#IntersexDay 2018: Hacer visible lo ignorado.

Texto leído durante la presentación de testimonios de personas intersex en la capacitación dada a funcionarios públicos en CONAPRED el pasado 23 de octubre de 2018.

Celebro esta ocasión que nos permite presentarles los testimonios de cuatro personas intersex, contabilizándome. Tales testimonios son el resultado de un proceso subjetivo largamente contemplado y a veces visitado una y otra vez por cada una de nosotras. La razón de esta especie de añejamiento es que, al poner en palabras la experiencia vivida, hay un ejercicio implícito de encontrarle sentido a lo que no lo tiene. Porque en verdad, ¿cuál es el sentido de la invasión sufrida a nuestros cuerpos? ¿Cómo razonar el asalto a la integridad física y el despojo de la autonomía a edades en que o bien no contábamos aún con el uso de la palabra, o bien aún teniéndola no teníamos claridad ni conciencia de las personas en las que nos habríamos de convertir, asalto justificado por una necesidad no tan clara de aliviar la ansiedad parental y ahuyentar el fantasma de la incomprensión social de cuerpos que interrogan las fronteras inciertas del sexo-género?

Hay una violencia no nombrada, no vista, que se ha realizado desde hace décadas en nombre de un conjunto de creencias, que establece que los genitales en particular, y el conjunto de las características sexuales primarias y secundarias en general, son configuraciones universales e indiscutibles, que permiten el ordenamiento social de roles basados en expectativas desiguales, y la naturalización de estos en la categoría sexo, naturalización rara vez cuestionada, así de descontada la tenemos.

Y así también, cualquier variación constituye una suerte de tabú o emergencia social que debe ser atendida, neutralizada, eliminada, tarea delegada en un modelo de medicina que ya no tiene cabida en un mundo donde cada vez resulta más claro que en la construcción de la subjetividad de cada ser humano se juega el derecho a una vida libremente elegida, en los términos que para cada uno represente el que la vida sea la que una misma elija vivir, sin coerción de la voluntad y sin ser coartadas de nuestras opciones.

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Los testimonios que aquí presentaremos en modo alguno intentan presentarnos como víctimas en tiempo presente, sino presentar la narrativa (o las narrativas) que son propias de la problemática que las personas intersex hemos enfrentado en diferentes momentos de nuestras vidas. Al relatárselas, intentamos ofrecerles un vistazo a lo que no puede ser presentado: la forma en que hemos asimilado en nuestro inconsciente los rechazos, las burlas, los prejuicios sobre nuestros cuerpos, y no menos importante, las dudas de nuestros padres y de nuestras madres, y, sobre todo, la violencia que los médicos con los que nos tocó interactuar (por decirlo de alguna forma) han perpetrado sobre cuerpos de forma irreversible. El hacer visibles nuestras experiencias de vida, reitero, no es para causar reacciones de pena o de lástima; ni siquiera realmente de solidaridad: nuestro propósito es mostrarles que somos agentes de cambio, pues hemos tomado conciencia de lo que se nos inculcó que había que callar y reprimir, y tenemos la firme voluntad de contribuir con nuestras voces a desmentir el discurso de la verdad que se ha atribuido a la ciencia médica, ciencia a la cual no miramos (o, al menos yo no la miro así) como un némesis irreconciliable, por mucho daño que nos haya causado en nuestras vidas y en nuestros entornos familiares; precisamente queremos desmentirle porque la historia nos muestra que la medicina es un vector de cambio en la sociedad, y que su influencia debe ser factor para una nueva mirada de los cuerpos de las personas intersex, libre de patologización, y expresión de la variabilidad humana mediante la cual es posible, en suma, vivir una vida plena.

Esencialmente, es un tema de derechos humanos.

Texto presentado el 17 de noviembre de 2017 en la Ciudad de Guatemala, durante el taller Experiencias Intersexuales, en el marco de la VII Conferencia Regional de ILGA-LAC.

Desde finales del siglo XIX, la ciencia médica se ha hecho cargo de la ansiedad social por definir los parámetros de la construcción social a la que llamamos “sexo”, basándose en limitadas observaciones empíricas del cuerpo humano, vinculándolas con las expectativas de comportamiento social (que hoy podemos describir con los términos rol y expresión de género), para así establecer lo que es correcto y lo que no, en términos de anticuadas y restrictivas reglas de convivencia social. No sorprende que estas primeras observaciones provengan de médicos ingleses en plena Era Victoriana, ni los supuestos valores que ahí se plasman. Es la lente hipermoralizada de una época opresiva la que nos ha heredado un paquete de prejuicios y nociones, mismos que el común de la gente dan por descontado, y que se basan en un binomio más social que biológico; este escrutinio social tamizado por el óculo clínico es el que nos ha heredado, por ejemplo, el término hermafroditismo para describir condiciones que hoy se engloban bajo el término intersex.

Ante el reto que plantea para una sociedad así el nacimiento de un bebé cuyas características sexuales difieren de la configuración típica de los marcadores definidos por la ciencia médica para acotar la clasificación binaria del sexo, la respuesta de los médicos en el curso de los últimos cien años no ha sido siempre la misma. Como lo detalla la historiadora Sandra Eder en su estudio sobre la fundación de la primer clínica de endocrinología pediátrica del mundo, el primer enfoque dado por los médicos era el de reforzar el sexo con el que la persona se identificaba. Hay que recordar que, a comienzos del siglo XX, todavía era infrecuente que los nacimientos se atendieran en hospitales, y era más común la intervención de parteras y familiares en ese evento crucial. En ese sentido, en los casos de “ambigüedad genital”, lo que regía era el sentido común y la buena fe de la familia antes que el dictamen médico para el asentamiento del sexo en las actas de nacimiento (donde se aplicaran; incluso el ordenamiento del registro civil no siempre era preciso ni abarcaba a la totalidad de la población) y para la crianza del recién nacido. “Sexo” y “género” eran conceptos intercambiables, sin definiciones tan concretas como las que poseen hoy día, en las primeras décadas del siglo XXI. Por ello, los casos de ambigüedad genital que los médicos recibían pocas veces eran de recién nacidos, sino personas ya desarrolladas, incluso adultas. En el caso de recién nacidos, lo que urgía era garantizar la supervivencia en casos, por ejemplo, de Hiperplasia Suprarrenal Congénita en su variedad clásica, antes que la atención a las características sexuales. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX que el foco de la mirada clínica cambió, con el desarrollo de técnicas quirúrgicas y medicamentos que permitían la intervención de esa amenaza que para la sociedad representaban (y aún hoy representan) los genitales ambiguos en el cuerpo de un recién nacido. Esto, aunado a los postulados sobre la maleabilidad del género desde la crianza, estipulados por el psicólogo y sexólogo John Money, dieron pauta a una práctica que podemos describir, sin titubear, como una forma de violencia sistemática, instrumentada por la sociedad a través de la institución médica, principalmente; una violencia que se esfuerza por eliminar variaciones naturales de las características sexuales y con ello sostener la ilusión de la existencia de una indisociable díada social-biológica.

Me he permitido retomar estos antecedentes históricos como preámbulo extendido del tema principal de esta participación. Las violaciones a los derechos humanos de las personas intersex se manifiestan de muchas formas. La violencia médica sigue anulando el derecho de la persona a tener decisión, menos aún participación directa, en la toma de decisiones sobre su cuerpo y su identidad; en el activismo intersex, esta denuncia recoge a su vez la demanda por el respeto a la autonomía y a la integridad física y al derecho a la auto-determinación. Otro derecho fundamental es el acceso a la identidad jurídica, esto es, a ser registrado tras el nacimiento para así gozar de todos los derechos y beneficios amparados por la ley, tales como el derecho a la salud y a la educación; no obstante, el derecho a la identidad jurídica todavía suele estar condicionado a la realización de intervenciones quirúrgicas cuyo propósito es la “corrección” de “malformaciones” congénitas, términos todavía muy difundidos por médicos de todo el mundo y que solo buscan preservar una mirada patologizante de los cuerpos intersex. Para el acceso a la identidad jurídica, una alternativa propuesta de unos años acá, principalmente por personas desconocedoras de la temática intersex, es la creación de una tercer categoría de género, una que refleje la existencia de un tercer sexo. Lo cual, debe enfatizarse, es una forma terrible de representar la diversidad de las variaciones congénitas de las características sexuales. La propuesta sin duda es benéfica para sectores poblacionales que no se identifican con las categorías binarias y desean que esto se refleje en sus documentos de identidad y en su vida en general. Pero en el caso de muchas personas intersex, y sobre todo en el caso de niños, niñas y adolescentes, esta categoría no responde a sus necesidades más apremiantes, y de hecho desvía la atención de la violencia médica, sin duda el problema más urgente de todos. Más aun: tratar de asociar intersex con tercer género, o concebir intersex como un tercer sexo, no hace sino reforzar dos cosas: uno, las limitaciones y violencias sociales que establecen que sexo y género son categorías indisociables, y que según las características sexuales (que no es lo mismo que sexo) es el comportamiento social esperado; dos, el estigma prevaleciente entre la gente común acerca de los cuerpos con variaciones congénitas de las características sexuales; y aún tres: la invisibilidad y falta de conocimiento sobre lo que constituye el cuerpo de una persona intersex, el cual no es (no puede ser) uniforme o típico.

No existe un cuerpo intersex único, y son justo las diversas configuraciones derivadas del proceso de diferenciación sexual los que hacen que nuestros cuerpos sean distintos al nacer. Distintos no en una ni en dos categorías, ni tampoco en tres; distintos más allá de cualquier intento de categorización. Entender lo intersex como una tercer categoría sexo-genérica no contribuye en lo más mínimo a proteger los derechos y la integridad física de niños, niñas y adolescentes nacidos con variaciones de las características sexuales.

Las categorías jurídicas y burocráticas del sexo, al final, son marcadores destinados no tanto a evolucionar como a desaparecer. Así como en el curso de las décadas pasadas los marcadores de religión y raza evidenciaron su falta de relevancia, también el marcador de sexo desaparecerá, en beneficio de las libertades a las que aspira el ser humano. Pero en el proceso, la necesidad real de las personas intersex sobre este tema, específicamente la de recién nacidos, es la de crear marcos legales que salvaguarden su derecho a la identidad jurídica, protegiéndolos además de procedimientos por ellos no consentidos, y pujando en ese sentido por un respeto a su derecho a la autonomía. Asimismo, la creación de leyes de identidad de género que faciliten el cambio de marcador de sexo en actas de nacimiento y otros documentos de identidad (cartilla de vacunación, clave de identificación, etc.) a través de un procedimiento administrativo sencillo. Y sobre todo, que no se permita desviar la atención sobre cuales son los temas más acuciantes de la temática intersex, que tienen que ver esencialmente con la patologización y violaciones a los derechos humanos. La temática intersex es, esencialmente, un tema de derechos humanos. Y, en el esquema más amplio (the big picture), requiere la participación de todos los actores sociales para crear una sociedad consciente, inclusiva y respetuosa con la diversidad humana.

 

Asimetrías: estándar de atención, consentimiento informado y paternalismo médico

Leyendo el fantástico artículo publicado hace unos días por el Washington Post (traducido al español y publicado en Brújula Intersexual), me topé con una declaración de la directora de InterACT, Kimberly Zieselmann, una persona a quien admiro por la manera en que lleva a cabo su trabajo con las instituciones jurídica y médica. En ella decía: “No somos anti-médicos, no somos anti-intervenciones, siempre que estas sean consentidas”. Esa declaración resume perfectamente algunos de los aspectos fundamentales del movimiento intersex.

La intervención médica por sí misma no es el motivo de nuestro activismo. Desde Vivir y Ser Intersex, en todas las oportunidades que hemos tenido de brindar capacitación y sensibilización a las personas que conforman la sociedad civil, hemos sido muy enfáticos en que las variaciones congénitas de las características sexuales representan posibilidades de vida saludables y afirmativas; pero también reconocemos que existen muchos casos de personas con diagnósticos asociados a las variaciones intersex que requieren ya sea una atención médica inmediata y continua de aspectos metabólicos (caso concreto de la variedad clásica de la hiperplasia suprarrenal congénita o HSC, llamada también perdedora de sal, la cual puede conllevar niveles letales de deshidratación y pérdida de minerales si no es debidamente atendida); o bien, de un seguimiento puntual y periódico en el desarrollo gonadal durante la infancia y pubertad (caso de diagnósticos tales como los denominados síndromes de Swyer, de insensibilidad parcial o completa a los andrógenos o la disgenesia gonadal). Ninguno de estos diagnósticos justifica una intervención directa sobre las características sexuales (léase, cirugías de normalización genital), pero sí un monitoreo de la salud del individuo intersex. Esto se conoce como estándar de atención, es decir, las acciones necesarias para el cuidado y preservación de la salud del paciente. Las personas intersex, como el resto de los seres humanos, precisamos de un estándar de atención que nos permita tener acceso a los servicios médicos que nuestras variaciones corporales demanden.

No se trata, como ha sido la constante hasta ahora, de implementar protocolos que, de forma indiscriminada, eliminen las variaciones de las características sexuales con las que nacemos. Dicho de otra forma, no se trata de avalar cirugías mutiladoras y terapias de remplazo hormonal que busquen atender la angustia social que producen nuestros cuerpos. En verdad, se trata de diseñar protocolos o estándares de atención que reconozcan las necesidades funcionales particulares de nuestros cuerpos, vistas no como una patología, sino como una realidad biológica inescapable, desde una mirada ética, respetuosa de la diversidad humana y del inalienable derecho del individuo a la determinación de sí mismo, de la autonomía para decidir o participar directamente de la decisión sobre los procedimientos médicos propuestos, y de brindar o no su consentimiento a estos a partir de ser informado a plenitud sobre sus beneficios y riesgos potenciales.

Es primordial no perder de vista que este es acaso el aspecto más urgente a atender, en tanto representa una manera de violencia sistémica contra las personas que hemos nacido con variaciones de nuestras características sexuales, independientemente de si nos identificamos como intersex o asumimos este término como una postura política  (sobre esto ya he escrito antes: La intersexualidad como identidad política). Esta violencia sistémica es permitida (cuando no promovida) desde la institución médica. Cierto: cada día son más los especialistas médicos que cuestionan el entrenamiento y la práctica de sus predecesores. Por otro lado, en estos tiempos en los que la diversidad y la libertad humana son amenazadas en distintas latitudes del mundo por grupos fundamentalistas vinculados a estructuras de poder anticuadas (por ejemplo, aquellos asociados a movimientos conservadores), existen también individuos que se aferran a la realización de estos procedimientos no tanto por un convencimiento de que se traten de patologías, sino por el miedo y el rechazo a la diversidad humana misma, manifestada en actitudes fácilmente identificables como ansiedades y prejuicios comparables con la homofobia (ver: Interfobia); uno de los casos más palpables se puede ver en el lamentable retroceso en Chile, en 2016, de los derechos de niños, niñas y adolescentes nacidos con variaciones de las características sexuales. Reacciones así suelen darse a partir de la negación de la posibilidad de dejar intactas las características sexuales consideradas ambiguas de niños, niñas y adolescentes.

En tanto la institución médica siga perpetuando la creencia de que las variaciones congénitas de las características sexuales son un motivo de intervención médica, es decir, en tanto siga instrumentando un prejuicio mediante una práctica clínica, como sociedad seguiremos violando no solo los derechos humanos de esos niños, niñas y adolescentes, sino también violentando su bienestar físico y mental en el largo plazo, como se puede apreciar a partir de los numerosos testimonios de personas intersex adultas intervenidas en distintas partes del mundo a lo largo de los últimos (casi) setenta años. Retomando las palabras de un médico que participó junto con Vivir y Ser Intersex en un foro para personal de institutos sociales y de salud de la Ciudad de México hace un par de semanas, los médicos tienen que deshacerse del paternalismo que, muchas veces de manera inconsciente, ejercen sobre los pacientes y sus familiares debido a las razones más distintas (posición social, origen étnico, nivel cultural), respaldados casi siempre por la legitimidad social de la que gozan. Asumirse como personas que prestan un servicio y no como figuras de autoridad. O, en otras palabras: empoderar a los pacientes. También de eso se trata el ofrecer un estándar de atención centrado en el paciente.

 

La I de invisibilidad

Hoy se conmemora el Día de la Visibilidad Intersex. Una amiga preguntó: ¿es que los demás días somos invisibles?

Su pregunta me hizo reflexionar sobre cuestionamientos que yo misma traía en la mente desde hace días. Uno de ellos giraba en torno al origen de la conmemoración de este día, un acontecimiento que sucedió en esta misma fecha, pero en Boston, veinte años atrás. Una manifestación improvisada afuera de un congreso de la American Association of Pediatrics. Un intento de hacerse escuchar de un pequeño grupo de personas intersex, grupo catalogado como “extremista” en aquel entonces, con el mismo prejuicio y la misma cerrazón que hoy prevalecen entre pediatras, endocrinólogos y urólogos en los Estados Unidos y Europa. Mucho ha avanzado el movimiento intersex global desde entonces, tanto en su articulación como en sus logros.

Esto me lleva al otro aspecto que he pensado estos últimos días: a veces siento que estamos en el mismo lugar. Que la intersexualidad sigue siendo un tema desdeñado. Invisible. Que la normatividad social, que dicta que solo existen dos posibilidades de experiencia humana a través del cuerpo y del sexo, sigue tan sólida y tiránica que aquellos que nos atrevemos a ponerla en tela de duda, nada menos que con nuestras existencias mismas, no somos sino unos locos vociferando en el desierto.

Incluso entre aquellos que son nuestros aliados, en el papel, ignoran el significado de la intersexualidad. Persisten los mitos. Persiste la palabra “h”. Se impone el prejuicio. Gente pía que nos juzga como pervertidos. O aberraciones. O cualquier otro término que juzguen idóneo para no hacernos olvidar que ellos, los dueños del poder, los que dictan que un hombre vale más que una mujer porque Dios así lo dijo, que una persona homosexual debe convertirse o morir, que una persona trans padece de trastornos de género, son también los dueños de nuestros genitales, de nuestras gónadas, de nuestro género y de la forma en que debemos ser criados. Porque si no fuera así, iríamos en contra no solo del orden social sino del orden natural. Como si nosotros hubiéramos nacido fuera de la naturaleza. Como si fuéramos antinaturales. O, en palabras de una persona con la que charlé hace unos días: como si fuéramos una enfermedad andante, contagiosa, incurable salvo, quizá, con oraciones y escalpelos, y el vino del olvido.

Me cuesta celebrar este día, porque de verdad no creo que haya nada qué celebrar. Algunxs amigxs toman este día como algo festivo, y lo comprendo: hay algo muy íntimo en la experiencia de cada persona, que este día representa una manera de hacer visible su diferencia, su corporalidad, su identidad, su humanidad. Que es algo hermoso y digno de ser respetado. Incluso, ¿por qué no?, celebrado.

Betsy Driver nos relata que el propósito del Día de la Visibilidad Intersex fue conseguir que se hablara del tema. Y vaya que lo consiguieron. Antes de la década de los 90s, nadie en el mundo lo hablaba más allá de la esfera médica. Pienso en mis padres: ellos jamás escucharon la palabra “intersex”, sino hasta que se las presenté, apenas unos cuatro o cinco años atrás. Y cuando lo hice, ellos creían que les hablaba en una lengua extraña. Creo que para mí no fue tan distinto. Pero me sirvió, no de manera inmediata, pero sí de forma gradual, para entender el proceso exterior al que mi vida estaba vinculado. The big picture, como se dice en inglés. Para entender que el silencio mata. Que si no hablamos de esto, nada cambiará. Quizás, en ese sentido, más que celebrar, siento que esta es una fecha para comprometernos a no volver a guardar silencio. A inducir a la reflexión.

El cambio más seguro es el más lento, por desgracia, pero este se dará solo en la medida en que cada vez más y más gente hable, lea y reflexione del tema. Y sobre todo, que cada vez más personas intersex alcen la voz, para compartir su experiencia y punto de vista. Cualquiera que este sea: hay médicos que justifican el seguir con el mismo modelo de intervenciones no consentidas porque aseveran que no hay evidencia de que todas las personas nacidas con variaciones de las características sexuales se encuentren inconformes con el resultado de dichos procedimientos. Como lo dice Pidgeon Pagonis: demuéstrenlo. Demuestren que sus procedimientos proveen un beneficio. Pero si no son capaces de entregar resultados, desistan entonces. Pero hablémoslo. No más silencio. No más invisibilidad.

 

 

 

Avances: un primer acercamiento al Protocolo de atención médica para la población LGBTTTI de la Secretaría de Salud, con enfoque en lo intersex.

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El día 24 de junio de 2017, el titular de la Secretaría de Salud de México, Dr. José Narro Robles, presentó el documento titulado: Protocolo para el acceso sin discriminación a la prestación de servicios de atención médica de las personas lésbico, gay, bisexual, transexual, travesti, transgénero e intersexual y Guías de atención específicas. Este trabajo es resultado de una intensa colaboración entre autoridades de dicho organismo, académicos, especialistas médicos, activistas de las comunidades que conforman el colectivo LGBTI y expertos en derechos humanos.

Durante la presentación, el secretario resaltó que “solo con instituciones apegadas al respeto insoslayable de los derechos humanos se garantiza la atención libre de discriminación”. Asimismo, hizo un llamado al personal del Sistema Nacional de Salud (esto es, a todos los institutos de salud y seguridad social, federales y estatales, que en su conjunto dan cobertura médica a la mayor parte de la población del país) a “conocer y poner en operación estos lineamientos y cumplir con lo establecido en el Artículo 4o de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que mandata que toda persona tiene derecho a la protección de la salud, y que es responsabilidad de las autoridades federales y estatales establecer los mecanismos para garantizar el acceso a la salud sin discriminación ni exclusión, en atención a las necesidades específicas de cada grupo poblacional.” (El énfasis es mío)

Desde este espacio, celebramos el avance del Estado mexicano en el reconocimiento de la problemática particular que enfrentan las personas intersex que son captadas por los servicios médicos. Este entendimiento comienza desde la definición del término “sexo”, pues más allá de caer en definiciones binarias típicas, retoma los factores sociales que intervienen en la comprensión y clasificación del sexo, pero además comprende la diversidad de factores biológicos que define el cuerpo de las personas intersex al nacer. Dentro de la definición se destaca el siguiente fragmento, que hace referencia al texto de Julie A. Greenberg, Intersexuality and the Law. Why Sex Matters (2012)

Las personas intersex evidencian que, biológicamenteno existen sólo dos opciones para los diversos factores [que contribuyen a la determinación del sexo de una persona]. Hay personas, por ejemplo, con un sexo cromosómico diverso. […] Las personas intersex demuestran las limitaciones de la creación de estas categorías: los genitales pueden decir poco del sexo de una persona. (Énfasis mío)

Sigue leyendo “Avances: un primer acercamiento al Protocolo de atención médica para la población LGBTTTI de la Secretaría de Salud, con enfoque en lo intersex.”

Circular 7 de 2016: Un paso atrás en la lucha por los Derechos Humanos de las personas intersexuales en Chile. Por Laura Inter y Hana Aoi

(Última actualización: 15 de julio de 2017)

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Brújula Intersexual

CIRCULAR 7 DE 2016: UN PASO ATRÁS EN LA LUCHA POR LOS DERECHOS HUMANOS DE LAS PERSONAS INTERSEXUALES EN CHILE.

Por Laura Inter y Hana Aoi

Agradecimiento especial a la Dra. Eva Alcántara, quien colaboró en la revisión de este artículo.

Laura Inter es una activista intersexual nacida en la década de 1980, desde 2013 fundó y coordina el proyecto Brújula Intersexual, el cual se encarga de ofrecer apoyo e información a las personas intersexuales y sus familias. Laura fue diagnosticada con Hiperplasia Suprarrenal Congénita, nació con genitales intersexuales (también llamados “genitales ambiguos”), fue atendida fuera del sistema de salud público y su cuerpo no fue intervenido con cirugías, así que conserva su integridad corporal.

Hana Aoi es una activista intersex mexicana nacida en 1981. Fue sometida a tres distintas cirugías en su infancia, del todo innecesarias, en las cuales se le extirparon sus gónadas y se le practicó una…

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Cuerpos perfectos: la intersexualidad como forma de repensar el mundo.

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No es noticia: entre el común de las personas, la intersexualidad es desconocida, invisible. Lo que no es visible, no existe. Y lo que existe casi siempre son conjeturas, vagas referencias mitológicas, imágenes morbosas, erróneas. En resumen: una total ignorancia. Caldo de cultivo para la intolerancia y los prejuicios.

El común de las personas no sabe de la existencia de una gama de variaciones en las características sexuales del cuerpo humano; variaciones que, lejos de ser patológicas, representan una expresión natural y saludable de la diversidad humana. La existencia misma de nuestros cuerpos desafía las nociones muy difundidas de que no hay otra posibilidad más que una de dos configuraciones de características sexuales, vinculadas a su vez a dos únicas posibilidades de género: masculino y femenino.

Dicho de otra forma: para la sociedad, lo correcto son los modelos perfectos que se nos presentan a diario y en todas partes: libros de texto, doctrinas religiosas, medios de comunicación, expresiones culturales, literatura, cine, vaya, hasta en la erótica y (especialmente) en la pornografía. Lo irónico es que la abrumadora mayoría de la población JAMÁS cumplirá con esa expectativa del individuo caucásico de fisonomía plástica, ese individuo rubio cuyo cuerpo exuda poder y erotismo en el imaginario colectivo; porque, al final, de eso seguimos hablando después de todos estos siglos: del poder que otros tienen sobre unx.

Si un cuerpo no se ajusta a esas dos expectativas, tenemos una reacción social casi siempre negativa: en muchos casos, la solución es terminal. En otros, el secreto a voces. Y allí donde la esfera de influencia de la medicina occidental es fuerte, el escalpelo y las hormonas de reemplazo corrigen esta fuente de ansiedad social, irracional, como todas las ansiedades, pero eso sí, racionalizada por los miedos parentales. Muchos médicos parten del principio de que los padres no van a aceptar que sus hijxs crezcan con características sexuales diferentes al común. Pues, ¿cómo esperar que una criatura así pueda desenvolverse en una sociedad tan agresiva, tan violenta hacia la diferencia? ¿Acaso no se hace un favor al prevenir el sufrimiento psicosocial mediante dos o tres o cuatro o cinco o seis o siete o… el número de cirugías que sea necesario? ¿No es un precio ínfimo en comparación con la discriminación a la que se enfrenta el individuo que no es intervenido y que crece en medio de violencia física y verbal?

Somos invisibles porque la sociedad, representada por la comunidad médica en la cual se concentra gran parte del control y del poder que esta tiene sobre las nociones de cómo debe lucir un cuerpo humano, no da lugar a la posibilidad de nuestra existencia en la vida cotidiana. Pero también la sociedad se expresa a través de la familia, y a través de ella expresa rechazo: rechazo a un cuerpo diferente, al estigma social, todo siempre justificado por la creencia de que los padres saben lo que es mejor para sus hijxs en lo que sea, olvidándose que cualquier niñx, incluso si es recién nacido, es un sujeto con derechos que deben serle respetados. Y dos de esos derechos son el de la autonomía para decidir sobre procedimientos médicos y el respeto a la integridad física.  ¿Acaso estamos en Auschwitz, como para forzar tratamientos sin consentimiento, solo porque ese niñx es pequeñx y no se puede defender ni externar su opinión en ese momento, especialmente donde no existe la menor urgencia médica con respecto a sus características sexuales?

Pensar en la intersexualidad debe motivarnos a reflexionar también en la visión del mundo que hemos aceptado sin cuestionar. Transformar la sociedad no significa imponer un cambio radical de pensamiento; eso es mero adoctrinamiento. Se trata de promover una manera de percibir la realidad en libertad. Ya decía Erich Fromm que el individuo tiene una dependencia de su sociedad en función de que cumple un rol en ella, y en ese sentido,

el miedo a la libertad está acendrado a causa de perder esa seguridad que ofrece el pertenecer a la sociedad. Quizá la única libertad a la que aspiramos en el curso de nuestras vidas es a la de mirar críticamente el entorno que nos rodea, y hacer lo que está al alcance de uno para no hacer más daño, para aceptar y no juzgar, para no perseguir modelos inalcanzables.

Y en el camino, admitir que todos los cuerpos aspiran a la perfección no porque se asemejen a una imagen que evoca deseos de control y de poder; son perfectos porque, lejos de la percepción de ser “imperfectos”, aspiran a ser saludables tal y como son, y a fungir así como vehículo de las personas para desarrollar su potencial de ser plenas y felices.

Tal y como han nacido.