Revista Dfensor de la CDHDF: “Intersexualidad y derechos humanos”

Con mucho orgullo presentamos el número más reciente de la revista Dfensor de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHDF), la cual aborda la temática intersex, con artículos y testimonios hechos por personas intersex y aliadxs. Creemos que es de vital importancia generar y divulgar contenidos originales en nuestro idioma, y, recogiendo el espíritu de la Declaración de San José, documentar nuestras experiencias y ponerlas al alcance de las personas para dar visibilidad a los retos que la sociedad nos impone a las personas intersex por el modelo binario de cuerpo y de género prevaleciente, pero, por sobre todo, por las violencias que provienen de las intervenciones normalizadoras, validadas por la sociedad al ser realizadas por una institución altamente legitimada como lo es la institución médica, que rechaza, niega y flagrantemente nos castra y nos mutila nuestras diversidades corporales innatas, mal clasificadas como trastornos o malformaciones, y que al ser realizadas sin nuestro consentimiento y bajo un ejercicio del poder que se enmascara en paternalismo médico, constituyen serias violaciones a nuestros derechos, que son derechos humanos.

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Visibilidad intersex

En el tiempo que llevo trabajando en la promoción de los derechos de las personas intersex, hay un tema que genera controversia, en mi opinión sin razón para que así fuera. Si lo abordo en esta ocasión, es porque reconozco que hace falta aclararlo: hablo acerca de la visibilidad del activismo intersex. Para ello, me valdré de tres anécdotas.

La primera es referida, dos personas intersex y una aliada de la comunidad que participaron en un evento público fueron interpeladas por una persona de la comunidad LGBT. Esta persona expresó su desacuerdo con que la comunidad intersex no fuera tan abierta, que no fuera visible. Que cómo esperábamos que las personas simpatizaran con nosotrxs si no éramos públicxs. La segunda ocasión que surgió el tema fue en medio de una reunión con activistas de otros países. Una de las personas manifestó su desacuerdo con que algunxs optáramos por un perfil más bajo, por emplear seudónimos en vez de nuestros nombres legales, y dijo que con ello solo promovíamos el temor y el estigma. La tercera ocasión fue hace poco, en un evento donde intervine públicamente. Un aliado de la comunidad me felicitó por haberme decidido a participar, a ser más visible. Entendí que lo decía como un cumplido, pero hubo un eco en mi interior que me hizo cuestionar el significado de la palabra visibilidad en el contexto del activismo por los derechos de las personas intersex.

El común denominador de estas tres anécdotas no salta a la vista si antes no se entiende lo tremendamente difícil que es para una persona asumir la historia propia con una voluntad política, es decir, con el deseo de promover un cambio, de marcar una diferencia, de generar una reacción que lleve a una transformación del estado de las cosas como son. Esto es especialmente cierto para las personas intersex. En este sentido, confieso que hace años miraba a los activistas de cualquier tema con cierto desdén. Como muchas de las personas que viven absortas en el trajín cotidiano y en la creencia de la existencia de jerarquías morales dadas por el quehacer, la formación y la profesión, yo me situaba desde una posición falsa de superioridad moral y pensaba: “¿Por qué no se encuentran un trabajo real?” ¿Cómo fue que una persona que pensaba de esa forma mudó su ocupación hacia aquello que tenía en tan baja estima? Como casi cualquier transformación real, provino de una convicción profunda, y para que sea profunda, debe ser personal. Descubrir mi historia personal me hizo darme cuenta de muchas cosas que estaban mal, no a causa de una maquiavélica disposición de un grupo de especialistas médicos del IMSS a comienzos de los años ’80s, ni por el bienintencionado despropósito de mis padres al acceder a seguir el consejo de las eminencias médicas, sino porque socialmente existen montones de condicionantes sociales y culturales que avalan y dan por bueno ese pensar y ese obrar tan hondamente violento. Condicionantes muchas de las cuales solo estoy consciente porque son las que más cercanamente me han tocado, a mí y a mi familia, pero que también estoy consciente que hay muchísimas otras que existen y ocurren, aunque yo no las haya vivido en mi propia experiencia de vida. Lupita Chávez, en su propio testimonio de vida, dice: “no ofrezco mi testimonio para victimizarme sino para ayudar a más personas que nacieron con esta condición”. Hace solo unos días, una amiga me dijo que quería hacer algo para ayudar, y yo le ofrecí la misma solución que funcionó para mi, y que ha funcionado para muchxs: escribir su propio testimonio de vida. Porque al escribir la propia historia, unx se reencuentra a si mismx, y valoriza aquello que sirve para aprender y aquello que hay que dejar ir, y permite también determinar lo que se quiere hacer en adelante. En el caso de Lupita, como en el mío y en el de muchas personas, el testimonio no es para inducir a la compasión mal comprendida, aquella que supone que poner atención a historias como las nuestras les ayudan a ser mejores seres humanos o a ser una sociedad con mayor empatía, como si por obra de un artilugio alquímico nuestra conciencia se limpiara y nuestras omisiones nos fuesen eximidas; no, el testimonio sirve para generar conciencia de lo que como seres humanos estamos ignorando, a veces deliberadamente, y cuestionar nuestras bases tan inconscientemente asimiladas. En este momento, recuerdo a una persona que, tras un evento donde di mi testimonio, se me acercó como si quisiera consolarme (en verdad, aquella vez me puse muy emotiva al hablar ante el público). No necesitaba consuelo; necesitaba reconocimiento, y no hacia mi persona, sino hacia las realidades que siguen sucediendo como sucedió en mi caso. Imagino que aquella persona no sabía de qué otra forma reaccionar ante una situación que hasta ese día había desconocido. Quizás sea esa la primera e inevitable reacción de algunas personas que piensan que pueden ayudar, aunque no sepan cómo. Como quienes ven a una persona convulsionarse en un episodio epiléptico, ansiosos sin saber cómo actuar, hasta que alguna persona interviene de forma eficaz, o hasta que son educados al respecto.

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Espectro visible de luz, fotografía de Hadley Paul Garland (bajo licencia de Creative Commons). Hay mucho más en la luz que los colores que nos revela. “Lo esencial es invisible para los ojos” -. Antoine de Saint-Exupéry

No creo que ser visible signifique presentarse en foros públicos y desnudar el alma (o el cuerpo) sin motivo. No creo que ser visible se traduzca directamente en manifestarse en una plaza pública, o en hacer una caminata, trote, rodada o marcha. Aunque entiendo muy bien que para algunas personas, esas sean formas poderosas de ser visibles, la visibilidad no puede, no debe exigir de ninguna forma como requisito indispensable la presencia de un cuerpo y de un rostro, de un nombre, de una figura pública; debería, en cambio, exigir una mayor atención a la voces, a las demandas, al pensamiento crítico, a las diversas formas de manifestación de nuestra existencia como el arte y la literatura hechos por personas intersex, más que a un cuerpo o a un rostro o a un nombre. La visibilidad que me interesa es la del tema intersex como tal. Recuerdo un comentario que escuché una vez de un aliado, a la pregunta de una asistente a un evento que dimos hace unos meses, que resume a la perfección lo que para mi (y para todo aliado de nuestra lucha) debería significar la visibilidad intersex: aquella vez, alguien preguntó por Laura Inter. —¿Tú sabes si Laura Inter está aquí?—, preguntó aquella persona, y el aliado, con toda templanza, replicó: —Si Laura Inter está aquí, ella vendrá a ti —. Y es verdad: si una persona intersex quiere hacerse presente o pública en un foro dado, lo hará, en sus tiempos, en sus términos. No se puede pedir otra cosa de nadie, en realidad. Aquella persona de la comunidad LGBT que interpeló a lxs participantes del foro estaba parcialmente equivocada en dar por sentado que la única forma de lograr avances era siendo públicos. Parcialmente, porque no le veo sentido ser públicamente intersex solo para saciar la curiosidad de quienes quieren saber cómo es una persona intersex, pero sí que hay que saber elegir los foros y los momentos en los cuales nombrarse intersex, especialmente cuando la oportunidad se presenta de propiciar un cambio, de generar conciencia. Está también el tema de la inseguridad a la que se enfrentan las personas que se dedican a cualquier forma de activismo, circunstancias tales que exigen una forma inteligente de actuar sin con ello acallarse, sin con ello someterse nuevamente al yugo del estigma social. Las personas que nos criticaban a los que elegíamos un perfil bajo en aquella reunión ciertamente provenían de un entorno más seguro que México, de un país de la esfera occidental donde se puede dar la cara como persona intersex pues el riesgo a asumir es menor. No se trata de agachar la cabeza en derrota, sino de ser conscientes de que no necesitamos mártires, sino agentes de cambio que impulsen una transición social, sin violencia, sin muertes. Mi interés es cuestionar, es revolucionar las mentes de las personas, es plantearles preguntas que eventualmente le haga salir por si mismas de ese sopor que tan bien conozco. Mi interés, en fin, no es ser corifeo de ninguna cruzada, sino voz que se sume a la cuestión crítica de una era que tiene que deshacerse de sus prejuicios y asumir la diversidad más amplia de la naturaleza humana.

Un erotismo rebelde y cuatro palabras de poder

Me parece incuestionable que existen varios tipos de erotismo. Existe una tendencia a pensar que hay una manera uniforme de vivir la sensualidad, los afectos y la sexualidad, que proviene del bombardeo mediático y del lenguaje que se maneja en la calle y en la convivencia de los espacios comunes. Pero en todos estos espacios y en algunos medios, se cuelan experiencias y reflexiones que dan testimonio de otras posibilidades, muy variadas. Nunca serán suficientes; estas experiencias y reflexiones son lo más auténtico, lo más real, porque es lo que se vive.  Yo hablo desde esta perspectiva: desde las conversaciones con otras personas —intersex, principalmente, porque son quienes me interesan más; pero no exclusivamente—, desde las lecturas que he hecho, desde las reflexiones interiores e, inevitablemente, desde las sensaciones y experiencias vividas.

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No hablo en nombre de todas las personas intersex, porque no es factible hacerlo (y al final se entenderá mejor el por qué). Hablo en nombre de esta persona intersex. Pero creo, repito, que estas reflexiones pueden reflejar las vivencias, deseos y fantasías de muchas personas intersex, en la medida en que provienen de una experiencia médica que vulnera la privacidad a una edad temprana, pero también del estigma asumido como mantra incontestado durante años en nuestros interiores, que supone nuestros cuerpos como indeseables o no aptos para experimentar el erotismo, y ser reducidos a meros productos (porque a algun*s nos fabrican en el quirófano, contra nuestra voluntad) de consumo del erotismo de otr*s.

La palabra erotismo o, mejor dicho, lo que puede significar, proviene desde un lugar interior muy particular de cada persona, que adquiere connotaciones y significados adicionales según las interpretaciones del contexto social del que provenga, pero que no se reduce ni tiene por qué reducirse a la proyección pasional o amorosa hacia el exterior, sino que tiene que resonar ante todo en la intimidad propia, en los amores donde el centro es un* mism*. Por esto es que pienso que, como persona intersex, los erotismos a construir tienen que basarse en el principio de que, antes que a nadie más, que un* se ame y se procure a sí mism*.

Hay que comenzar por reconocer los sentimientos y los deseos propios. Explorar el cuerpo, sentir y (re)conectarse con la capacidad sensorial, para devolverle a las sensaciones su potencial de brindarnos experiencias de placer y no solo de dolor (o incluso de placer a partir del dolor, porque habrá para quienes sea alternativa, y válida); en resumen, hay que apropiarse del cuerpo que tenemos. Sí, ese cuerpo que puede habernos parecido ajeno por tanto tiempo, quirúrgicamente intervenido a una edad en que conscientemente no sabíamos lo que sucedía —pero, aunque la mente olvide, el cuerpo siempre recuerda—, violado por procedimientos que invadían nuestra intimidad infantil, y normalizado a base de hormonas —vueltas necesarias por las orquidectomías rara vez justificables, médicamente hablando—. Ese cuerpo del que nos desligamos y con el que establecimos una barrera para no volvernos a sentir violentad*s y ultrajad*s, es nuestro cuerpo. Siempre lo fue, y somos libres de vivirlo —el cuerpo— no como ese discurso social y esa violencia médica esperan que lo hagamos, sino como nosotr*s elijamos.

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Para asumir un erotismo que nos permita disfrutar de nuestro cuerpo y de la sensualidad, de lo sentimental y de lo sexual, es indispensable romper los esquemas del mainstream de la sociedad. Y si les incomoda (y claro que les incomoda, por eso nos borran, nos mutilan, nos violentan, desde la infancia más temprana y a veces desde la gestación), tengo para ellos cuatro palabras perfectamente comprensibles en la lengua española, y que tienen que servirnos para reclamar el erotismo propio y empoderarnos: Pueden. Irse. Al. Demonio:

Pueden irse al demonio, con sus mensajes mediáticos y “culturales” que nos dicen de formas contradictorias de vivir el erotismo como un requisito de funcionalidad social vacuo y edulcorado, o de alejarnos de él a través de culpas, como un supuesto triunfo moral.

Pueden irse al demonio, con la expectativa médica de éxito de sus intervenciones, en función de la capacidad que podamos (o no) tener para un coito y someternos a relaciones heterosexuales sin preguntarse (ni preguntarnos) si eso es lo que nos gustaría y es a lo que le tiramos.

Pueden irse al demonio, con los miedos y prejuicios que nos inculcaron —a nosotr*s y a nuestras familias— sobre cómo nuestros cuerpos eran amenazantes para nuestro porvenir, con preocupaciones del tipo: “¿quién l* va a querer de grande con sus genitales así?”, o “¿qué van a pensar cuando le cambien el pañal en la guardería?”, o “¿y si me sale marimacha y terminan por gustarle las niñas en vez de los niños?”

Pueden irse al demonio, con toda esa insistencia opresiva, represiva, asfixiante, esclavizante, patologizante, sobre cómo deben lucir nuestros cuerpos y cómo debemos experimentar el placer y el dolor, sobre cómo construir nuestras relaciones afectivas y vivir nuestras emociones, sobre cómo jugar nosotr*s con nuestra sexualidad y explorar (y explotar) sus riquísimas formas alternativas.

El erotismo es algo sumamente empoderador. En el caso de una persona intersex puede ser, además, un camino de sanación. Desde mi apreciación, este erotismo invita a replantear las nociones de lo que es socialmente digerible, en tanto nuestras características sexuales congénitas han sido largamente degradas a objeto del morbo y fantasía exclusivas de esa misma sociedad que, en aras de “protegernos” de sí misma —pienso en el argumento del “beneficio psicosocial” tan socorrido por los médicos—, elige modificarnos mediante la alteración no consentida de nuestras características sexuales, o selectivamente deshacerse de nosotr*s durante la gestación, no como una expresión de la libertad de elegir sino como una expresión de la eugenesia, como una bondad para con los padres, “por todos los problemas psicológicos por los que su hij* atravesaría”. En otras palabras, propongo que la recuperación del erotismo propio, como personas intersex, no se observe desde la conservadora perspectiva que solo cosifica nuestro cuerpo (como fetiche o como patología), sino desde la perspectiva liberadora de un cuerpo diverso, completamente capaz de experimentar una de las más profundas y ricas dimensiones del ser humano, una que, de hecho, es definitoria de la manera en que nuestra especie construye sociedades e identidades.

El erotismo, personal y no para otr*s, de un* y para un*, nos da el poder para conectar íntimamente con un* mism* y luego también con otr*s; el sentir y experimentar el placer más amplio a través de los sentidos; la sensualidad y la sexualidad a través de los cuerpos tan diversos que caen en la definición de intersex, aprovechando sus características únicas —especialmente las de los cuerpos no intervenidos—, dándole la vuelta a las expectativas limitadas de quienes nos han querido “corregir” a través de nuestras re-significaciones (mental y corporalmente asumidas y re-asumidas), con aproximaciones y prácticas diferentes, distintas, creativas y satisfactorias, íntimas y personales (personalizadas), nos permite experimentar la vida de forma plena y enriquecida, y de paso sacudir, con ese testimonio de vida, la consciencia una sociedad que, ensimismada en su grisácea uniformidad, insiste en catalogarnos como anomalías o como criaturas mitológicas; y, para los oídos atentos y los corazones aliados, brindarles un ejemplo de cómo pueden, si quieren, enriquecer también su mundo y, por extensión, el de tod*s.

Sentir

Hace bastante tiempo —tres meses y una semana, para ser precisos— que no publicaba. Es el intervalo de silencio más prolongado en este blog, y no ha sido por falta de temas para escribir. Más bien, es por estar abrumada de ellos, y no haberles dado la debida salida. Es por eso que esta publicación lleva un tono más personal (si acaso es posible) que todas las que le anteceden.

Me explico.

La importancia de darle visibilidad a la temática intersex radica en reivindicar la naturaleza humana de las personas intersex, casi siempre diluida en la ignorancia de los mitos y prejuicios acerca de lo que es la intersexualidad y, cuando no, sometida al discurso hegemónico de la medicina que se atribuye el derecho de explicar e intervenir nuestros cuerpos diagnosticados como un trastorno del desarrollo sexual (TDS o DSD, por sus siglas en inglés).

A veces nos enfocamos mucho en hablar de la componente de derechos humanos de la temática, y no es para menos pues, en efecto, la desvinculación de nuestro cuerpo y su adjudicación al terreno de lo patológico da pie a una serie de prácticas de violencia médica y social que se replican incesantemente, sin ser cuestionadas ni interpeladas, y que no tienen ninguna otra justificación que los prejuicios de la sociedad. Pero, a la par de ir construyendo un esquema donde cuerpos nacidos con variaciones de las características sexuales no sean objeto de estas violaciones, es necesario ir extendiendo entre la gente la noción de que las personas intersex vivimos en el mismo planeta, compartimos el mismo aire, disfrutamos de la misma música y de los mismos sabores y placeres que el resto de la humanidad. Que formamos parte de familias y también las construimos, y que nuestras características sexuales congénitas —intervenidas, mutiladas o intactas— no tienen por qué resultar amenazantes, que son variaciones perfectamente naturales y saludables. Por eso escribo.

Escribir, en mi experiencia personal de vida, no es simplemente una forma de expresarse o de transmitir un mensaje. Resulta, también, un soporte vital, sobrevivo (y no lo digo de forma figurativa) gracias a la posibilidad de poner en palabras todo cuanto me mueve. Otras personas disponen, adicionalmente, de otras formas para comunicarse, y desde ahí proponer y (de)construir realidades. Aunque he ido explorando otras alternativas, mi trinchera y refugio siempre ha sido el mundo intangible de las ideas, y la lengua y las letras mi vehículo preferido para canalizarlas a este plano de la realidad. Pero, por sí solo, me parece que es un vehículo con carencias (como todos, supongo), pues requiere de lectores; pero, además, requiere que los lectores sean capaces de interpretar el texto. No con esto quiero decir que haya una sola interpretación, sino que el lector sea susceptible a reaccionar ante la lectura, de sentirlo, a entablar un diálogo interno, a reflexionar, a dar a luz nuevas posibilidades en su interior. Pero a veces, para generar esta reacción es necesario recurrir —también— a otros vehículos. Por ejemplo, los medios visuales.

He titulado esta publicación Sentir porque me parece que, en el alejarme del sufrimiento físico y del control y la sujeción de mi cuerpo por parte de la medicina, por muchos años me desapegué también de cualquier significado placentero o afirmativo de la experiencia sensorial que provee el cuerpo, o por lo menos he reducido su validez en mi propio discurso interior. Claro que siento, puedo distinguir el frío del calor, lo rugoso de lo liso, y así; pero, hasta hace un tiempo, asignarle una categoría interior a estas experiencias dentro de lo positivo y lo negativo era difícil. Lo positivo era motivo de culpabilidad, y lo negativo era necesario aguantarlo, como era necesario aguantarse el dolor y la incomodidad en las noches de hospitalización, como era necesario aguantarse la comezón de las cicatrices en el periodo de convalecencia, como era necesario aguantarse las invasiones a la intimidad de mis genitales por parte de los médicos.

Sentir, conscientemente sentir, ha sido parte del proceso de sanar. Y reconocer lo que me gusta sentir y lo que no tengo ganas de sentir, también. Sentir las cosas en la piel y en la carne y en los huesos; sentir la razón, la emoción, el pensamiento; sentir las palabras que escribo y —obviamente— sentir los sentimientos. Sentir el hambre, el frío, la sed y el deseo. ¿Es posible que esta sea, también, una vía para que otras personas se aproximen a la temática intersex de un modo menos morboso, más sensible?

Todo lo anterior es el preámbulo para hablar de una experiencia que me ha cambiado en muchos sentidos. Hace unas pocas semanas conocí a dos personas con quienes había tenido comunicación solo por vía electrónica: Katia Repina y Carla Moral, fotógrafas freelance que llevan tiempo dándole forma a un fascinante proyecto llamado My Own Wings, el cual busca, a través del testimonio y de las imágenes, principalmente, informar acerca de la intersexualidad, anteponiendo a la persona por encima de cualquier otro aspecto social —por ejemplo, por encima de la heteronormatividad o de la predominancia del discurso médico—. El contacto se dio a través de Laura Inter, y accedí a reunirme con ellas, indecisa todavía sobre si mostrar o no mi rostro en las fotografías que planeaban tomar, pues, en efecto, el lenguaje del proyecto es eminentemente visual.

Mostrar el propio rostro es un asunto delicado para algunas personas intersex —ciertamente para mí no es sencillo—; mi conflicto con las fotografías tiene dos orígenes: por un lado, el sentirme expuesta en mi identidad, en el contexto de una era digital donde solo se tiene cierto control de la imagen propia; por otro lado, el que por muchos años haya sido una juez muy severa de mí misma ha hecho que tampoco me agraden las representaciones visuales. Finalmente me decanté por participar abiertamente porque me di cuenta del mensaje tan poderoso que puede transmitirse a través de la reconciliación con la imagen propia y su exposición en espacios cotidianos, donde existen los demás, donde no somos una figura mitológica ni un síndrome con patas, sino personas que sienten.

Recibir a Katia y a Carla fue una experiencia nueva en muchos sentidos, porque no se me da el abrirle las puertas de mi espacio más íntimo a las personas en general. De hecho, al comienzo sentía una gran ansiedad, pues no era poca cosa lo que estaba jugándose en la interacción. Pero su calidez y sencillez me ayudaron a crear un espacio de confianza, en el cual se dieron momentos de convivencia que atesoro y que me hicieron redescubrir lo que no es tan fácil mirar desde adentro.

Hubo tres momentos que quiero destacar:

El primero fue el día que me propusieron que fuéramos a algún lugar donde yo me sintiera cómoda, haciendo algo que me fuera natural. Solo pude pensar en leer al aire libre. Leer, más que una mera herramienta del pensamiento, me resulta tan necesario como respirar, algo que me resulta más rico y nutritivo que la alimentación misma. Ese día, además, necesitaba leer algo especial: necesitaba leer poesía. Salir a leer al aire libre no es algo que haga a menudo, pero es algo que siempre quiero hacer, algo que no me suelo permitir demasiado. Fuimos al Parque de los Espejos, un parque que me gusta por sus fresnos y eucaliptos, altos y frondosos. Me gusta, también, por sus estanques, esos espejos de agua que, además de brindarle una sensación de serenidad, aumentan la percepción del verdor del parque. Ahí abrí mi antología poética de Alfonsina Storni, y comencé a soñar. La poesía, más que cualquier otro género literario, posee la propiedad de cargar consigo significados nuevos cuando se relee, precisamente por lo tremendamente simbólico del lenguaje con que se expresa. Hacía seis años que no cogía ese volumen, y en los últimos seis años me han pasado tantas cosas, que el trancazo que produce la poesía de una mujer que cuestionaba lo que constituía el ser mujer, que vivía intensamente en relación a su entorno bonaerense, que vivía a flor de piel las emociones y los sentimientos, que los sentía, era inevitable.

 

Crédito: Katia Repina

El segundo momento se dio en casa. Carla me propuso una idea, la de fotografiarme mientras escribía y escuchaba música. Accedí, aunque no estuviese segura de qué buscaba. Hubo un punto en el que me sentí como en aquellas revisiones médicas, hasta me costó trabajo respirar. Darme cuenta de lo que estaba sintiendo me llevó a cobrar consciencia de que no era lo mismo: yo estaba en control de mi misma. Respiré profundamente y abrí la aplicación de música; elegí un tema de Jorge Drexler —vaya ironía, médico devenido en trovador; pero, al igual que yo, una persona que encontró en las palabras su verdadera vocación—, Sanar. Y comencé a escribir. Una escena de un relato que vengo escribiendo desde hace varios años. La tarde cayendo, Carla casi yéndose de espaldas por buscar un mejor ángulo en dos ocasiones, y yo ahí, siendo yo misma, en el lugar más íntimo de mi mundo.

 

Crédito: Carla Moral

El tercer momento fue, apenas, la semana pasada, que Katia amablemente me compartió las fotografías que me habían tomado. Me quedé impactada. No era la incredulidad de quien no se reconoce en una fotografía. No era el juicio implacable de uno con su propia imagen. Era, más bien, el reconocerme plenamente en esas fotos: cuerpo, rostro, actitudes, miradas, el daydreaming que vivo todos los días de mi vida pero que nunca antes había visto retratado.

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Crédito: Katia Repina

Al escribir sobre esta experiencia, he querido destacar la importancia de acercarse a la intersexualidad desde una dimensión humana, porque, en esencia, es la única manera de darnos cuenta del miedo infundado que, como sociedad, permitimos que nos invada cuando damos cabida consciente a la diferencia corporal de las características sexuales.

Permitirnos sentir, es echar a andar en el camino a la empatía, la posibilidad de ponernos no en los zapatos sino en la piel del otro. Retratar la cotidianidad de las personas intersex es un necesario recordatorio de que somos merecedores de dignidad y respeto, de que formamos parte integral de familias que también aman y atraviesan las consecuencias de las decisiones tomadas a partir de recomendaciones validadas por la excesiva autoridad que hemos investido en los médicos y en la medicina.

Haber participado en My Own Wings me ha permitido profundizar —desde el diálogo que se entabla a través del lenguaje visual, en la creación de los espacios comunes entre quien mira detrás de la lente fotográfica y quien por ella es retratadx— sobre estas reflexiones. Reímos, creamos, soñamos, también nos cansamos y comemos y dormimos, y volvemos a soñar y a crear y a vivir. Y a sentir. Espero que este proyecto, que ya lleva recorrido un cierto tramo de camino, logre generar el impacto que busca y que puede tener en el mundo, donde no seamos más un circo de fenómenos a tener aislados y tratados como si estuviésemos, además, enfermos; sino que se asuma con un mensaje claro, afirmativo y contundente, que represente a las personas intersex en toda la calidad humana que nos caracteriza porque somos —nunca hay que olvidarlo— seres humanos.

Esencialmente, es un tema de derechos humanos.

Texto presentado el 17 de noviembre de 2017 en la Ciudad de Guatemala, durante el taller Experiencias Intersexuales, en el marco de la VII Conferencia Regional de ILGA-LAC.

Desde finales del siglo XIX, la ciencia médica se ha hecho cargo de la ansiedad social por definir los parámetros de la construcción social a la que llamamos “sexo”, basándose en limitadas observaciones empíricas del cuerpo humano, vinculándolas con las expectativas de comportamiento social (que hoy podemos describir con los términos rol y expresión de género), para así establecer lo que es correcto y lo que no, en términos de anticuadas y restrictivas reglas de convivencia social. No sorprende que estas primeras observaciones provengan de médicos ingleses en plena Era Victoriana, ni los supuestos valores que ahí se plasman. Es la lente hipermoralizada de una época opresiva la que nos ha heredado un paquete de prejuicios y nociones, mismos que el común de la gente dan por descontado, y que se basan en un binomio más social que biológico; este escrutinio social tamizado por el óculo clínico es el que nos ha heredado, por ejemplo, el término hermafroditismo para describir condiciones que hoy se engloban bajo el término intersex.

Ante el reto que plantea para una sociedad así el nacimiento de un bebé cuyas características sexuales difieren de la configuración típica de los marcadores definidos por la ciencia médica para acotar la clasificación binaria del sexo, la respuesta de los médicos en el curso de los últimos cien años no ha sido siempre la misma. Como lo detalla la historiadora Sandra Eder en su estudio sobre la fundación de la primer clínica de endocrinología pediátrica del mundo, el primer enfoque dado por los médicos era el de reforzar el sexo con el que la persona se identificaba. Hay que recordar que, a comienzos del siglo XX, todavía era infrecuente que los nacimientos se atendieran en hospitales, y era más común la intervención de parteras y familiares en ese evento crucial. En ese sentido, en los casos de “ambigüedad genital”, lo que regía era el sentido común y la buena fe de la familia antes que el dictamen médico para el asentamiento del sexo en las actas de nacimiento (donde se aplicaran; incluso el ordenamiento del registro civil no siempre era preciso ni abarcaba a la totalidad de la población) y para la crianza del recién nacido. “Sexo” y “género” eran conceptos intercambiables, sin definiciones tan concretas como las que poseen hoy día, en las primeras décadas del siglo XXI. Por ello, los casos de ambigüedad genital que los médicos recibían pocas veces eran de recién nacidos, sino personas ya desarrolladas, incluso adultas. En el caso de recién nacidos, lo que urgía era garantizar la supervivencia en casos, por ejemplo, de Hiperplasia Suprarrenal Congénita en su variedad clásica, antes que la atención a las características sexuales. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX que el foco de la mirada clínica cambió, con el desarrollo de técnicas quirúrgicas y medicamentos que permitían la intervención de esa amenaza que para la sociedad representaban (y aún hoy representan) los genitales ambiguos en el cuerpo de un recién nacido. Esto, aunado a los postulados sobre la maleabilidad del género desde la crianza, estipulados por el psicólogo y sexólogo John Money, dieron pauta a una práctica que podemos describir, sin titubear, como una forma de violencia sistemática, instrumentada por la sociedad a través de la institución médica, principalmente; una violencia que se esfuerza por eliminar variaciones naturales de las características sexuales y con ello sostener la ilusión de la existencia de una indisociable díada social-biológica.

Me he permitido retomar estos antecedentes históricos como preámbulo extendido del tema principal de esta participación. Las violaciones a los derechos humanos de las personas intersex se manifiestan de muchas formas. La violencia médica sigue anulando el derecho de la persona a tener decisión, menos aún participación directa, en la toma de decisiones sobre su cuerpo y su identidad; en el activismo intersex, esta denuncia recoge a su vez la demanda por el respeto a la autonomía y a la integridad física y al derecho a la auto-determinación. Otro derecho fundamental es el acceso a la identidad jurídica, esto es, a ser registrado tras el nacimiento para así gozar de todos los derechos y beneficios amparados por la ley, tales como el derecho a la salud y a la educación; no obstante, el derecho a la identidad jurídica todavía suele estar condicionado a la realización de intervenciones quirúrgicas cuyo propósito es la “corrección” de “malformaciones” congénitas, términos todavía muy difundidos por médicos de todo el mundo y que solo buscan preservar una mirada patologizante de los cuerpos intersex. Para el acceso a la identidad jurídica, una alternativa propuesta de unos años acá, principalmente por personas desconocedoras de la temática intersex, es la creación de una tercer categoría de género, una que refleje la existencia de un tercer sexo. Lo cual, debe enfatizarse, es una forma terrible de representar la diversidad de las variaciones congénitas de las características sexuales. La propuesta sin duda es benéfica para sectores poblacionales que no se identifican con las categorías binarias y desean que esto se refleje en sus documentos de identidad y en su vida en general. Pero en el caso de muchas personas intersex, y sobre todo en el caso de niños, niñas y adolescentes, esta categoría no responde a sus necesidades más apremiantes, y de hecho desvía la atención de la violencia médica, sin duda el problema más urgente de todos. Más aun: tratar de asociar intersex con tercer género, o concebir intersex como un tercer sexo, no hace sino reforzar dos cosas: uno, las limitaciones y violencias sociales que establecen que sexo y género son categorías indisociables, y que según las características sexuales (que no es lo mismo que sexo) es el comportamiento social esperado; dos, el estigma prevaleciente entre la gente común acerca de los cuerpos con variaciones congénitas de las características sexuales; y aún tres: la invisibilidad y falta de conocimiento sobre lo que constituye el cuerpo de una persona intersex, el cual no es (no puede ser) uniforme o típico.

No existe un cuerpo intersex único, y son justo las diversas configuraciones derivadas del proceso de diferenciación sexual los que hacen que nuestros cuerpos sean distintos al nacer. Distintos no en una ni en dos categorías, ni tampoco en tres; distintos más allá de cualquier intento de categorización. Entender lo intersex como una tercer categoría sexo-genérica no contribuye en lo más mínimo a proteger los derechos y la integridad física de niños, niñas y adolescentes nacidos con variaciones de las características sexuales.

Las categorías jurídicas y burocráticas del sexo, al final, son marcadores destinados no tanto a evolucionar como a desaparecer. Así como en el curso de las décadas pasadas los marcadores de religión y raza evidenciaron su falta de relevancia, también el marcador de sexo desaparecerá, en beneficio de las libertades a las que aspira el ser humano. Pero en el proceso, la necesidad real de las personas intersex sobre este tema, específicamente la de recién nacidos, es la de crear marcos legales que salvaguarden su derecho a la identidad jurídica, protegiéndolos además de procedimientos por ellos no consentidos, y pujando en ese sentido por un respeto a su derecho a la autonomía. Asimismo, la creación de leyes de identidad de género que faciliten el cambio de marcador de sexo en actas de nacimiento y otros documentos de identidad (cartilla de vacunación, clave de identificación, etc.) a través de un procedimiento administrativo sencillo. Y sobre todo, que no se permita desviar la atención sobre cuales son los temas más acuciantes de la temática intersex, que tienen que ver esencialmente con la patologización y violaciones a los derechos humanos. La temática intersex es, esencialmente, un tema de derechos humanos. Y, en el esquema más amplio (the big picture), requiere la participación de todos los actores sociales para crear una sociedad consciente, inclusiva y respetuosa con la diversidad humana.

 

Declaración sobre la problemática que enfrentan las personas nacidas con variaciones de las características sexuales

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Crédito de la imagen: Brújula Intersexual

Ciudad de México, a 8 de noviembre de 2017.

Declaración sobre la problemática que enfrentan las personas nacidas con variaciones de las características sexuales

En el marco del Día Internacional de la Solidaridad Intersex, las personas y organizaciones signatarias de esta declaración exhortamos a todos los miembros de la sociedad a promover un mayor acercamiento a la problemática que enfrentan las personas que nacen con variaciones de las características sexuales, así como una cultura de respeto hacia ellas, con el fin de defender y proteger sus derechos.

Es nuestra intención manifestar los problemas de rechazo, violencia médica y discriminación que enfrentan las personas intersex, por el desconocimiento de la sociedad sobre la intersexualidad, condición biológica en la que una persona nace con variaciones de las características sexuales, muchas veces confundida con una orientación sexual, una identidad de género o una condición patológica. Este desconocimiento ha sido motivo para que las personas con condiciones intersex sean sometidas desde su infancia más temprana y sin su consentimiento a procedimientos de normalización, cuya finalidad es modificar la apariencia y configuración de las características sexuales a los estereotipos binarios del sexo. Está documentado que, en varios casos, dichos procedimientos dificultan la capacidad reproductiva de la persona o la esterilizan de forma permanente, sin tomar en consideración su derecho a decidir. Estos procedimientos pueden acarrear también secuelas de por vida, tales como dolor crónico, incontinencia y pérdida de la sensibilidad sexual. La sobreexposición médica y la falta de transparencia en la información de niños, niñas y adolescentes con condiciones intersex pueden causar adicionalmente trastornos psíquicos como la depresión, la ansiedad y el trastorno por estrés postraumático.

Aclaramos que las variaciones congénitas de las características sexuales no representan una patología a corregir y que la modificación anatómica por parte de los servicios de salud en los primeros años de vida representa una violación a los derechos humanos, ya que los modelos de atención y procedimientos que se utilizan responden a perspectivas exclusivamente médicas, en ocasiones carentes de un enfoque de derechos humanos y no toman en consideración el interés superior de niñas, niños y adolescentes. Dichos procedimientos suelen practicarse bajo el supuesto argumento de un beneficio psicosocial para el paciente, de los cuales, no obstante, no existen estudios que avalen de manera irrefutable este argumento y que avalen el que se sigan realizando, bajo una falsa sensación de emergencia médica que, en muchos casos, raya en prácticas médicas negativas tales como el paternalismo. Estas violaciones se reflejan en graves afectaciones al ejercicio de los derechos de las personas nacidas con variaciones de las características sexuales, pues son víctimas de prácticas discriminatorias en las que su autonomía y derecho a la información y a la autodeterminación no son considerados, con lo que el derecho al disfrute máximo de la salud se ve vulnerado.

Por ello, nos pronunciamos por construir una sociedad más justa e inclusiva, donde se efectúe un cambio cultural en la sociedad y en la normatividad, que reconozca y garantice los derechos de las personas intersex, primordialmente el derecho a decidir sobre la modificación de la apariencia de su propio cuerpo.

La intersexualidad hace referencia a una amplia gama de variaciones naturales de los cromosomas, las hormonas, los genitales, las gónadas y el aparato reproductivo, derivadas del proceso de diferenciación sexual en la gestación que hace que el cuerpo sexuado de una persona no encaje en la expectativa cultural vigente de un cuerpo típico femenino o masculino. En algunos casos, los rasgos pueden ser visibles al nacer, mientras que en otros sólo son visibles hasta la pubertad o bien entrada la edad adulta. En el caso de algunas variantes cromosómicas, es posible que no se manifiesten físicamente en absoluto. Debido a todo lo anterior, existen una gran diversidad de cuerpos intersex. Una persona intersex puede manifestar cualquier preferencia sexual y tener cualquier identidad de género, lo mismo que el resto de las personas. Si bien algunas personas intersex requieren atención médica para regular su metabolismo, esto no justifica ninguna alteración a sus características sexuales.

El Día Internacional de la Solidaridad Intersex se conmemora el 8 de noviembre, con motivo del nacimiento de Hérculine Barbin en Saint-Jean-d´Angély, Francia, en 1838, el primer caso público documentado de una persona intersex. Es considerado uno de los referentes en la lucha por los derechos de las personas que presentan esta condición.

Organizaciones signatarias:

  • Vivir y Ser Intersex
  • Brújula Intersexual
  • Intersex y Andrógino
  • Yo Intersexual

Personas signatarias y simpatizantes:

  • Hana Aoi
  • Laura Inter
  • Mar IS
  • Carla Núñez

Si deseas firmas esta declaración, envíanos un correo a la dirección vivirintersex@gmail.com o a brujulaintersexual@gmail.com indícandonos cómo quieres que aparezca tu firma como persona y/o organización signataria.

Última actualización: 10 de noviembre de 2017

 

La I de invisibilidad

Hoy se conmemora el Día de la Visibilidad Intersex. Una amiga preguntó: ¿es que los demás días somos invisibles?

Su pregunta me hizo reflexionar sobre cuestionamientos que yo misma traía en la mente desde hace días. Uno de ellos giraba en torno al origen de la conmemoración de este día, un acontecimiento que sucedió en esta misma fecha, pero en Boston, veinte años atrás. Una manifestación improvisada afuera de un congreso de la American Association of Pediatrics. Un intento de hacerse escuchar de un pequeño grupo de personas intersex, grupo catalogado como “extremista” en aquel entonces, con el mismo prejuicio y la misma cerrazón que hoy prevalecen entre pediatras, endocrinólogos y urólogos en los Estados Unidos y Europa. Mucho ha avanzado el movimiento intersex global desde entonces, tanto en su articulación como en sus logros.

Esto me lleva al otro aspecto que he pensado estos últimos días: a veces siento que estamos en el mismo lugar. Que la intersexualidad sigue siendo un tema desdeñado. Invisible. Que la normatividad social, que dicta que solo existen dos posibilidades de experiencia humana a través del cuerpo y del sexo, sigue tan sólida y tiránica que aquellos que nos atrevemos a ponerla en tela de duda, nada menos que con nuestras existencias mismas, no somos sino unos locos vociferando en el desierto.

Incluso entre aquellos que son nuestros aliados, en el papel, ignoran el significado de la intersexualidad. Persisten los mitos. Persiste la palabra “h”. Se impone el prejuicio. Gente pía que nos juzga como pervertidos. O aberraciones. O cualquier otro término que juzguen idóneo para no hacernos olvidar que ellos, los dueños del poder, los que dictan que un hombre vale más que una mujer porque Dios así lo dijo, que una persona homosexual debe convertirse o morir, que una persona trans padece de trastornos de género, son también los dueños de nuestros genitales, de nuestras gónadas, de nuestro género y de la forma en que debemos ser criados. Porque si no fuera así, iríamos en contra no solo del orden social sino del orden natural. Como si nosotros hubiéramos nacido fuera de la naturaleza. Como si fuéramos antinaturales. O, en palabras de una persona con la que charlé hace unos días: como si fuéramos una enfermedad andante, contagiosa, incurable salvo, quizá, con oraciones y escalpelos, y el vino del olvido.

Me cuesta celebrar este día, porque de verdad no creo que haya nada qué celebrar. Algunxs amigxs toman este día como algo festivo, y lo comprendo: hay algo muy íntimo en la experiencia de cada persona, que este día representa una manera de hacer visible su diferencia, su corporalidad, su identidad, su humanidad. Que es algo hermoso y digno de ser respetado. Incluso, ¿por qué no?, celebrado.

Betsy Driver nos relata que el propósito del Día de la Visibilidad Intersex fue conseguir que se hablara del tema. Y vaya que lo consiguieron. Antes de la década de los 90s, nadie en el mundo lo hablaba más allá de la esfera médica. Pienso en mis padres: ellos jamás escucharon la palabra “intersex”, sino hasta que se las presenté, apenas unos cuatro o cinco años atrás. Y cuando lo hice, ellos creían que les hablaba en una lengua extraña. Creo que para mí no fue tan distinto. Pero me sirvió, no de manera inmediata, pero sí de forma gradual, para entender el proceso exterior al que mi vida estaba vinculado. The big picture, como se dice en inglés. Para entender que el silencio mata. Que si no hablamos de esto, nada cambiará. Quizás, en ese sentido, más que celebrar, siento que esta es una fecha para comprometernos a no volver a guardar silencio. A inducir a la reflexión.

El cambio más seguro es el más lento, por desgracia, pero este se dará solo en la medida en que cada vez más y más gente hable, lea y reflexione del tema. Y sobre todo, que cada vez más personas intersex alcen la voz, para compartir su experiencia y punto de vista. Cualquiera que este sea: hay médicos que justifican el seguir con el mismo modelo de intervenciones no consentidas porque aseveran que no hay evidencia de que todas las personas nacidas con variaciones de las características sexuales se encuentren inconformes con el resultado de dichos procedimientos. Como lo dice Pidgeon Pagonis: demuéstrenlo. Demuestren que sus procedimientos proveen un beneficio. Pero si no son capaces de entregar resultados, desistan entonces. Pero hablémoslo. No más silencio. No más invisibilidad.