Acompañarnos desde la ética: la intersexualidad no un argumento para la patologización ni para la transfobia.

En varias ocasiones, he reiterado enfáticamente que intersex no es igual a trans, y en especial, que la intersexualidad no es un argumento para la identidad de género. Pero hoy me he topado con que una cuenta de Twitter, cuya sola existencia por largo tiempo me ha resultado inquietante porque (des)informa sobre la intersexualidad, nombrándola como DSD, ha retuiteado publicaciones de este espacio que hacen eco de una perspectiva francamente transfóbica. Por ello es que me veo en la necesidad de completar mi reclamo tan claramente como sea posible: la intersexualidad no es un argumento para la identidad de género, pero tampoco es un argumento para la patologización, ni para la transfobia.

En general, no me importa demasiado qué lectura le den a los textos que publico en este espacio, porque yo sé que cada persona tiene derecho a su opinión. Pero hay opiniones indefendibles y que se encuentran en lugares de ética dudosa, porque regatean los derechos de grupos históricamente violentados. Por ejemplo, los muchos médicos que, en lugares de gran poder, están convencidos que hay que seguir dando voz a los especialistas que intervienen los cuerpos intersexuados a temprana edad, porque “hay que presentar ambas partes del debate”. Estas intervenciones carecen de consentimiento de la persona afectada porque esa persona casi siempre es menor de edad ante la ley, y a veces por su misma edad, ni siquiera tiene uso del habla. De la misma forma, resulta indefendible el regateo del derecho a la identidad de género en el caso de las personas para quienes ello representa una posibilidad de ejercer su autonomía sin menoscabo de la libertad de otras personas. Muchas personas intersex, por ejemplo, necesitan de instrumentos de ley que les permita el reconocimiento de su identidad para su libre desarrollo. Reconocer este derecho no significa negar la realidad que nos rodea, ni decir “las personas intersex quieren formar parte del binario de género”. Reconocer este derecho significa reconocer que las personas intersex no tienen la obligación de ser revolucionarias del género ni están llamadas a abolirlo, de la misma forma que el resto del mundo. Reconocer este derecho, todos los derechos, es un acto de justicia para las personas que quieren acceder a él, y que ejerzan así su autonomía y tiendan hacia una vida más libre. También es un recordatorio de que un derecho así eventualmente tendrá que ser obsoleto, porque habrá una especie de utopía donde las personas intersex (y todas las personas, en realidad) no tengan necesidad de probar nada a nadie no solo en sus documentos de identidad, sino en la configuración misma de su anatomía sexual o de sus características sexuales secundarias, porque ello ya no será impedimento para un libre desarrollo de la personalidad. Lo mismo, para el resto del mundo.

Pero hasta que hagamos que ese mundo exista, tenemos que actuar de forma paralela, no solo desde la lucha por el reconocimiento de los derechos, sino desde la educación y el acompañamiento. Negar los derechos no es un camino. Educar para que la noción misma de ciertos derechos, que hoy se perciben necesarios, se vacíe de significado, porque el entorno ya no producirá las violencias que hoy se producen. Acompañar es, quizás, el acto más radical en este contexto: es ayudar a sobrevivir ante lo desconocido.

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Photo by cottonbro on Pexels.com

Me parece necesario, también, elaborar un poco sobre lo que me resulta inquietante de quienes leen lo que escribo, porque he percibido que existe actualmente una tendencia a polarizar el pensamiento en torno a la intersexualidad y al género.

De inicio, es frustrante que palabras que he escrito desde un llamado ético al abordaje de la intersexualidad en las disciplinas sociales y en los movimientos de la diversidad sexual, sean retomadas libremente para reforzar una postura que fractura alianzas y polariza el pensamiento hasta el punto de que la misma idea del diálogo sea tenida como “una tibieza” o “una reverencia hacia los varones” (frases que he leído y que me resultan, por lo menos, desalentadoras). Es frustrante, también, porque polariza relaciones entre personas de carne y hueso, y ridiculiza elementos indispensables para la escucha, como la empatía. Yo soy una persona intersex que escribe en la intersección de muchas ideas, propias y de otrxs, personales y producidas en colectividad con otras personas intersex como yo que han podido resignificar su experiencia a partir del encuentro jubiloso libre de escrutinio y de juicio. También soy una persona intersex que escribe libremente y sin apego a ideologías. No soy inmune a ellas, ni indiferente: lo que estoy diciendo es que no me caso con ellas, porque el problema de las ideologías es que, cuando tienden a la generalización, cuando pierden de vista el valor de la excepcionalidad, sin que ello implique una concesión en el asalto a la raíz del sistema, pueden perder de vista que lo que importa, al final, son las personas. Mis palabras no invitan a una lectura crítica: la exigen. Exigen que la persona no esté cómoda después de leerlas.

La frase “quiero que nos dejen en paz a las personas intersex” es una frase con la que coincido, pero que es tramposa según se formule. Coincido en que se dejen en paz los cuerpos de las personas intersex. Que se dejen en paz los cuerpos de niñas, niños, jóvenes y adultos nacidxs con variaciones de las características sexuales. Pero no quiero que pasemos desapercibidos en el mundo. Porque esa conveniencia ya se la han aprovechado la sociedad y la biomedicina, que han hecho con nuestros cuerpos lo que han querido, con el aval silencioso de un mundo ignorante. No estamos aquí para ser la revolución de nadie, excepto la nuestra propia. Una aproximación ética a la intersexualidad implica reconocer que muchas personas intersex jamás tendrán el deseo o las posibilidades para alzar la voz de su experiencia, y que quienes lo hemos hecho, que quienes hemos remontado la violencia sistémica que viene de la enunciación simplista del sexo, anunciándolo con frases estereotipadas y naturalizadas como “el sexo es binario”, lo hacemos exigiendo que cuestionemos la violencia detrás de una interpretación de hechos biológicos que por sí mismos no dicen nada. Equiparar gametos con la idea del “sexo verdadero” o del “sexo biológico” es querer zanjar con un manotazo sobre la mesa algo que nos ha marcado el cuerpo con cicatrices que dicen: sí, el sexo es binario, porque la sociedad así lo ha construido, a costa de nuestra autonomía corporal e integridad física, a costa de nuestra salud mental, a costa de nuestras relaciones familiares, a costa de nuestra propia relación con nuestros cuerpos irreversiblemente alterados. La teoría feminista largo tiempo hace que ha venido evidenciando la violencia que perpetra aquello que finalmente logró nombrar bajo la palabra género, pero, y aquí es donde me duele, parece callárselo convenientemente cuando se trata de nosotrxs, con muy honrosas salvedades como las de Suzanne Kessler y Anne Fausto-Sterling. Y la teoría queer, cuyo boom surgió a la par de la visibilización de la intersexualidad en los Estados Unidos en la década de 1990, ha hecho definitivamente mucho más por pensar la intersexualidad gracias a pensadoras como Judith Butler, aunque no siempre se aprecia con claridad el compromiso político que debería emanar de toda teoría. Por eso las personas intersex tenemos la necesidad de escribir, porque nadie más va a hacerlo por nosotrxs. Por eso agradezco la existencia de tantas voces de ancestros intersex (pensando en genealogías de un pensamiento crítico intersex; la verdad que muchas de las personas en quienes pienso, como Iain Morland, como Morgan Holmes, como Mauro Cabral, como Georgiann Davis, e incluso quienes les antecedieron, son personas que aún viven y con quienes comparto contextos contemporáneos que no los convertirían en “ancestros” en un sentido temporal estricto), que me orientan para articular mi análisis más allá de clichés naturalizados como “el sexo es binario”, para exigir una problematización de lo que damos en llamar sexo, para darnos cuenta que hay una multidimensionalidad que, por miedo o inseguridad a entrarle al pensamiento complejo, los movimientos políticos que emanan tanto del feminismo como de la teoría queer terminan usándonos como su moneda de cambio en debates estériles, y que escriben en las intersecciones del activismo, de academia, del pensamiento decolonial, de la bioética, pero también en la convivencia de una comunidad que existe gracias a que rompió el silencio. No se trata de quién tiene la razón: se trata de que, hasta ahora, quien ha tenido la razón, como quien detenta el cetro de la verdad, es quien ha ejercido la violencia a punta de escalpelos y sellando sus crímenes con aquel mandato de silencio al que nos hemos rebelado.

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Escribo todo esto con la esperanza de resultar irritante a quienes sostienen argumentos que rayan en el odio, pero sobre todo y especialmente a quienes usan el término DSD para clausurar la posibilidad de ser en libertad. DSD es un silenciamiento epistémico, que reitera que nuestros cuerpos son resultado de una anomalía genética, y que cierra todo debate acerca no solo de lo pernicioso de una conceptualización como lo es “anomalía” (con toda la carga peyorativa en el sentido común, que lo sitúa en campos semánticos donde se refuerza el estigma que supuestamente buscaba erradicar), pero también en la necesidad de pensar que es el entorno el que trastorna nuestros cuerpos, desde su necesidad de producir no solo género, sino también sexo; que el trastorno en nuestros cuerpos no es producido por el desdoblamiento de enzimas y proteínas, sino por la interpretación social que entra en conflicto con el sexo y con el género que hemos producido.


Las personas intersex no solo lo somos porque hayamos nacido con variaciones de las características sexuales. Eso, por si solo, es denotar un hecho, que trae aparejada una interpretación: que existen variaciones sobre un tema, que usualmente no son problemáticas, pero que cuando lo son, sacan a relucir el origen del problema: la mirada que exige la (re)producción del género; la mirada que necesita que se cumplan las expectativas de un sistema opresivo y que restringe la libertad y la autonomía de las personas a partir de la apariencia genital. No basta tener una vulva: tiene que ser una vulva penetrable; no basta tener un falo: tiene que ser un falo que penetre. Porque la heterosexualidad es la norma del ejercicio del poder, nuestros cuerpos son los corderos sacrificados en el altar de la ciencia (retomando las palabras de uno de los coautores del Consenso de Chicago, donde se nos arrebató, aun si solo temporalmente, la autoridad epistémica de nuestros propios cuerpos y, en consecuencia, de nuestras experiencias). Es en ese sacrificio, en ese acto casi ritual, donde las personas nacidas con variaciones de las características sexuales nos volvemos intersexuales.

Concluyo así: las personas intersex no venimos a revolucionar el sistema sexo-género. En todo caso, ese es el proyecto de algunxs cuantxs quienes, como yo, desde nuestra experiencia hemos tenido que cuestionar al sistema y a la sociedad, introyectados, encarnados en nuestros cuerpos. Yo vengo a dialogar, pero no a conceder. Ya concedí bastante con mi carne mutilada. Ya concedí bastante con mi cuerpo exhibido ante médicos. Ya concedí bastante honrando a mi padre y a mi madre. En franca retribución a cómo mi cuerpo fue violentamente cuestionado por las eminencias médicas de la institución de salud insignia de la Revolución Mexicana, yo estoy aquí tratando de que la voz que se ahoga en las pesadillas sea el alarido de un despertar colectivo. No voy a dejar de escribir, y tampoco voy a dejar de luchar porque un día todxs lxs niñxs nacidxs con variaciones de las características sexuales tengan derecho a vivir con su cuerpo íntegro, y a tomar sus propias decisiones sobre su persona, sobre sus vidas. Y no quiero que “nos dejen en paz”; quiero que nos acompañen, éticamente, y en resistencia.

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