#IntersexDay 2018: Mi testimonio, a dos años de distancia.

Basado en el testimonio leído en la capacitación a funcionarios públicos en CONAPRED el pasado 23 de octubre de 2018.

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Hace dos años, vine a este mismo lugar, y yo era un manojo de nervios. Trémulas mi manos y mi voz, pero firme la convicción de romper el silencio, de evidenciar que experiencias como la mía suceden. Hoy les comparto una versión sintetizada de mi testimonio, con el ánimo de que puedan mirar la intersexualidad desde otro ángulo: el que me tocó vivir.

Nací en esta Ciudad de México en el año 1981. Tercer hija de tres, las diferencias de mi anatomía sexual se hicieron visibles a los ojos de mi madre a las pocas semanas de haber nacido. Era cualquier cosa, un pedacito de carne, algo que no parecía correcto en los genitales de una niña. En primera instancia, el médico familiar particular intentó tranquilizar a mi madre: no había ningún riesgo de salud. Era un tipo curtido por los años, un médico militar que, sin duda, lo había visto todo, y que tenía, según el recuerdo de mi padre, una perspectiva de la medicina y de la vida en general muy adelantada para su época. Pero si esta opinión hubiera bastado, probablemente la historia que les estaría contando sería diferente. Lo cierto es que mi madre me llevó al Seguro Social, y fui canalizada al Centro Médico La Raza cuando tenía casi seis meses de edad. Los médicos hicieron análisis y valoraron las posibilidades de mi cuerpo. Aunque hicieron estudios de cariotipo y biopsias, e inspeccionaron mi aparato reproductor, mi madre recuerda claramente cómo era mi clítoris el centro de la atención, porque hablaban de la viabilidad de ser criada como niña o como niño. Al final, fueron factores puramente sociales los que inclinaron la balanza no solo hacia el género en el que me habrían de criar, sino también hacia la apariencia que mis genitales y mi cuerpo habrían de tomar.

En el curso de los siguientes catorce años, las eminencias del Centro Médico La Raza se dedicaron a asegurar que mi cuerpo pareciera normal. Permítanme repetir esto: que pareciera ser normal; mis genitales, tal y como eran, eran “defectuosos”, “inaceptables”, “desagradables”. No son mis palabras, no es mi opinión, pero fue la opinión calificada de alguien, la opinión que prevaleció. La pregunta que quiero dejar impresa en ustedes es: ¿desagradables para quién? ¿Para mis padres? ¿Para los médicos? ¿Quién se tomó la atribución de calificar mi cuerpo y decretar que estaba en falta, incidentalmente aprovechándose del hecho de que yo era apenas un bebé, y que ni siquiera tenía capacidad de hablar? Total, que mientras somos indefensos, nos pueden hacer lo que quieran.

Lo primero que sucedió fue que mis gónadas me fueron removidas: había sido diagnosticada con hermafroditismo verdadero. Déjenme recalcar tan enfáticamente como es posible lo que este diagnóstico significaba entonces: significa que en mis gónadas yo contaba simultáneamente con tejidos ovárico y testicular. Absolutamente nada más. Hoy, este diagnóstico es conocido bajo una nueva nomenclatura: trastorno de desarrollo sexual ovotesticular. Ambos nombres son un simple pretexto para categorizar estas gónadas como cancerígenas. Claro que nadie le dice a los padres y a las madres de niños y niñas con esta condición que los (pocos) estudios que se han hecho de esta particular condición intersex no demuestran que el tejido ovotesticular tenga frecuencia de desarrollo cancerígeno mayor que, por ejemplo, en el tejido mamario o en el tejido prostático. Que esta probabilidad depende más de la presencia de un cromosoma Y que del tejido mismo. Que más de la mitad de las personas con este diagnóstico tienen cromosomas XX, y que por lo tanto presentan un riesgo aún menos de desarrollar disgerminomas (células cancerígenas). Pero proceden igual con todos. Saquen ustedes sus propias conclusiones sobre este asunto.

Adicionalmente, en estas intervenciones cortaron y cosieron para hacer más “estética” y “femenina” mi vulva, y hacer invisible ese pedacito de carne que era mi clítoris. Y lo consiguieron: ese clítoris ya no existe más. Condenamos rotundamente las clitorectomías que practican en Egipto, en Somalia. Pero elegimos hacer mutis ante los clítoris que nos parecen demasiado grandes y amenazantes. Y aparte, aquí las llamamos clitoroplastias, porque no somos bárbaros, sólo reconstruimos lo desagradable. No nos engañemos: es mutilación. Y ninguna mutilación es justificable.

Al final, ¿todo esto, para qué? Para que yo estuviera lista para la vida. Así, orondo de sí, anunció el cirujano a mis padres el éxito de la última cirugía en el verano de 1992: “Hana está lista para la vida”. ¿Ustedes saben a qué vida se refería? ¿Quizás a una vida en la cual mi cuerpo y mi sexualidad estuvieran disponibles para el placer de un hombre? Porque ya les digo: la vaginoplastia, la clitorectomía, la gonadectomía, y la terapia de remplazo hormonal que he tenido (así, de a fuerzas) que tomar desde los trece años y hasta el día de hoy sigo tomando, no me han proporcionado ninguna ventaja competitiva, ni me arreglaron la vida. Todo lo contrario: me alienaron de mi cuerpo y de mi capacidad de relacionarme conmigo misma y con el mundo, me enseñaron a pensar que mi cuerpo estaba enfermo, me hicieron una persona insegura a la que le tomó años de psicoterapia para poder cobrar conciencia de que yo no estaba mal, de que mi cuerpo nunca estuvo mal, y de que todos los estragos en mi relación con mi familia y mi incapacidad de entablar vínculos afectivos tenían su origen en un modelo de atención médica que ya no tiene cabida en el siglo XXI.

Hoy, en cambio, soy la dueña de mi vida, y decido por mi misma con una seguridad cada día mayor. Hoy no me tiembla la voz por temor al rechazo, sino que la alzo con determinación inquebrantable, con el propósito atraer su atención en la problemática que nos atravesó en los años fundamentales de nuestra vida, y que sigue siendo el drama de muchas niñas y muchos niños para los que sigue sin existir una opción. La discriminación que vivimos las personas intersex puede parecerles ajena: no lo es. Al final, es la misma norma heterosexual que hiere y violenta las vidas de muchas personas solo por su preferencia sexual o su identidad de género. No nos hacen ningún favor los médicos que siguen creyendo que al mutilar nuestros cuerpos nos protegen de esta violencia. No se dan cuenta que, bisturí en mano, la están perpetuando. Afortunadamente, algunos comienzan a mirar las cosas de forma diferente. Y también algunos padres se dan cuenta que no hay prisa. Es gradual el cambio, pero tiene que darse. Incluso en este mundo caótico, fóbico, de crisis económica en crisis económica (y ecológica), tenemos que darnos cuenta que el problema no es la persona: es el medio que hemos creado.

Entrevista en Factor XY con Héctor Salinas (RadioUACM, Ciudad de México)

El pasado jueves 6 de septiembre de 2018 acudimos a las instalaciones de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México para charlar sobre intersexualidad con Héctor Salinas, catedrático de dicha institución y conductor del programa FactorXY. En la entrevista nos acompañó Eva Alcántara, académica de la Universidad Autónoma Metropolitana y aliada por largo tiempo de la comunidad intersex en México. Abordamos diversos temas, desde los más socorridos como la asunción de la intersexualidad como identidad política, sin faltar el importantísimo tema de los derechos humanos de las personas intersex y la necesidad de reconocer el derecho a la autonomía corporal. Está bueno, escúchenlo.

 

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Intersexualidad – Factor XY

Ya que andan de paso, y si aún no lo han hecho, no olviden descargarse el ejemplar en formato PDF del mes de Marzo de 2018 de la revista Dfensor, el cual mencionamos durante la entrevista:

37388645_2255096981175131_8199289655523278848_nRevista Dfensor – Marzo 2018

Visibilidad intersex

En el tiempo que llevo trabajando en la promoción de los derechos de las personas intersex, hay un tema que genera controversia, en mi opinión sin razón para que así fuera. Si lo abordo en esta ocasión, es porque reconozco que hace falta aclararlo: hablo acerca de la visibilidad del activismo intersex. Para ello, me valdré de tres anécdotas.

La primera es referida, dos personas intersex y una aliada de la comunidad que participaron en un evento público fueron interpeladas por una persona de la comunidad LGBT. Esta persona expresó su desacuerdo con que la comunidad intersex no fuera tan abierta, que no fuera visible. Que cómo esperábamos que las personas simpatizaran con nosotrxs si no éramos públicxs. La segunda ocasión que surgió el tema fue en medio de una reunión con activistas de otros países. Una de las personas manifestó su desacuerdo con que algunxs optáramos por un perfil más bajo, por emplear seudónimos en vez de nuestros nombres legales, y dijo que con ello solo promovíamos el temor y el estigma. La tercera ocasión fue hace poco, en un evento donde intervine públicamente. Un aliado de la comunidad me felicitó por haberme decidido a participar, a ser más visible. Entendí que lo decía como un cumplido, pero hubo un eco en mi interior que me hizo cuestionar el significado de la palabra visibilidad en el contexto del activismo por los derechos de las personas intersex.

El común denominador de estas tres anécdotas no salta a la vista si antes no se entiende lo tremendamente difícil que es para una persona asumir la historia propia con una voluntad política, es decir, con el deseo de promover un cambio, de marcar una diferencia, de generar una reacción que lleve a una transformación del estado de las cosas como son. Esto es especialmente cierto para las personas intersex. En este sentido, confieso que hace años miraba a los activistas de cualquier tema con cierto desdén. Como muchas de las personas que viven absortas en el trajín cotidiano y en la creencia de la existencia de jerarquías morales dadas por el quehacer, la formación y la profesión, yo me situaba desde una posición falsa de superioridad moral y pensaba: “¿Por qué no se encuentran un trabajo real?” ¿Cómo fue que una persona que pensaba de esa forma mudó su ocupación hacia aquello que tenía en tan baja estima? Como casi cualquier transformación real, provino de una convicción profunda, y para que sea profunda, debe ser personal. Descubrir mi historia personal me hizo darme cuenta de muchas cosas que estaban mal, no a causa de una maquiavélica disposición de un grupo de especialistas médicos del IMSS a comienzos de los años ’80s, ni por el bienintencionado despropósito de mis padres al acceder a seguir el consejo de las eminencias médicas, sino porque socialmente existen montones de condicionantes sociales y culturales que avalan y dan por bueno ese pensar y ese obrar tan hondamente violento. Condicionantes muchas de las cuales solo estoy consciente porque son las que más cercanamente me han tocado, a mí y a mi familia, pero que también estoy consciente que hay muchísimas otras que existen y ocurren, aunque yo no las haya vivido en mi propia experiencia de vida. Lupita Chávez, en su propio testimonio de vida, dice: “no ofrezco mi testimonio para victimizarme sino para ayudar a más personas que nacieron con esta condición”. Hace solo unos días, una amiga me dijo que quería hacer algo para ayudar, y yo le ofrecí la misma solución que funcionó para mi, y que ha funcionado para muchxs: escribir su propio testimonio de vida. Porque al escribir la propia historia, unx se reencuentra a si mismx, y valoriza aquello que sirve para aprender y aquello que hay que dejar ir, y permite también determinar lo que se quiere hacer en adelante. En el caso de Lupita, como en el mío y en el de muchas personas, el testimonio no es para inducir a la compasión mal comprendida, aquella que supone que poner atención a historias como las nuestras les ayudan a ser mejores seres humanos o a ser una sociedad con mayor empatía, como si por obra de un artilugio alquímico nuestra conciencia se limpiara y nuestras omisiones nos fuesen eximidas; no, el testimonio sirve para generar conciencia de lo que como seres humanos estamos ignorando, a veces deliberadamente, y cuestionar nuestras bases tan inconscientemente asimiladas. En este momento, recuerdo a una persona que, tras un evento donde di mi testimonio, se me acercó como si quisiera consolarme (en verdad, aquella vez me puse muy emotiva al hablar ante el público). No necesitaba consuelo; necesitaba reconocimiento, y no hacia mi persona, sino hacia las realidades que siguen sucediendo como sucedió en mi caso. Imagino que aquella persona no sabía de qué otra forma reaccionar ante una situación que hasta ese día había desconocido. Quizás sea esa la primera e inevitable reacción de algunas personas que piensan que pueden ayudar, aunque no sepan cómo. Como quienes ven a una persona convulsionarse en un episodio epiléptico, ansiosos sin saber cómo actuar, hasta que alguna persona interviene de forma eficaz, o hasta que son educados al respecto.

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Espectro visible de luz, fotografía de Hadley Paul Garland (bajo licencia de Creative Commons). Hay mucho más en la luz que los colores que nos revela. “Lo esencial es invisible para los ojos” -. Antoine de Saint-Exupéry

No creo que ser visible signifique presentarse en foros públicos y desnudar el alma (o el cuerpo) sin motivo. No creo que ser visible se traduzca directamente en manifestarse en una plaza pública, o en hacer una caminata, trote, rodada o marcha. Aunque entiendo muy bien que para algunas personas, esas sean formas poderosas de ser visibles, la visibilidad no puede, no debe exigir de ninguna forma como requisito indispensable la presencia de un cuerpo y de un rostro, de un nombre, de una figura pública; debería, en cambio, exigir una mayor atención a la voces, a las demandas, al pensamiento crítico, a las diversas formas de manifestación de nuestra existencia como el arte y la literatura hechos por personas intersex, más que a un cuerpo o a un rostro o a un nombre. La visibilidad que me interesa es la del tema intersex como tal. Recuerdo un comentario que escuché una vez de un aliado, a la pregunta de una asistente a un evento que dimos hace unos meses, que resume a la perfección lo que para mi (y para todo aliado de nuestra lucha) debería significar la visibilidad intersex: aquella vez, alguien preguntó por Laura Inter. —¿Tú sabes si Laura Inter está aquí?—, preguntó aquella persona, y el aliado, con toda templanza, replicó: —Si Laura Inter está aquí, ella vendrá a ti —. Y es verdad: si una persona intersex quiere hacerse presente o pública en un foro dado, lo hará, en sus tiempos, en sus términos. No se puede pedir otra cosa de nadie, en realidad. Aquella persona de la comunidad LGBT que interpeló a lxs participantes del foro estaba parcialmente equivocada en dar por sentado que la única forma de lograr avances era siendo públicos. Parcialmente, porque no le veo sentido ser públicamente intersex solo para saciar la curiosidad de quienes quieren saber cómo es una persona intersex, pero sí que hay que saber elegir los foros y los momentos en los cuales nombrarse intersex, especialmente cuando la oportunidad se presenta de propiciar un cambio, de generar conciencia. Está también el tema de la inseguridad a la que se enfrentan las personas que se dedican a cualquier forma de activismo, circunstancias tales que exigen una forma inteligente de actuar sin con ello acallarse, sin con ello someterse nuevamente al yugo del estigma social. Las personas que nos criticaban a los que elegíamos un perfil bajo en aquella reunión ciertamente provenían de un entorno más seguro que México, de un país de la esfera occidental donde se puede dar la cara como persona intersex pues el riesgo a asumir es menor. No se trata de agachar la cabeza en derrota, sino de ser conscientes de que no necesitamos mártires, sino agentes de cambio que impulsen una transición social, sin violencia, sin muertes. Mi interés es cuestionar, es revolucionar las mentes de las personas, es plantearles preguntas que eventualmente le haga salir por si mismas de ese sopor que tan bien conozco. Mi interés, en fin, no es ser corifeo de ninguna cruzada, sino voz que se sume a la cuestión crítica de una era que tiene que deshacerse de sus prejuicios y asumir la diversidad más amplia de la naturaleza humana.

Un erotismo rebelde y cuatro palabras de poder

Me parece incuestionable que existen varios tipos de erotismo. Existe una tendencia a pensar que hay una manera uniforme de vivir la sensualidad, los afectos y la sexualidad, que proviene del bombardeo mediático y del lenguaje que se maneja en la calle y en la convivencia de los espacios comunes. Pero en todos estos espacios y en algunos medios, se cuelan experiencias y reflexiones que dan testimonio de otras posibilidades, muy variadas. Nunca serán suficientes; estas experiencias y reflexiones son lo más auténtico, lo más real, porque es lo que se vive.  Yo hablo desde esta perspectiva: desde las conversaciones con otras personas —intersex, principalmente, porque son quienes me interesan más; pero no exclusivamente—, desde las lecturas que he hecho, desde las reflexiones interiores e, inevitablemente, desde las sensaciones y experiencias vividas.

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No hablo en nombre de todas las personas intersex, porque no es factible hacerlo (y al final se entenderá mejor el por qué). Hablo en nombre de esta persona intersex. Pero creo, repito, que estas reflexiones pueden reflejar las vivencias, deseos y fantasías de muchas personas intersex, en la medida en que provienen de una experiencia médica que vulnera la privacidad a una edad temprana, pero también del estigma asumido como mantra incontestado durante años en nuestros interiores, que supone nuestros cuerpos como indeseables o no aptos para experimentar el erotismo, y ser reducidos a meros productos (porque a algun*s nos fabrican en el quirófano, contra nuestra voluntad) de consumo del erotismo de otr*s.

La palabra erotismo o, mejor dicho, lo que puede significar, proviene desde un lugar interior muy particular de cada persona, que adquiere connotaciones y significados adicionales según las interpretaciones del contexto social del que provenga, pero que no se reduce ni tiene por qué reducirse a la proyección pasional o amorosa hacia el exterior, sino que tiene que resonar ante todo en la intimidad propia, en los amores donde el centro es un* mism*. Por esto es que pienso que, como persona intersex, los erotismos a construir tienen que basarse en el principio de que, antes que a nadie más, que un* se ame y se procure a sí mism*.

Hay que comenzar por reconocer los sentimientos y los deseos propios. Explorar el cuerpo, sentir y (re)conectarse con la capacidad sensorial, para devolverle a las sensaciones su potencial de brindarnos experiencias de placer y no solo de dolor (o incluso de placer a partir del dolor, porque habrá para quienes sea alternativa, y válida); en resumen, hay que apropiarse del cuerpo que tenemos. Sí, ese cuerpo que puede habernos parecido ajeno por tanto tiempo, quirúrgicamente intervenido a una edad en que conscientemente no sabíamos lo que sucedía —pero, aunque la mente olvide, el cuerpo siempre recuerda—, violado por procedimientos que invadían nuestra intimidad infantil, y normalizado a base de hormonas —vueltas necesarias por las orquidectomías rara vez justificables, médicamente hablando—. Ese cuerpo del que nos desligamos y con el que establecimos una barrera para no volvernos a sentir violentad*s y ultrajad*s, es nuestro cuerpo. Siempre lo fue, y somos libres de vivirlo —el cuerpo— no como ese discurso social y esa violencia médica esperan que lo hagamos, sino como nosotr*s elijamos.

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Para asumir un erotismo que nos permita disfrutar de nuestro cuerpo y de la sensualidad, de lo sentimental y de lo sexual, es indispensable romper los esquemas del mainstream de la sociedad. Y si les incomoda (y claro que les incomoda, por eso nos borran, nos mutilan, nos violentan, desde la infancia más temprana y a veces desde la gestación), tengo para ellos cuatro palabras perfectamente comprensibles en la lengua española, y que tienen que servirnos para reclamar el erotismo propio y empoderarnos: Pueden. Irse. Al. Demonio:

Pueden irse al demonio, con sus mensajes mediáticos y “culturales” que nos dicen de formas contradictorias de vivir el erotismo como un requisito de funcionalidad social vacuo y edulcorado, o de alejarnos de él a través de culpas, como un supuesto triunfo moral.

Pueden irse al demonio, con la expectativa médica de éxito de sus intervenciones, en función de la capacidad que podamos (o no) tener para un coito y someternos a relaciones heterosexuales sin preguntarse (ni preguntarnos) si eso es lo que nos gustaría y es a lo que le tiramos.

Pueden irse al demonio, con los miedos y prejuicios que nos inculcaron —a nosotr*s y a nuestras familias— sobre cómo nuestros cuerpos eran amenazantes para nuestro porvenir, con preocupaciones del tipo: “¿quién l* va a querer de grande con sus genitales así?”, o “¿qué van a pensar cuando le cambien el pañal en la guardería?”, o “¿y si me sale marimacha y terminan por gustarle las niñas en vez de los niños?”

Pueden irse al demonio, con toda esa insistencia opresiva, represiva, asfixiante, esclavizante, patologizante, sobre cómo deben lucir nuestros cuerpos y cómo debemos experimentar el placer y el dolor, sobre cómo construir nuestras relaciones afectivas y vivir nuestras emociones, sobre cómo jugar nosotr*s con nuestra sexualidad y explorar (y explotar) sus riquísimas formas alternativas.

El erotismo es algo sumamente empoderador. En el caso de una persona intersex puede ser, además, un camino de sanación. Desde mi apreciación, este erotismo invita a replantear las nociones de lo que es socialmente digerible, en tanto nuestras características sexuales congénitas han sido largamente degradas a objeto del morbo y fantasía exclusivas de esa misma sociedad que, en aras de “protegernos” de sí misma —pienso en el argumento del “beneficio psicosocial” tan socorrido por los médicos—, elige modificarnos mediante la alteración no consentida de nuestras características sexuales, o selectivamente deshacerse de nosotr*s durante la gestación, no como una expresión de la libertad de elegir sino como una expresión de la eugenesia, como una bondad para con los padres, “por todos los problemas psicológicos por los que su hij* atravesaría”. En otras palabras, propongo que la recuperación del erotismo propio, como personas intersex, no se observe desde la conservadora perspectiva que solo cosifica nuestro cuerpo (como fetiche o como patología), sino desde la perspectiva liberadora de un cuerpo diverso, completamente capaz de experimentar una de las más profundas y ricas dimensiones del ser humano, una que, de hecho, es definitoria de la manera en que nuestra especie construye sociedades e identidades.

El erotismo, personal y no para otr*s, de un* y para un*, nos da el poder para conectar íntimamente con un* mism* y luego también con otr*s; el sentir y experimentar el placer más amplio a través de los sentidos; la sensualidad y la sexualidad a través de los cuerpos tan diversos que caen en la definición de intersex, aprovechando sus características únicas —especialmente las de los cuerpos no intervenidos—, dándole la vuelta a las expectativas limitadas de quienes nos han querido “corregir” a través de nuestras re-significaciones (mental y corporalmente asumidas y re-asumidas), con aproximaciones y prácticas diferentes, distintas, creativas y satisfactorias, íntimas y personales (personalizadas), nos permite experimentar la vida de forma plena y enriquecida, y de paso sacudir, con ese testimonio de vida, la consciencia una sociedad que, ensimismada en su grisácea uniformidad, insiste en catalogarnos como anomalías o como criaturas mitológicas; y, para los oídos atentos y los corazones aliados, brindarles un ejemplo de cómo pueden, si quieren, enriquecer también su mundo y, por extensión, el de tod*s.

Sentir

Hace bastante tiempo —tres meses y una semana, para ser precisos— que no publicaba. Es el intervalo de silencio más prolongado en este blog, y no ha sido por falta de temas para escribir. Más bien, es por estar abrumada de ellos, y no haberles dado la debida salida. Es por eso que esta publicación lleva un tono más personal (si acaso es posible) que todas las que le anteceden.

Me explico.

La importancia de darle visibilidad a la temática intersex radica en reivindicar la naturaleza humana de las personas intersex, casi siempre diluida en la ignorancia de los mitos y prejuicios acerca de lo que es la intersexualidad y, cuando no, sometida al discurso hegemónico de la medicina que se atribuye el derecho de explicar e intervenir nuestros cuerpos diagnosticados como un trastorno del desarrollo sexual (TDS o DSD, por sus siglas en inglés).

A veces nos enfocamos mucho en hablar de la componente de derechos humanos de la temática, y no es para menos pues, en efecto, la desvinculación de nuestro cuerpo y su adjudicación al terreno de lo patológico da pie a una serie de prácticas de violencia médica y social que se replican incesantemente, sin ser cuestionadas ni interpeladas, y que no tienen ninguna otra justificación que los prejuicios de la sociedad. Pero, a la par de ir construyendo un esquema donde cuerpos nacidos con variaciones de las características sexuales no sean objeto de estas violaciones, es necesario ir extendiendo entre la gente la noción de que las personas intersex vivimos en el mismo planeta, compartimos el mismo aire, disfrutamos de la misma música y de los mismos sabores y placeres que el resto de la humanidad. Que formamos parte de familias y también las construimos, y que nuestras características sexuales congénitas —intervenidas, mutiladas o intactas— no tienen por qué resultar amenazantes, que son variaciones perfectamente naturales y saludables. Por eso escribo.

Escribir, en mi experiencia personal de vida, no es simplemente una forma de expresarse o de transmitir un mensaje. Resulta, también, un soporte vital, sobrevivo (y no lo digo de forma figurativa) gracias a la posibilidad de poner en palabras todo cuanto me mueve. Otras personas disponen, adicionalmente, de otras formas para comunicarse, y desde ahí proponer y (de)construir realidades. Aunque he ido explorando otras alternativas, mi trinchera y refugio siempre ha sido el mundo intangible de las ideas, y la lengua y las letras mi vehículo preferido para canalizarlas a este plano de la realidad. Pero, por sí solo, me parece que es un vehículo con carencias (como todos, supongo), pues requiere de lectores; pero, además, requiere que los lectores sean capaces de interpretar el texto. No con esto quiero decir que haya una sola interpretación, sino que el lector sea susceptible a reaccionar ante la lectura, de sentirlo, a entablar un diálogo interno, a reflexionar, a dar a luz nuevas posibilidades en su interior. Pero a veces, para generar esta reacción es necesario recurrir —también— a otros vehículos. Por ejemplo, los medios visuales.

He titulado esta publicación Sentir porque me parece que, en el alejarme del sufrimiento físico y del control y la sujeción de mi cuerpo por parte de la medicina, por muchos años me desapegué también de cualquier significado placentero o afirmativo de la experiencia sensorial que provee el cuerpo, o por lo menos he reducido su validez en mi propio discurso interior. Claro que siento, puedo distinguir el frío del calor, lo rugoso de lo liso, y así; pero, hasta hace un tiempo, asignarle una categoría interior a estas experiencias dentro de lo positivo y lo negativo era difícil. Lo positivo era motivo de culpabilidad, y lo negativo era necesario aguantarlo, como era necesario aguantarse el dolor y la incomodidad en las noches de hospitalización, como era necesario aguantarse la comezón de las cicatrices en el periodo de convalecencia, como era necesario aguantarse las invasiones a la intimidad de mis genitales por parte de los médicos.

Sentir, conscientemente sentir, ha sido parte del proceso de sanar. Y reconocer lo que me gusta sentir y lo que no tengo ganas de sentir, también. Sentir las cosas en la piel y en la carne y en los huesos; sentir la razón, la emoción, el pensamiento; sentir las palabras que escribo y —obviamente— sentir los sentimientos. Sentir el hambre, el frío, la sed y el deseo. ¿Es posible que esta sea, también, una vía para que otras personas se aproximen a la temática intersex de un modo menos morboso, más sensible?

Todo lo anterior es el preámbulo para hablar de una experiencia que me ha cambiado en muchos sentidos. Hace unas pocas semanas conocí a dos personas con quienes había tenido comunicación solo por vía electrónica: Katia Repina y Carla Moral, fotógrafas freelance que llevan tiempo dándole forma a un fascinante proyecto llamado My Own Wings, el cual busca, a través del testimonio y de las imágenes, principalmente, informar acerca de la intersexualidad, anteponiendo a la persona por encima de cualquier otro aspecto social —por ejemplo, por encima de la heteronormatividad o de la predominancia del discurso médico—. El contacto se dio a través de Laura Inter, y accedí a reunirme con ellas, indecisa todavía sobre si mostrar o no mi rostro en las fotografías que planeaban tomar, pues, en efecto, el lenguaje del proyecto es eminentemente visual.

Mostrar el propio rostro es un asunto delicado para algunas personas intersex —ciertamente para mí no es sencillo—; mi conflicto con las fotografías tiene dos orígenes: por un lado, el sentirme expuesta en mi identidad, en el contexto de una era digital donde solo se tiene cierto control de la imagen propia; por otro lado, el que por muchos años haya sido una juez muy severa de mí misma ha hecho que tampoco me agraden las representaciones visuales. Finalmente me decanté por participar abiertamente porque me di cuenta del mensaje tan poderoso que puede transmitirse a través de la reconciliación con la imagen propia y su exposición en espacios cotidianos, donde existen los demás, donde no somos una figura mitológica ni un síndrome con patas, sino personas que sienten.

Recibir a Katia y a Carla fue una experiencia nueva en muchos sentidos, porque no se me da el abrirle las puertas de mi espacio más íntimo a las personas en general. De hecho, al comienzo sentía una gran ansiedad, pues no era poca cosa lo que estaba jugándose en la interacción. Pero su calidez y sencillez me ayudaron a crear un espacio de confianza, en el cual se dieron momentos de convivencia que atesoro y que me hicieron redescubrir lo que no es tan fácil mirar desde adentro.

Hubo tres momentos que quiero destacar:

El primero fue el día que me propusieron que fuéramos a algún lugar donde yo me sintiera cómoda, haciendo algo que me fuera natural. Solo pude pensar en leer al aire libre. Leer, más que una mera herramienta del pensamiento, me resulta tan necesario como respirar, algo que me resulta más rico y nutritivo que la alimentación misma. Ese día, además, necesitaba leer algo especial: necesitaba leer poesía. Salir a leer al aire libre no es algo que haga a menudo, pero es algo que siempre quiero hacer, algo que no me suelo permitir demasiado. Fuimos al Parque de los Espejos, un parque que me gusta por sus fresnos y eucaliptos, altos y frondosos. Me gusta, también, por sus estanques, esos espejos de agua que, además de brindarle una sensación de serenidad, aumentan la percepción del verdor del parque. Ahí abrí mi antología poética de Alfonsina Storni, y comencé a soñar. La poesía, más que cualquier otro género literario, posee la propiedad de cargar consigo significados nuevos cuando se relee, precisamente por lo tremendamente simbólico del lenguaje con que se expresa. Hacía seis años que no cogía ese volumen, y en los últimos seis años me han pasado tantas cosas, que el trancazo que produce la poesía de una mujer que cuestionaba lo que constituía el ser mujer, que vivía intensamente en relación a su entorno bonaerense, que vivía a flor de piel las emociones y los sentimientos, que los sentía, era inevitable.

 

Crédito: Katia Repina

El segundo momento se dio en casa. Carla me propuso una idea, la de fotografiarme mientras escribía y escuchaba música. Accedí, aunque no estuviese segura de qué buscaba. Hubo un punto en el que me sentí como en aquellas revisiones médicas, hasta me costó trabajo respirar. Darme cuenta de lo que estaba sintiendo me llevó a cobrar consciencia de que no era lo mismo: yo estaba en control de mi misma. Respiré profundamente y abrí la aplicación de música; elegí un tema de Jorge Drexler —vaya ironía, médico devenido en trovador; pero, al igual que yo, una persona que encontró en las palabras su verdadera vocación—, Sanar. Y comencé a escribir. Una escena de un relato que vengo escribiendo desde hace varios años. La tarde cayendo, Carla casi yéndose de espaldas por buscar un mejor ángulo en dos ocasiones, y yo ahí, siendo yo misma, en el lugar más íntimo de mi mundo.

 

Crédito: Carla Moral

El tercer momento fue, apenas, la semana pasada, que Katia amablemente me compartió las fotografías que me habían tomado. Me quedé impactada. No era la incredulidad de quien no se reconoce en una fotografía. No era el juicio implacable de uno con su propia imagen. Era, más bien, el reconocerme plenamente en esas fotos: cuerpo, rostro, actitudes, miradas, el daydreaming que vivo todos los días de mi vida pero que nunca antes había visto retratado.

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Crédito: Katia Repina

Al escribir sobre esta experiencia, he querido destacar la importancia de acercarse a la intersexualidad desde una dimensión humana, porque, en esencia, es la única manera de darnos cuenta del miedo infundado que, como sociedad, permitimos que nos invada cuando damos cabida consciente a la diferencia corporal de las características sexuales.

Permitirnos sentir, es echar a andar en el camino a la empatía, la posibilidad de ponernos no en los zapatos sino en la piel del otro. Retratar la cotidianidad de las personas intersex es un necesario recordatorio de que somos merecedores de dignidad y respeto, de que formamos parte integral de familias que también aman y atraviesan las consecuencias de las decisiones tomadas a partir de recomendaciones validadas por la excesiva autoridad que hemos investido en los médicos y en la medicina.

Haber participado en My Own Wings me ha permitido profundizar —desde el diálogo que se entabla a través del lenguaje visual, en la creación de los espacios comunes entre quien mira detrás de la lente fotográfica y quien por ella es retratadx— sobre estas reflexiones. Reímos, creamos, soñamos, también nos cansamos y comemos y dormimos, y volvemos a soñar y a crear y a vivir. Y a sentir. Espero que este proyecto, que ya lleva recorrido un cierto tramo de camino, logre generar el impacto que busca y que puede tener en el mundo, donde no seamos más un circo de fenómenos a tener aislados y tratados como si estuviésemos, además, enfermos; sino que se asuma con un mensaje claro, afirmativo y contundente, que represente a las personas intersex en toda la calidad humana que nos caracteriza porque somos —nunca hay que olvidarlo— seres humanos.

La vaginoplastía que nunca necesité.

A Guadalupe Chávez, por la inspiración. Y a mi madre, por su increíble valentía para viajar al pasado y ser mi memoria.

Verano de 1992 . En esas vacaciones nos trepamos al Volkswagen familiar y viajamos a un balneario en San Juan del Río. Me gustaba pasar el tiempo allá, sentir el sol cálido y chapotear en la alberca. Fue el verano de Barcelona, el verano del Dream Team (el único, el verdadero e inigualable).

Las vacaciones acabaron, pero el verano continuó: entré a sexto año de primaria. Sin embargo, a las pocas semanas de haber comenzado el año escolar, tuve que abandonar las clases por un mes. Fui internada en el Centro Médico La Raza, uno de los hospitales de alta especialidad de mayor renombre en México. El motivo: tenía programada una cita en el quirófano.

Fue el verano de la vaginoplastía que nunca necesité.

Vaginoplastía: esa cirugía cosmética que la mayoría de las veces se practica en mujeres adultas, a fin de “rejuvenecer” sus vaginas. También es una cirugía socorrida por algunas mujeres trans, en sintonía con su deseo por armonizar su identidad con un cuerpo en el que se sientan ell*s mism*s. Sin embargo, en un gran número de personas intersexuales con genitales ambiguos, se trata de una cirugía a la que son sometidas por la fuerza, para construírseles un conducto vaginal (o ampliarles el que tienen, si es que lo tienen) que tenga la función de ser penetrado durante el coito heterosexual. Es, más bien, una cirugía social. Y, si hemos de nombrarla como se debe, se trata de una forma de mutilación genital.

Detengámonos por un instante en esta palabra: mutilación. A mi mente, como a la de muchos, acuden imágenes terroríficas de miembros cercenados o extremidades colgando de un jirón sangrante de piel, resultado de la maldad de una mente perversa, de los horrores de una conflagración bélica, o de un terrible accidente. Pero rara vez consideramos que el significado de la palabra mutilación es mucho más simple y menos simbólico de lo que creemos: significa cortar una parte del cuerpo. Cualquiera; en este caso, una parte de los genitales. Cierto: hay casos más aparatosos que otros. Pero desde un punto de vista de semiótica (es decir, del significado mismo del concepto mutilar y de la connotación que adquiere al tratarse de tejidos saludables del cuerpo humano), cualquier operación que sólo busca moldear los genitales de una persona para hacerlos “estéticos”, esto es, agradables a la vista, y especialmente cuando se hacen sin consentimiento de la persona afectada (y, peor aún, sin su conocimiento), no puede menos que ser llamado por su nombre: mutilación.

En mi caso particular, las “eminencias” médicas que inspeccionaron mis genitales, ante la angustia de mis padres (a los cuales no culpo, porque ellos no contaban con toda la información de la que los padres de hoy disponen) decretaron que yo “necesitaba” una vaginoplastía porque, como resultado del proceso de desarrollo sexual intrauterino, en mi vulva había un tejido que “no debía existir”: un glande, es decir, la parte extrema del tubérculo genital con que nací, que en otras personas se desarrolla como un falo, en cualquiera de sus variedades (de las cuales, el pene y el clítoris idealizados son los ejemplos más conocidos). También resultaba “necesaria” porque los labios de mi vulva eran incipientes en comparación con lo que se espera de la vulva de una mujer (de hecho siguen siéndolo, comparativamente, y a pesar del intenso bombardeo de estrógenos conjugados con que mi cuerpo fue feminizado a partir de los trece años).

Hablemos un poco de técnicas empleadas en la vaginoplastía: una de ellas consiste en tomar un pedazo de colon y construir la vagina a partir de ese tejido. Es la técnica más socorrida, pero casi ningún médico informa a los padres de esa persona (o a las propias personas que optan por la vaginoplastía ya como adultos) que esta técnica tiene una secuela muy grave: una secreción vaginal recurrente que puede causar infecciones continuas. Otra técnica involucra el uso de una especie de globo para crear espacio en la abertura vaginal. En ambos casos, el uso de dilatadores es muy extendido para prevenir otro efecto secundario: la estenosis, o estrechamiento de las paredes vaginales, lo cual también es causa de infecciones. En mi caso, la vagina como tal no requería ampliarse ni reconstruirse por dentro, solo implicaba remover el tejido del glande, moldear mi vulva para hacerla parecer femenina (esto es, darle forma a los labios menores primitivos y a algo que se asemeja a unos labios mayores). Por eso fue que me libré de la inimaginable tortura que representa el tener que usar uno de esos objetos. Tortura que sí atraviesan muchxs otrxs, niñxs sobre todo, y todo a causa de un procedimiento prematuro y, por consecuencia, innecesario.

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Set de dilatadores vaginales

Recuerdo que mi madre no entró en muchos detalles cuando surgió la pregunta de por qué necesitaba ser internada. Me dijo que tenía un tejido que debían quitarme en mi vejiga (es decir, mi uretra). Años después, cuando hablamos abiertamente sobre ese episodio, me dijo que también había añadido “en tu vagina”. Pero para ser sincera, mi mente se quedó con la idea de que era algo relacionado con mi aparato urinario; lo que sí recuerdo claramente es que se enfatizó que la cirugía era necesaria “para que de grande no tuviera problemas.” Así, sin especificar. Admito que tampoco yo estaba segura de querer saber demasiado. Había un silencio implícito, una vergüenza que me invadía cuando se trataba de hablar de los genitales. Yo hacía como si no me pasara nada cada vez que mi médico tratante (junto con aquellos que lo acompañaban) me revisaba los genitales. Esto a pesar de que cada vez que lo hacía, me lastimaba la piel con sus guantes de látex al abrir esos primitivos labios de mi vulva intersexuada, tras de lo cual quedaba adolorida por espacio de unos minutos. Y es que hacer de cuenta que nada de eso me dolía me hacía sentir como una persona madura. Ser niño, o niña en mi caso, era divertido, tenía sus lados positivos, no digo que no fuera así; lo que digo es que, estando en el hospital, sentía la obligación de no ser yo misma, sino comportarme como otra persona. Como un adulto.

Me acuerdo que yo tenía un excelente estado de ánimo la mañana en que fui operada. De hecho iba motivada, porque sabía que, cualquier cosa que tuviera mal en mi vejiga, podía confiar en la destreza de los cirujanos que me iban a intervenir. Recuerdo que las enfermeras continuamente me preguntaban que cómo me sentía, y yo repetía “bien”, “muy bien”, y cualquier otra variante. Incluso antes de que me aplicaran la anestesia y me durmieran, recuerdo haberles deseado buena suerte.

Cuando desperté, todo fue vómito negro (por la anestesia), mareo, cansancio. Hasta el día siguiente fue que tuve mejor ánimo como para preguntar sobre el resultado de mi cirugía. Se lo pregunté a una enfermera que había ido a ponerme una aguja en el brazo para un suero o antibiótico o quién sabe que sustancia. Ella tomó el portapapeles de algún lado (probablemente del pie de mi cama), y me dijo: “tuviste una vaginoplastía.” De inmediato respingué: “¿Vagina? ¿No era mi vejiga lo que me iban a operar?”. “No, fue una vaginoplastía, reconstruyeron tu vagina”. Y no dijo más. Quizá no le estaba permitido decirme más, quizá no juzgó prudente informarme por completo (a pesar de que se trataba de mi cuerpo) o quizá simplemente no sabía nada más que lo que me había leído del portapapeles. En ese entonces yo ya sabía qué era una vagina, pero curiosamente solo hasta ese momento cobré consciencia plena de que yo tenía una. Y me la habían operado. ¿Para qué? Fue una pregunta que no hice sino hasta veinte años después. ¿Por qué no pregunté? Porque me daba vergüenza hablar de eso. Lo irónico fue que eso era el motivo por el cual había pasado toda una semana internada y con un catéter para evitar infecciones en los tejidos recién operados (todo lo cual era doloroso, incómodo y vergonzoso), y luego otras tres semanas en reposo absoluto, soportando las primeras noches la comezón que sentía, a consecuencia de la cicatrización de las heridas.

Cuando pienso en la pertinencia de esta cirugía, me da risa de solo pensar en lo inútil que resultaba. En primer lugar, porque mi salud no estaba en riesgo, los mismo médicos lo admitían. En segundo lugar, porque su función social, a la fecha, no tiene visos de cumplirse. Durante años traté de imaginar cómo sería una relación sexual. O mejor dicho, trataba de imaginarme durante un coito. No era que no entendiera de qué se trataba, sino que me preguntaba cómo era que de eso pudiera sentirse placer. Cuando comencé a explorar mi vagina con mis dedos, me encontré incapacitada de sentir que ello fuera placentero. El introducir un dedo ya me producía bastante molestia, así que no me imaginaba cómo algo como un pene erecto podría generar algo cercano al placer. Ciertamente no me habían moldeado los genitales con fines reproductivos. A pesar de que tuve un novio y luego un pretendiente, ambos hombres cis, nunca tuve ni el deseo ni la confianza suficientes como para llegar a la intimidad. Dada mi orientación sexual tan abierta, suponía que al no ser tan importante la penetración estando con otra mujer, una relación sexual de ese tipo podría resultarme realmente placentera. Pero una lesbofobia interiorizada, que me persiguió por muchos años, me impidió vivir abiertamente esa parte de mi orientación. Al final, no fue sino hasta muchos años después que pude explorar mi sexualidad, ya no a solas sino en compañía de una pareja, con la cual sentía la confianza de saber que no habría un rechazo, y la cual supo darme mi tiempo y mi espacio para llegar a la intimidad, sin lastimarme y brindándome esa ternura que todos los seres humanos anhelamos encontrar en algún punto de nuestras vidas. “Buscándole”, y con un poco de imaginación, aprendí que mi cuerpo podía ser estimulado de otras formas. Aprendí, sobre todo, que el cariño y el deseo mismos son afrodisiacos sumamente efectivos.

Hoy me refiero a esta cirugía como “la vaginoplastía que nunca necesité” porque en realidad mi cuerpo nació con una vagina propia que, de haberle permitido desarrollarse por sí sola, a través de las hormonas de las gónadas que me removieron “por ser cancerígenas”, hubiera satisfecho mis deseos y necesidades de maneras que hoy no tiene caso ya imaginar. Parafraseando a Guadalupe Chávez: mi felicidad no la encontré en una vagina; en mi caso, la encontré superando los prejuicios que había dejado que me controlaran; la encontré desvelando el pasado, liberándome del silencio. La encontré en volver a escribir, en dejar de querer complacer a otros. La encontré reconciliándome con mi cuerpo, conmigo misma, con mi madre y con mis seres queridos

Mi felicidad la encontré abriéndome a las posibilidades de la vida. Y hoy la vivo, contando estos fragmentos de mi historia, con la esperanza de que quien haya pasado por una experiencia similar pueda sentirse identificado y acompañado; y de que ningún otrx niñx tenga que pasar por ella.

Aún si es un grito en el desierto, pido a los padres de bebés intersexuales que aprovechen que cuentan con mucha información, que existen grupos de apoyo y testimonios de adultos que alguna vez fuimos niñxs sometidos a intervenciones no consentidas, para que aprendan de los errores de nuestros padres, y para que nos ayuden a construir una sociedad más libre y tolerante, partiendo del amor hacia sus pequeñxs.

Día de las madres, 2017

Rabia. Cólera. Ira.

Hubo días en que solo sentía eso. Días en que rumiaba solo una pregunta: ¿por qué mi madre me traicionó así? ¿Por qué esa mujer fuerte e indomable, que ha conseguido imponerse impávida a amenazas y peligros reales, dejó que esas eminencias blandieran el escalpelo con impunidad para quitarme mis gónadas, para mutilar mis genitales, y fabricar a partir de mi cuerpo una identidad ajena?

Oh, cuántos días sentí odio por mi madre.

Un día, mi mente se silenció. Mi corazón escuchó. La racionalización dio paso a la razón. Y con la naturalidad con que llueve sobre un valle, también manó la compasión.

¡Qué difícil debió serte, mamá, consentir a que me hicieran lo que me hicieron! ¡Cuántos días, cuántos años viviste con la mortificación: “¿habré tomado la decisión correcta?”!

Qué difícil debió serte el pensar que alguien me mirara diferente. Que alguien me juzgara por preferir el futbol sobre las muñecas, los tenis sobre los zapatitos de charol, el verde sobre el rosa, la ropa deportiva sobre los vestidos. Que alguien me señalara o me discriminara por actuar fuera del entendimiento de los roles de género de la sociedad y la época en que me viste crecer.

Cuando pienso en los pasados cinco años tan difíciles, tan llenos de desdicha y dolor, de lamentos y reclamos, de injurias y daño físico, me doy cuenta que no solo yo sobreviví a los años más oscuros de mi vida: tú también sobreviviste a mi lado.

Hay heridas, huellas de abandono que quizá no podremos resolver del todo en el tiempo que nos queda. Pero tras haber sobrevivido a tan aciagos días, y comenzar a caminar juntas, agradezco que tú hayas sido mi madre; porque tuviste el valor de no dejarme a pesar de tus errores, ni a pesar de los míos; porque nuestra relación no es perfecta y sigue de- (y re-) construyéndose, pero es real y ha probado la fortaleza del amor que tiene por cimientos; porque con ese mismo valor que te distingue de entre la multitud, alzaste tu voz para apoyarme, para apoyarnos, cuando por primera vez me presenté como una persona intersex ante un grupo de extraños; porque hoy también te alegras de ver cómo voy convirtiéndome, finalmente, en la persona que siempre debí ser.

Me ves, finalmente, siendo intersex, y descubriendo la vida y la felicidad.

Me tienes contigo, y yo te tengo a mi lado.

Te quiero, mamá.