La vaginoplastía que nunca necesité.

A Guadalupe Chávez, por la inspiración. Y a mi madre, por su increíble valentía para viajar al pasado y ser mi memoria.

Verano de 1992 . En esas vacaciones nos trepamos al Volkswagen familiar y viajamos a un balneario en San Juan del Río. Me gustaba pasar el tiempo allá, sentir el sol cálido y chapotear en la alberca. Fue el verano de Barcelona, el verano del Dream Team (el único, el verdadero e inigualable).

Las vacaciones acabaron, pero el verano continuó: entré a sexto año de primaria. Sin embargo, a las pocas semanas de haber comenzado el año escolar, tuve que abandonar las clases por un mes. Fui internada en el Centro Médico La Raza, uno de los hospitales de alta especialidad de mayor renombre en México. El motivo: tenía programada una cita en el quirófano.

Fue el verano de la vaginoplastía que nunca necesité.

Vaginoplastía: esa cirugía cosmética que la mayoría de las veces se practica en mujeres adultas, a fin de “rejuvenecer” sus vaginas. También es una cirugía socorrida por algunas mujeres trans, en sintonía con su deseo por armonizar su identidad con un cuerpo en el que se sientan ell*s mism*s. Sin embargo, en un gran número de personas intersexuales con genitales ambiguos, se trata de una cirugía a la que son sometidas por la fuerza, para construírseles un conducto vaginal (o ampliarles el que tienen, si es que lo tienen) que tenga la función de ser penetrado durante el coito heterosexual. Es, más bien, una cirugía social. Y, si hemos de nombrarla como se debe, se trata de una forma de mutilación genital.

Detengámonos por un instante en esta palabra: mutilación. A mi mente, como a la de muchos, acuden imágenes terroríficas de miembros cercenados o extremidades colgando de un jirón sangrante de piel, resultado de la maldad de una mente perversa, de los horrores de una conflagración bélica, o de un terrible accidente. Pero rara vez consideramos que el significado de la palabra mutilación es mucho más simple y menos simbólico de lo que creemos: significa cortar una parte del cuerpo. Cualquiera; en este caso, una parte de los genitales. Cierto: hay casos más aparatosos que otros. Pero desde un punto de vista de semiótica (es decir, del significado mismo del concepto mutilar y de la connotación que adquiere al tratarse de tejidos saludables del cuerpo humano), cualquier operación que sólo busca moldear los genitales de una persona para hacerlos “estéticos”, esto es, agradables a la vista, y especialmente cuando se hacen sin consentimiento de la persona afectada (y, peor aún, sin su conocimiento), no puede menos que ser llamado por su nombre: mutilación.

En mi caso particular, las “eminencias” médicas que inspeccionaron mis genitales, ante la angustia de mis padres (a los cuales no culpo, porque ellos no contaban con toda la información de la que los padres de hoy disponen) decretaron que yo “necesitaba” una vaginoplastía porque, como resultado del proceso de desarrollo sexual intrauterino, en mi vulva había un tejido que “no debía existir”: un glande, es decir, la parte extrema del tubérculo genital con que nací, que en otras personas se desarrolla como un falo, en cualquiera de sus variedades (de las cuales, el pene y el clítoris idealizados son los ejemplos más conocidos). También resultaba “necesaria” porque los labios de mi vulva eran incipientes en comparación con lo que se espera de la vulva de una mujer (de hecho siguen siéndolo, comparativamente, y a pesar del intenso bombardeo de estrógenos conjugados con que mi cuerpo fue feminizado a partir de los trece años).

Hablemos un poco de técnicas empleadas en la vaginoplastía: una de ellas consiste en tomar un pedazo de colon y construir la vagina a partir de ese tejido. Es la técnica más socorrida, pero casi ningún médico informa a los padres de esa persona (o a las propias personas que optan por la vaginoplastía ya como adultos) que esta técnica tiene una secuela muy grave: una secreción vaginal recurrente que puede causar infecciones continuas. Otra técnica involucra el uso de una especie de globo para crear espacio en la abertura vaginal. En ambos casos, el uso de dilatadores es muy extendido para prevenir otro efecto secundario: la estenosis, o estrechamiento de las paredes vaginales, lo cual también es causa de infecciones. En mi caso, la vagina como tal no requería ampliarse ni reconstruirse por dentro, solo implicaba remover el tejido del glande, moldear mi vulva para hacerla parecer femenina (esto es, darle forma a los labios menores primitivos y a algo que se asemeja a unos labios mayores). Por eso fue que me libré de la inimaginable tortura que representa el tener que usar uno de esos objetos. Tortura que sí atraviesan muchxs otrxs, niñxs sobre todo, y todo a causa de un procedimiento prematuro y, por consecuencia, innecesario.

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Set de dilatadores vaginales

Recuerdo que mi madre no entró en muchos detalles cuando surgió la pregunta de por qué necesitaba ser internada. Me dijo que tenía un tejido que debían quitarme en mi vejiga (es decir, mi uretra). Años después, cuando hablamos abiertamente sobre ese episodio, me dijo que también había añadido “en tu vagina”. Pero para ser sincera, mi mente se quedó con la idea de que era algo relacionado con mi aparato urinario; lo que sí recuerdo claramente es que se enfatizó que la cirugía era necesaria “para que de grande no tuviera problemas.” Así, sin especificar. Admito que tampoco yo estaba segura de querer saber demasiado. Había un silencio implícito, una vergüenza que me invadía cuando se trataba de hablar de los genitales. Yo hacía como si no me pasara nada cada vez que mi médico tratante (junto con aquellos que lo acompañaban) me revisaba los genitales. Esto a pesar de que cada vez que lo hacía, me lastimaba la piel con sus guantes de látex al abrir esos primitivos labios de mi vulva intersexuada, tras de lo cual quedaba adolorida por espacio de unos minutos. Y es que hacer de cuenta que nada de eso me dolía me hacía sentir como una persona madura. Ser niño, o niña en mi caso, era divertido, tenía sus lados positivos, no digo que no fuera así; lo que digo es que, estando en el hospital, sentía la obligación de no ser yo misma, sino comportarme como otra persona. Como un adulto.

Me acuerdo que yo tenía un excelente estado de ánimo la mañana en que fui operada. De hecho iba motivada, porque sabía que, cualquier cosa que tuviera mal en mi vejiga, podía confiar en la destreza de los cirujanos que me iban a intervenir. Recuerdo que las enfermeras continuamente me preguntaban que cómo me sentía, y yo repetía “bien”, “muy bien”, y cualquier otra variante. Incluso antes de que me aplicaran la anestesia y me durmieran, recuerdo haberles deseado buena suerte.

Cuando desperté, todo fue vómito negro (por la anestesia), mareo, cansancio. Hasta el día siguiente fue que tuve mejor ánimo como para preguntar sobre el resultado de mi cirugía. Se lo pregunté a una enfermera que había ido a ponerme una aguja en el brazo para un suero o antibiótico o quién sabe que sustancia. Ella tomó el portapapeles de algún lado (probablemente del pie de mi cama), y me dijo: “tuviste una vaginoplastía.” De inmediato respingué: “¿Vagina? ¿No era mi vejiga lo que me iban a operar?”. “No, fue una vaginoplastía, reconstruyeron tu vagina”. Y no dijo más. Quizá no le estaba permitido decirme más, quizá no juzgó prudente informarme por completo (a pesar de que se trataba de mi cuerpo) o quizá simplemente no sabía nada más que lo que me había leído del portapapeles. En ese entonces yo ya sabía qué era una vagina, pero curiosamente solo hasta ese momento cobré consciencia plena de que yo tenía una. Y me la habían operado. ¿Para qué? Fue una pregunta que no hice sino hasta veinte años después. ¿Por qué no pregunté? Porque me daba vergüenza hablar de eso. Lo irónico fue que eso era el motivo por el cual había pasado toda una semana internada y con un catéter para evitar infecciones en los tejidos recién operados (todo lo cual era doloroso, incómodo y vergonzoso), y luego otras tres semanas en reposo absoluto, soportando las primeras noches la comezón que sentía, a consecuencia de la cicatrización de las heridas.

Cuando pienso en la pertinencia de esta cirugía, me da risa de solo pensar en lo inútil que resultaba. En primer lugar, porque mi salud no estaba en riesgo, los mismo médicos lo admitían. En segundo lugar, porque su función social, a la fecha, no tiene visos de cumplirse. Durante años traté de imaginar cómo sería una relación sexual. O mejor dicho, trataba de imaginarme durante un coito. No era que no entendiera de qué se trataba, sino que me preguntaba cómo era que de eso pudiera sentirse placer. Cuando comencé a explorar mi vagina con mis dedos, me encontré incapacitada de sentir que ello fuera placentero. El introducir un dedo ya me producía bastante molestia, así que no me imaginaba cómo algo como un pene erecto podría generar algo cercano al placer. Ciertamente no me habían moldeado los genitales con fines reproductivos. A pesar de que tuve un novio y luego un pretendiente, ambos hombres cis, nunca tuve ni el deseo ni la confianza suficientes como para llegar a la intimidad. Dada mi orientación sexual tan abierta, suponía que al no ser tan importante la penetración estando con otra mujer, una relación sexual de ese tipo podría resultarme realmente placentera. Pero una lesbofobia interiorizada, que me persiguió por muchos años, me impidió vivir abiertamente esa parte de mi orientación. Al final, no fue sino hasta muchos años después que pude explorar mi sexualidad, ya no a solas sino en compañía de una pareja, con la cual sentía la confianza de saber que no habría un rechazo, y la cual supo darme mi tiempo y mi espacio para llegar a la intimidad, sin lastimarme y brindándome esa ternura que todos los seres humanos anhelamos encontrar en algún punto de nuestras vidas. “Buscándole”, y con un poco de imaginación, aprendí que mi cuerpo podía ser estimulado de otras formas. Aprendí, sobre todo, que el cariño y el deseo mismos son afrodisiacos sumamente efectivos.

Hoy me refiero a esta cirugía como “la vaginoplastía que nunca necesité” porque en realidad mi cuerpo nació con una vagina propia que, de haberle permitido desarrollarse por sí sola, a través de las hormonas de las gónadas que me removieron “por ser cancerígenas”, hubiera satisfecho mis deseos y necesidades de maneras que hoy no tiene caso ya imaginar. Parafraseando a Guadalupe Chávez: mi felicidad no la encontré en una vagina; en mi caso, la encontré superando los prejuicios que había dejado que me controlaran; la encontré desvelando el pasado, liberándome del silencio. La encontré en volver a escribir, en dejar de querer complacer a otros. La encontré reconciliándome con mi cuerpo, conmigo misma, con mi madre y con mis seres queridos

Mi felicidad la encontré abriéndome a las posibilidades de la vida. Y hoy la vivo, contando estos fragmentos de mi historia, con la esperanza de que quien haya pasado por una experiencia similar pueda sentirse identificado y acompañado; y de que ningún otrx niñx tenga que pasar por ella.

Aún si es un grito en el desierto, pido a los padres de bebés intersexuales que aprovechen que cuentan con mucha información, que existen grupos de apoyo y testimonios de adultos que alguna vez fuimos niñxs sometidos a intervenciones no consentidas, para que aprendan de los errores de nuestros padres, y para que nos ayuden a construir una sociedad más libre y tolerante, partiendo del amor hacia sus pequeñxs.

Interfobia

(Título de la imagen: Homenajeando a lxs antepasadxs intersex. Crédito: Bonnie Hart. Tomada del sitio IntersexDay.org)

No existe una entrada en el diccionario que defina la palabra interfobia. Algunos podrían argumentar que dicho término es inexistente. Sin embargo, ante la existencia de un fenómeno real que tiene que ser nombrado, la palabra surge por necesidad.

Defino interfobia como el temor o el rechazo a los cuerpos que poseen variantes en sus características sexuales, motivo por el cual son inclasificables dentro del esquema binario del sexo de un ser humano.

Desarrollando un poco más esta idea, la interfobia se alimenta de miedos, como el miedo a lo diferente, pero también el miedo al estigma social. Proviene también de las definiciones rígidas que la sociedad tiene sobre lo que hace hombre a un hombre y mujer a una mujer, sin dar lugar a posibilidades más allá.

La interfobia se da como resultado de una negativa a reconocer que los cuerpos intersexuales pueden ser (y lo son) vehículos para conducir una vida plena y satisfactoria.

La interfobia se manifiesta en muchas partes, y está íntimamente vinculada con la homofobia y la transfobia, porque el sexo de una persona está sobrecargado de elementos simbólicos sobre la sexualidad, jugada desde la orientación y la identidad de género. El sexo y la sexualidad de una persona no solo le competen a esa persona, sino que la sociedad se arroba el derecho de determinar si cuerpo, identidad y orientación son aceptables. Incluso en sociedades laicas, el lastre del control sobre sexo y sexualidad que viene de los siglos pasados sigue siendo terreno fértil para estas manifestaciones de odio y rechazo, y el consiguiente control (médico, en el caso de la intersexualidad) sobre la vida y el cuerpo de las personas. En sociedades como la nuestra, donde la mayoría de las veces las creencias religiosas, tan arraigadas en la cultura, se expresan con odio y desdén a lo diferente, las fobias causan un daño aún mayor a la dignidad e integridad física de muchas personas.

Sabemos que los médicos, con su enfoque centrado en una intervención temprana para normalizar las características sexuales de un cuerpo intersexual, son eminentemente interfóbicos. Sin embargo, la interfobia sin intención que proviene de los propios padres de familia es la que causa el mayor daño. La angustia parental, ese estado de shock en que suelen caer tantos padres cuando se enteran o se percatan de la diferencia en los genitales, en las gónadas o en los cromosomas de sus hijxs, es consecuencia directa de un temor muy profundo a enfrentar a la sociedad. En Fixing Sex, Katrina Karkazis da cuenta de varios casos de padres de familia que se enfrentaron a un desconcierto inicial que luego daba pie a otras fases como la negación o la furia. Al leer los testimonios de estos padres, uno no puede evitar comparar este proceso con el proceso de aceptación de la muerte. Aceptar el cuerpo intersexual de un hijx pareciera asemejarse a una negociación interna. Muchos padres no consiguen articular en el momento la tormenta emocional en la que se encuentran inmersos cuando reciben la noticia y se ven presionados a tomar decisiones (que no tendrían por qué ser presionados, ni son decisiones que les correspondiese tomar). Pero al cabo de los años, cuando relatan los momentos que vivieron, se percibe claramente que existe un momento de duda. Lo único que quieren es un bebé que entre en la norma, o lo que es lo mismo, un bebé normal. Un niño, una niña. Solo quieren irse a casa con un bebé al cual puedan identificar claramente como uno o como otro, y no tener que enfrentar la mar de cuestionamientos y señalamientos al no saber qué responder a la pregunta “¿Es niño o niña?”. Un bebé que no entra en la norma, es decir, un bebé cuyo cuerpo los fuerza a reconstruir estructuras mentales en un momento totalmente inesperado, es, a sus ojos, un bebé anormal, en todas sus acepciones posibles, incluyendo las más deplorables. Hay un sentimiento inicial de rechazo. Desde luego, también surge un sentimiento real de amor, una necesidad de proteger a esx pequeñx (muchas veces llevado al extremo de la sobreprotección), pero la incondicionalidad del amor que se supone conlleva el convertirse en padres brilla por su ausencia en el momento del anuncio. Cabe aclarar: el rechazo no es hacia el bebé, sino hacia su cuerpo, y a lo que su cuerpo significa. Por mucho que se encuentren incapacitados de articular con palabras los significados que cada uno le da al sexo y a la sexualidad humanas, la angustia que tanto se ha descrito es la expresión de ese rechazo. Si algo hemos aprendido de la psicología es justo eso: que la mente no siempre es capaz de estar consciente de todos los significados que atribuimos a las cosas y a las personas que nos rodean, y que a falta de ello se manifiestan de otras formas, porque nada se puede reprimir para siempre.

Por eso, en un momento tan intenso y tan tortuoso, la voz del médico (que además es la única disponible, pues a la fecha los grupos de pares y de apoyo de personas intersexuales siguen siendo excluidos del proceso), resuena como la de un salvador. No importa si el cuerpo es totalmente sano o no, lo que importa es corregir el defecto que transgrede la norma. Unos genitales “ambiguos”, unas gónadas “incorrectas”, no representan un defecto que prive de una vida saludable al recién nacido (o a la persona intersex en general, cualquiera que sea su edad y cualquiera que sea el momento en que descubra la diferencia de su cuerpo respecto al grueso de la población); representan una emergencia social derivado de un rechazo asimilado hacia lo diferente, especialmente porque se trata del sexo y de la sexualidad.

Lidiar con la interfobia de raíz requiere una transformación en el modo en que la sociedad mira a la intersexualidad. La visibilidad no se restringe solo a una educación de la población en general, sino que debe enfocarse de manera especial en quienes están en el proceso de convertirse en padres. De hecho, en mi opinión, los futuros padres tienen mayor necesidad de educarse. Si estas personas supieran con claridad que, de cada 1000 recién nacidos, 17 tienen un cuerpo con características intersexuales (sean o no visibles al nacer), probablemente la angustia parental sería menor. Si los best-sellers sobre el proceso de gestación mencionaran con toda naturalidad la posibilidad de tener un bebé con características intersexuales, y se indicara que se trata de bebés saludables cuyas características sexuales no requieren ninguna intervención médica (fuera de condiciones de salud muy específicas a atender), los eventuales padres de un bebé así no entrarían en pánico, por inesperada que fuera la noticia. Y digo esto porque considero que, mientras el sexo de una persona siga teniendo tantos elementos simbólicos, y represente una gama de expectativas de vida, los cuerpos intersexuales seguirán siendo motivo de sorpresa. La diferencia radical en este enfoque estriba en que, al estar más o menos consciente de la posibilidad de un nacimiento de ese tipo, esa angustia social se aminora. Los padres saben que no están solos. Saben que debe existir más gente como su bebé, y que es posible llevar una vida saludable y plena sin tener que someter a su hijx a cirugías irreversibles. Se genera un espacio, una ventana de oportunidad para que los padres busquen, con más tranquilidad y menos desesperación, la información y el apoyo de otras personas, especialmente de quienes promueven la posibilidad de una crianza libre de prejuicios y protectora de la integridad física de un niño con un cuerpo intersexual. Y aunque el proceso no es inmediato, un escenario así, repetido en múltiples familias, va dando pie a esa transformación social. Claro, es difícil, porque aún resta la labor titánica de generar consciencia entre familiares, educadores, otros padres, instructores deportivos, y posteriormente centros laborales, a fin de ir creando los espacios propicios para que toda persona, sin importar la forma de sus características sexuales o su funcionamiento metabólico, pueda tener la oportunidad real de desenvolverse con libertad y construir una vida satisfactoria y libre de estigmas y prejuicios.

Por supuesto, los prejuicios no se irán tan rápidamente, porque estos provienen de generaciones pasadas. Pero en la medida en que sepamos distinguir entre dogmas y valores, aprenderemos a poner la dignidad de las personas por encima de creencias caducas que nos limitan de crear un mundo menos injusto y más inclusivo con todos los seres humanos.

Cuerpos perfectos: la intersexualidad como forma de repensar el mundo.

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No es noticia: entre el común de las personas, la intersexualidad es desconocida, invisible. Lo que no es visible, no existe. Y lo que existe casi siempre son conjeturas, vagas referencias mitológicas, imágenes morbosas, erróneas. En resumen: una total ignorancia. Caldo de cultivo para la intolerancia y los prejuicios.

El común de las personas no sabe de la existencia de una gama de variaciones en las características sexuales del cuerpo humano; variaciones que, lejos de ser patológicas, representan una expresión natural y saludable de la diversidad humana. La existencia misma de nuestros cuerpos desafía las nociones muy difundidas de que no hay otra posibilidad más que una de dos configuraciones de características sexuales, vinculadas a su vez a dos únicas posibilidades de género: masculino y femenino.

Dicho de otra forma: para la sociedad, lo correcto son los modelos perfectos que se nos presentan a diario y en todas partes: libros de texto, doctrinas religiosas, medios de comunicación, expresiones culturales, literatura, cine, vaya, hasta en la erótica y (especialmente) en la pornografía. Lo irónico es que la abrumadora mayoría de la población JAMÁS cumplirá con esa expectativa del individuo caucásico de fisonomía plástica, ese individuo rubio cuyo cuerpo exuda poder y erotismo en el imaginario colectivo; porque, al final, de eso seguimos hablando después de todos estos siglos: del poder que otros tienen sobre unx.

Si un cuerpo no se ajusta a esas dos expectativas, tenemos una reacción social casi siempre negativa: en muchos casos, la solución es terminal. En otros, el secreto a voces. Y allí donde la esfera de influencia de la medicina occidental es fuerte, el escalpelo y las hormonas de reemplazo corrigen esta fuente de ansiedad social, irracional, como todas las ansiedades, pero eso sí, racionalizada por los miedos parentales. Muchos médicos parten del principio de que los padres no van a aceptar que sus hijxs crezcan con características sexuales diferentes al común. Pues, ¿cómo esperar que una criatura así pueda desenvolverse en una sociedad tan agresiva, tan violenta hacia la diferencia? ¿Acaso no se hace un favor al prevenir el sufrimiento psicosocial mediante dos o tres o cuatro o cinco o seis o siete o… el número de cirugías que sea necesario? ¿No es un precio ínfimo en comparación con la discriminación a la que se enfrenta el individuo que no es intervenido y que crece en medio de violencia física y verbal?

Somos invisibles porque la sociedad, representada por la comunidad médica en la cual se concentra gran parte del control y del poder que esta tiene sobre las nociones de cómo debe lucir un cuerpo humano, no da lugar a la posibilidad de nuestra existencia en la vida cotidiana. Pero también la sociedad se expresa a través de la familia, y a través de ella expresa rechazo: rechazo a un cuerpo diferente, al estigma social, todo siempre justificado por la creencia de que los padres saben lo que es mejor para sus hijxs en lo que sea, olvidándose que cualquier niñx, incluso si es recién nacido, es un sujeto con derechos que deben serle respetados. Y dos de esos derechos son el de la autonomía para decidir sobre procedimientos médicos y el respeto a la integridad física.  ¿Acaso estamos en Auschwitz, como para forzar tratamientos sin consentimiento, solo porque ese niñx es pequeñx y no se puede defender ni externar su opinión en ese momento, especialmente donde no existe la menor urgencia médica con respecto a sus características sexuales?

Pensar en la intersexualidad debe motivarnos a reflexionar también en la visión del mundo que hemos aceptado sin cuestionar. Transformar la sociedad no significa imponer un cambio radical de pensamiento; eso es mero adoctrinamiento. Se trata de promover una manera de percibir la realidad en libertad. Ya decía Erich Fromm que el individuo tiene una dependencia de su sociedad en función de que cumple un rol en ella, y en ese sentido,

el miedo a la libertad está acendrado a causa de perder esa seguridad que ofrece el pertenecer a la sociedad. Quizá la única libertad a la que aspiramos en el curso de nuestras vidas es a la de mirar críticamente el entorno que nos rodea, y hacer lo que está al alcance de uno para no hacer más daño, para aceptar y no juzgar, para no perseguir modelos inalcanzables.

Y en el camino, admitir que todos los cuerpos aspiran a la perfección no porque se asemejen a una imagen que evoca deseos de control y de poder; son perfectos porque, lejos de la percepción de ser “imperfectos”, aspiran a ser saludables tal y como son, y a fungir así como vehículo de las personas para desarrollar su potencial de ser plenas y felices.

Tal y como han nacido.

Audio: Brújula Intersexual habla sobre “¿Qué significa ser intersexual?” en el programa de radio Sexópolis

El pasado miércoles 1 de marzo tuve la oportunidad, junto a Mara Toledo y Odette, persona intersex, de representar a Brújula Intersexual en el programa de radio Sexópolis de Paulina Millán, sexóloga y catedrática de la diversidad sexual, en una charla muy amena sobre distintos aspectos de la intersexualidad. Los invito a que escuchen el audio del programa.

Source: Audio: Brújula Intersexual habla sobre “¿Qué significa ser intersexual?” en el programa de radio Sexópolis

Primum non nocere (o sobre lo irreversible)

A los padres de niñxs intersex que se debaten entre autorizar o no las intervenciones médicas sobre el cuerpo de sus hijxs.

Una de las mayores zozobras de muchos padres de niñxs intersex que se han decidido por autorizar las intervenciones médicas en el cuerpo de sus hijxs para alterar sus características sexuales, es el no saber qué ocurrirá a partir de ello. “¿Habremos tomado la decisión correcta?“. “¿Podríamos haber esperado un poco más?“. “¿Qué le diremos a la familia?“. Todas son preguntas que merodean por su cabeza sin cesar.

He leído comentarios en distintos foros en Internet (sobre todo grupos de apoyo en Facebook) donde hay padres que defienden a ultranza la decisión tomada, con una pasión que me hace pensar en alguien que siente culpa, pero que busca creerse que tomó la mejor decisión algo a base de repetirlo. Y lo planteo así, porque dentro de su argumento dicen saber que hay una gran probabilidad sus hijxs les echen en cara la decisión tomada en el futuro. Su defensa: que han actuado desde el amor.

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No digo que no sea cierto. Al menos la parte del amor la creo por completo. Pero, desde mi perspectiva, su argumento es una racionalización para evadir la realidad inobjetable de que, al haber permitido la práctica de cirugías sobre el cuerpo de sus hijxs, tienen la noción de haber permitido que se trastocara para siempre y de forma irreversible no solo la forma natural (y por demás saludable) de su cuerpo, sino la parte de la psique que se construye y se vive desde el cuerpo.

A veces me pregunto, ¿cuál es la mejor forma de acercarse a los padres? Luego pienso que no hay una forma única y que el mismo trozo de información que puede ser clave para que algunos digan no a las intervenciones, puede ser irrelevante para otros que sigan cerrados en sus miedos y ansiedades. Ya por no hablar de los prejuicios y la homofobia subyacente en las racionalizaciones con que justifican sus decisiones

Quisiera poner a consideración de los padres una reflexión: existe un principio médico que surge de una alocución latina comúnmente atribuida a Hipócrates.

Primum non nocere, es decir, Ante todo no hacer daño

Lxs activistas intersex a menudo nos vemos en la penosa necesidad de recordarle a los médicos que este principio implica repensar el efecto de sus acciones y decisiones en lo que toca al tema de los procedimientos de normalización de las variaciones en las características sexuales a que someten a menores de edad y personas intersex en general. Como ha quedado más que establecido no solo por nosotrxs como comunidad, sino desde el programa Libres e Iguales de las Naciones Unidas, “estos procedimientos, que suelen ser irreversibles, pueden producir esterilidad permanente, dolor, incontinencia, pérdida de la sensibilidad sexual y sufrimiento mental de por vida, incluida la depresión.” (Libres e Iguales, 2016, Ficha de datos: Intersex).

Aunque he escuchado de casos de terror donde los médicos llevan a cabo su práctica con una total falta de ética y de respeto a la dignidad de la persona, así como a los padres de familia de niñxs intersex, es mi creencia personal que una considerable mayoría de los médicos no obran ni aconsejan de mala fe, sino que se dejan llevar por prácticas heredadas por catedráticos y sus superiores en los hospitales. Dicho lo anterior, muchos de ellos no cuestionan en lo más mínimo el efecto dañino que los protocolos médicos tienen en el menor de edad cuyo cuerpo recomiendan normalizar (es decir, moldear sus características sexuales para que se asemejen a los de un cuerpo típicamente femenino o masculino). No tienen la menor idea del infierno en cuya ruta ponen a hijx, padres y familia.

Lo que intento es concientizar a los padres del papel vital que juegan desde el momento mismo del nacimiento de su hijx intersex: al decantarse por las cirugías, es decir la normalización del cuerpo de su hijx, suponen que se evitarán problemas, bochornos, estigmas, burlas, etcétera. Parece la opción fácil. Pero en realidad, es la opción más dolorosa de todas y la que más daño provoca. Basta leer cualquier testimonio de un adulto intersex para constatarlo. Seguir la recomendación clínica en ese sentido no lo más sensato, por más intransigente que sea la reacción del médico que atienda. Los padres tienen el deber de velar por la integridad de su hijx, y de hacer respetar el derecho a decidir sobre su cuerpo. También tienen un deber hacia su salud: condiciones conocidas como la Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC, o CAH por sus siglas en inglés), asociada a la intersexualidad, puede en varios casos acarrear una pérdida de fluidos que debe ser atendida. Pero, aunque suene repetitivo, es importante como padres que aprendan a distinguir entre una urgencia médica y una confrontación con los prejuicios y las creencias tradicionales. La intersexualidad no es una enfermedad, sino una variación natural de las características sexuales. No hay por qué temerle.

Ante todo, no hacer daño. Algunos médicos hoy día son más conscientes y sensibles sobre la realidad de las personas intersex, y es posible que sean más informativos y respetuosos en vez de impositivos, como lo han sido en el pasado y muchos lo siguen siendo en el presente. Pero al final ustedes, padres de niñxs intersex a quienes me dirijo, son quienes juegan como el fiel de la balanza. Su responsabilidad no es para con la sociedad ni para con el médico: es para con la felicidad de su hijx. ¡Dense la oportunidad de descubrir quién es esa personita entre sus brazos! Y denle la oportunidad de descubrirse a si mismx. Superen juntxs miedos y prejuicios. Y exploren los infinitos alcances del amor.

Historia rota. Por Hana Aoi (persona intersexual)

Gracias a Laura Inter, por ser fuente constante de inspiración, y por su amistad. Fue gracias a su insistencia en pedirme la traducción al inglés de la versión original de este texto que tuve el valor de explorar de nuevo el pasado, con una mirada más serena y el deseo de que otrxs puedan identificarse y que sepan que siempre existe la esperanza de trascender al dolor y ser unx mismx.

Brújula Intersexual

Historia rota.

Por Hana Aoi (E-mail: aoihana.1981@gmail.com. Website: Vivir y Ser Intersexual)

Versión editada y actualizada del texto publicado también en Brújula Intersexual bajo el mismo nombre.

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Es un abismo sideral, un vacío inmenso de una oscuridad y un silencio insoportables. No se ve nada. No se oye nada. Pero ahí se encuentran los fragmentos de una historia pendiente de articular.

Denegar el pasado representa una grave afrenta, ya sea porque es unx quien vive en la negación, o porque son los seres queridos que cuidaron de unx cuando se era una criatura quienes viven en negación. Muchos me han dicho: “Lo pasado, pasado está. Ya no mires atrás. Enfócate solo en el presente”. Aún así, al ser intersex, ignorar la historia del nacimiento de unx acarrea una serie de eventos y consecuencias en la propia vida que desembocan en problemáticas de las que, como si nada, se…

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Lxs niñxs están bien

Una de mis mayores preocupaciones cuando pienso en los bebés intersex es la maraña de emociones encontradas que experimentan sus padres cuando sus hijxs son diagnosticadxs. Siento una propensión inmediata a ponerme en su lugar y pensar en cómo ayudarles a canalizar sus sentimientos y sus temores, y prevenirles de tomar una decisión irreversible.

Una decisión que, además, realmente no les corresponde tomar.

Cuando yo nací, mis padres no tenían mucha noción de que las decisiones que tomaron en nombre mío fueran las “correctas”. Ser padre de familia es una responsabilidad inmensa. Ya no se trata de ti; todo gira en torno a tu(s) hijx(s). Y por tal razón, cualquier decisión puede ser una espada de doble filo para su bienestar presente y futuro. Es difícil prever los resultados, sin importar cuán bienintencionadas sean las acciones que realizas. Tal fue el caso de mis padres: creyeron de corazón que actuaban bien, porque actuaron desde el amor. Pero también desde el temor. Carecían de información, sólo existían los prejuicios y  nadie estuvo ahí para asesorarlos, aparte de los “expertos”, quienes los urgieron a seguir sus recomendaciones. Mis ovotestes “potencialmente cancerígenos” fueron extirpados, y mis genitales “ambiguos”, operados para lucir y funcionar de forma “normal”. Esa era la forma de ver las cosas en ese tiempo, y solo puedo imaginar la angustia y la desorientación que sintieron. Y el alivio momentáneo, mientras era muy pequeña, porque “no me daba cuenta”.

Hace unos meses, en una de las ocasiones que volvimos a abordar el tema de mi nacimiento (ya con más serenidad, en comparación con la primera vez que fue tan tormentosa), mi madre confesó haberse sentido culpable por la posibilidad de haber tomado la decisión equivocada. Por otro lado, reconoció que en ese momento no tenían a nadie más a quien recurrir. Solo muy pocas personas en la familia supieron, porque de verdad, ¿cómo soportar el peso de un secreto así? Hoy me resulta simple argumentar que esto no tiene por qué ser un secreto; que solo era que mi cuerpo era distinto, y que no había nada de qué preocuparse. Que el estigma lo podemos terminar nosotrxs mismxs, dando visibilidad a la intersexualidad, acabando con prejuicios, educando, informando.  Pero dado que los “expertos”, es decir, los médicos, solo vieron una patología en mis características sexuales, la noción germinó en la mente de mis papás, succionando la felicidad de mi nacimiento y convirtiéndola en preocupación, ansiedad, desconcierto, y miedo. Mucho miedo.

Y percibo que en el presente, en esta latitud del mundo donde los prejuicios en torno a la diversidad humana perviven, donde asumir la diferencia te pone incluso en riesgo de muerte, muchos padres, incluso aquellos que han buscado ayuda y que han recibido información, siguen llevando a sus bebés a la plancha, arrebatándoles el derecho a decidir solo porque no conciben que el cuerpo de sus peques sea diferente a lo que ellos estaban esperando.

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De la campaña “Libres e iguales” de las Naciones Unidas para la Visibilidad Intersex

Crecer siempre ha sido complicado. En este mundo polarizado (que siempre lo ha sido, solo que apenas hoy cobramos consciencia de ello), la sensación de vivir en medio de una creciente violencia nos hace buscar un refugio. Esta necesidad es fundamental en el caso de muchos padres de familia, que perciben cómo la sociedad solapa y a veces hasta promueve la intimidación y la agresión hacia los niños que son distintos,  a manos de otros niños y de adultos intolerantes que creen que se rigen bajo principios morales cuando realmente sólo se conducen por prejuicios y creencias dogmáticas. Idóneamente, los padres tratan de ayudar a sus hijos a superar estas dificultades a fin de que su vida no sea más complicada de lo que de por sí la vida lo es. Ahora agreguemos el elemento intersex a las vivencias de esx niñx. ¿Cómo brindarle seguridad sobre si mismx, cómo enseñarle a defenderse en la vida? Todavía mi madre me pide encarecidamente que me cuide, porque sabe que tengo potenciales problemas de salud en un futuro, debido a los procedimientos a los que fui sometida. Pero me lo pide también porque desea mi seguridad física, porque sabe que afuera hay personas que se dejan llevar por el miedo y la intolerancia. No es ingenua: ha vivido el tiempo suficiente para saber que el mundo es un lugar tremendamente complejo, y en el cual hay muchos horrores. Pero confía en mi. ¿Acaso no es eso lo más valioso?

Solo puedo pensar que la seguridad de un niño proviene de la completa aceptación de sus padres a lo que constituye la esencia de su persona. Y el cuerpo, la experiencia de vida que el cuerpo nos proporciona, es especialmente importante en lxs niñxs intersex. Uno puede desear protegerlos todo el tiempo, toda la vida. Lo sé porque lo he vivido. Pero al final, unx tiene que vivir la vida por unx mismx, y defenderse a sí mismx, y pavimentarse su propio camino a la felicidad y a la plenitud. ¿No es ese el deseo final de un padre de familia?

Algo muy aparte es la atención médica que merezcan las condiciones específicas asociadas a ciertas variantes intersex. Por ejemplo, en los casos de HSC en forma perdedora de sal, donde realmente la salud (y la vida) de la criatura está en juego. Pero es importantísimo aprender a distinguir entre lo que son situaciones de salud y los temores que surgen por la diferencia en las características sexuales. Es decir, aprender a distinguir entre preocuparse por atender la salud de unx niñx intersex, y a desprenderse de prejuicios y miedos sobre las diferencias completamente sanas y naturales de su cuerpo.  

La base de un cambio real reside en la confianza que tengan los padres de los bebés intersex al recibirlos entre sus brazos. Desde ahí se puede avanzar mucho, en la medida en que la comunidad médica persiste en su cerrazón, y un cambio inmediato a nivel social resulta utópico. En cambio, la confianza de los padres de familia acerca de la diferencia de su bebé intersex, completamente saludable y natural, puede ser construida  de muchas formas, dejando así una marca positiva en la vida de esa familia. Pese a que existe mayor difusión, sigue faltando que los padres entren en contacto con personas que, de forma positiva y con empatía, les confieran la sensación de respaldo y comprensión, y les acompañen durante el proceso de externar sus miedos, preocupaciones, sentimientos encontrados, a fin de ayudarles a cobrar consciencia de que su bebé está bien como ha nacido. Si bien hay un montón de barreras sociales que habrán de atravesar, es necesario que consigan comprender que siempre va a haber una barrera que queramos evitar. Pero en lo que toca a su persona, es mejor entonces abordar el tema con aceptación, bien informados, amorosamente y con la certeza de que uno no tiene que adaptarse a la miopía de la sociedad sobre el cuerpo de su bebé. Aprendiendo así, de paso, a apreciar las infinitas posibilidades que surgen desde la aceptación total de la diversidad humana.