#IntersexDay 2018: Mi testimonio, a dos años de distancia.

Basado en el testimonio leído en la capacitación a funcionarios públicos en CONAPRED el pasado 23 de octubre de 2018.

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Hace dos años, vine a este mismo lugar, y yo era un manojo de nervios. Trémulas mi manos y mi voz, pero firme la convicción de romper el silencio, de evidenciar que experiencias como la mía suceden. Hoy les comparto una versión sintetizada de mi testimonio, con el ánimo de que puedan mirar la intersexualidad desde otro ángulo: el que me tocó vivir.

Nací en esta Ciudad de México en el año 1981. Tercer hija de tres, las diferencias de mi anatomía sexual se hicieron visibles a los ojos de mi madre a las pocas semanas de haber nacido. Era cualquier cosa, un pedacito de carne, algo que no parecía correcto en los genitales de una niña. En primera instancia, el médico familiar particular intentó tranquilizar a mi madre: no había ningún riesgo de salud. Era un tipo curtido por los años, un médico militar que, sin duda, lo había visto todo, y que tenía, según el recuerdo de mi padre, una perspectiva de la medicina y de la vida en general muy adelantada para su época. Pero si esta opinión hubiera bastado, probablemente la historia que les estaría contando sería diferente. Lo cierto es que mi madre me llevó al Seguro Social, y fui canalizada al Centro Médico La Raza cuando tenía casi seis meses de edad. Los médicos hicieron análisis y valoraron las posibilidades de mi cuerpo. Aunque hicieron estudios de cariotipo y biopsias, e inspeccionaron mi aparato reproductor, mi madre recuerda claramente cómo era mi clítoris el centro de la atención, porque hablaban de la viabilidad de ser criada como niña o como niño. Al final, fueron factores puramente sociales los que inclinaron la balanza no solo hacia el género en el que me habrían de criar, sino también hacia la apariencia que mis genitales y mi cuerpo habrían de tomar.

En el curso de los siguientes catorce años, las eminencias del Centro Médico La Raza se dedicaron a asegurar que mi cuerpo pareciera normal. Permítanme repetir esto: que pareciera ser normal; mis genitales, tal y como eran, eran “defectuosos”, “inaceptables”, “desagradables”. No son mis palabras, no es mi opinión, pero fue la opinión calificada de alguien, la opinión que prevaleció. La pregunta que quiero dejar impresa en ustedes es: ¿desagradables para quién? ¿Para mis padres? ¿Para los médicos? ¿Quién se tomó la atribución de calificar mi cuerpo y decretar que estaba en falta, incidentalmente aprovechándose del hecho de que yo era apenas un bebé, y que ni siquiera tenía capacidad de hablar? Total, que mientras somos indefensos, nos pueden hacer lo que quieran.

Lo primero que sucedió fue que mis gónadas me fueron removidas: había sido diagnosticada con hermafroditismo verdadero. Déjenme recalcar tan enfáticamente como es posible lo que este diagnóstico significaba entonces: significa que en mis gónadas yo contaba simultáneamente con tejidos ovárico y testicular. Absolutamente nada más. Hoy, este diagnóstico es conocido bajo una nueva nomenclatura: trastorno de desarrollo sexual ovotesticular. Ambos nombres son un simple pretexto para categorizar estas gónadas como cancerígenas. Claro que nadie le dice a los padres y a las madres de niños y niñas con esta condición que los (pocos) estudios que se han hecho de esta particular condición intersex no demuestran que el tejido ovotesticular tenga frecuencia de desarrollo cancerígeno mayor que, por ejemplo, en el tejido mamario o en el tejido prostático. Que esta probabilidad depende más de la presencia de un cromosoma Y que del tejido mismo. Que más de la mitad de las personas con este diagnóstico tienen cromosomas XX, y que por lo tanto presentan un riesgo aún menos de desarrollar disgerminomas (células cancerígenas). Pero proceden igual con todos. Saquen ustedes sus propias conclusiones sobre este asunto.

Adicionalmente, en estas intervenciones cortaron y cosieron para hacer más “estética” y “femenina” mi vulva, y hacer invisible ese pedacito de carne que era mi clítoris. Y lo consiguieron: ese clítoris ya no existe más. Condenamos rotundamente las clitorectomías que practican en Egipto, en Somalia. Pero elegimos hacer mutis ante los clítoris que nos parecen demasiado grandes y amenazantes. Y aparte, aquí las llamamos clitoroplastias, porque no somos bárbaros, sólo reconstruimos lo desagradable. No nos engañemos: es mutilación. Y ninguna mutilación es justificable.

Al final, ¿todo esto, para qué? Para que yo estuviera lista para la vida. Así, orondo de sí, anunció el cirujano a mis padres el éxito de la última cirugía en el verano de 1992: “Hana está lista para la vida”. ¿Ustedes saben a qué vida se refería? ¿Quizás a una vida en la cual mi cuerpo y mi sexualidad estuvieran disponibles para el placer de un hombre? Porque ya les digo: la vaginoplastia, la clitorectomía, la gonadectomía, y la terapia de remplazo hormonal que he tenido (así, de a fuerzas) que tomar desde los trece años y hasta el día de hoy sigo tomando, no me han proporcionado ninguna ventaja competitiva, ni me arreglaron la vida. Todo lo contrario: me alienaron de mi cuerpo y de mi capacidad de relacionarme conmigo misma y con el mundo, me enseñaron a pensar que mi cuerpo estaba enfermo, me hicieron una persona insegura a la que le tomó años de psicoterapia para poder cobrar conciencia de que yo no estaba mal, de que mi cuerpo nunca estuvo mal, y de que todos los estragos en mi relación con mi familia y mi incapacidad de entablar vínculos afectivos tenían su origen en un modelo de atención médica que ya no tiene cabida en el siglo XXI.

Hoy, en cambio, soy la dueña de mi vida, y decido por mi misma con una seguridad cada día mayor. Hoy no me tiembla la voz por temor al rechazo, sino que la alzo con determinación inquebrantable, con el propósito atraer su atención en la problemática que nos atravesó en los años fundamentales de nuestra vida, y que sigue siendo el drama de muchas niñas y muchos niños para los que sigue sin existir una opción. La discriminación que vivimos las personas intersex puede parecerles ajena: no lo es. Al final, es la misma norma heterosexual que hiere y violenta las vidas de muchas personas solo por su preferencia sexual o su identidad de género. No nos hacen ningún favor los médicos que siguen creyendo que al mutilar nuestros cuerpos nos protegen de esta violencia. No se dan cuenta que, bisturí en mano, la están perpetuando. Afortunadamente, algunos comienzan a mirar las cosas de forma diferente. Y también algunos padres se dan cuenta que no hay prisa. Es gradual el cambio, pero tiene que darse. Incluso en este mundo caótico, fóbico, de crisis económica en crisis económica (y ecológica), tenemos que darnos cuenta que el problema no es la persona: es el medio que hemos creado.

#IntersexDay 2018: Hacer visible lo ignorado.

Texto leído durante la presentación de testimonios de personas intersex en la capacitación dada a funcionarios públicos en CONAPRED el pasado 23 de octubre de 2018.

Celebro esta ocasión que nos permite presentarles los testimonios de cuatro personas intersex, contabilizándome. Tales testimonios son el resultado de un proceso subjetivo largamente contemplado y a veces visitado una y otra vez por cada una de nosotras. La razón de esta especie de añejamiento es que, al poner en palabras la experiencia vivida, hay un ejercicio implícito de encontrarle sentido a lo que no lo tiene. Porque en verdad, ¿cuál es el sentido de la invasión sufrida a nuestros cuerpos? ¿Cómo razonar el asalto a la integridad física y el despojo de la autonomía a edades en que o bien no contábamos aún con el uso de la palabra, o bien aún teniéndola no teníamos claridad ni conciencia de las personas en las que nos habríamos de convertir, asalto justificado por una necesidad no tan clara de aliviar la ansiedad parental y ahuyentar el fantasma de la incomprensión social de cuerpos que interrogan las fronteras inciertas del sexo-género?

Hay una violencia no nombrada, no vista, que se ha realizado desde hace décadas en nombre de un conjunto de creencias, que establece que los genitales en particular, y el conjunto de las características sexuales primarias y secundarias en general, son configuraciones universales e indiscutibles, que permiten el ordenamiento social de roles basados en expectativas desiguales, y la naturalización de estos en la categoría sexo, naturalización rara vez cuestionada, así de descontada la tenemos.

Y así también, cualquier variación constituye una suerte de tabú o emergencia social que debe ser atendida, neutralizada, eliminada, tarea delegada en un modelo de medicina que ya no tiene cabida en un mundo donde cada vez resulta más claro que en la construcción de la subjetividad de cada ser humano se juega el derecho a una vida libremente elegida, en los términos que para cada uno represente el que la vida sea la que una misma elija vivir, sin coerción de la voluntad y sin ser coartadas de nuestras opciones.

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Los testimonios que aquí presentaremos en modo alguno intentan presentarnos como víctimas en tiempo presente, sino presentar la narrativa (o las narrativas) que son propias de la problemática que las personas intersex hemos enfrentado en diferentes momentos de nuestras vidas. Al relatárselas, intentamos ofrecerles un vistazo a lo que no puede ser presentado: la forma en que hemos asimilado en nuestro inconsciente los rechazos, las burlas, los prejuicios sobre nuestros cuerpos, y no menos importante, las dudas de nuestros padres y de nuestras madres, y, sobre todo, la violencia que los médicos con los que nos tocó interactuar (por decirlo de alguna forma) han perpetrado sobre cuerpos de forma irreversible. El hacer visibles nuestras experiencias de vida, reitero, no es para causar reacciones de pena o de lástima; ni siquiera realmente de solidaridad: nuestro propósito es mostrarles que somos agentes de cambio, pues hemos tomado conciencia de lo que se nos inculcó que había que callar y reprimir, y tenemos la firme voluntad de contribuir con nuestras voces a desmentir el discurso de la verdad que se ha atribuido a la ciencia médica, ciencia a la cual no miramos (o, al menos yo no la miro así) como un némesis irreconciliable, por mucho daño que nos haya causado en nuestras vidas y en nuestros entornos familiares; precisamente queremos desmentirle porque la historia nos muestra que la medicina es un vector de cambio en la sociedad, y que su influencia debe ser factor para una nueva mirada de los cuerpos de las personas intersex, libre de patologización, y expresión de la variabilidad humana mediante la cual es posible, en suma, vivir una vida plena.

Entrevista en Factor XY con Héctor Salinas (RadioUACM, Ciudad de México)

El pasado jueves 6 de septiembre de 2018 acudimos a las instalaciones de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México para charlar sobre intersexualidad con Héctor Salinas, catedrático de dicha institución y conductor del programa FactorXY. En la entrevista nos acompañó Eva Alcántara, académica de la Universidad Autónoma Metropolitana y aliada por largo tiempo de la comunidad intersex en México. Abordamos diversos temas, desde los más socorridos como la asunción de la intersexualidad como identidad política, sin faltar el importantísimo tema de los derechos humanos de las personas intersex y la necesidad de reconocer el derecho a la autonomía corporal. Está bueno, escúchenlo.

 

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Intersexualidad – Factor XY

Ya que andan de paso, y si aún no lo han hecho, no olviden descargarse el ejemplar en formato PDF del mes de Marzo de 2018 de la revista Dfensor, el cual mencionamos durante la entrevista:

37388645_2255096981175131_8199289655523278848_nRevista Dfensor – Marzo 2018

I ≠ T (intersex no es igual que trans)

A Laura Inter, compañera de muchas batallas.

Intersex no es igual que trans.

Intersex no es igual que transgénero.

Intersex no es igual que transexual.

Intersex es acerca de un cuerpo que nace con variaciones de las características sexuales.

Las cosas como son.

Es un tema que se me hace cansino abordar, pero tengo que hacerlo, porque muy pocas personas lo harán. ¿Por qué? Porque, para comenzar, muchas personas siguen desconociendo el término intersex. Muy pocas personas entienden en qué consiste ser intersex o tener un cuerpo intersex. Pero todos suponen, todos tienen una fantasía. Todos tienen una opinión. Aparentemente, eso es suficiente para abrogarse el derecho de llamarte intersex.

Como si la intersexualidad fuese un tema de identidad autopercibida en discordancia con el sexo asignado al nacer; no lo es.

Entiendo por qué muchas personas (personas trans incluidas) pueden pensar eso. Después de todo, muchas personas intersex fueron forzadas a una identidad de género junto con intervenciones médicas de normalización genital y corporal. Algunas personas intersex también son trans, pero no a causa de las cirugías, sino a causa de la discordancia del sexo de asignación al nacer respecto a su identidad y/o expresiones de género. Lamentablemente, muchas personas trans encuentran consolador o útil para si mismas el identificarse como intersex (aunque no lo sean) en algún momento de su proceso íntimo de conciliar su identidad respecto a la asignación de sexo en su infancia. El problema, pues, es que confunden la violencia médica de quienes hemos sido intervenid*s quirúrgicamente y forzados a depender de una terapia de remplazo hormonal en nuestra infancia y adolescencia con la imposición social de un sexo al nacer. Confunden el estigma que tuvimos que vivir las personas intersex en nuestros años formativos (y que muchos siguen viviendo en la edad adulta, incluso en una época en apariencia tan liberal como esta) con el rechazo que esta misma sociedad les sigue mostrando.

Reconozco el sentimiento de empatía que puede manifestarse y la manera en que pueden sentirse relacionadas e identificadas con la experiencia intersex, pero no es lo mismo que haber vivido la violencia tan desgarradora en lo íntimo que implica la mutilación y la conformación artificial impuestas sobre el propio cuerpo. No hay nada glamuroso ni reivindicativo de la identidad en haber sido sujeto de semejantes agresiones, a una edad tan temprana que un* no tiene la menor oportunidad de defenderse, de opinar, de negarse o de consentir con libertad, con conocimiento, con información.

Asumirse como intersex sin serlo, solo porque existe un código implícito entre las personas intersex de no indagar demasiado acerca de nuestros diagnósticos al nacer y de nuestras experiencias personales —a menos esto sea compartido en el contexto de un espacio terapéutico, de apoyo entre pares, de empoderamiento personal y lucha política—, me parece no solo una falta de respeto a la batalla que día a día sostenemos las personas intersex para apoderarnos nuevamente de nuestros cuerpos y de nuestras vidas, sino una forma grosera de menospreciar las violaciones a nuestros derechos y reduciéndola en no pocas ocasiones a un tema de identidad de género, y tornando el sentido del movimiento intersex al del simple reconocimiento de identidades de género que nos permitan “orgullosamente identificarnos como intersex”, mientras que cada semana cientos de niños siguen siendo mutilados, en la fría ignominia de los quirófanos validada por la sociedad .

Peggy Cadet y Marc Feldman han apuntado ya esto en su artículo de 2012, “Pretense of a Paradox: Factitious Intersex Conditions on the Internet” (International Journal of Sexual Health, 24(2): 91-96). Durante una observación de 15 años en diversos grupos de apoyo de personas intersex, pudieron apreciar el hecho de que hay muchas personas trans que se presentan como intersex, elaborando a menudo condiciones muy raras —cuando no ficticias o imposibles— para así justificar su presencia. Esta es una situación perceptible también en el activismo, como Daniela Truffer (quien cita a Cadet y Feldman) lo ha señalado en su comentario sobre dicho artículo:

[La existencia de] personas trans que dicen ser intersex para su confort y beneficio personal, y el daño que infligen, tanto en el corto como en el largo plazo, a grupos de apoyo de personas intersex y al movimiento intersex de derechos humanos, es un problema doloroso y que tiene mucho tiempo, a menudo ignorado o trivializado también por algunas personas intersex y sus organizaciones (en mi experiencia, generalmente por aquellos que no fueron sometidos a la mutilación genital en su infancia).

Trans persons posing as intersex (and the damage they do to intersex rights) <http://stop.genitalmutilation.org/post/Intersex-Posers> [Fecha de consulta: 26 de marzo de 2018]

Traducción libre; existe una traducción completa del artículo hecha por Laura Inter, publicada como Personas trans aparentando ser intersexuales (y el daño que hacen a los derechos intersexuales), disponible en Brújula Intersexual.

El daño real, siguiendo la idea de los autores, se produce cuando las participaciones de personas trans que no nacieron con cuerpos intersex pero que fingen serlo o se basan en sus propias interpretaciones de lo que es la intersexualidad, se integran a publicaciones, documentales y otro tipo de productos culturales. Pero todavía más allá: cuando las personas intersex buscan apoyo en estos grupos, y se encuentran con personas trans fingiendo ser algo que no son, solo porque se siente bien para ellas, terminan sintiéndose alienadas y se alejan nuevamente; y en el caso del movimiento intersex, esto puede desalentar a algunos activistas, viendo cómo sus reclamos se diluyen ante los objetivos políticos de quienes emplean la intersexualidad para sus propios fines.

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Compartiendo una experiencia personal, debo admitir que este ha sido mi caso: en varias ocasiones he contemplado alejarme de la labor de divulgación y visibilización de la intersexualidad y de los derechos de las personas intersex, debido a cómo algunas personas trans secuestran el tema, a veces ya sin importar si se autonombran intersex o no; o, peor aún, algunos “aliados” que les dan más credibilidad y espacio a estas personas, solo porque son “visibles”, en la creencia de que la visibilidad es igual a mostrar el rostro y hacerse presente en todos los foros públicos LGBT.

A menudo he reflexionado sobre la pertinencia de que el movimiento intersex marque una distancia del colectivo LGBT+, aunque entiendo el por qué much*s aliad*s insisten en que debemos permanecer unid*s, por un tema de estrategia. Sin embargo, mi reflexión tampoco es original (la opinión de Daniela Truffer es ejemplo de ello). Nuestro vínculo con lo LGBT+ está más dado por una trayectoria histórica del movimiento intersex surgido durante los años 90s en los EE.UU. que por otra cosa. Entiendo que muchas personas intersex se identifiquen con identidades queer que correspondan mejor a su autopercepción, pero eso no equipara intersex con queer. En la encuesta realizada a personas intersex en Australia, publicada en 2016, un 48% de las personas intersex reporta que su orientación sexual es heterosexual; pero eso tampoco equipara intersex con heterosexualidad. Desde la capacidad de pensamiento intelectual del movimiento intersex, tenemos que plantear seria y críticamente lo LGBT en nuestra comunidad como una interseccionalidad más, es decir, situar horizontalmente la identidad y expresión de género y la orientación sexual a la par de otras categorías, como lo son, por ejemplo, la edad, la clase, la nacionalidad y el origen étnico; reconocer, así, que el aspecto común que vincula a las personas intersex son sus variaciones de las características sexuales al nacer, así como las experiencias personales derivadas del estigma que pueden traducirse en rechazo, discriminación y, muchas veces, violencia médica instrumentada a partir de las intervenciones médicas no consentidas. Y, en este sentido, reformular nuestra participación en el movimiento LGBT+, conformando alianzas basadas en el mutuo respeto y reconocimiento, pero emprendiendo, por fin, una denuncia y una lucha independientes, basada en los reclamos a la violencia médica que afecta y marca la vida futura de niños, niñas y adolescentes (lo que, irónicamente, busca prevenir), y educando a la sociedad sobre lo que realmente es la intersexualidad.

Me gustaría invitar a las personas intersex que también son trans, a remarcar el daño que causa la presencia de personas trans que fingen ser intersex en las comunidades y grupos intersex, especialmente en la generación de vínculos de confianza. No se trata de si se sienten cómodas con la idea de ser intersex, como un mecanismo de defensa o una justificación mental de que por eso son trans: se trata de respetar la experiencia de vida de las personas intersex, y de reconocer el verdadero objetivo del movimiento: nuestros derechos humanos.

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Un erotismo rebelde y cuatro palabras de poder

Me parece incuestionable que existen varios tipos de erotismo. Existe una tendencia a pensar que hay una manera uniforme de vivir la sensualidad, los afectos y la sexualidad, que proviene del bombardeo mediático y del lenguaje que se maneja en la calle y en la convivencia de los espacios comunes. Pero en todos estos espacios y en algunos medios, se cuelan experiencias y reflexiones que dan testimonio de otras posibilidades, muy variadas. Nunca serán suficientes; estas experiencias y reflexiones son lo más auténtico, lo más real, porque es lo que se vive.  Yo hablo desde esta perspectiva: desde las conversaciones con otras personas —intersex, principalmente, porque son quienes me interesan más; pero no exclusivamente—, desde las lecturas que he hecho, desde las reflexiones interiores e, inevitablemente, desde las sensaciones y experiencias vividas.

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No hablo en nombre de todas las personas intersex, porque no es factible hacerlo (y al final se entenderá mejor el por qué). Hablo en nombre de esta persona intersex. Pero creo, repito, que estas reflexiones pueden reflejar las vivencias, deseos y fantasías de muchas personas intersex, en la medida en que provienen de una experiencia médica que vulnera la privacidad a una edad temprana, pero también del estigma asumido como mantra incontestado durante años en nuestros interiores, que supone nuestros cuerpos como indeseables o no aptos para experimentar el erotismo, y ser reducidos a meros productos (porque a algun*s nos fabrican en el quirófano, contra nuestra voluntad) de consumo del erotismo de otr*s.

La palabra erotismo o, mejor dicho, lo que puede significar, proviene desde un lugar interior muy particular de cada persona, que adquiere connotaciones y significados adicionales según las interpretaciones del contexto social del que provenga, pero que no se reduce ni tiene por qué reducirse a la proyección pasional o amorosa hacia el exterior, sino que tiene que resonar ante todo en la intimidad propia, en los amores donde el centro es un* mism*. Por esto es que pienso que, como persona intersex, los erotismos a construir tienen que basarse en el principio de que, antes que a nadie más, que un* se ame y se procure a sí mism*.

Hay que comenzar por reconocer los sentimientos y los deseos propios. Explorar el cuerpo, sentir y (re)conectarse con la capacidad sensorial, para devolverle a las sensaciones su potencial de brindarnos experiencias de placer y no solo de dolor (o incluso de placer a partir del dolor, porque habrá para quienes sea alternativa, y válida); en resumen, hay que apropiarse del cuerpo que tenemos. Sí, ese cuerpo que puede habernos parecido ajeno por tanto tiempo, quirúrgicamente intervenido a una edad en que conscientemente no sabíamos lo que sucedía —pero, aunque la mente olvide, el cuerpo siempre recuerda—, violado por procedimientos que invadían nuestra intimidad infantil, y normalizado a base de hormonas —vueltas necesarias por las orquidectomías rara vez justificables, médicamente hablando—. Ese cuerpo del que nos desligamos y con el que establecimos una barrera para no volvernos a sentir violentad*s y ultrajad*s, es nuestro cuerpo. Siempre lo fue, y somos libres de vivirlo —el cuerpo— no como ese discurso social y esa violencia médica esperan que lo hagamos, sino como nosotr*s elijamos.

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Para asumir un erotismo que nos permita disfrutar de nuestro cuerpo y de la sensualidad, de lo sentimental y de lo sexual, es indispensable romper los esquemas del mainstream de la sociedad. Y si les incomoda (y claro que les incomoda, por eso nos borran, nos mutilan, nos violentan, desde la infancia más temprana y a veces desde la gestación), tengo para ellos cuatro palabras perfectamente comprensibles en la lengua española, y que tienen que servirnos para reclamar el erotismo propio y empoderarnos: Pueden. Irse. Al. Demonio:

Pueden irse al demonio, con sus mensajes mediáticos y “culturales” que nos dicen de formas contradictorias de vivir el erotismo como un requisito de funcionalidad social vacuo y edulcorado, o de alejarnos de él a través de culpas, como un supuesto triunfo moral.

Pueden irse al demonio, con la expectativa médica de éxito de sus intervenciones, en función de la capacidad que podamos (o no) tener para un coito y someternos a relaciones heterosexuales sin preguntarse (ni preguntarnos) si eso es lo que nos gustaría y es a lo que le tiramos.

Pueden irse al demonio, con los miedos y prejuicios que nos inculcaron —a nosotr*s y a nuestras familias— sobre cómo nuestros cuerpos eran amenazantes para nuestro porvenir, con preocupaciones del tipo: “¿quién l* va a querer de grande con sus genitales así?”, o “¿qué van a pensar cuando le cambien el pañal en la guardería?”, o “¿y si me sale marimacha y terminan por gustarle las niñas en vez de los niños?”

Pueden irse al demonio, con toda esa insistencia opresiva, represiva, asfixiante, esclavizante, patologizante, sobre cómo deben lucir nuestros cuerpos y cómo debemos experimentar el placer y el dolor, sobre cómo construir nuestras relaciones afectivas y vivir nuestras emociones, sobre cómo jugar nosotr*s con nuestra sexualidad y explorar (y explotar) sus riquísimas formas alternativas.

El erotismo es algo sumamente empoderador. En el caso de una persona intersex puede ser, además, un camino de sanación. Desde mi apreciación, este erotismo invita a replantear las nociones de lo que es socialmente digerible, en tanto nuestras características sexuales congénitas han sido largamente degradas a objeto del morbo y fantasía exclusivas de esa misma sociedad que, en aras de “protegernos” de sí misma —pienso en el argumento del “beneficio psicosocial” tan socorrido por los médicos—, elige modificarnos mediante la alteración no consentida de nuestras características sexuales, o selectivamente deshacerse de nosotr*s durante la gestación, no como una expresión de la libertad de elegir sino como una expresión de la eugenesia, como una bondad para con los padres, “por todos los problemas psicológicos por los que su hij* atravesaría”. En otras palabras, propongo que la recuperación del erotismo propio, como personas intersex, no se observe desde la conservadora perspectiva que solo cosifica nuestro cuerpo (como fetiche o como patología), sino desde la perspectiva liberadora de un cuerpo diverso, completamente capaz de experimentar una de las más profundas y ricas dimensiones del ser humano, una que, de hecho, es definitoria de la manera en que nuestra especie construye sociedades e identidades.

El erotismo, personal y no para otr*s, de un* y para un*, nos da el poder para conectar íntimamente con un* mism* y luego también con otr*s; el sentir y experimentar el placer más amplio a través de los sentidos; la sensualidad y la sexualidad a través de los cuerpos tan diversos que caen en la definición de intersex, aprovechando sus características únicas —especialmente las de los cuerpos no intervenidos—, dándole la vuelta a las expectativas limitadas de quienes nos han querido “corregir” a través de nuestras re-significaciones (mental y corporalmente asumidas y re-asumidas), con aproximaciones y prácticas diferentes, distintas, creativas y satisfactorias, íntimas y personales (personalizadas), nos permite experimentar la vida de forma plena y enriquecida, y de paso sacudir, con ese testimonio de vida, la consciencia una sociedad que, ensimismada en su grisácea uniformidad, insiste en catalogarnos como anomalías o como criaturas mitológicas; y, para los oídos atentos y los corazones aliados, brindarles un ejemplo de cómo pueden, si quieren, enriquecer también su mundo y, por extensión, el de tod*s.

Esencialmente, es un tema de derechos humanos.

Texto presentado el 17 de noviembre de 2017 en la Ciudad de Guatemala, durante el taller Experiencias Intersexuales, en el marco de la VII Conferencia Regional de ILGA-LAC.

Desde finales del siglo XIX, la ciencia médica se ha hecho cargo de la ansiedad social por definir los parámetros de la construcción social a la que llamamos “sexo”, basándose en limitadas observaciones empíricas del cuerpo humano, vinculándolas con las expectativas de comportamiento social (que hoy podemos describir con los términos rol y expresión de género), para así establecer lo que es correcto y lo que no, en términos de anticuadas y restrictivas reglas de convivencia social. No sorprende que estas primeras observaciones provengan de médicos ingleses en plena Era Victoriana, ni los supuestos valores que ahí se plasman. Es la lente hipermoralizada de una época opresiva la que nos ha heredado un paquete de prejuicios y nociones, mismos que el común de la gente dan por descontado, y que se basan en un binomio más social que biológico; este escrutinio social tamizado por el óculo clínico es el que nos ha heredado, por ejemplo, el término hermafroditismo para describir condiciones que hoy se engloban bajo el término intersex.

Ante el reto que plantea para una sociedad así el nacimiento de un bebé cuyas características sexuales difieren de la configuración típica de los marcadores definidos por la ciencia médica para acotar la clasificación binaria del sexo, la respuesta de los médicos en el curso de los últimos cien años no ha sido siempre la misma. Como lo detalla la historiadora Sandra Eder en su estudio sobre la fundación de la primer clínica de endocrinología pediátrica del mundo, el primer enfoque dado por los médicos era el de reforzar el sexo con el que la persona se identificaba. Hay que recordar que, a comienzos del siglo XX, todavía era infrecuente que los nacimientos se atendieran en hospitales, y era más común la intervención de parteras y familiares en ese evento crucial. En ese sentido, en los casos de “ambigüedad genital”, lo que regía era el sentido común y la buena fe de la familia antes que el dictamen médico para el asentamiento del sexo en las actas de nacimiento (donde se aplicaran; incluso el ordenamiento del registro civil no siempre era preciso ni abarcaba a la totalidad de la población) y para la crianza del recién nacido. “Sexo” y “género” eran conceptos intercambiables, sin definiciones tan concretas como las que poseen hoy día, en las primeras décadas del siglo XXI. Por ello, los casos de ambigüedad genital que los médicos recibían pocas veces eran de recién nacidos, sino personas ya desarrolladas, incluso adultas. En el caso de recién nacidos, lo que urgía era garantizar la supervivencia en casos, por ejemplo, de Hiperplasia Suprarrenal Congénita en su variedad clásica, antes que la atención a las características sexuales. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX que el foco de la mirada clínica cambió, con el desarrollo de técnicas quirúrgicas y medicamentos que permitían la intervención de esa amenaza que para la sociedad representaban (y aún hoy representan) los genitales ambiguos en el cuerpo de un recién nacido. Esto, aunado a los postulados sobre la maleabilidad del género desde la crianza, estipulados por el psicólogo y sexólogo John Money, dieron pauta a una práctica que podemos describir, sin titubear, como una forma de violencia sistemática, instrumentada por la sociedad a través de la institución médica, principalmente; una violencia que se esfuerza por eliminar variaciones naturales de las características sexuales y con ello sostener la ilusión de la existencia de una indisociable díada social-biológica.

Me he permitido retomar estos antecedentes históricos como preámbulo extendido del tema principal de esta participación. Las violaciones a los derechos humanos de las personas intersex se manifiestan de muchas formas. La violencia médica sigue anulando el derecho de la persona a tener decisión, menos aún participación directa, en la toma de decisiones sobre su cuerpo y su identidad; en el activismo intersex, esta denuncia recoge a su vez la demanda por el respeto a la autonomía y a la integridad física y al derecho a la auto-determinación. Otro derecho fundamental es el acceso a la identidad jurídica, esto es, a ser registrado tras el nacimiento para así gozar de todos los derechos y beneficios amparados por la ley, tales como el derecho a la salud y a la educación; no obstante, el derecho a la identidad jurídica todavía suele estar condicionado a la realización de intervenciones quirúrgicas cuyo propósito es la “corrección” de “malformaciones” congénitas, términos todavía muy difundidos por médicos de todo el mundo y que solo buscan preservar una mirada patologizante de los cuerpos intersex. Para el acceso a la identidad jurídica, una alternativa propuesta de unos años acá, principalmente por personas desconocedoras de la temática intersex, es la creación de una tercer categoría de género, una que refleje la existencia de un tercer sexo. Lo cual, debe enfatizarse, es una forma terrible de representar la diversidad de las variaciones congénitas de las características sexuales. La propuesta sin duda es benéfica para sectores poblacionales que no se identifican con las categorías binarias y desean que esto se refleje en sus documentos de identidad y en su vida en general. Pero en el caso de muchas personas intersex, y sobre todo en el caso de niños, niñas y adolescentes, esta categoría no responde a sus necesidades más apremiantes, y de hecho desvía la atención de la violencia médica, sin duda el problema más urgente de todos. Más aun: tratar de asociar intersex con tercer género, o concebir intersex como un tercer sexo, no hace sino reforzar dos cosas: uno, las limitaciones y violencias sociales que establecen que sexo y género son categorías indisociables, y que según las características sexuales (que no es lo mismo que sexo) es el comportamiento social esperado; dos, el estigma prevaleciente entre la gente común acerca de los cuerpos con variaciones congénitas de las características sexuales; y aún tres: la invisibilidad y falta de conocimiento sobre lo que constituye el cuerpo de una persona intersex, el cual no es (no puede ser) uniforme o típico.

No existe un cuerpo intersex único, y son justo las diversas configuraciones derivadas del proceso de diferenciación sexual los que hacen que nuestros cuerpos sean distintos al nacer. Distintos no en una ni en dos categorías, ni tampoco en tres; distintos más allá de cualquier intento de categorización. Entender lo intersex como una tercer categoría sexo-genérica no contribuye en lo más mínimo a proteger los derechos y la integridad física de niños, niñas y adolescentes nacidos con variaciones de las características sexuales.

Las categorías jurídicas y burocráticas del sexo, al final, son marcadores destinados no tanto a evolucionar como a desaparecer. Así como en el curso de las décadas pasadas los marcadores de religión y raza evidenciaron su falta de relevancia, también el marcador de sexo desaparecerá, en beneficio de las libertades a las que aspira el ser humano. Pero en el proceso, la necesidad real de las personas intersex sobre este tema, específicamente la de recién nacidos, es la de crear marcos legales que salvaguarden su derecho a la identidad jurídica, protegiéndolos además de procedimientos por ellos no consentidos, y pujando en ese sentido por un respeto a su derecho a la autonomía. Asimismo, la creación de leyes de identidad de género que faciliten el cambio de marcador de sexo en actas de nacimiento y otros documentos de identidad (cartilla de vacunación, clave de identificación, etc.) a través de un procedimiento administrativo sencillo. Y sobre todo, que no se permita desviar la atención sobre cuales son los temas más acuciantes de la temática intersex, que tienen que ver esencialmente con la patologización y violaciones a los derechos humanos. La temática intersex es, esencialmente, un tema de derechos humanos. Y, en el esquema más amplio (the big picture), requiere la participación de todos los actores sociales para crear una sociedad consciente, inclusiva y respetuosa con la diversidad humana.

 

Asimetrías: estándar de atención, consentimiento informado y paternalismo médico

Leyendo el fantástico artículo publicado hace unos días por el Washington Post (traducido al español y publicado en Brújula Intersexual), me topé con una declaración de la directora de InterACT, Kimberly Zieselmann, una persona a quien admiro por la manera en que lleva a cabo su trabajo con las instituciones jurídica y médica. En ella decía: “No somos anti-médicos, no somos anti-intervenciones, siempre que estas sean consentidas”. Esa declaración resume perfectamente algunos de los aspectos fundamentales del movimiento intersex.

La intervención médica por sí misma no es el motivo de nuestro activismo. Desde Vivir y Ser Intersex, en todas las oportunidades que hemos tenido de brindar capacitación y sensibilización a las personas que conforman la sociedad civil, hemos sido muy enfáticos en que las variaciones congénitas de las características sexuales representan posibilidades de vida saludables y afirmativas; pero también reconocemos que existen muchos casos de personas con diagnósticos asociados a las variaciones intersex que requieren ya sea una atención médica inmediata y continua de aspectos metabólicos (caso concreto de la variedad clásica de la hiperplasia suprarrenal congénita o HSC, llamada también perdedora de sal, la cual puede conllevar niveles letales de deshidratación y pérdida de minerales si no es debidamente atendida); o bien, de un seguimiento puntual y periódico en el desarrollo gonadal durante la infancia y pubertad (caso de diagnósticos tales como los denominados síndromes de Swyer, de insensibilidad parcial o completa a los andrógenos o la disgenesia gonadal). Ninguno de estos diagnósticos justifica una intervención directa sobre las características sexuales (léase, cirugías de normalización genital), pero sí un monitoreo de la salud del individuo intersex. Esto se conoce como estándar de atención, es decir, las acciones necesarias para el cuidado y preservación de la salud del paciente. Las personas intersex, como el resto de los seres humanos, precisamos de un estándar de atención que nos permita tener acceso a los servicios médicos que nuestras variaciones corporales demanden.

No se trata, como ha sido la constante hasta ahora, de implementar protocolos que, de forma indiscriminada, eliminen las variaciones de las características sexuales con las que nacemos. Dicho de otra forma, no se trata de avalar cirugías mutiladoras y terapias de remplazo hormonal que busquen atender la angustia social que producen nuestros cuerpos. En verdad, se trata de diseñar protocolos o estándares de atención que reconozcan las necesidades funcionales particulares de nuestros cuerpos, vistas no como una patología, sino como una realidad biológica inescapable, desde una mirada ética, respetuosa de la diversidad humana y del inalienable derecho del individuo a la determinación de sí mismo, de la autonomía para decidir o participar directamente de la decisión sobre los procedimientos médicos propuestos, y de brindar o no su consentimiento a estos a partir de ser informado a plenitud sobre sus beneficios y riesgos potenciales.

Es primordial no perder de vista que este es acaso el aspecto más urgente a atender, en tanto representa una manera de violencia sistémica contra las personas que hemos nacido con variaciones de nuestras características sexuales, independientemente de si nos identificamos como intersex o asumimos este término como una postura política  (sobre esto ya he escrito antes: La intersexualidad como identidad política). Esta violencia sistémica es permitida (cuando no promovida) desde la institución médica. Cierto: cada día son más los especialistas médicos que cuestionan el entrenamiento y la práctica de sus predecesores. Por otro lado, en estos tiempos en los que la diversidad y la libertad humana son amenazadas en distintas latitudes del mundo por grupos fundamentalistas vinculados a estructuras de poder anticuadas (por ejemplo, aquellos asociados a movimientos conservadores), existen también individuos que se aferran a la realización de estos procedimientos no tanto por un convencimiento de que se traten de patologías, sino por el miedo y el rechazo a la diversidad humana misma, manifestada en actitudes fácilmente identificables como ansiedades y prejuicios comparables con la homofobia (ver: Interfobia); uno de los casos más palpables se puede ver en el lamentable retroceso en Chile, en 2016, de los derechos de niños, niñas y adolescentes nacidos con variaciones de las características sexuales. Reacciones así suelen darse a partir de la negación de la posibilidad de dejar intactas las características sexuales consideradas ambiguas de niños, niñas y adolescentes.

En tanto la institución médica siga perpetuando la creencia de que las variaciones congénitas de las características sexuales son un motivo de intervención médica, es decir, en tanto siga instrumentando un prejuicio mediante una práctica clínica, como sociedad seguiremos violando no solo los derechos humanos de esos niños, niñas y adolescentes, sino también violentando su bienestar físico y mental en el largo plazo, como se puede apreciar a partir de los numerosos testimonios de personas intersex adultas intervenidas en distintas partes del mundo a lo largo de los últimos (casi) setenta años. Retomando las palabras de un médico que participó junto con Vivir y Ser Intersex en un foro para personal de institutos sociales y de salud de la Ciudad de México hace un par de semanas, los médicos tienen que deshacerse del paternalismo que, muchas veces de manera inconsciente, ejercen sobre los pacientes y sus familiares debido a las razones más distintas (posición social, origen étnico, nivel cultural), respaldados casi siempre por la legitimidad social de la que gozan. Asumirse como personas que prestan un servicio y no como figuras de autoridad. O, en otras palabras: empoderar a los pacientes. También de eso se trata el ofrecer un estándar de atención centrado en el paciente.