La vaginoplastía que nunca necesité.

A Guadalupe Chávez, por la inspiración. Y a mi madre, por su increíble valentía para viajar al pasado y ser mi memoria.

Verano de 1992 . En esas vacaciones nos trepamos al Volkswagen familiar y viajamos a un balneario en San Juan del Río. Me gustaba pasar el tiempo allá, sentir el sol cálido y chapotear en la alberca. Fue el verano de Barcelona, el verano del Dream Team (el único, el verdadero e inigualable).

Las vacaciones acabaron, pero el verano continuó: entré a sexto año de primaria. Sin embargo, a las pocas semanas de haber comenzado el año escolar, tuve que abandonar las clases por un mes. Fui internada en el Centro Médico La Raza, uno de los hospitales de alta especialidad de mayor renombre en México. El motivo: tenía programada una cita en el quirófano.

Fue el verano de la vaginoplastía que nunca necesité.

Vaginoplastía: esa cirugía cosmética que la mayoría de las veces se practica en mujeres adultas, a fin de “rejuvenecer” sus vaginas. También es una cirugía socorrida por algunas mujeres trans, en sintonía con su deseo por armonizar su identidad con un cuerpo en el que se sientan ell*s mism*s. Sin embargo, en un gran número de personas intersexuales con genitales ambiguos, se trata de una cirugía a la que son sometidas por la fuerza, para construírseles un conducto vaginal (o ampliarles el que tienen, si es que lo tienen) que tenga la función de ser penetrado durante el coito heterosexual. Es, más bien, una cirugía social. Y, si hemos de nombrarla como se debe, se trata de una forma de mutilación genital.

Detengámonos por un instante en esta palabra: mutilación. A mi mente, como a la de muchos, acuden imágenes terroríficas de miembros cercenados o extremidades colgando de un jirón sangrante de piel, resultado de la maldad de una mente perversa, de los horrores de una conflagración bélica, o de un terrible accidente. Pero rara vez consideramos que el significado de la palabra mutilación es mucho más simple y menos simbólico de lo que creemos: significa cortar una parte del cuerpo. Cualquiera; en este caso, una parte de los genitales. Cierto: hay casos más aparatosos que otros. Pero desde un punto de vista de semiótica (es decir, del significado mismo del concepto mutilar y de la connotación que adquiere al tratarse de tejidos saludables del cuerpo humano), cualquier operación que sólo busca moldear los genitales de una persona para hacerlos “estéticos”, esto es, agradables a la vista, y especialmente cuando se hacen sin consentimiento de la persona afectada (y, peor aún, sin su conocimiento), no puede menos que ser llamado por su nombre: mutilación.

En mi caso particular, las “eminencias” médicas que inspeccionaron mis genitales, ante la angustia de mis padres (a los cuales no culpo, porque ellos no contaban con toda la información de la que los padres de hoy disponen) decretaron que yo “necesitaba” una vaginoplastía porque, como resultado del proceso de desarrollo sexual intrauterino, en mi vulva había un tejido que “no debía existir”: un glande, es decir, la parte extrema del tubérculo genital con que nací, que en otras personas se desarrolla como un falo, en cualquiera de sus variedades (de las cuales, el pene y el clítoris idealizados son los ejemplos más conocidos). También resultaba “necesaria” porque los labios de mi vulva eran incipientes en comparación con lo que se espera de la vulva de una mujer (de hecho siguen siéndolo, comparativamente, y a pesar del intenso bombardeo de estrógenos conjugados con que mi cuerpo fue feminizado a partir de los trece años).

Hablemos un poco de técnicas empleadas en la vaginoplastía: una de ellas consiste en tomar un pedazo de colon y construir la vagina a partir de ese tejido. Es la técnica más socorrida, pero casi ningún médico informa a los padres de esa persona (o a las propias personas que optan por la vaginoplastía ya como adultos) que esta técnica tiene una secuela muy grave: una secreción vaginal recurrente que puede causar infecciones continuas. Otra técnica involucra el uso de una especie de globo para crear espacio en la abertura vaginal. En ambos casos, el uso de dilatadores es muy extendido para prevenir otro efecto secundario: la estenosis, o estrechamiento de las paredes vaginales, lo cual también es causa de infecciones. En mi caso, la vagina como tal no requería ampliarse ni reconstruirse por dentro, solo implicaba remover el tejido del glande, moldear mi vulva para hacerla parecer femenina (esto es, darle forma a los labios menores primitivos y a algo que se asemeja a unos labios mayores). Por eso fue que me libré de la inimaginable tortura que representa el tener que usar uno de esos objetos. Tortura que sí atraviesan muchxs otrxs, niñxs sobre todo, y todo a causa de un procedimiento prematuro y, por consecuencia, innecesario.

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Set de dilatadores vaginales

Recuerdo que mi madre no entró en muchos detalles cuando surgió la pregunta de por qué necesitaba ser internada. Me dijo que tenía un tejido que debían quitarme en mi vejiga (es decir, mi uretra). Años después, cuando hablamos abiertamente sobre ese episodio, me dijo que también había añadido “en tu vagina”. Pero para ser sincera, mi mente se quedó con la idea de que era algo relacionado con mi aparato urinario; lo que sí recuerdo claramente es que se enfatizó que la cirugía era necesaria “para que de grande no tuviera problemas.” Así, sin especificar. Admito que tampoco yo estaba segura de querer saber demasiado. Había un silencio implícito, una vergüenza que me invadía cuando se trataba de hablar de los genitales. Yo hacía como si no me pasara nada cada vez que mi médico tratante (junto con aquellos que lo acompañaban) me revisaba los genitales. Esto a pesar de que cada vez que lo hacía, me lastimaba la piel con sus guantes de látex al abrir esos primitivos labios de mi vulva intersexuada, tras de lo cual quedaba adolorida por espacio de unos minutos. Y es que hacer de cuenta que nada de eso me dolía me hacía sentir como una persona madura. Ser niño, o niña en mi caso, era divertido, tenía sus lados positivos, no digo que no fuera así; lo que digo es que, estando en el hospital, sentía la obligación de no ser yo misma, sino comportarme como otra persona. Como un adulto.

Me acuerdo que yo tenía un excelente estado de ánimo la mañana en que fui operada. De hecho iba motivada, porque sabía que, cualquier cosa que tuviera mal en mi vejiga, podía confiar en la destreza de los cirujanos que me iban a intervenir. Recuerdo que las enfermeras continuamente me preguntaban que cómo me sentía, y yo repetía “bien”, “muy bien”, y cualquier otra variante. Incluso antes de que me aplicaran la anestesia y me durmieran, recuerdo haberles deseado buena suerte.

Cuando desperté, todo fue vómito negro (por la anestesia), mareo, cansancio. Hasta el día siguiente fue que tuve mejor ánimo como para preguntar sobre el resultado de mi cirugía. Se lo pregunté a una enfermera que había ido a ponerme una aguja en el brazo para un suero o antibiótico o quién sabe que sustancia. Ella tomó el portapapeles de algún lado (probablemente del pie de mi cama), y me dijo: “tuviste una vaginoplastía.” De inmediato respingué: “¿Vagina? ¿No era mi vejiga lo que me iban a operar?”. “No, fue una vaginoplastía, reconstruyeron tu vagina”. Y no dijo más. Quizá no le estaba permitido decirme más, quizá no juzgó prudente informarme por completo (a pesar de que se trataba de mi cuerpo) o quizá simplemente no sabía nada más que lo que me había leído del portapapeles. En ese entonces yo ya sabía qué era una vagina, pero curiosamente solo hasta ese momento cobré consciencia plena de que yo tenía una. Y me la habían operado. ¿Para qué? Fue una pregunta que no hice sino hasta veinte años después. ¿Por qué no pregunté? Porque me daba vergüenza hablar de eso. Lo irónico fue que eso era el motivo por el cual había pasado toda una semana internada y con un catéter para evitar infecciones en los tejidos recién operados (todo lo cual era doloroso, incómodo y vergonzoso), y luego otras tres semanas en reposo absoluto, soportando las primeras noches la comezón que sentía, a consecuencia de la cicatrización de las heridas.

Cuando pienso en la pertinencia de esta cirugía, me da risa de solo pensar en lo inútil que resultaba. En primer lugar, porque mi salud no estaba en riesgo, los mismo médicos lo admitían. En segundo lugar, porque su función social, a la fecha, no tiene visos de cumplirse. Durante años traté de imaginar cómo sería una relación sexual. O mejor dicho, trataba de imaginarme durante un coito. No era que no entendiera de qué se trataba, sino que me preguntaba cómo era que de eso pudiera sentirse placer. Cuando comencé a explorar mi vagina con mis dedos, me encontré incapacitada de sentir que ello fuera placentero. El introducir un dedo ya me producía bastante molestia, así que no me imaginaba cómo algo como un pene erecto podría generar algo cercano al placer. Ciertamente no me habían moldeado los genitales con fines reproductivos. A pesar de que tuve un novio y luego un pretendiente, ambos hombres cis, nunca tuve ni el deseo ni la confianza suficientes como para llegar a la intimidad. Dada mi orientación sexual tan abierta, suponía que al no ser tan importante la penetración estando con otra mujer, una relación sexual de ese tipo podría resultarme realmente placentera. Pero una lesbofobia interiorizada, que me persiguió por muchos años, me impidió vivir abiertamente esa parte de mi orientación. Al final, no fue sino hasta muchos años después que pude explorar mi sexualidad, ya no a solas sino en compañía de una pareja, con la cual sentía la confianza de saber que no habría un rechazo, y la cual supo darme mi tiempo y mi espacio para llegar a la intimidad, sin lastimarme y brindándome esa ternura que todos los seres humanos anhelamos encontrar en algún punto de nuestras vidas. “Buscándole”, y con un poco de imaginación, aprendí que mi cuerpo podía ser estimulado de otras formas. Aprendí, sobre todo, que el cariño y el deseo mismos son afrodisiacos sumamente efectivos.

Hoy me refiero a esta cirugía como “la vaginoplastía que nunca necesité” porque en realidad mi cuerpo nació con una vagina propia que, de haberle permitido desarrollarse por sí sola, a través de las hormonas de las gónadas que me removieron “por ser cancerígenas”, hubiera satisfecho mis deseos y necesidades de maneras que hoy no tiene caso ya imaginar. Parafraseando a Guadalupe Chávez: mi felicidad no la encontré en una vagina; en mi caso, la encontré superando los prejuicios que había dejado que me controlaran; la encontré desvelando el pasado, liberándome del silencio. La encontré en volver a escribir, en dejar de querer complacer a otros. La encontré reconciliándome con mi cuerpo, conmigo misma, con mi madre y con mis seres queridos

Mi felicidad la encontré abriéndome a las posibilidades de la vida. Y hoy la vivo, contando estos fragmentos de mi historia, con la esperanza de que quien haya pasado por una experiencia similar pueda sentirse identificado y acompañado; y de que ningún otrx niñx tenga que pasar por ella.

Aún si es un grito en el desierto, pido a los padres de bebés intersexuales que aprovechen que cuentan con mucha información, que existen grupos de apoyo y testimonios de adultos que alguna vez fuimos niñxs sometidos a intervenciones no consentidas, para que aprendan de los errores de nuestros padres, y para que nos ayuden a construir una sociedad más libre y tolerante, partiendo del amor hacia sus pequeñxs.

Interfobia

(Título de la imagen: Homenajeando a lxs antepasadxs intersex. Crédito: Bonnie Hart. Tomada del sitio IntersexDay.org)

No existe una entrada en el diccionario que defina la palabra interfobia. Algunos podrían argumentar que dicho término es inexistente. Sin embargo, ante la existencia de un fenómeno real que tiene que ser nombrado, la palabra surge por necesidad.

Defino interfobia como el temor o el rechazo a los cuerpos que poseen variantes en sus características sexuales, motivo por el cual son inclasificables dentro del esquema binario del sexo de un ser humano.

Desarrollando un poco más esta idea, la interfobia se alimenta de miedos, como el miedo a lo diferente, pero también el miedo al estigma social. Proviene también de las definiciones rígidas que la sociedad tiene sobre lo que hace hombre a un hombre y mujer a una mujer, sin dar lugar a posibilidades más allá.

La interfobia se da como resultado de una negativa a reconocer que los cuerpos intersexuales pueden ser (y lo son) vehículos para conducir una vida plena y satisfactoria.

La interfobia se manifiesta en muchas partes, y está íntimamente vinculada con la homofobia y la transfobia, porque el sexo de una persona está sobrecargado de elementos simbólicos sobre la sexualidad, jugada desde la orientación y la identidad de género. El sexo y la sexualidad de una persona no solo le competen a esa persona, sino que la sociedad se arroba el derecho de determinar si cuerpo, identidad y orientación son aceptables. Incluso en sociedades laicas, el lastre del control sobre sexo y sexualidad que viene de los siglos pasados sigue siendo terreno fértil para estas manifestaciones de odio y rechazo, y el consiguiente control (médico, en el caso de la intersexualidad) sobre la vida y el cuerpo de las personas. En sociedades como la nuestra, donde la mayoría de las veces las creencias religiosas, tan arraigadas en la cultura, se expresan con odio y desdén a lo diferente, las fobias causan un daño aún mayor a la dignidad e integridad física de muchas personas.

Sabemos que los médicos, con su enfoque centrado en una intervención temprana para normalizar las características sexuales de un cuerpo intersexual, son eminentemente interfóbicos. Sin embargo, la interfobia sin intención que proviene de los propios padres de familia es la que causa el mayor daño. La angustia parental, ese estado de shock en que suelen caer tantos padres cuando se enteran o se percatan de la diferencia en los genitales, en las gónadas o en los cromosomas de sus hijxs, es consecuencia directa de un temor muy profundo a enfrentar a la sociedad. En Fixing Sex, Katrina Karkazis da cuenta de varios casos de padres de familia que se enfrentaron a un desconcierto inicial que luego daba pie a otras fases como la negación o la furia. Al leer los testimonios de estos padres, uno no puede evitar comparar este proceso con el proceso de aceptación de la muerte. Aceptar el cuerpo intersexual de un hijx pareciera asemejarse a una negociación interna. Muchos padres no consiguen articular en el momento la tormenta emocional en la que se encuentran inmersos cuando reciben la noticia y se ven presionados a tomar decisiones (que no tendrían por qué ser presionados, ni son decisiones que les correspondiese tomar). Pero al cabo de los años, cuando relatan los momentos que vivieron, se percibe claramente que existe un momento de duda. Lo único que quieren es un bebé que entre en la norma, o lo que es lo mismo, un bebé normal. Un niño, una niña. Solo quieren irse a casa con un bebé al cual puedan identificar claramente como uno o como otro, y no tener que enfrentar la mar de cuestionamientos y señalamientos al no saber qué responder a la pregunta “¿Es niño o niña?”. Un bebé que no entra en la norma, es decir, un bebé cuyo cuerpo los fuerza a reconstruir estructuras mentales en un momento totalmente inesperado, es, a sus ojos, un bebé anormal, en todas sus acepciones posibles, incluyendo las más deplorables. Hay un sentimiento inicial de rechazo. Desde luego, también surge un sentimiento real de amor, una necesidad de proteger a esx pequeñx (muchas veces llevado al extremo de la sobreprotección), pero la incondicionalidad del amor que se supone conlleva el convertirse en padres brilla por su ausencia en el momento del anuncio. Cabe aclarar: el rechazo no es hacia el bebé, sino hacia su cuerpo, y a lo que su cuerpo significa. Por mucho que se encuentren incapacitados de articular con palabras los significados que cada uno le da al sexo y a la sexualidad humanas, la angustia que tanto se ha descrito es la expresión de ese rechazo. Si algo hemos aprendido de la psicología es justo eso: que la mente no siempre es capaz de estar consciente de todos los significados que atribuimos a las cosas y a las personas que nos rodean, y que a falta de ello se manifiestan de otras formas, porque nada se puede reprimir para siempre.

Por eso, en un momento tan intenso y tan tortuoso, la voz del médico (que además es la única disponible, pues a la fecha los grupos de pares y de apoyo de personas intersexuales siguen siendo excluidos del proceso), resuena como la de un salvador. No importa si el cuerpo es totalmente sano o no, lo que importa es corregir el defecto que transgrede la norma. Unos genitales “ambiguos”, unas gónadas “incorrectas”, no representan un defecto que prive de una vida saludable al recién nacido (o a la persona intersex en general, cualquiera que sea su edad y cualquiera que sea el momento en que descubra la diferencia de su cuerpo respecto al grueso de la población); representan una emergencia social derivado de un rechazo asimilado hacia lo diferente, especialmente porque se trata del sexo y de la sexualidad.

Lidiar con la interfobia de raíz requiere una transformación en el modo en que la sociedad mira a la intersexualidad. La visibilidad no se restringe solo a una educación de la población en general, sino que debe enfocarse de manera especial en quienes están en el proceso de convertirse en padres. De hecho, en mi opinión, los futuros padres tienen mayor necesidad de educarse. Si estas personas supieran con claridad que, de cada 1000 recién nacidos, 17 tienen un cuerpo con características intersexuales (sean o no visibles al nacer), probablemente la angustia parental sería menor. Si los best-sellers sobre el proceso de gestación mencionaran con toda naturalidad la posibilidad de tener un bebé con características intersexuales, y se indicara que se trata de bebés saludables cuyas características sexuales no requieren ninguna intervención médica (fuera de condiciones de salud muy específicas a atender), los eventuales padres de un bebé así no entrarían en pánico, por inesperada que fuera la noticia. Y digo esto porque considero que, mientras el sexo de una persona siga teniendo tantos elementos simbólicos, y represente una gama de expectativas de vida, los cuerpos intersexuales seguirán siendo motivo de sorpresa. La diferencia radical en este enfoque estriba en que, al estar más o menos consciente de la posibilidad de un nacimiento de ese tipo, esa angustia social se aminora. Los padres saben que no están solos. Saben que debe existir más gente como su bebé, y que es posible llevar una vida saludable y plena sin tener que someter a su hijx a cirugías irreversibles. Se genera un espacio, una ventana de oportunidad para que los padres busquen, con más tranquilidad y menos desesperación, la información y el apoyo de otras personas, especialmente de quienes promueven la posibilidad de una crianza libre de prejuicios y protectora de la integridad física de un niño con un cuerpo intersexual. Y aunque el proceso no es inmediato, un escenario así, repetido en múltiples familias, va dando pie a esa transformación social. Claro, es difícil, porque aún resta la labor titánica de generar consciencia entre familiares, educadores, otros padres, instructores deportivos, y posteriormente centros laborales, a fin de ir creando los espacios propicios para que toda persona, sin importar la forma de sus características sexuales o su funcionamiento metabólico, pueda tener la oportunidad real de desenvolverse con libertad y construir una vida satisfactoria y libre de estigmas y prejuicios.

Por supuesto, los prejuicios no se irán tan rápidamente, porque estos provienen de generaciones pasadas. Pero en la medida en que sepamos distinguir entre dogmas y valores, aprenderemos a poner la dignidad de las personas por encima de creencias caducas que nos limitan de crear un mundo menos injusto y más inclusivo con todos los seres humanos.

¿Identidad intersexual?

Una duda recurrente cuando hablamos de intersexualidad sigue siendo el qué es. De esto hemos hablado antes. Lo que me interesa ahora es que muchas personas creen que se trata de una identidad. Es decir, que unx como intersex se asume desde una identidad, así como una suerte de identidad de género u orientación sexual.

La respuesta corta es: no. La intersexualidad en su definición misma excluye la noción de identidad. La intersexualidad es un conjunto de variaciones del cuerpo asociadas a los marcadores biológicos típicos del sexo. En otras palabras: las características sexuales. A veces depende de la interpretación de “características sexuales” (muchos médicos sólo consideran las variaciones del aparato reproductor bajo este concepto; otros incluyen las variaciones de los cromosomas). Para más información al respecto, se puede consultar mi artículo previo, ¿Qué tan común es la intersexualidad?

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Bandera de la comunidad intersex, creada por OII Australia. Sobre ella dicen: “El círculo está entero y sin adornar, simboliza la totalidad y lo completo, así como nuestras posibilidades. Aún luchamos por la autonomía del cuerpo y la integridad genital, y esto simboliza el derecho a ser quienes queremos ser y en la forma en que queramos serlo.”

La respuesta larga: es complicado. La identidad de un individuo intersex se moldea de inicio bajo los mismos preceptos y prejuicios que la de cualquier otro individuo en la sociedad en la que ha nacido. Existen personas intersex en el mundo que asumen su intersexualidad como una identidad por una razón: nuestras variantes del cuerpo particulares definen en buena medida nuestra historia personal y nuestras vivencias. Pero esto es cierto también para cualquier persona en el mundo; por ejemplo, una persona que no distingue los colores verde y rojo percibe el mundo de una manera particular, como sucede también con personas con alguna discapacidad motora,  o con personas más sensibles emocionalmente y su reacción ante ciertos eventos. Cada persona desarrolla una identidad propia. Y así nos ocurre a las personas intersex.

Ahora, si la pregunta va en torno a la orientación sexual o identidad de género, la respuesta sigue siendo la misma: cualquier ser humano sobre la faz de la Tierra es capaz de desarrollar una identidad en función de la forma que toma su sexualidad y el género desde el que se identifica. En ese sentido, una persona intersex puede asumirse como hombre, mujer, gender-fluid, género no binario, etc… e identificarse como gay, lesbiana, bisexual, asexual, pansexual, incluso sin una orientación en específico.

Se puede decir que la identidad que una persona intersex puede desarrollar llega a ser tan rica y diversa como aquella a la que el ser humano en su generalidad aspira.

Y quizá esa flexibilidad, a veces dada desde la consciencia y a veces dada por circunstancias que uno no elige vivir, es lo que hace que el concepto de identidad intersexual resuene en la mente de muchas personas como una posibilidad. Sin embargo, yo sería cautelosa al afirmar que de hecho exista como tal, pues, como he dicho, es una construcción en el ser humano hecha desde la sociedad en que se ha nacido, y a partir de la historia personal de cada unx.

Al final, querer definir una “identidad intersexual” podría resultar tan genérico que estaríamos tratando de negar la misma diversidad humana en la que nos hallamos inmersxs.