en condiciones de por sí vulnerables por la misma sociedad en que vivimos. En la experiencia de vida de una persona intersexual se manifiestan vivencias negativas que dejan una huella, a veces una herida abierta, en lo íntimo o en lo familiar, pero siempre por algo detonado desde el orden social.

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Bandera del orgullo intersexual, diseñada por OII Australia

No pretendo ser una experta en la materia. De hecho, enfatizo: no soy una experta en la materia. Soy una persona intersexual, pero tengo mucho qué aprender de mí misma todavía. Con este blog busco dar un testimonio de mi experiencia, totalmente subjetiva, en el contexto de una sociedad con una incipiente apertura a la diversidad, pero todavía sometida por los prejuicios y la ignorancia. La sociedad, para que cambie, necesita que le enseñemos, y que le digamos que aquí estamos, que siempre hemos estado, que no somos una moda, no somos “una ideología de género” ni mucho menos una condición médica.

En la medida de lo posible, te invito a que compartas tu historia personal, porque tengo la siguiente certeza: que escribir y publicar tu historia es un acto de liberación personal, y de gran relevancia para conocerte mejor y reconciliarte con tu pasado.

¿Quieres conocer mi historia? Puedes leerla en el blog de Laura Inter, una querida amiga que inició el proyecto Brújula Intersexual. Fue gracias a su sitio y a la comunidad en torno de ella que este mismo blog ha cobrado forma. Aquí el enlace: Historia rota.

Mi objetivo, en resumen, es reforzar los vínculos entre la comunidad intersex, a través de  este blog, y estrechar lazos con otres que andan por ahí, haciendo ruido en nuestro idioma,  con propósitos similares.

Te deseo bendiciones en tu camino diario.