Informe de ONG sobre Intersex para CEDAW México 2018

Brújula Intersexual

Informe de ONG para CEDAW México 2018

[ I n   E n g l i s h ]

Informe de ONG para el 9o informe periódico de México sobre la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW) 2018

CEDAW Mexico 2018 portada

Compilado por:

  • Brújula Intersexual
  • Vivir y Ser Intersex
  • StopIGM.org / Zwischengeschlecht.org

Calendario para el CEDAW sobre México, junio y julio 2018:

  • Sesión informativa ONG, Suiza (pública): lunes 2 de julio de las 16:00 a las 17:00 hrs.
  • “Fragmentos. Una experiencia intersexual” (evento público): lunes 2 de julio a las 18:30 hrs. (Ginebra, Suiza)
  • Panel: miércoles 4 de julio
  • Reunión de ONG a la hora del almuerzo (evento privado): jueves 5 de julio

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Visibilidad intersex

En el tiempo que llevo trabajando en la promoción de los derechos de las personas intersex, hay un tema que genera controversia, en mi opinión sin razón para que así fuera. Si lo abordo en esta ocasión, es porque reconozco que hace falta aclararlo: hablo acerca de la visibilidad del activismo intersex. Para ello, me valdré de tres anécdotas.

La primera es referida, dos personas intersex y una aliada de la comunidad que participaron en un evento público fueron interpeladas por una persona de la comunidad LGBT. Esta persona expresó su desacuerdo con que la comunidad intersex no fuera tan abierta, que no fuera visible. Que cómo esperábamos que las personas simpatizaran con nosotrxs si no éramos públicxs. La segunda ocasión que surgió el tema fue en medio de una reunión con activistas de otros países. Una de las personas manifestó su desacuerdo con que algunxs optáramos por un perfil más bajo, por emplear seudónimos en vez de nuestros nombres legales, y dijo que con ello solo promovíamos el temor y el estigma. La tercera ocasión fue hace poco, en un evento donde intervine públicamente. Un aliado de la comunidad me felicitó por haberme decidido a participar, a ser más visible. Entendí que lo decía como un cumplido, pero hubo un eco en mi interior que me hizo cuestionar el significado de la palabra visibilidad en el contexto del activismo por los derechos de las personas intersex.

El común denominador de estas tres anécdotas no salta a la vista si antes no se entiende lo tremendamente difícil que es para una persona asumir la historia propia con una voluntad política, es decir, con el deseo de promover un cambio, de marcar una diferencia, de generar una reacción que lleve a una transformación del estado de las cosas como son. Esto es especialmente cierto para las personas intersex. En este sentido, confieso que hace años miraba a los activistas de cualquier tema con cierto desdén. Como muchas de las personas que viven absortas en el trajín cotidiano y en la creencia de la existencia de jerarquías morales dadas por el quehacer, la formación y la profesión, yo me situaba desde una posición falsa de superioridad moral y pensaba: “¿Por qué no se encuentran un trabajo real?” ¿Cómo fue que una persona que pensaba de esa forma mudó su ocupación hacia aquello que tenía en tan baja estima? Como casi cualquier transformación real, provino de una convicción profunda, y para que sea profunda, debe ser personal. Descubrir mi historia personal me hizo darme cuenta de muchas cosas que estaban mal, no a causa de una maquiavélica disposición de un grupo de especialistas médicos del IMSS a comienzos de los años ’80s, ni por el bienintencionado despropósito de mis padres al acceder a seguir el consejo de las eminencias médicas, sino porque socialmente existen montones de condicionantes sociales y culturales que avalan y dan por bueno ese pensar y ese obrar tan hondamente violento. Condicionantes muchas de las cuales solo estoy consciente porque son las que más cercanamente me han tocado, a mí y a mi familia, pero que también estoy consciente que hay muchísimas otras que existen y ocurren, aunque yo no las haya vivido en mi propia experiencia de vida. Lupita Chávez, en su propio testimonio de vida, dice: “no ofrezco mi testimonio para victimizarme sino para ayudar a más personas que nacieron con esta condición”. Hace solo unos días, una amiga me dijo que quería hacer algo para ayudar, y yo le ofrecí la misma solución que funcionó para mi, y que ha funcionado para muchxs: escribir su propio testimonio de vida. Porque al escribir la propia historia, unx se reencuentra a si mismx, y valoriza aquello que sirve para aprender y aquello que hay que dejar ir, y permite también determinar lo que se quiere hacer en adelante. En el caso de Lupita, como en el mío y en el de muchas personas, el testimonio no es para inducir a la compasión mal comprendida, aquella que supone que poner atención a historias como las nuestras les ayudan a ser mejores seres humanos o a ser una sociedad con mayor empatía, como si por obra de un artilugio alquímico nuestra conciencia se limpiara y nuestras omisiones nos fuesen eximidas; no, el testimonio sirve para generar conciencia de lo que como seres humanos estamos ignorando, a veces deliberadamente, y cuestionar nuestras bases tan inconscientemente asimiladas. En este momento, recuerdo a una persona que, tras un evento donde di mi testimonio, se me acercó como si quisiera consolarme (en verdad, aquella vez me puse muy emotiva al hablar ante el público). No necesitaba consuelo; necesitaba reconocimiento, y no hacia mi persona, sino hacia las realidades que siguen sucediendo como sucedió en mi caso. Imagino que aquella persona no sabía de qué otra forma reaccionar ante una situación que hasta ese día había desconocido. Quizás sea esa la primera e inevitable reacción de algunas personas que piensan que pueden ayudar, aunque no sepan cómo. Como quienes ven a una persona convulsionarse en un episodio epiléptico, ansiosos sin saber cómo actuar, hasta que alguna persona interviene de forma eficaz, o hasta que son educados al respecto.

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Espectro visible de luz, fotografía de Hadley Paul Garland (bajo licencia de Creative Commons). Hay mucho más en la luz que los colores que nos revela. “Lo esencial es invisible para los ojos” -. Antoine de Saint-Exupéry

No creo que ser visible signifique presentarse en foros públicos y desnudar el alma (o el cuerpo) sin motivo. No creo que ser visible se traduzca directamente en manifestarse en una plaza pública, o en hacer una caminata, trote, rodada o marcha. Aunque entiendo muy bien que para algunas personas, esas sean formas poderosas de ser visibles, la visibilidad no puede, no debe exigir de ninguna forma como requisito indispensable la presencia de un cuerpo y de un rostro, de un nombre, de una figura pública; debería, en cambio, exigir una mayor atención a la voces, a las demandas, al pensamiento crítico, a las diversas formas de manifestación de nuestra existencia como el arte y la literatura hechos por personas intersex, más que a un cuerpo o a un rostro o a un nombre. La visibilidad que me interesa es la del tema intersex como tal. Recuerdo un comentario que escuché una vez de un aliado, a la pregunta de una asistente a un evento que dimos hace unos meses, que resume a la perfección lo que para mi (y para todo aliado de nuestra lucha) debería significar la visibilidad intersex: aquella vez, alguien preguntó por Laura Inter. —¿Tú sabes si Laura Inter está aquí?—, preguntó aquella persona, y el aliado, con toda templanza, replicó: —Si Laura Inter está aquí, ella vendrá a ti —. Y es verdad: si una persona intersex quiere hacerse presente o pública en un foro dado, lo hará, en sus tiempos, en sus términos. No se puede pedir otra cosa de nadie, en realidad. Aquella persona de la comunidad LGBT que interpeló a lxs participantes del foro estaba parcialmente equivocada en dar por sentado que la única forma de lograr avances era siendo públicos. Parcialmente, porque no le veo sentido ser públicamente intersex solo para saciar la curiosidad de quienes quieren saber cómo es una persona intersex, pero sí que hay que saber elegir los foros y los momentos en los cuales nombrarse intersex, especialmente cuando la oportunidad se presenta de propiciar un cambio, de generar conciencia. Está también el tema de la inseguridad a la que se enfrentan las personas que se dedican a cualquier forma de activismo, circunstancias tales que exigen una forma inteligente de actuar sin con ello acallarse, sin con ello someterse nuevamente al yugo del estigma social. Las personas que nos criticaban a los que elegíamos un perfil bajo en aquella reunión ciertamente provenían de un entorno más seguro que México, de un país de la esfera occidental donde se puede dar la cara como persona intersex pues el riesgo a asumir es menor. No se trata de agachar la cabeza en derrota, sino de ser conscientes de que no necesitamos mártires, sino agentes de cambio que impulsen una transición social, sin violencia, sin muertes. Mi interés es cuestionar, es revolucionar las mentes de las personas, es plantearles preguntas que eventualmente le haga salir por si mismas de ese sopor que tan bien conozco. Mi interés, en fin, no es ser corifeo de ninguna cruzada, sino voz que se sume a la cuestión crítica de una era que tiene que deshacerse de sus prejuicios y asumir la diversidad más amplia de la naturaleza humana.

Declaración de San José de Costa Rica

Un trabajo logrado con el esfuerzo colectivo de un grupo de corazones deseosos de encender la chispa de una lumbre, que ilumine y dé calidez al trabajo de defensor*s de derechos humanos, no solo en la región sino en el mundo entero.

¡Muchas gracias al Fondo de Derechos Humanos Intersex por haber hecho posible el espacio del que surge este documento histórico! Pero sobre todo, mi respeto y reconocimiento a todas las personas con las que participamos en esta primera Conferencia Regional Latinoamericana y del Caribe de Personas Intersex, por su valentía, por su inteligencia, por su sensibilidad, por su alegría, por su tenacidad, por su creatividad; por ser ejemplos claros de seres humanos que dan lo mejor de sí para abrir el diálogo ante la sociedad y gestar la promesa de un mundo más consciente y respetuoso de nuestro derecho desde el nacimiento a la autonomía corporal, a la autodeterminación y a la integridad física.

Brújula Intersexual

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Declaración de San José de Costa Rica

[E m    p o r t u g u ê s]

Las personas Intersex y con variaciones congénitas de las características sexuales, reunidas entre el 1º y el 3 de marzo del 2018, en San José de Costa Rica en la primera Conferencia Regional Latinoamericana de Personas Intersex celebramos en este primer encuentro, la pluralidad de nuestros cuerpos y la diversidad de nuestras voces. Desde la fuerza colectiva de este espacio denunciamos hoy todas las formas en las que nuestras experiencias han sido histórica y repetidamente colonizadas, desde la invasión de nuestras tierras hasta la invasión de nuestros cuerpos. Reconocemos las múltiples maneras en las que nos nombramos desde nuestras distintas lenguas maternas, entre las que destacamos las lenguas originarias, así como en español y en portugués, y demandamos que esas maneras sean reconocidas e incluidas en la riqueza léxica y…

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I ≠ T (intersex no es igual que trans)

A Laura Inter, compañera de muchas batallas.

Intersex no es igual que trans.

Intersex no es igual que transgénero.

Intersex no es igual que transexual.

Intersex es acerca de un cuerpo que nace con variaciones de las características sexuales.

Las cosas como son.

Es un tema que se me hace cansino abordar, pero tengo que hacerlo, porque muy pocas personas lo harán. ¿Por qué? Porque, para comenzar, muchas personas siguen desconociendo el término intersex. Muy pocas personas entienden en qué consiste ser intersex o tener un cuerpo intersex. Pero todos suponen, todos tienen una fantasía. Todos tienen una opinión. Aparentemente, eso es suficiente para abrogarse el derecho de llamarte intersex.

Como si la intersexualidad fuese un tema de identidad autopercibida en discordancia con el sexo asignado al nacer; no lo es.

Entiendo por qué muchas personas (personas trans incluidas) pueden pensar eso. Después de todo, muchas personas intersex fueron forzadas a una identidad de género junto con intervenciones médicas de normalización genital y corporal. Algunas personas intersex también son trans, pero no a causa de las cirugías, sino a causa de la discordancia del sexo de asignación al nacer respecto a su identidad y/o expresiones de género. Lamentablemente, muchas personas trans encuentran consolador o útil para si mismas el identificarse como intersex (aunque no lo sean) en algún momento de su proceso íntimo de conciliar su identidad respecto a la asignación de sexo en su infancia. El problema, pues, es que confunden la violencia médica de quienes hemos sido intervenid*s quirúrgicamente y forzados a depender de una terapia de remplazo hormonal en nuestra infancia y adolescencia con la imposición social de un sexo al nacer. Confunden el estigma que tuvimos que vivir las personas intersex en nuestros años formativos (y que muchos siguen viviendo en la edad adulta, incluso en una época en apariencia tan liberal como esta) con el rechazo que esta misma sociedad les sigue mostrando.

Reconozco el sentimiento de empatía que puede manifestarse y la manera en que pueden sentirse relacionadas e identificadas con la experiencia intersex, pero no es lo mismo que haber vivido la violencia tan desgarradora en lo íntimo que implica la mutilación y la conformación artificial impuestas sobre el propio cuerpo. No hay nada glamuroso ni reivindicativo de la identidad en haber sido sujeto de semejantes agresiones, a una edad tan temprana que un* no tiene la menor oportunidad de defenderse, de opinar, de negarse o de consentir con libertad, con conocimiento, con información.

Asumirse como intersex sin serlo, solo porque existe un código implícito entre las personas intersex de no indagar demasiado acerca de nuestros diagnósticos al nacer y de nuestras experiencias personales —a menos esto sea compartido en el contexto de un espacio terapéutico, de apoyo entre pares, de empoderamiento personal y lucha política—, me parece no solo una falta de respeto a la batalla que día a día sostenemos las personas intersex para apoderarnos nuevamente de nuestros cuerpos y de nuestras vidas, sino una forma grosera de menospreciar las violaciones a nuestros derechos y reduciéndola en no pocas ocasiones a un tema de identidad de género, y tornando el sentido del movimiento intersex al del simple reconocimiento de identidades de género que nos permitan “orgullosamente identificarnos como intersex”, mientras que cada semana cientos de niños siguen siendo mutilados, en la fría ignominia de los quirófanos validada por la sociedad .

Peggy Cadet y Marc Feldman han apuntado ya esto en su artículo de 2012, “Pretense of a Paradox: Factitious Intersex Conditions on the Internet” (International Journal of Sexual Health, 24(2): 91-96). Durante una observación de 15 años en diversos grupos de apoyo de personas intersex, pudieron apreciar el hecho de que hay muchas personas trans que se presentan como intersex, elaborando a menudo condiciones muy raras —cuando no ficticias o imposibles— para así justificar su presencia. Esta es una situación perceptible también en el activismo, como Daniela Truffer (quien cita a Cadet y Feldman) lo ha señalado en su comentario sobre dicho artículo:

[La existencia de] personas trans que dicen ser intersex para su confort y beneficio personal, y el daño que infligen, tanto en el corto como en el largo plazo, a grupos de apoyo de personas intersex y al movimiento intersex de derechos humanos, es un problema doloroso y que tiene mucho tiempo, a menudo ignorado o trivializado también por algunas personas intersex y sus organizaciones (en mi experiencia, generalmente por aquellos que no fueron sometidos a la mutilación genital en su infancia).

Trans persons posing as intersex (and the damage they do to intersex rights) <http://stop.genitalmutilation.org/post/Intersex-Posers> [Fecha de consulta: 26 de marzo de 2018]

Traducción libre; existe una traducción completa del artículo hecha por Laura Inter, publicada como Personas trans aparentando ser intersexuales (y el daño que hacen a los derechos intersexuales), disponible en Brújula Intersexual.

El daño real, siguiendo la idea de los autores, se produce cuando las participaciones de personas trans que no nacieron con cuerpos intersex pero que fingen serlo o se basan en sus propias interpretaciones de lo que es la intersexualidad, se integran a publicaciones, documentales y otro tipo de productos culturales. Pero todavía más allá: cuando las personas intersex buscan apoyo en estos grupos, y se encuentran con personas trans fingiendo ser algo que no son, solo porque se siente bien para ellas, terminan sintiéndose alienadas y se alejan nuevamente; y en el caso del movimiento intersex, esto puede desalentar a algunos activistas, viendo cómo sus reclamos se diluyen ante los objetivos políticos de quienes emplean la intersexualidad para sus propios fines.

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Compartiendo una experiencia personal, debo admitir que este ha sido mi caso: en varias ocasiones he contemplado alejarme de la labor de divulgación y visibilización de la intersexualidad y de los derechos de las personas intersex, debido a cómo algunas personas trans secuestran el tema, a veces ya sin importar si se autonombran intersex o no; o, peor aún, algunos “aliados” que les dan más credibilidad y espacio a estas personas, solo porque son “visibles”, en la creencia de que la visibilidad es igual a mostrar el rostro y hacerse presente en todos los foros públicos LGBT.

A menudo he reflexionado sobre la pertinencia de que el movimiento intersex marque una distancia del colectivo LGBT+, aunque entiendo el por qué much*s aliad*s insisten en que debemos permanecer unid*s, por un tema de estrategia. Sin embargo, mi reflexión tampoco es original (la opinión de Daniela Truffer es ejemplo de ello). Nuestro vínculo con lo LGBT+ está más dado por una trayectoria histórica del movimiento intersex surgido durante los años 90s en los EE.UU. que por otra cosa. Entiendo que muchas personas intersex se identifiquen con identidades queer que correspondan mejor a su autopercepción, pero eso no equipara intersex con queer. En la encuesta realizada a personas intersex en Australia, publicada en 2016, un 48% de las personas intersex reporta que su orientación sexual es heterosexual; pero eso tampoco equipara intersex con heterosexualidad. Desde la capacidad de pensamiento intelectual del movimiento intersex, tenemos que plantear seria y críticamente lo LGBT en nuestra comunidad como una interseccionalidad más, es decir, situar horizontalmente la identidad y expresión de género y la orientación sexual a la par de otras categorías, como lo son, por ejemplo, la edad, la clase, la nacionalidad y el origen étnico; reconocer, así, que el aspecto común que vincula a las personas intersex son sus variaciones de las características sexuales al nacer, así como las experiencias personales derivadas del estigma que pueden traducirse en rechazo, discriminación y, muchas veces, violencia médica instrumentada a partir de las intervenciones médicas no consentidas. Y, en este sentido, reformular nuestra participación en el movimiento LGBT+, conformando alianzas basadas en el mutuo respeto y reconocimiento, pero emprendiendo, por fin, una denuncia y una lucha independientes, basada en los reclamos a la violencia médica que afecta y marca la vida futura de niños, niñas y adolescentes (lo que, irónicamente, busca prevenir), y educando a la sociedad sobre lo que realmente es la intersexualidad.

Me gustaría invitar a las personas intersex que también son trans, a remarcar el daño que causa la presencia de personas trans que fingen ser intersex en las comunidades y grupos intersex, especialmente en la generación de vínculos de confianza. No se trata de si se sienten cómodas con la idea de ser intersex, como un mecanismo de defensa o una justificación mental de que por eso son trans: se trata de respetar la experiencia de vida de las personas intersex, y de reconocer el verdadero objetivo del movimiento: nuestros derechos humanos.

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Un erotismo rebelde y cuatro palabras de poder

Me parece incuestionable que existen varios tipos de erotismo. Existe una tendencia a pensar que hay una manera uniforme de vivir la sensualidad, los afectos y la sexualidad, que proviene del bombardeo mediático y del lenguaje que se maneja en la calle y en la convivencia de los espacios comunes. Pero en todos estos espacios y en algunos medios, se cuelan experiencias y reflexiones que dan testimonio de otras posibilidades, muy variadas. Nunca serán suficientes; estas experiencias y reflexiones son lo más auténtico, lo más real, porque es lo que se vive.  Yo hablo desde esta perspectiva: desde las conversaciones con otras personas —intersex, principalmente, porque son quienes me interesan más; pero no exclusivamente—, desde las lecturas que he hecho, desde las reflexiones interiores e, inevitablemente, desde las sensaciones y experiencias vividas.

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No hablo en nombre de todas las personas intersex, porque no es factible hacerlo (y al final se entenderá mejor el por qué). Hablo en nombre de esta persona intersex. Pero creo, repito, que estas reflexiones pueden reflejar las vivencias, deseos y fantasías de muchas personas intersex, en la medida en que provienen de una experiencia médica que vulnera la privacidad a una edad temprana, pero también del estigma asumido como mantra incontestado durante años en nuestros interiores, que supone nuestros cuerpos como indeseables o no aptos para experimentar el erotismo, y ser reducidos a meros productos (porque a algun*s nos fabrican en el quirófano, contra nuestra voluntad) de consumo del erotismo de otr*s.

La palabra erotismo o, mejor dicho, lo que puede significar, proviene desde un lugar interior muy particular de cada persona, que adquiere connotaciones y significados adicionales según las interpretaciones del contexto social del que provenga, pero que no se reduce ni tiene por qué reducirse a la proyección pasional o amorosa hacia el exterior, sino que tiene que resonar ante todo en la intimidad propia, en los amores donde el centro es un* mism*. Por esto es que pienso que, como persona intersex, los erotismos a construir tienen que basarse en el principio de que, antes que a nadie más, que un* se ame y se procure a sí mism*.

Hay que comenzar por reconocer los sentimientos y los deseos propios. Explorar el cuerpo, sentir y (re)conectarse con la capacidad sensorial, para devolverle a las sensaciones su potencial de brindarnos experiencias de placer y no solo de dolor (o incluso de placer a partir del dolor, porque habrá para quienes sea alternativa, y válida); en resumen, hay que apropiarse del cuerpo que tenemos. Sí, ese cuerpo que puede habernos parecido ajeno por tanto tiempo, quirúrgicamente intervenido a una edad en que conscientemente no sabíamos lo que sucedía —pero, aunque la mente olvide, el cuerpo siempre recuerda—, violado por procedimientos que invadían nuestra intimidad infantil, y normalizado a base de hormonas —vueltas necesarias por las orquidectomías rara vez justificables, médicamente hablando—. Ese cuerpo del que nos desligamos y con el que establecimos una barrera para no volvernos a sentir violentad*s y ultrajad*s, es nuestro cuerpo. Siempre lo fue, y somos libres de vivirlo —el cuerpo— no como ese discurso social y esa violencia médica esperan que lo hagamos, sino como nosotr*s elijamos.

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Para asumir un erotismo que nos permita disfrutar de nuestro cuerpo y de la sensualidad, de lo sentimental y de lo sexual, es indispensable romper los esquemas del mainstream de la sociedad. Y si les incomoda (y claro que les incomoda, por eso nos borran, nos mutilan, nos violentan, desde la infancia más temprana y a veces desde la gestación), tengo para ellos cuatro palabras perfectamente comprensibles en la lengua española, y que tienen que servirnos para reclamar el erotismo propio y empoderarnos: Pueden. Irse. Al. Demonio:

Pueden irse al demonio, con sus mensajes mediáticos y “culturales” que nos dicen de formas contradictorias de vivir el erotismo como un requisito de funcionalidad social vacuo y edulcorado, o de alejarnos de él a través de culpas, como un supuesto triunfo moral.

Pueden irse al demonio, con la expectativa médica de éxito de sus intervenciones, en función de la capacidad que podamos (o no) tener para un coito y someternos a relaciones heterosexuales sin preguntarse (ni preguntarnos) si eso es lo que nos gustaría y es a lo que le tiramos.

Pueden irse al demonio, con los miedos y prejuicios que nos inculcaron —a nosotr*s y a nuestras familias— sobre cómo nuestros cuerpos eran amenazantes para nuestro porvenir, con preocupaciones del tipo: “¿quién l* va a querer de grande con sus genitales así?”, o “¿qué van a pensar cuando le cambien el pañal en la guardería?”, o “¿y si me sale marimacha y terminan por gustarle las niñas en vez de los niños?”

Pueden irse al demonio, con toda esa insistencia opresiva, represiva, asfixiante, esclavizante, patologizante, sobre cómo deben lucir nuestros cuerpos y cómo debemos experimentar el placer y el dolor, sobre cómo construir nuestras relaciones afectivas y vivir nuestras emociones, sobre cómo jugar nosotr*s con nuestra sexualidad y explorar (y explotar) sus riquísimas formas alternativas.

El erotismo es algo sumamente empoderador. En el caso de una persona intersex puede ser, además, un camino de sanación. Desde mi apreciación, este erotismo invita a replantear las nociones de lo que es socialmente digerible, en tanto nuestras características sexuales congénitas han sido largamente degradas a objeto del morbo y fantasía exclusivas de esa misma sociedad que, en aras de “protegernos” de sí misma —pienso en el argumento del “beneficio psicosocial” tan socorrido por los médicos—, elige modificarnos mediante la alteración no consentida de nuestras características sexuales, o selectivamente deshacerse de nosotr*s durante la gestación, no como una expresión de la libertad de elegir sino como una expresión de la eugenesia, como una bondad para con los padres, “por todos los problemas psicológicos por los que su hij* atravesaría”. En otras palabras, propongo que la recuperación del erotismo propio, como personas intersex, no se observe desde la conservadora perspectiva que solo cosifica nuestro cuerpo (como fetiche o como patología), sino desde la perspectiva liberadora de un cuerpo diverso, completamente capaz de experimentar una de las más profundas y ricas dimensiones del ser humano, una que, de hecho, es definitoria de la manera en que nuestra especie construye sociedades e identidades.

El erotismo, personal y no para otr*s, de un* y para un*, nos da el poder para conectar íntimamente con un* mism* y luego también con otr*s; el sentir y experimentar el placer más amplio a través de los sentidos; la sensualidad y la sexualidad a través de los cuerpos tan diversos que caen en la definición de intersex, aprovechando sus características únicas —especialmente las de los cuerpos no intervenidos—, dándole la vuelta a las expectativas limitadas de quienes nos han querido “corregir” a través de nuestras re-significaciones (mental y corporalmente asumidas y re-asumidas), con aproximaciones y prácticas diferentes, distintas, creativas y satisfactorias, íntimas y personales (personalizadas), nos permite experimentar la vida de forma plena y enriquecida, y de paso sacudir, con ese testimonio de vida, la consciencia una sociedad que, ensimismada en su grisácea uniformidad, insiste en catalogarnos como anomalías o como criaturas mitológicas; y, para los oídos atentos y los corazones aliados, brindarles un ejemplo de cómo pueden, si quieren, enriquecer también su mundo y, por extensión, el de tod*s.

Corazones que se alinean

A los corazones que se reunieron en San José, físicamente y de pensamiento.

 A mi hermano, que me dijo: —Te estábamos esperando.

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Han pasado ya más de dos semanas desde que concluyó la Primera Conferencia Latinoamericana y del Caribe de Personas Intersex en San José, Costa Rica. He esperado un tiempo antes de escribir al respecto, en parte porque he querido que todas las experiencias, las ideas y las emociones que surgieron durante las sesiones de trabajo de esos tres inolvidables días ocupen su lugar y su valor en mi memoria. Todavía me parece increíble que haya sucedido ese encuentro, que catorce personas de distintos países y orígenes hayamos convergido en un mismo lugar y espacio, en el centro de nuestra América, la América de la vocación por la diversidad, la América donde se gestan movimientos que claman por un mundo distinto, donde haya equidad, justicia social, memoria del pasado, respeto a los derechos humanos, entre tantas otras deudas que venimos acarreando…

Más allá de los resultados y de los acuerdos, más allá de los esfuerzos comunes que se tienen que articular de aquí en adelante para fortalecer y hacer más visible el movimiento intersex de la región, me parece necesario destacar la palpable existencia de una riqueza humana que aún está por manifestarse en el mundo. La procedencia cultural, lingüística, política y corporal de cada persona, por necesidad tenía que aportar algo diferente, algo único, al espacio común en que coincidimos. Más que homogeneizar una perspectiva de acciones y de estrategias colectivas, en la Conferencia pronto se hizo patente que el enfoque del activismo intersex de la región de América Latina y el Caribe no puede menos que reconocer la historia de nuestros pueblos, y explorar las posibilidades invisibilizadas y desplazadas por los discursos dominantes de otras regiones y de otros ámbitos (por ejemplo, el ámbito médico occidental).

Por otro lado, fue una excelente oportunidad de reconocer la potencia que tienen las expresiones alternativas de las personas que forman parte de nuestra “pequeña” comunidad.

En verdad, la comunidad de personas intersex y nacidas con variaciones de las características sexuales de esta tierra que denominamos como América Latina y el Caribe, tiene muchísimo para aportar al movimiento intersex global, mediante la creación cultural, la acción social, la intervención artística y la propuesta académica. Tales expresiones están llamadas a irrumpir en el mainstream dominante de ideas y concepciones del ser humano, a sensibilizar a una sociedad indiferente, cuando no desconocedora, de la problemática que vivimos; y a reforzar la lucha por el pleno reconocimiento de nuestra categoría de seres humanos y respeto de nuestros derechos desde el momento de nacer y durante nuestra infancia y adolescencia, que es el periodo en que somos más vulnerables a los prejuicios y a la normalización de nuestras características sexuales (una vindicación urgente y que sigue pendiente de aterrizar en los planos que sean necesarios: normativos, jurídicos, judiciales).

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Guaría en gestación, arte callejero. San José, Costa Rica, 3 de marzo de 2018.

 

Es claro que hace falta mucho trabajo para concretar en hechos y resultados los acuerdos y propósitos surgidos de este primer encuentro, mismos que se harán públicos próximamente. Pero me parece imperativo señalar la necesidad que ha surgido a partir de esta primera conferencia (posibilitada gracias a los auspicios del Intersex Human Rights Fund) de dar espacio a las voces de la región, con toda su pujanza y su creatividad, pero también de fortalecer el sentimiento de comunidad de sur a norte y de norte a sur, alineando los corazones de todas las personas intersex y nacidas con variaciones de las características sexuales, oriundas de este hemisferio, para construir una visión del mundo que nos oriente en el camino, una utopía que, retomando las palabras del cineasta Fernando Birri, nos permita fijar la mirada en un horizonte posible, y caminar hacia ella, porque para eso son justamente las utopías: para caminar.

Sentir

Hace bastante tiempo —tres meses y una semana, para ser precisos— que no publicaba. Es el intervalo de silencio más prolongado en este blog, y no ha sido por falta de temas para escribir. Más bien, es por estar abrumada de ellos, y no haberles dado la debida salida. Es por eso que esta publicación lleva un tono más personal (si acaso es posible) que todas las que le anteceden.

Me explico.

La importancia de darle visibilidad a la temática intersex radica en reivindicar la naturaleza humana de las personas intersex, casi siempre diluida en la ignorancia de los mitos y prejuicios acerca de lo que es la intersexualidad y, cuando no, sometida al discurso hegemónico de la medicina que se atribuye el derecho de explicar e intervenir nuestros cuerpos diagnosticados como un trastorno del desarrollo sexual (TDS o DSD, por sus siglas en inglés).

A veces nos enfocamos mucho en hablar de la componente de derechos humanos de la temática, y no es para menos pues, en efecto, la desvinculación de nuestro cuerpo y su adjudicación al terreno de lo patológico da pie a una serie de prácticas de violencia médica y social que se replican incesantemente, sin ser cuestionadas ni interpeladas, y que no tienen ninguna otra justificación que los prejuicios de la sociedad. Pero, a la par de ir construyendo un esquema donde cuerpos nacidos con variaciones de las características sexuales no sean objeto de estas violaciones, es necesario ir extendiendo entre la gente la noción de que las personas intersex vivimos en el mismo planeta, compartimos el mismo aire, disfrutamos de la misma música y de los mismos sabores y placeres que el resto de la humanidad. Que formamos parte de familias y también las construimos, y que nuestras características sexuales congénitas —intervenidas, mutiladas o intactas— no tienen por qué resultar amenazantes, que son variaciones perfectamente naturales y saludables. Por eso escribo.

Escribir, en mi experiencia personal de vida, no es simplemente una forma de expresarse o de transmitir un mensaje. Resulta, también, un soporte vital, sobrevivo (y no lo digo de forma figurativa) gracias a la posibilidad de poner en palabras todo cuanto me mueve. Otras personas disponen, adicionalmente, de otras formas para comunicarse, y desde ahí proponer y (de)construir realidades. Aunque he ido explorando otras alternativas, mi trinchera y refugio siempre ha sido el mundo intangible de las ideas, y la lengua y las letras mi vehículo preferido para canalizarlas a este plano de la realidad. Pero, por sí solo, me parece que es un vehículo con carencias (como todos, supongo), pues requiere de lectores; pero, además, requiere que los lectores sean capaces de interpretar el texto. No con esto quiero decir que haya una sola interpretación, sino que el lector sea susceptible a reaccionar ante la lectura, de sentirlo, a entablar un diálogo interno, a reflexionar, a dar a luz nuevas posibilidades en su interior. Pero a veces, para generar esta reacción es necesario recurrir —también— a otros vehículos. Por ejemplo, los medios visuales.

He titulado esta publicación Sentir porque me parece que, en el alejarme del sufrimiento físico y del control y la sujeción de mi cuerpo por parte de la medicina, por muchos años me desapegué también de cualquier significado placentero o afirmativo de la experiencia sensorial que provee el cuerpo, o por lo menos he reducido su validez en mi propio discurso interior. Claro que siento, puedo distinguir el frío del calor, lo rugoso de lo liso, y así; pero, hasta hace un tiempo, asignarle una categoría interior a estas experiencias dentro de lo positivo y lo negativo era difícil. Lo positivo era motivo de culpabilidad, y lo negativo era necesario aguantarlo, como era necesario aguantarse el dolor y la incomodidad en las noches de hospitalización, como era necesario aguantarse la comezón de las cicatrices en el periodo de convalecencia, como era necesario aguantarse las invasiones a la intimidad de mis genitales por parte de los médicos.

Sentir, conscientemente sentir, ha sido parte del proceso de sanar. Y reconocer lo que me gusta sentir y lo que no tengo ganas de sentir, también. Sentir las cosas en la piel y en la carne y en los huesos; sentir la razón, la emoción, el pensamiento; sentir las palabras que escribo y —obviamente— sentir los sentimientos. Sentir el hambre, el frío, la sed y el deseo. ¿Es posible que esta sea, también, una vía para que otras personas se aproximen a la temática intersex de un modo menos morboso, más sensible?

Todo lo anterior es el preámbulo para hablar de una experiencia que me ha cambiado en muchos sentidos. Hace unas pocas semanas conocí a dos personas con quienes había tenido comunicación solo por vía electrónica: Katia Repina y Carla Moral, fotógrafas freelance que llevan tiempo dándole forma a un fascinante proyecto llamado My Own Wings, el cual busca, a través del testimonio y de las imágenes, principalmente, informar acerca de la intersexualidad, anteponiendo a la persona por encima de cualquier otro aspecto social —por ejemplo, por encima de la heteronormatividad o de la predominancia del discurso médico—. El contacto se dio a través de Laura Inter, y accedí a reunirme con ellas, indecisa todavía sobre si mostrar o no mi rostro en las fotografías que planeaban tomar, pues, en efecto, el lenguaje del proyecto es eminentemente visual.

Mostrar el propio rostro es un asunto delicado para algunas personas intersex —ciertamente para mí no es sencillo—; mi conflicto con las fotografías tiene dos orígenes: por un lado, el sentirme expuesta en mi identidad, en el contexto de una era digital donde solo se tiene cierto control de la imagen propia; por otro lado, el que por muchos años haya sido una juez muy severa de mí misma ha hecho que tampoco me agraden las representaciones visuales. Finalmente me decanté por participar abiertamente porque me di cuenta del mensaje tan poderoso que puede transmitirse a través de la reconciliación con la imagen propia y su exposición en espacios cotidianos, donde existen los demás, donde no somos una figura mitológica ni un síndrome con patas, sino personas que sienten.

Recibir a Katia y a Carla fue una experiencia nueva en muchos sentidos, porque no se me da el abrirle las puertas de mi espacio más íntimo a las personas en general. De hecho, al comienzo sentía una gran ansiedad, pues no era poca cosa lo que estaba jugándose en la interacción. Pero su calidez y sencillez me ayudaron a crear un espacio de confianza, en el cual se dieron momentos de convivencia que atesoro y que me hicieron redescubrir lo que no es tan fácil mirar desde adentro.

Hubo tres momentos que quiero destacar:

El primero fue el día que me propusieron que fuéramos a algún lugar donde yo me sintiera cómoda, haciendo algo que me fuera natural. Solo pude pensar en leer al aire libre. Leer, más que una mera herramienta del pensamiento, me resulta tan necesario como respirar, algo que me resulta más rico y nutritivo que la alimentación misma. Ese día, además, necesitaba leer algo especial: necesitaba leer poesía. Salir a leer al aire libre no es algo que haga a menudo, pero es algo que siempre quiero hacer, algo que no me suelo permitir demasiado. Fuimos al Parque de los Espejos, un parque que me gusta por sus fresnos y eucaliptos, altos y frondosos. Me gusta, también, por sus estanques, esos espejos de agua que, además de brindarle una sensación de serenidad, aumentan la percepción del verdor del parque. Ahí abrí mi antología poética de Alfonsina Storni, y comencé a soñar. La poesía, más que cualquier otro género literario, posee la propiedad de cargar consigo significados nuevos cuando se relee, precisamente por lo tremendamente simbólico del lenguaje con que se expresa. Hacía seis años que no cogía ese volumen, y en los últimos seis años me han pasado tantas cosas, que el trancazo que produce la poesía de una mujer que cuestionaba lo que constituía el ser mujer, que vivía intensamente en relación a su entorno bonaerense, que vivía a flor de piel las emociones y los sentimientos, que los sentía, era inevitable.

 

Crédito: Katia Repina

El segundo momento se dio en casa. Carla me propuso una idea, la de fotografiarme mientras escribía y escuchaba música. Accedí, aunque no estuviese segura de qué buscaba. Hubo un punto en el que me sentí como en aquellas revisiones médicas, hasta me costó trabajo respirar. Darme cuenta de lo que estaba sintiendo me llevó a cobrar consciencia de que no era lo mismo: yo estaba en control de mi misma. Respiré profundamente y abrí la aplicación de música; elegí un tema de Jorge Drexler —vaya ironía, médico devenido en trovador; pero, al igual que yo, una persona que encontró en las palabras su verdadera vocación—, Sanar. Y comencé a escribir. Una escena de un relato que vengo escribiendo desde hace varios años. La tarde cayendo, Carla casi yéndose de espaldas por buscar un mejor ángulo en dos ocasiones, y yo ahí, siendo yo misma, en el lugar más íntimo de mi mundo.

 

Crédito: Carla Moral

El tercer momento fue, apenas, la semana pasada, que Katia amablemente me compartió las fotografías que me habían tomado. Me quedé impactada. No era la incredulidad de quien no se reconoce en una fotografía. No era el juicio implacable de uno con su propia imagen. Era, más bien, el reconocerme plenamente en esas fotos: cuerpo, rostro, actitudes, miradas, el daydreaming que vivo todos los días de mi vida pero que nunca antes había visto retratado.

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Crédito: Katia Repina

Al escribir sobre esta experiencia, he querido destacar la importancia de acercarse a la intersexualidad desde una dimensión humana, porque, en esencia, es la única manera de darnos cuenta del miedo infundado que, como sociedad, permitimos que nos invada cuando damos cabida consciente a la diferencia corporal de las características sexuales.

Permitirnos sentir, es echar a andar en el camino a la empatía, la posibilidad de ponernos no en los zapatos sino en la piel del otro. Retratar la cotidianidad de las personas intersex es un necesario recordatorio de que somos merecedores de dignidad y respeto, de que formamos parte integral de familias que también aman y atraviesan las consecuencias de las decisiones tomadas a partir de recomendaciones validadas por la excesiva autoridad que hemos investido en los médicos y en la medicina.

Haber participado en My Own Wings me ha permitido profundizar —desde el diálogo que se entabla a través del lenguaje visual, en la creación de los espacios comunes entre quien mira detrás de la lente fotográfica y quien por ella es retratadx— sobre estas reflexiones. Reímos, creamos, soñamos, también nos cansamos y comemos y dormimos, y volvemos a soñar y a crear y a vivir. Y a sentir. Espero que este proyecto, que ya lleva recorrido un cierto tramo de camino, logre generar el impacto que busca y que puede tener en el mundo, donde no seamos más un circo de fenómenos a tener aislados y tratados como si estuviésemos, además, enfermos; sino que se asuma con un mensaje claro, afirmativo y contundente, que represente a las personas intersex en toda la calidad humana que nos caracteriza porque somos —nunca hay que olvidarlo— seres humanos.