Hoy es el Día de la Visibilidad Intersex. Por Odette

De la pluma de Odette, querida amiga y compañera de lucha por la visibilización de la problemática que vivimos las personas intersex. Gracias a Brújula Intersexual por permitirnos compartir desde este espacio.

Brújula Intersexual

Hoy es el Día de la Visibilidad Intersex

Por Odette

dvi 2018

No soy buena escritora, pero quiero expresar mis algunas cosas por este día. ¿Cuál es su importancia? Y, para mí, ¿qué es la visibilidad?

Ser visible, en cierta manera, es dar a conocer al mundo que existimos personas que de cierta manera nacemos diferente a las demás, y que esto conlleva muchas dificultades en nuestras vidas.

Por un lado, algunas personas intersexuales reciben mucho acoso por el gremio médico, el cuál tiene el afán de querer corregir cuerpos por el simple hecho de haber nacido diferentes a los cuerpos binarios (los típicamente masculinos y femeninos), por tanto, muchas personas son sometidas a cirugías que dejan graves secuelas en sus cuerpos, además de ser sometidas a constante acoso médico, donde los cuerpos intersexuales de bebés, niños y niñas son expuestos en contra de su voluntad ante estudiantes de medicina, y son…

Ver la entrada original 225 palabras más

#IntersexDay 2018: Mi testimonio, a dos años de distancia.

Basado en el testimonio leído en la capacitación a funcionarios públicos en CONAPRED el pasado 23 de octubre de 2018.

21314719_267658157082792_24885826759717428_n.jpg

Hace dos años, vine a este mismo lugar, y yo era un manojo de nervios. Trémulas mi manos y mi voz, pero firme la convicción de romper el silencio, de evidenciar que experiencias como la mía suceden. Hoy les comparto una versión sintetizada de mi testimonio, con el ánimo de que puedan mirar la intersexualidad desde otro ángulo: el que me tocó vivir.

Nací en esta Ciudad de México en el año 1981. Tercer hija de tres, las diferencias de mi anatomía sexual se hicieron visibles a los ojos de mi madre a las pocas semanas de haber nacido. Era cualquier cosa, un pedacito de carne, algo que no parecía correcto en los genitales de una niña. En primera instancia, el médico familiar particular intentó tranquilizar a mi madre: no había ningún riesgo de salud. Era un tipo curtido por los años, un médico militar que, sin duda, lo había visto todo, y que tenía, según el recuerdo de mi padre, una perspectiva de la medicina y de la vida en general muy adelantada para su época. Pero si esta opinión hubiera bastado, probablemente la historia que les estaría contando sería diferente. Lo cierto es que mi madre me llevó al Seguro Social, y fui canalizada al Centro Médico La Raza cuando tenía casi seis meses de edad. Los médicos hicieron análisis y valoraron las posibilidades de mi cuerpo. Aunque hicieron estudios de cariotipo y biopsias, e inspeccionaron mi aparato reproductor, mi madre recuerda claramente cómo era mi clítoris el centro de la atención, porque hablaban de la viabilidad de ser criada como niña o como niño. Al final, fueron factores puramente sociales los que inclinaron la balanza no solo hacia el género en el que me habrían de criar, sino también hacia la apariencia que mis genitales y mi cuerpo habrían de tomar.

En el curso de los siguientes catorce años, las eminencias del Centro Médico La Raza se dedicaron a asegurar que mi cuerpo pareciera normal. Permítanme repetir esto: que pareciera ser normal; mis genitales, tal y como eran, eran “defectuosos”, “inaceptables”, “desagradables”. No son mis palabras, no es mi opinión, pero fue la opinión calificada de alguien, la opinión que prevaleció. La pregunta que quiero dejar impresa en ustedes es: ¿desagradables para quién? ¿Para mis padres? ¿Para los médicos? ¿Quién se tomó la atribución de calificar mi cuerpo y decretar que estaba en falta, incidentalmente aprovechándose del hecho de que yo era apenas un bebé, y que ni siquiera tenía capacidad de hablar? Total, que mientras somos indefensos, nos pueden hacer lo que quieran.

Lo primero que sucedió fue que mis gónadas me fueron removidas: había sido diagnosticada con hermafroditismo verdadero. Déjenme recalcar tan enfáticamente como es posible lo que este diagnóstico significaba entonces: significa que en mis gónadas yo contaba simultáneamente con tejidos ovárico y testicular. Absolutamente nada más. Hoy, este diagnóstico es conocido bajo una nueva nomenclatura: trastorno de desarrollo sexual ovotesticular. Ambos nombres son un simple pretexto para categorizar estas gónadas como cancerígenas. Claro que nadie le dice a los padres y a las madres de niños y niñas con esta condición que los (pocos) estudios que se han hecho de esta particular condición intersex no demuestran que el tejido ovotesticular tenga frecuencia de desarrollo cancerígeno mayor que, por ejemplo, en el tejido mamario o en el tejido prostático. Que esta probabilidad depende más de la presencia de un cromosoma Y que del tejido mismo. Que más de la mitad de las personas con este diagnóstico tienen cromosomas XX, y que por lo tanto presentan un riesgo aún menos de desarrollar disgerminomas (células cancerígenas). Pero proceden igual con todos. Saquen ustedes sus propias conclusiones sobre este asunto.

Adicionalmente, en estas intervenciones cortaron y cosieron para hacer más “estética” y “femenina” mi vulva, y hacer invisible ese pedacito de carne que era mi clítoris. Y lo consiguieron: ese clítoris ya no existe más. Condenamos rotundamente las clitorectomías que practican en Egipto, en Somalia. Pero elegimos hacer mutis ante los clítoris que nos parecen demasiado grandes y amenazantes. Y aparte, aquí las llamamos clitoroplastias, porque no somos bárbaros, sólo reconstruimos lo desagradable. No nos engañemos: es mutilación. Y ninguna mutilación es justificable.

Al final, ¿todo esto, para qué? Para que yo estuviera lista para la vida. Así, orondo de sí, anunció el cirujano a mis padres el éxito de la última cirugía en el verano de 1992: “Hana está lista para la vida”. ¿Ustedes saben a qué vida se refería? ¿Quizás a una vida en la cual mi cuerpo y mi sexualidad estuvieran disponibles para el placer de un hombre? Porque ya les digo: la vaginoplastia, la clitorectomía, la gonadectomía, y la terapia de remplazo hormonal que he tenido (así, de a fuerzas) que tomar desde los trece años y hasta el día de hoy sigo tomando, no me han proporcionado ninguna ventaja competitiva, ni me arreglaron la vida. Todo lo contrario: me alienaron de mi cuerpo y de mi capacidad de relacionarme conmigo misma y con el mundo, me enseñaron a pensar que mi cuerpo estaba enfermo, me hicieron una persona insegura a la que le tomó años de psicoterapia para poder cobrar conciencia de que yo no estaba mal, de que mi cuerpo nunca estuvo mal, y de que todos los estragos en mi relación con mi familia y mi incapacidad de entablar vínculos afectivos tenían su origen en un modelo de atención médica que ya no tiene cabida en el siglo XXI.

Hoy, en cambio, soy la dueña de mi vida, y decido por mi misma con una seguridad cada día mayor. Hoy no me tiembla la voz por temor al rechazo, sino que la alzo con determinación inquebrantable, con el propósito atraer su atención en la problemática que nos atravesó en los años fundamentales de nuestra vida, y que sigue siendo el drama de muchas niñas y muchos niños para los que sigue sin existir una opción. La discriminación que vivimos las personas intersex puede parecerles ajena: no lo es. Al final, es la misma norma heterosexual que hiere y violenta las vidas de muchas personas solo por su preferencia sexual o su identidad de género. No nos hacen ningún favor los médicos que siguen creyendo que al mutilar nuestros cuerpos nos protegen de esta violencia. No se dan cuenta que, bisturí en mano, la están perpetuando. Afortunadamente, algunos comienzan a mirar las cosas de forma diferente. Y también algunos padres se dan cuenta que no hay prisa. Es gradual el cambio, pero tiene que darse. Incluso en este mundo caótico, fóbico, de crisis económica en crisis económica (y ecológica), tenemos que darnos cuenta que el problema no es la persona: es el medio que hemos creado.

#IntersexDay 2018: Hacer visible lo ignorado.

Texto leído durante la presentación de testimonios de personas intersex en la capacitación dada a funcionarios públicos en CONAPRED el pasado 23 de octubre de 2018.

Celebro esta ocasión que nos permite presentarles los testimonios de cuatro personas intersex, contabilizándome. Tales testimonios son el resultado de un proceso subjetivo largamente contemplado y a veces visitado una y otra vez por cada una de nosotras. La razón de esta especie de añejamiento es que, al poner en palabras la experiencia vivida, hay un ejercicio implícito de encontrarle sentido a lo que no lo tiene. Porque en verdad, ¿cuál es el sentido de la invasión sufrida a nuestros cuerpos? ¿Cómo razonar el asalto a la integridad física y el despojo de la autonomía a edades en que o bien no contábamos aún con el uso de la palabra, o bien aún teniéndola no teníamos claridad ni conciencia de las personas en las que nos habríamos de convertir, asalto justificado por una necesidad no tan clara de aliviar la ansiedad parental y ahuyentar el fantasma de la incomprensión social de cuerpos que interrogan las fronteras inciertas del sexo-género?

Hay una violencia no nombrada, no vista, que se ha realizado desde hace décadas en nombre de un conjunto de creencias, que establece que los genitales en particular, y el conjunto de las características sexuales primarias y secundarias en general, son configuraciones universales e indiscutibles, que permiten el ordenamiento social de roles basados en expectativas desiguales, y la naturalización de estos en la categoría sexo, naturalización rara vez cuestionada, así de descontada la tenemos.

Y así también, cualquier variación constituye una suerte de tabú o emergencia social que debe ser atendida, neutralizada, eliminada, tarea delegada en un modelo de medicina que ya no tiene cabida en un mundo donde cada vez resulta más claro que en la construcción de la subjetividad de cada ser humano se juega el derecho a una vida libremente elegida, en los términos que para cada uno represente el que la vida sea la que una misma elija vivir, sin coerción de la voluntad y sin ser coartadas de nuestras opciones.

orchid

Los testimonios que aquí presentaremos en modo alguno intentan presentarnos como víctimas en tiempo presente, sino presentar la narrativa (o las narrativas) que son propias de la problemática que las personas intersex hemos enfrentado en diferentes momentos de nuestras vidas. Al relatárselas, intentamos ofrecerles un vistazo a lo que no puede ser presentado: la forma en que hemos asimilado en nuestro inconsciente los rechazos, las burlas, los prejuicios sobre nuestros cuerpos, y no menos importante, las dudas de nuestros padres y de nuestras madres, y, sobre todo, la violencia que los médicos con los que nos tocó interactuar (por decirlo de alguna forma) han perpetrado sobre cuerpos de forma irreversible. El hacer visibles nuestras experiencias de vida, reitero, no es para causar reacciones de pena o de lástima; ni siquiera realmente de solidaridad: nuestro propósito es mostrarles que somos agentes de cambio, pues hemos tomado conciencia de lo que se nos inculcó que había que callar y reprimir, y tenemos la firme voluntad de contribuir con nuestras voces a desmentir el discurso de la verdad que se ha atribuido a la ciencia médica, ciencia a la cual no miramos (o, al menos yo no la miro así) como un némesis irreconciliable, por mucho daño que nos haya causado en nuestras vidas y en nuestros entornos familiares; precisamente queremos desmentirle porque la historia nos muestra que la medicina es un vector de cambio en la sociedad, y que su influencia debe ser factor para una nueva mirada de los cuerpos de las personas intersex, libre de patologización, y expresión de la variabilidad humana mediante la cual es posible, en suma, vivir una vida plena.

Respetar no es igual que consentir.

A Carla.

“Qué cansino es este tema. Que cada uno haga lo que mejor crea para sus hijos. Dejar tema, ya. Respetar”.

Ese fue el comentario de una persona, una madre de una niña con HSC, acerca de un artículo publicado respecto a la proscripción de cirugías en niñas/os intersex en un foro de Facebook. Su comentario se daba en el contexto de un acalorado debate entre algunas madres que formaban parte del grupo y que habían tomado la decisión de someter a sus hijos/as a operaciones médicas para modificar sus genitales, y personas adultas diagnosticadas con HSC al nacer, quirúrgicamente intervenidos y sin intervenir. La percepción de las madres que defendían la decisión que habían tomado era que habían estado en su derecho de optar por las cirugías, y que nadie debía estar inmiscuyéndose ni opinar acerca de su decisión, menos aún juzgarlas, y que las personas adultas con HSC representaban un grupo intolerante.

Aquí hay varios aspectos que quiero desmenuzar, temas que ya he abordado en publicaciones anteriores, pero que esta vez ameritan ser examinadas de forma directa y abierta, porque se dan muchas interpretaciones basadas en conceptos erróneos o con un punto de vista incompleto. Sigue leyendo “Respetar no es igual que consentir.”

La vaginoplastía que nunca necesité.

A Guadalupe Chávez, por la inspiración. Y a mi madre, por su increíble valentía para viajar al pasado y ser mi memoria.

Verano de 1992 . En esas vacaciones nos trepamos al Volkswagen familiar y viajamos a un balneario en San Juan del Río. Me gustaba pasar el tiempo allá, sentir el sol cálido y chapotear en la alberca. Fue el verano de Barcelona, el verano del Dream Team (el único, el verdadero e inigualable).

Las vacaciones acabaron, pero el verano continuó: entré a sexto año de primaria. Sin embargo, a las pocas semanas de haber comenzado el año escolar, tuve que abandonar las clases por un mes. Fui internada en el Centro Médico La Raza, uno de los hospitales de alta especialidad de mayor renombre en México. El motivo: tenía programada una cita en el quirófano.

Fue el verano de la vaginoplastía que nunca necesité.

Vaginoplastía: esa cirugía cosmética que la mayoría de las veces se practica en mujeres adultas, a fin de “rejuvenecer” sus vaginas. También es una cirugía socorrida por algunas mujeres trans, en sintonía con su deseo por armonizar su identidad con un cuerpo en el que se sientan ell*s mism*s. Sin embargo, en un gran número de personas intersexuales con genitales ambiguos, se trata de una cirugía a la que son sometidas por la fuerza, para construírseles un conducto vaginal (o ampliarles el que tienen, si es que lo tienen) que tenga la función de ser penetrado durante el coito heterosexual. Es, más bien, una cirugía social. Y, si hemos de nombrarla como se debe, se trata de una forma de mutilación genital.

Detengámonos por un instante en esta palabra: mutilación. A mi mente, como a la de muchos, acuden imágenes terroríficas de miembros cercenados o extremidades colgando de un jirón sangrante de piel, resultado de la maldad de una mente perversa, de los horrores de una conflagración bélica, o de un terrible accidente. Pero rara vez consideramos que el significado de la palabra mutilación es mucho más simple y menos simbólico de lo que creemos: significa cortar una parte del cuerpo. Cualquiera; en este caso, una parte de los genitales. Cierto: hay casos más aparatosos que otros. Pero desde un punto de vista de semiótica (es decir, del significado mismo del concepto mutilar y de la connotación que adquiere al tratarse de tejidos saludables del cuerpo humano), cualquier operación que sólo busca moldear los genitales de una persona para hacerlos “estéticos”, esto es, agradables a la vista, y especialmente cuando se hacen sin consentimiento de la persona afectada (y, peor aún, sin su conocimiento), no puede menos que ser llamado por su nombre: mutilación.

En mi caso particular, las “eminencias” médicas que inspeccionaron mis genitales, ante la angustia de mis padres (a los cuales no culpo, porque ellos no contaban con toda la información de la que los padres de hoy disponen) decretaron que yo “necesitaba” una vaginoplastía porque, como resultado del proceso de desarrollo sexual intrauterino, en mi vulva había un tejido que “no debía existir”: un glande, es decir, la parte extrema del tubérculo genital con que nací, que en otras personas se desarrolla como un falo, en cualquiera de sus variedades (de las cuales, el pene y el clítoris idealizados son los ejemplos más conocidos). También resultaba “necesaria” porque los labios de mi vulva eran incipientes en comparación con lo que se espera de la vulva de una mujer (de hecho siguen siéndolo, comparativamente, y a pesar del intenso bombardeo de estrógenos conjugados con que mi cuerpo fue feminizado a partir de los trece años).

Hablemos un poco de técnicas empleadas en la vaginoplastía: una de ellas consiste en tomar un pedazo de colon y construir la vagina a partir de ese tejido. Es la técnica más socorrida, pero casi ningún médico informa a los padres de esa persona (o a las propias personas que optan por la vaginoplastía ya como adultos) que esta técnica tiene una secuela muy grave: una secreción vaginal recurrente que puede causar infecciones continuas. Otra técnica involucra el uso de una especie de globo para crear espacio en la abertura vaginal. En ambos casos, el uso de dilatadores es muy extendido para prevenir otro efecto secundario: la estenosis, o estrechamiento de las paredes vaginales, lo cual también es causa de infecciones. En mi caso, la vagina como tal no requería ampliarse ni reconstruirse por dentro, solo implicaba remover el tejido del glande, moldear mi vulva para hacerla parecer femenina (esto es, darle forma a los labios menores primitivos y a algo que se asemeja a unos labios mayores). Por eso fue que me libré de la inimaginable tortura que representa el tener que usar uno de esos objetos. Tortura que sí atraviesan muchxs otrxs, niñxs sobre todo, y todo a causa de un procedimiento prematuro y, por consecuencia, innecesario.

feminaform-vaginal-dilatations-set
Set de dilatadores vaginales

Recuerdo que mi madre no entró en muchos detalles cuando surgió la pregunta de por qué necesitaba ser internada. Me dijo que tenía un tejido que debían quitarme en mi vejiga (es decir, mi uretra). Años después, cuando hablamos abiertamente sobre ese episodio, me dijo que también había añadido “en tu vagina”. Pero para ser sincera, mi mente se quedó con la idea de que era algo relacionado con mi aparato urinario; lo que sí recuerdo claramente es que se enfatizó que la cirugía era necesaria “para que de grande no tuviera problemas.” Así, sin especificar. Admito que tampoco yo estaba segura de querer saber demasiado. Había un silencio implícito, una vergüenza que me invadía cuando se trataba de hablar de los genitales. Yo hacía como si no me pasara nada cada vez que mi médico tratante (junto con aquellos que lo acompañaban) me revisaba los genitales. Esto a pesar de que cada vez que lo hacía, me lastimaba la piel con sus guantes de látex al abrir esos primitivos labios de mi vulva intersexuada, tras de lo cual quedaba adolorida por espacio de unos minutos. Y es que hacer de cuenta que nada de eso me dolía me hacía sentir como una persona madura. Ser niño, o niña en mi caso, era divertido, tenía sus lados positivos, no digo que no fuera así; lo que digo es que, estando en el hospital, sentía la obligación de no ser yo misma, sino comportarme como otra persona. Como un adulto.

Me acuerdo que yo tenía un excelente estado de ánimo la mañana en que fui operada. De hecho iba motivada, porque sabía que, cualquier cosa que tuviera mal en mi vejiga, podía confiar en la destreza de los cirujanos que me iban a intervenir. Recuerdo que las enfermeras continuamente me preguntaban que cómo me sentía, y yo repetía “bien”, “muy bien”, y cualquier otra variante. Incluso antes de que me aplicaran la anestesia y me durmieran, recuerdo haberles deseado buena suerte.

Cuando desperté, todo fue vómito negro (por la anestesia), mareo, cansancio. Hasta el día siguiente fue que tuve mejor ánimo como para preguntar sobre el resultado de mi cirugía. Se lo pregunté a una enfermera que había ido a ponerme una aguja en el brazo para un suero o antibiótico o quién sabe que sustancia. Ella tomó el portapapeles de algún lado (probablemente del pie de mi cama), y me dijo: “tuviste una vaginoplastía.” De inmediato respingué: “¿Vagina? ¿No era mi vejiga lo que me iban a operar?”. “No, fue una vaginoplastía, reconstruyeron tu vagina”. Y no dijo más. Quizá no le estaba permitido decirme más, quizá no juzgó prudente informarme por completo (a pesar de que se trataba de mi cuerpo) o quizá simplemente no sabía nada más que lo que me había leído del portapapeles. En ese entonces yo ya sabía qué era una vagina, pero curiosamente solo hasta ese momento cobré consciencia plena de que yo tenía una. Y me la habían operado. ¿Para qué? Fue una pregunta que no hice sino hasta veinte años después. ¿Por qué no pregunté? Porque me daba vergüenza hablar de eso. Lo irónico fue que eso era el motivo por el cual había pasado toda una semana internada y con un catéter para evitar infecciones en los tejidos recién operados (todo lo cual era doloroso, incómodo y vergonzoso), y luego otras tres semanas en reposo absoluto, soportando las primeras noches la comezón que sentía, a consecuencia de la cicatrización de las heridas.

Cuando pienso en la pertinencia de esta cirugía, me da risa de solo pensar en lo inútil que resultaba. En primer lugar, porque mi salud no estaba en riesgo, los mismo médicos lo admitían. En segundo lugar, porque su función social, a la fecha, no tiene visos de cumplirse. Durante años traté de imaginar cómo sería una relación sexual. O mejor dicho, trataba de imaginarme durante un coito. No era que no entendiera de qué se trataba, sino que me preguntaba cómo era que de eso pudiera sentirse placer. Cuando comencé a explorar mi vagina con mis dedos, me encontré incapacitada de sentir que ello fuera placentero. El introducir un dedo ya me producía bastante molestia, así que no me imaginaba cómo algo como un pene erecto podría generar algo cercano al placer. Ciertamente no me habían moldeado los genitales con fines reproductivos. A pesar de que tuve un novio y luego un pretendiente, ambos hombres cis, nunca tuve ni el deseo ni la confianza suficientes como para llegar a la intimidad. Dada mi orientación sexual tan abierta, suponía que al no ser tan importante la penetración estando con otra mujer, una relación sexual de ese tipo podría resultarme realmente placentera. Pero una lesbofobia interiorizada, que me persiguió por muchos años, me impidió vivir abiertamente esa parte de mi orientación. Al final, no fue sino hasta muchos años después que pude explorar mi sexualidad, ya no a solas sino en compañía de una pareja, con la cual sentía la confianza de saber que no habría un rechazo, y la cual supo darme mi tiempo y mi espacio para llegar a la intimidad, sin lastimarme y brindándome esa ternura que todos los seres humanos anhelamos encontrar en algún punto de nuestras vidas. “Buscándole”, y con un poco de imaginación, aprendí que mi cuerpo podía ser estimulado de otras formas. Aprendí, sobre todo, que el cariño y el deseo mismos son afrodisiacos sumamente efectivos.

Hoy me refiero a esta cirugía como “la vaginoplastía que nunca necesité” porque en realidad mi cuerpo nació con una vagina propia que, de haberle permitido desarrollarse por sí sola, a través de las hormonas de las gónadas que me removieron “por ser cancerígenas”, hubiera satisfecho mis deseos y necesidades de maneras que hoy no tiene caso ya imaginar. Parafraseando a Guadalupe Chávez: mi felicidad no la encontré en una vagina; en mi caso, la encontré superando los prejuicios que había dejado que me controlaran; la encontré desvelando el pasado, liberándome del silencio. La encontré en volver a escribir, en dejar de querer complacer a otros. La encontré reconciliándome con mi cuerpo, conmigo misma, con mi madre y con mis seres queridos

Mi felicidad la encontré abriéndome a las posibilidades de la vida. Y hoy la vivo, contando estos fragmentos de mi historia, con la esperanza de que quien haya pasado por una experiencia similar pueda sentirse identificado y acompañado; y de que ningún otrx niñx tenga que pasar por ella.

Aún si es un grito en el desierto, pido a los padres de bebés intersexuales que aprovechen que cuentan con mucha información, que existen grupos de apoyo y testimonios de adultos que alguna vez fuimos niñxs sometidos a intervenciones no consentidas, para que aprendan de los errores de nuestros padres, y para que nos ayuden a construir una sociedad más libre y tolerante, partiendo del amor hacia sus pequeñxs.

Historia rota. Por Hana Aoi (persona intersexual)

Gracias a Laura Inter, por ser fuente constante de inspiración, y por su amistad. Fue gracias a su insistencia en pedirme la traducción al inglés de la versión original de este texto que tuve el valor de explorar de nuevo el pasado, con una mirada más serena y el deseo de que otrxs puedan identificarse y que sepan que siempre existe la esperanza de trascender al dolor y ser unx mismx.

Brújula Intersexual

Historia rota.

Por Hana Aoi (E-mail: aoihana.1981@gmail.com. Website: Vivir y Ser Intersexual)

Versión editada y actualizada del texto publicado también en Brújula Intersexual bajo el mismo nombre.

Hana orquidea.png

Es un abismo sideral, un vacío inmenso de una oscuridad y un silencio insoportables. No se ve nada. No se oye nada. Pero ahí se encuentran los fragmentos de una historia pendiente de articular.

Denegar el pasado representa una grave afrenta, ya sea porque es unx quien vive en la negación, o porque son los seres queridos que cuidaron de unx cuando se era una criatura quienes viven en negación. Muchos me han dicho: “Lo pasado, pasado está. Ya no mires atrás. Enfócate solo en el presente”. Aún así, al ser intersex, ignorar la historia del nacimiento de unx acarrea una serie de eventos y consecuencias en la propia vida que desembocan en problemáticas de las que, como si nada, se…

Ver la entrada original 3.693 palabras más

Sé tú mismx: Historia de Carlx IS

Este es el testimonio de Carlx, persona intersex de México, escrito con la intención de compartir sus experiencias y brindar su apoyo moral a otras personas que atraviesan por situaciones como las que ha vivido. Agradezco su confianza y es mi deseo reconocer su valor para compartir su relato, el cual contribuye de gran manera a dar visibilidad a la comunidad intersex. 

flying-389885_1920.jpg

Hola, soy Carlx. Esta es mi historia, va dedicada a todas las personas ínter que han sufrido experiencias parecidas a las mías.

Todo comenzó cuándo nací, ya que mis genitales son diferentes a los de un hombre y una mujer, mi clítoris es más grande que el de las mujeres, mi vagina muy estrecha. Los doctores no sabían si era niño o niña, así que decidieron asignarme como niña. Siempre me sentí diferente a los demás: mi voz es muy gruesa, desde siempre fui más fuerte que las niñas. Usaba vestidos, pero me sentía incómodo. Traté de dejar de usarlos, pero como quería encajar en la sociedad, decidí seguir vistiendo faldas o blusas. Desde niño recibí discriminación por mi apariencia masculina, me daba cuenta por la forma en que las personas se dirigían a mí. Por ejemplo, una vez iba caminando tranquilamente por la cuadra de mi casa y vi que unos niños se me quedaron mirando. Uno le preguntó al otro: —¿Qué es? —. El otro chico le dio a entender a su amigo que cómo se le ocurría ese tipo de preguntas y salieron corriendo; sobra decir que su comentario me desagradó. Otra experiencia que tuve fue de una vez que buscaba trabajo. Ese día vestía “ropa de mujer” (una blusa negra, bolsa de chica, pantalón negro y zapatos de vestir). Sentí que alguien por detrás me gritaba: era un hombre que me lanzó insultos, me llamó “homosexual” en tono ofensivo. Creí que iba a golpearme, pero se pasó de largo, siguió su camino sin dejar de agredirme verbalmente. Aquella vez traté de conservar la calma, pero no pude y me sentí muy mal.

He tenido también experiencias desagradables en el trabajo. Cuando trabajaba en un restaurante, una vez llegaron unos clientes a los cuales asigné una mesa. En ese empleo, mi uniforme consistía en una falda larga y blusa. Uno de los clientes me dijo: —Tomaremos esa mesa, joven —, haciendo énfasis en mi aspecto masculino sin importar el uniforme que vestía. Eso me deprimió porque era claro que su intención era hacerme sentir mal por ser diferente. Otro caso fue hace tres años, cuando estuve en atención a clientes en un casino. En esa ocasión una clienta me preguntó: —¿Qué eres? —, claramente sin importarle lo que me pudiera hacer sentir con esa pregunta. Para deshacerme de esa situación, solo dije: —Soy mujer —, sin embargo su comentario me afectó. Una vez que me tocó apoyar en el área de cocina, uno de los supervisores entró y dijo: —Hola, chicos de sexualidad dudosa —. Como siempre, me molesté mucho.

Cosas así me han pasado en muchos lugares, en mi trabajo actual o en donde sea, pues aunque tengo senos, la gente suele confundirse. Una situación que me pasa mucho es cuando tengo necesidad de entrar al sanitario. Una ocasión que fui al cine, entré al baño de mujeres. La señora que hacía limpieza se puso agresiva y me sacó del baño, creyendo que era hombre. Yo solo me puse nervioso, no sabía qué decir. Me limité a salir con una risa nerviosa.

Ya dejé de tomarme estas agresiones como personales. En ese sentido, ya no me importan. Comprendí que al contestar sin agresión la gente no sabe como herirte y te dejan de molestar. Por ejemplo, en mi empleo actual, una vez que estaba en el baño de chicas una de mis compañeras me preguntó: —¿Qué eres? —. Le dije: —Soy mujer —, y así quedó. Lo que antes me hubiera afectado fueron solamente palabras en el viento. Esta misma chica me preguntó en otra ocasión: —¿Te gustan las mujeres? —, a lo que con tranquilidad y sin molestarme respondí: —¿Y a ti? —. Ella reaccionó nerviosa y me dijo que no, que a ella le gustaban los hombres, y sin más se fue.

En este sentido, me han preguntado mucho que si tengo novio o novia; me han dicho que me maquille y que me arregle, que me deje crecer el cabello. Pero a mi ya no me importa el que dirán. Por ejemplo, una vez una compañera de trabajo me preguntó que si acudía a un conocido bar gay del lugar donde vivo. Yo le contesté: —¿Y usted? —. Me dijo que sí; como vio que no me había molestado, me siguió platicando de su vida, y luego me dejó en paz. De nuevo, lo que he aprendido es que si no contestas con agresión y no le das importancia a lo que otros piensen o digan, la gente se cansa de acosarte al no causarte una reacción y te deja en paz. De esta forma también consigues hacerte de amigos en lugar de enemigos.

Lo importante es que seas tú mismx, y no te importe lo que piensen o digan de ti. Ojalá que tomes en cuenta estos consejos que sé que pueden cambiarte la vida. Sé paciente y no te des por vencidx. ¡Te mando un fuerte abrazo y mucho ánimo! No pienses que tienes que hacer algo por agradar a los demás. Cada quien tiene su punto de vista. Solo sé tú mismx.