Corazones que se alinean

A los corazones que se reunieron en San José, físicamente y de pensamiento.

 A mi hermano, que me dijo: —Te estábamos esperando.

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Han pasado ya más de dos semanas desde que concluyó la Primera Conferencia Latinoamericana y del Caribe de Personas Intersex en San José, Costa Rica. He esperado un tiempo antes de escribir al respecto, en parte porque he querido que todas las experiencias, las ideas y las emociones que surgieron durante las sesiones de trabajo de esos tres inolvidables días ocupen su lugar y su valor en mi memoria. Todavía me parece increíble que haya sucedido ese encuentro, que catorce personas de distintos países y orígenes hayamos convergido en un mismo lugar y espacio, en el centro de nuestra América, la América de la vocación por la diversidad, la América donde se gestan movimientos que claman por un mundo distinto, donde haya equidad, justicia social, memoria del pasado, respeto a los derechos humanos, entre tantas otras deudas que venimos acarreando…

Más allá de los resultados y de los acuerdos, más allá de los esfuerzos comunes que se tienen que articular de aquí en adelante para fortalecer y hacer más visible el movimiento intersex de la región, me parece necesario destacar la palpable existencia de una riqueza humana que aún está por manifestarse en el mundo. La procedencia cultural, lingüística, política y corporal de cada persona, por necesidad tenía que aportar algo diferente, algo único, al espacio común en que coincidimos. Más que homogeneizar una perspectiva de acciones y de estrategias colectivas, en la Conferencia pronto se hizo patente que el enfoque del activismo intersex de la región de América Latina y el Caribe no puede menos que reconocer la historia de nuestros pueblos, y explorar las posibilidades invisibilizadas y desplazadas por los discursos dominantes de otras regiones y de otros ámbitos (por ejemplo, el ámbito médico occidental).

Por otro lado, fue una excelente oportunidad de reconocer la potencia que tienen las expresiones alternativas de las personas que forman parte de nuestra “pequeña” comunidad.

En verdad, la comunidad de personas intersex y nacidas con variaciones de las características sexuales de esta tierra que denominamos como América Latina y el Caribe, tiene muchísimo para aportar al movimiento intersex global, mediante la creación cultural, la acción social, la intervención artística y la propuesta académica. Tales expresiones están llamadas a irrumpir en el mainstream dominante de ideas y concepciones del ser humano, a sensibilizar a una sociedad indiferente, cuando no desconocedora, de la problemática que vivimos; y a reforzar la lucha por el pleno reconocimiento de nuestra categoría de seres humanos y respeto de nuestros derechos desde el momento de nacer y durante nuestra infancia y adolescencia, que es el periodo en que somos más vulnerables a los prejuicios y a la normalización de nuestras características sexuales (una vindicación urgente y que sigue pendiente de aterrizar en los planos que sean necesarios: normativos, jurídicos, judiciales).

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Guaría en gestación, arte callejero. San José, Costa Rica, 3 de marzo de 2018.

 

Es claro que hace falta mucho trabajo para concretar en hechos y resultados los acuerdos y propósitos surgidos de este primer encuentro, mismos que se harán públicos próximamente. Pero me parece imperativo señalar la necesidad que ha surgido a partir de esta primera conferencia (posibilitada gracias a los auspicios del Intersex Human Rights Fund) de dar espacio a las voces de la región, con toda su pujanza y su creatividad, pero también de fortalecer el sentimiento de comunidad de sur a norte y de norte a sur, alineando los corazones de todas las personas intersex y nacidas con variaciones de las características sexuales, oriundas de este hemisferio, para construir una visión del mundo que nos oriente en el camino, una utopía que, retomando las palabras del cineasta Fernando Birri, nos permita fijar la mirada en un horizonte posible, y caminar hacia ella, porque para eso son justamente las utopías: para caminar.

Sentir

Hace bastante tiempo —tres meses y una semana, para ser precisos— que no publicaba. Es el intervalo de silencio más prolongado en este blog, y no ha sido por falta de temas para escribir. Más bien, es por estar abrumada de ellos, y no haberles dado la debida salida. Es por eso que esta publicación lleva un tono más personal (si acaso es posible) que todas las que le anteceden.

Me explico.

La importancia de darle visibilidad a la temática intersex radica en reivindicar la naturaleza humana de las personas intersex, casi siempre diluida en la ignorancia de los mitos y prejuicios acerca de lo que es la intersexualidad y, cuando no, sometida al discurso hegemónico de la medicina que se atribuye el derecho de explicar e intervenir nuestros cuerpos diagnosticados como un trastorno del desarrollo sexual (TDS o DSD, por sus siglas en inglés).

A veces nos enfocamos mucho en hablar de la componente de derechos humanos de la temática, y no es para menos pues, en efecto, la desvinculación de nuestro cuerpo y su adjudicación al terreno de lo patológico da pie a una serie de prácticas de violencia médica y social que se replican incesantemente, sin ser cuestionadas ni interpeladas, y que no tienen ninguna otra justificación que los prejuicios de la sociedad. Pero, a la par de ir construyendo un esquema donde cuerpos nacidos con variaciones de las características sexuales no sean objeto de estas violaciones, es necesario ir extendiendo entre la gente la noción de que las personas intersex vivimos en el mismo planeta, compartimos el mismo aire, disfrutamos de la misma música y de los mismos sabores y placeres que el resto de la humanidad. Que formamos parte de familias y también las construimos, y que nuestras características sexuales congénitas —intervenidas, mutiladas o intactas— no tienen por qué resultar amenazantes, que son variaciones perfectamente naturales y saludables. Por eso escribo.

Escribir, en mi experiencia personal de vida, no es simplemente una forma de expresarse o de transmitir un mensaje. Resulta, también, un soporte vital, sobrevivo (y no lo digo de forma figurativa) gracias a la posibilidad de poner en palabras todo cuanto me mueve. Otras personas disponen, adicionalmente, de otras formas para comunicarse, y desde ahí proponer y (de)construir realidades. Aunque he ido explorando otras alternativas, mi trinchera y refugio siempre ha sido el mundo intangible de las ideas, y la lengua y las letras mi vehículo preferido para canalizarlas a este plano de la realidad. Pero, por sí solo, me parece que es un vehículo con carencias (como todos, supongo), pues requiere de lectores; pero, además, requiere que los lectores sean capaces de interpretar el texto. No con esto quiero decir que haya una sola interpretación, sino que el lector sea susceptible a reaccionar ante la lectura, de sentirlo, a entablar un diálogo interno, a reflexionar, a dar a luz nuevas posibilidades en su interior. Pero a veces, para generar esta reacción es necesario recurrir —también— a otros vehículos. Por ejemplo, los medios visuales.

He titulado esta publicación Sentir porque me parece que, en el alejarme del sufrimiento físico y del control y la sujeción de mi cuerpo por parte de la medicina, por muchos años me desapegué también de cualquier significado placentero o afirmativo de la experiencia sensorial que provee el cuerpo, o por lo menos he reducido su validez en mi propio discurso interior. Claro que siento, puedo distinguir el frío del calor, lo rugoso de lo liso, y así; pero, hasta hace un tiempo, asignarle una categoría interior a estas experiencias dentro de lo positivo y lo negativo era difícil. Lo positivo era motivo de culpabilidad, y lo negativo era necesario aguantarlo, como era necesario aguantarse el dolor y la incomodidad en las noches de hospitalización, como era necesario aguantarse la comezón de las cicatrices en el periodo de convalecencia, como era necesario aguantarse las invasiones a la intimidad de mis genitales por parte de los médicos.

Sentir, conscientemente sentir, ha sido parte del proceso de sanar. Y reconocer lo que me gusta sentir y lo que no tengo ganas de sentir, también. Sentir las cosas en la piel y en la carne y en los huesos; sentir la razón, la emoción, el pensamiento; sentir las palabras que escribo y —obviamente— sentir los sentimientos. Sentir el hambre, el frío, la sed y el deseo. ¿Es posible que esta sea, también, una vía para que otras personas se aproximen a la temática intersex de un modo menos morboso, más sensible?

Todo lo anterior es el preámbulo para hablar de una experiencia que me ha cambiado en muchos sentidos. Hace unas pocas semanas conocí a dos personas con quienes había tenido comunicación solo por vía electrónica: Katia Repina y Carla Moral, fotógrafas freelance que llevan tiempo dándole forma a un fascinante proyecto llamado My Own Wings, el cual busca, a través del testimonio y de las imágenes, principalmente, informar acerca de la intersexualidad, anteponiendo a la persona por encima de cualquier otro aspecto social —por ejemplo, por encima de la heteronormatividad o de la predominancia del discurso médico—. El contacto se dio a través de Laura Inter, y accedí a reunirme con ellas, indecisa todavía sobre si mostrar o no mi rostro en las fotografías que planeaban tomar, pues, en efecto, el lenguaje del proyecto es eminentemente visual.

Mostrar el propio rostro es un asunto delicado para algunas personas intersex —ciertamente para mí no es sencillo—; mi conflicto con las fotografías tiene dos orígenes: por un lado, el sentirme expuesta en mi identidad, en el contexto de una era digital donde solo se tiene cierto control de la imagen propia; por otro lado, el que por muchos años haya sido una juez muy severa de mí misma ha hecho que tampoco me agraden las representaciones visuales. Finalmente me decanté por participar abiertamente porque me di cuenta del mensaje tan poderoso que puede transmitirse a través de la reconciliación con la imagen propia y su exposición en espacios cotidianos, donde existen los demás, donde no somos una figura mitológica ni un síndrome con patas, sino personas que sienten.

Recibir a Katia y a Carla fue una experiencia nueva en muchos sentidos, porque no se me da el abrirle las puertas de mi espacio más íntimo a las personas en general. De hecho, al comienzo sentía una gran ansiedad, pues no era poca cosa lo que estaba jugándose en la interacción. Pero su calidez y sencillez me ayudaron a crear un espacio de confianza, en el cual se dieron momentos de convivencia que atesoro y que me hicieron redescubrir lo que no es tan fácil mirar desde adentro.

Hubo tres momentos que quiero destacar:

El primero fue el día que me propusieron que fuéramos a algún lugar donde yo me sintiera cómoda, haciendo algo que me fuera natural. Solo pude pensar en leer al aire libre. Leer, más que una mera herramienta del pensamiento, me resulta tan necesario como respirar, algo que me resulta más rico y nutritivo que la alimentación misma. Ese día, además, necesitaba leer algo especial: necesitaba leer poesía. Salir a leer al aire libre no es algo que haga a menudo, pero es algo que siempre quiero hacer, algo que no me suelo permitir demasiado. Fuimos al Parque de los Espejos, un parque que me gusta por sus fresnos y eucaliptos, altos y frondosos. Me gusta, también, por sus estanques, esos espejos de agua que, además de brindarle una sensación de serenidad, aumentan la percepción del verdor del parque. Ahí abrí mi antología poética de Alfonsina Storni, y comencé a soñar. La poesía, más que cualquier otro género literario, posee la propiedad de cargar consigo significados nuevos cuando se relee, precisamente por lo tremendamente simbólico del lenguaje con que se expresa. Hacía seis años que no cogía ese volumen, y en los últimos seis años me han pasado tantas cosas, que el trancazo que produce la poesía de una mujer que cuestionaba lo que constituía el ser mujer, que vivía intensamente en relación a su entorno bonaerense, que vivía a flor de piel las emociones y los sentimientos, que los sentía, era inevitable.

 

Crédito: Katia Repina

El segundo momento se dio en casa. Carla me propuso una idea, la de fotografiarme mientras escribía y escuchaba música. Accedí, aunque no estuviese segura de qué buscaba. Hubo un punto en el que me sentí como en aquellas revisiones médicas, hasta me costó trabajo respirar. Darme cuenta de lo que estaba sintiendo me llevó a cobrar consciencia de que no era lo mismo: yo estaba en control de mi misma. Respiré profundamente y abrí la aplicación de música; elegí un tema de Jorge Drexler —vaya ironía, médico devenido en trovador; pero, al igual que yo, una persona que encontró en las palabras su verdadera vocación—, Sanar. Y comencé a escribir. Una escena de un relato que vengo escribiendo desde hace varios años. La tarde cayendo, Carla casi yéndose de espaldas por buscar un mejor ángulo en dos ocasiones, y yo ahí, siendo yo misma, en el lugar más íntimo de mi mundo.

 

Crédito: Carla Moral

El tercer momento fue, apenas, la semana pasada, que Katia amablemente me compartió las fotografías que me habían tomado. Me quedé impactada. No era la incredulidad de quien no se reconoce en una fotografía. No era el juicio implacable de uno con su propia imagen. Era, más bien, el reconocerme plenamente en esas fotos: cuerpo, rostro, actitudes, miradas, el daydreaming que vivo todos los días de mi vida pero que nunca antes había visto retratado.

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Crédito: Katia Repina

Al escribir sobre esta experiencia, he querido destacar la importancia de acercarse a la intersexualidad desde una dimensión humana, porque, en esencia, es la única manera de darnos cuenta del miedo infundado que, como sociedad, permitimos que nos invada cuando damos cabida consciente a la diferencia corporal de las características sexuales.

Permitirnos sentir, es echar a andar en el camino a la empatía, la posibilidad de ponernos no en los zapatos sino en la piel del otro. Retratar la cotidianidad de las personas intersex es un necesario recordatorio de que somos merecedores de dignidad y respeto, de que formamos parte integral de familias que también aman y atraviesan las consecuencias de las decisiones tomadas a partir de recomendaciones validadas por la excesiva autoridad que hemos investido en los médicos y en la medicina.

Haber participado en My Own Wings me ha permitido profundizar —desde el diálogo que se entabla a través del lenguaje visual, en la creación de los espacios comunes entre quien mira detrás de la lente fotográfica y quien por ella es retratadx— sobre estas reflexiones. Reímos, creamos, soñamos, también nos cansamos y comemos y dormimos, y volvemos a soñar y a crear y a vivir. Y a sentir. Espero que este proyecto, que ya lleva recorrido un cierto tramo de camino, logre generar el impacto que busca y que puede tener en el mundo, donde no seamos más un circo de fenómenos a tener aislados y tratados como si estuviésemos, además, enfermos; sino que se asuma con un mensaje claro, afirmativo y contundente, que represente a las personas intersex en toda la calidad humana que nos caracteriza porque somos —nunca hay que olvidarlo— seres humanos.

2º Foro Inter Visibilidad en la CDHDF

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Crédito de las fotos: Laura Inter.

El pasado 8 de noviembre, en el marco del Día de la Solidaridad Intersex, que conmemora el nacimiento de una de las personas intersex más célebres, Herculine Barbin, unimos esfuerzos Brújula Intersexual de Laura Inter y Proyecto Intersexual de Adiós al futuro, y gracias a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) que nos abrió sus puertas, llevamos a cabo el 2º Foro Inter Visibilidad: Visibilidad Intersex.

 

El programa de actividades contempló también la lectura del texto de Laura Inter sobre La intersexualidad en México y el trabajo de Brújula Intersexual, proyecto que celebraba también con su participación su 4º aniversario de existencia, haciendo visible la intersexualidad y sus aspectos, así educando y sensibilizando a la sociedad sobre la problemática que enfrentan las personas intersex.

También se reprodujo el testimonio de voz de Lupita Chávez, persona intersex mexicana, quien ha participado en otros espacios dando asesorías a instituciones de salud y gubernamentales (Lupita también ha escrito una serie de relatos cortos de corte autobiográfico, que pueden leerse en Brújula Intersexual). El testimonio de voz fue presentado de forma inédita, y se tuvo la oportunidad de interactuar a través de una llamada por vídeo con ella, en la que presentó su expediente clínico y habló brevemente sobre la presión que vivió por parte los médicos para someterse voluntariamente a las cirugías por las que atravesó, y dio respuesta a una pregunta del auditorio acerca de cómo llevar una vida libre de resentimientos hacia las personas que la indujeron a las cirugías.

 

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Posteriormente se proyectó el cortometraje animado Fragmentos, de Adiós al futuro, una pieza que forma parte del Proyecto Intersexual, que desde un lenguaje artístico y multimedia lleva al espectador a situarse en un diálogo dinámico, que le traslada a un lugar mental y emocional donde es difícil racionalizar y justificar los criterios sociales, y en el cual las preguntas y los cuestionamientos tienen un origen más empático, desde la experiencia vivida y sentida.

El evento concluyó con una ponencia de Hana Aoi sobre La intersexualidad, desde los derechos humanos, en la cual se abordó un breve repaso de la historia del activismo intersex y la reivindicación de los derechos humanos de las personas intersex, así como los problemas fundamentales que enfrentan a causa de la vulneración de tales derechos y de la incomprensión de la sociedad sobre este aspecto; también se revisaron los principales avances en el reconocimiento de los derechos humanos a nivel global y en el contexto regional y nacional, y el largo camino por recorrer en la materialización de leyes que efectivamente garanticen y defiendan estos derechos.

Fue de destacarse la intervención artística de Adiós al futuro con extractos de El libro intersexual que se montaron en el lobby del auditorio y que pudieron ser apreciados por los asistentes antes del inicio del evento.

 

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Desde este espacio, agradecemos el apoyo de las autoridades de la CDHDF, de su presidenta, Dra. Nashieli Ramírez, quien facilitó la realización del evento, y muy especialmente del Dr. Francisco Javier Conde, director ejecutivo del Centro de Investigación Aplicada en Derechos Humanos de este organismo, con quien mantuvimos comunicación constante para coordinar los esfuerzos llevados a cabo al interior de la Comisión, y asegurar el éxito del foro. También agradecemos la compañía y presentación de la Dra. Eva Alcántara, aliada incondicional del movimiento intersex en México.

Esencialmente, es un tema de derechos humanos.

Texto presentado el 17 de noviembre de 2017 en la Ciudad de Guatemala, durante el taller Experiencias Intersexuales, en el marco de la VII Conferencia Regional de ILGA-LAC.

Desde finales del siglo XIX, la ciencia médica se ha hecho cargo de la ansiedad social por definir los parámetros de la construcción social a la que llamamos “sexo”, basándose en limitadas observaciones empíricas del cuerpo humano, vinculándolas con las expectativas de comportamiento social (que hoy podemos describir con los términos rol y expresión de género), para así establecer lo que es correcto y lo que no, en términos de anticuadas y restrictivas reglas de convivencia social. No sorprende que estas primeras observaciones provengan de médicos ingleses en plena Era Victoriana, ni los supuestos valores que ahí se plasman. Es la lente hipermoralizada de una época opresiva la que nos ha heredado un paquete de prejuicios y nociones, mismos que el común de la gente dan por descontado, y que se basan en un binomio más social que biológico; este escrutinio social tamizado por el óculo clínico es el que nos ha heredado, por ejemplo, el término hermafroditismo para describir condiciones que hoy se engloban bajo el término intersex.

Ante el reto que plantea para una sociedad así el nacimiento de un bebé cuyas características sexuales difieren de la configuración típica de los marcadores definidos por la ciencia médica para acotar la clasificación binaria del sexo, la respuesta de los médicos en el curso de los últimos cien años no ha sido siempre la misma. Como lo detalla la historiadora Sandra Eder en su estudio sobre la fundación de la primer clínica de endocrinología pediátrica del mundo, el primer enfoque dado por los médicos era el de reforzar el sexo con el que la persona se identificaba. Hay que recordar que, a comienzos del siglo XX, todavía era infrecuente que los nacimientos se atendieran en hospitales, y era más común la intervención de parteras y familiares en ese evento crucial. En ese sentido, en los casos de “ambigüedad genital”, lo que regía era el sentido común y la buena fe de la familia antes que el dictamen médico para el asentamiento del sexo en las actas de nacimiento (donde se aplicaran; incluso el ordenamiento del registro civil no siempre era preciso ni abarcaba a la totalidad de la población) y para la crianza del recién nacido. “Sexo” y “género” eran conceptos intercambiables, sin definiciones tan concretas como las que poseen hoy día, en las primeras décadas del siglo XXI. Por ello, los casos de ambigüedad genital que los médicos recibían pocas veces eran de recién nacidos, sino personas ya desarrolladas, incluso adultas. En el caso de recién nacidos, lo que urgía era garantizar la supervivencia en casos, por ejemplo, de Hiperplasia Suprarrenal Congénita en su variedad clásica, antes que la atención a las características sexuales. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX que el foco de la mirada clínica cambió, con el desarrollo de técnicas quirúrgicas y medicamentos que permitían la intervención de esa amenaza que para la sociedad representaban (y aún hoy representan) los genitales ambiguos en el cuerpo de un recién nacido. Esto, aunado a los postulados sobre la maleabilidad del género desde la crianza, estipulados por el psicólogo y sexólogo John Money, dieron pauta a una práctica que podemos describir, sin titubear, como una forma de violencia sistemática, instrumentada por la sociedad a través de la institución médica, principalmente; una violencia que se esfuerza por eliminar variaciones naturales de las características sexuales y con ello sostener la ilusión de la existencia de una indisociable díada social-biológica.

Me he permitido retomar estos antecedentes históricos como preámbulo extendido del tema principal de esta participación. Las violaciones a los derechos humanos de las personas intersex se manifiestan de muchas formas. La violencia médica sigue anulando el derecho de la persona a tener decisión, menos aún participación directa, en la toma de decisiones sobre su cuerpo y su identidad; en el activismo intersex, esta denuncia recoge a su vez la demanda por el respeto a la autonomía y a la integridad física y al derecho a la auto-determinación. Otro derecho fundamental es el acceso a la identidad jurídica, esto es, a ser registrado tras el nacimiento para así gozar de todos los derechos y beneficios amparados por la ley, tales como el derecho a la salud y a la educación; no obstante, el derecho a la identidad jurídica todavía suele estar condicionado a la realización de intervenciones quirúrgicas cuyo propósito es la “corrección” de “malformaciones” congénitas, términos todavía muy difundidos por médicos de todo el mundo y que solo buscan preservar una mirada patologizante de los cuerpos intersex. Para el acceso a la identidad jurídica, una alternativa propuesta de unos años acá, principalmente por personas desconocedoras de la temática intersex, es la creación de una tercer categoría de género, una que refleje la existencia de un tercer sexo. Lo cual, debe enfatizarse, es una forma terrible de representar la diversidad de las variaciones congénitas de las características sexuales. La propuesta sin duda es benéfica para sectores poblacionales que no se identifican con las categorías binarias y desean que esto se refleje en sus documentos de identidad y en su vida en general. Pero en el caso de muchas personas intersex, y sobre todo en el caso de niños, niñas y adolescentes, esta categoría no responde a sus necesidades más apremiantes, y de hecho desvía la atención de la violencia médica, sin duda el problema más urgente de todos. Más aun: tratar de asociar intersex con tercer género, o concebir intersex como un tercer sexo, no hace sino reforzar dos cosas: uno, las limitaciones y violencias sociales que establecen que sexo y género son categorías indisociables, y que según las características sexuales (que no es lo mismo que sexo) es el comportamiento social esperado; dos, el estigma prevaleciente entre la gente común acerca de los cuerpos con variaciones congénitas de las características sexuales; y aún tres: la invisibilidad y falta de conocimiento sobre lo que constituye el cuerpo de una persona intersex, el cual no es (no puede ser) uniforme o típico.

No existe un cuerpo intersex único, y son justo las diversas configuraciones derivadas del proceso de diferenciación sexual los que hacen que nuestros cuerpos sean distintos al nacer. Distintos no en una ni en dos categorías, ni tampoco en tres; distintos más allá de cualquier intento de categorización. Entender lo intersex como una tercer categoría sexo-genérica no contribuye en lo más mínimo a proteger los derechos y la integridad física de niños, niñas y adolescentes nacidos con variaciones de las características sexuales.

Las categorías jurídicas y burocráticas del sexo, al final, son marcadores destinados no tanto a evolucionar como a desaparecer. Así como en el curso de las décadas pasadas los marcadores de religión y raza evidenciaron su falta de relevancia, también el marcador de sexo desaparecerá, en beneficio de las libertades a las que aspira el ser humano. Pero en el proceso, la necesidad real de las personas intersex sobre este tema, específicamente la de recién nacidos, es la de crear marcos legales que salvaguarden su derecho a la identidad jurídica, protegiéndolos además de procedimientos por ellos no consentidos, y pujando en ese sentido por un respeto a su derecho a la autonomía. Asimismo, la creación de leyes de identidad de género que faciliten el cambio de marcador de sexo en actas de nacimiento y otros documentos de identidad (cartilla de vacunación, clave de identificación, etc.) a través de un procedimiento administrativo sencillo. Y sobre todo, que no se permita desviar la atención sobre cuales son los temas más acuciantes de la temática intersex, que tienen que ver esencialmente con la patologización y violaciones a los derechos humanos. La temática intersex es, esencialmente, un tema de derechos humanos. Y, en el esquema más amplio (the big picture), requiere la participación de todos los actores sociales para crear una sociedad consciente, inclusiva y respetuosa con la diversidad humana.

 

Comunicado de Prensa: CIDH exhorta a los Estados a poner fin a la violencia y a las prácticas nocivas en contra de las personas intersex

Brújula Intersexual

CIDH exhorta a los Estados a poner fin a la violencia y a las prácticas nocivas en contra de las personas intersex

CIDH 2017Washington, D.C. – La Comisión Interamericana de Derechos Humanos celebra la diversidad corporal y hace un llamado a los Estados para que avancen con políticas de protección y prevención de todo los tipos de violencia y/o discriminación a las cuales las personas intersex están sometidas.

Leer comunicado de prensa completo

Ver audiencia sobre la Situación de Derechos Humanos de las Personas Intersex en las Américas. CIDH, Washington, D.C. 2017

Ver audiencia sobre la Situación de Derechos Humanos de las Personas Intersex en las Américas. CIDH, 2013

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Asimetrías: estándar de atención, consentimiento informado y paternalismo médico

Leyendo el fantástico artículo publicado hace unos días por el Washington Post (traducido al español y publicado en Brújula Intersexual), me topé con una declaración de la directora de InterACT, Kimberly Zieselmann, una persona a quien admiro por la manera en que lleva a cabo su trabajo con las instituciones jurídica y médica. En ella decía: “No somos anti-médicos, no somos anti-intervenciones, siempre que estas sean consentidas”. Esa declaración resume perfectamente algunos de los aspectos fundamentales del movimiento intersex.

La intervención médica por sí misma no es el motivo de nuestro activismo. Desde Vivir y Ser Intersex, en todas las oportunidades que hemos tenido de brindar capacitación y sensibilización a las personas que conforman la sociedad civil, hemos sido muy enfáticos en que las variaciones congénitas de las características sexuales representan posibilidades de vida saludables y afirmativas; pero también reconocemos que existen muchos casos de personas con diagnósticos asociados a las variaciones intersex que requieren ya sea una atención médica inmediata y continua de aspectos metabólicos (caso concreto de la variedad clásica de la hiperplasia suprarrenal congénita o HSC, llamada también perdedora de sal, la cual puede conllevar niveles letales de deshidratación y pérdida de minerales si no es debidamente atendida); o bien, de un seguimiento puntual y periódico en el desarrollo gonadal durante la infancia y pubertad (caso de diagnósticos tales como los denominados síndromes de Swyer, de insensibilidad parcial o completa a los andrógenos o la disgenesia gonadal). Ninguno de estos diagnósticos justifica una intervención directa sobre las características sexuales (léase, cirugías de normalización genital), pero sí un monitoreo de la salud del individuo intersex. Esto se conoce como estándar de atención, es decir, las acciones necesarias para el cuidado y preservación de la salud del paciente. Las personas intersex, como el resto de los seres humanos, precisamos de un estándar de atención que nos permita tener acceso a los servicios médicos que nuestras variaciones corporales demanden.

No se trata, como ha sido la constante hasta ahora, de implementar protocolos que, de forma indiscriminada, eliminen las variaciones de las características sexuales con las que nacemos. Dicho de otra forma, no se trata de avalar cirugías mutiladoras y terapias de remplazo hormonal que busquen atender la angustia social que producen nuestros cuerpos. En verdad, se trata de diseñar protocolos o estándares de atención que reconozcan las necesidades funcionales particulares de nuestros cuerpos, vistas no como una patología, sino como una realidad biológica inescapable, desde una mirada ética, respetuosa de la diversidad humana y del inalienable derecho del individuo a la determinación de sí mismo, de la autonomía para decidir o participar directamente de la decisión sobre los procedimientos médicos propuestos, y de brindar o no su consentimiento a estos a partir de ser informado a plenitud sobre sus beneficios y riesgos potenciales.

Es primordial no perder de vista que este es acaso el aspecto más urgente a atender, en tanto representa una manera de violencia sistémica contra las personas que hemos nacido con variaciones de nuestras características sexuales, independientemente de si nos identificamos como intersex o asumimos este término como una postura política  (sobre esto ya he escrito antes: La intersexualidad como identidad política). Esta violencia sistémica es permitida (cuando no promovida) desde la institución médica. Cierto: cada día son más los especialistas médicos que cuestionan el entrenamiento y la práctica de sus predecesores. Por otro lado, en estos tiempos en los que la diversidad y la libertad humana son amenazadas en distintas latitudes del mundo por grupos fundamentalistas vinculados a estructuras de poder anticuadas (por ejemplo, aquellos asociados a movimientos conservadores), existen también individuos que se aferran a la realización de estos procedimientos no tanto por un convencimiento de que se traten de patologías, sino por el miedo y el rechazo a la diversidad humana misma, manifestada en actitudes fácilmente identificables como ansiedades y prejuicios comparables con la homofobia (ver: Interfobia); uno de los casos más palpables se puede ver en el lamentable retroceso en Chile, en 2016, de los derechos de niños, niñas y adolescentes nacidos con variaciones de las características sexuales. Reacciones así suelen darse a partir de la negación de la posibilidad de dejar intactas las características sexuales consideradas ambiguas de niños, niñas y adolescentes.

En tanto la institución médica siga perpetuando la creencia de que las variaciones congénitas de las características sexuales son un motivo de intervención médica, es decir, en tanto siga instrumentando un prejuicio mediante una práctica clínica, como sociedad seguiremos violando no solo los derechos humanos de esos niños, niñas y adolescentes, sino también violentando su bienestar físico y mental en el largo plazo, como se puede apreciar a partir de los numerosos testimonios de personas intersex adultas intervenidas en distintas partes del mundo a lo largo de los últimos (casi) setenta años. Retomando las palabras de un médico que participó junto con Vivir y Ser Intersex en un foro para personal de institutos sociales y de salud de la Ciudad de México hace un par de semanas, los médicos tienen que deshacerse del paternalismo que, muchas veces de manera inconsciente, ejercen sobre los pacientes y sus familiares debido a las razones más distintas (posición social, origen étnico, nivel cultural), respaldados casi siempre por la legitimidad social de la que gozan. Asumirse como personas que prestan un servicio y no como figuras de autoridad. O, en otras palabras: empoderar a los pacientes. También de eso se trata el ofrecer un estándar de atención centrado en el paciente.