Video: “Papa Francisco, esto es para usted.” Cecelia McDonald, en Ignite Boulder 33

“Quizás el milagro consiste en compartir lo que tienes, incluso en la necesidad más extrema, y entonces los otros comenzarán a hacer lo mismo.”

Gracias, Cecelia, por tan conmovedor mensaje.

Brújula Intersexual

“Papa Francisco, esto es para usted.” Cecelia McDonald, en Ignite Boulder 33

Transcripción y traducción al español de Hana Aoi (Vivir y Ser Intersex)

¡Muy bien! Concluyamos con esto…

Estos son subtítulos en italiano, y solo quiero decir: Papa Francisco, si está viendo esta plática en línea justo ahora, los subtítulos son para usted. Voy a hablar con esta gente linda por el momento, pero volveré con usted.

Me parece interesante que la primer cosa que hacemos al venir al mundo es llorar. Es como si nuestra primera necesidad fuera ser escuchad*s; si no eres escuchad*, no eres alimentad*, no eres cargad* y tu parte trasera no es limpiada. En la edad adulta, si no somos escuchad*s, no nos morimos; solo dejamos de vivir, dejamos de creer en el amor, y pensamos: “No me amarían de verdad si lo supieran”, ¿verdad?

En realidad, la…

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Interfobia

(Título de la imagen: Homenajeando a lxs antepasadxs intersex. Crédito: Bonnie Hart. Tomada del sitio IntersexDay.org)

No existe una entrada en el diccionario que defina la palabra interfobia. Algunos podrían argumentar que dicho término es inexistente. Sin embargo, ante la existencia de un fenómeno real que tiene que ser nombrado, la palabra surge por necesidad.

Defino interfobia como el temor o el rechazo a los cuerpos que poseen variantes en sus características sexuales, motivo por el cual son inclasificables dentro del esquema binario del sexo de un ser humano.

Desarrollando un poco más esta idea, la interfobia se alimenta de miedos, como el miedo a lo diferente, pero también el miedo al estigma social. Proviene también de las definiciones rígidas que la sociedad tiene sobre lo que hace hombre a un hombre y mujer a una mujer, sin dar lugar a posibilidades más allá.

La interfobia se da como resultado de una negativa a reconocer que los cuerpos intersexuales pueden ser (y lo son) vehículos para conducir una vida plena y satisfactoria.

La interfobia se manifiesta en muchas partes, y está íntimamente vinculada con la homofobia y la transfobia, porque el sexo de una persona está sobrecargado de elementos simbólicos sobre la sexualidad, jugada desde la orientación y la identidad de género. El sexo y la sexualidad de una persona no solo le competen a esa persona, sino que la sociedad se arroba el derecho de determinar si cuerpo, identidad y orientación son aceptables. Incluso en sociedades laicas, el lastre del control sobre sexo y sexualidad que viene de los siglos pasados sigue siendo terreno fértil para estas manifestaciones de odio y rechazo, y el consiguiente control (médico, en el caso de la intersexualidad) sobre la vida y el cuerpo de las personas. En sociedades como la nuestra, donde la mayoría de las veces las creencias religiosas, tan arraigadas en la cultura, se expresan con odio y desdén a lo diferente, las fobias causan un daño aún mayor a la dignidad e integridad física de muchas personas.

Sabemos que los médicos, con su enfoque centrado en una intervención temprana para normalizar las características sexuales de un cuerpo intersexual, son eminentemente interfóbicos. Sin embargo, la interfobia sin intención que proviene de los propios padres de familia es la que causa el mayor daño. La angustia parental, ese estado de shock en que suelen caer tantos padres cuando se enteran o se percatan de la diferencia en los genitales, en las gónadas o en los cromosomas de sus hijxs, es consecuencia directa de un temor muy profundo a enfrentar a la sociedad. En Fixing Sex, Katrina Karkazis da cuenta de varios casos de padres de familia que se enfrentaron a un desconcierto inicial que luego daba pie a otras fases como la negación o la furia. Al leer los testimonios de estos padres, uno no puede evitar comparar este proceso con el proceso de aceptación de la muerte. Aceptar el cuerpo intersexual de un hijx pareciera asemejarse a una negociación interna. Muchos padres no consiguen articular en el momento la tormenta emocional en la que se encuentran inmersos cuando reciben la noticia y se ven presionados a tomar decisiones (que no tendrían por qué ser presionados, ni son decisiones que les correspondiese tomar). Pero al cabo de los años, cuando relatan los momentos que vivieron, se percibe claramente que existe un momento de duda. Lo único que quieren es un bebé que entre en la norma, o lo que es lo mismo, un bebé normal. Un niño, una niña. Solo quieren irse a casa con un bebé al cual puedan identificar claramente como uno o como otro, y no tener que enfrentar la mar de cuestionamientos y señalamientos al no saber qué responder a la pregunta “¿Es niño o niña?”. Un bebé que no entra en la norma, es decir, un bebé cuyo cuerpo los fuerza a reconstruir estructuras mentales en un momento totalmente inesperado, es, a sus ojos, un bebé anormal, en todas sus acepciones posibles, incluyendo las más deplorables. Hay un sentimiento inicial de rechazo. Desde luego, también surge un sentimiento real de amor, una necesidad de proteger a esx pequeñx (muchas veces llevado al extremo de la sobreprotección), pero la incondicionalidad del amor que se supone conlleva el convertirse en padres brilla por su ausencia en el momento del anuncio. Cabe aclarar: el rechazo no es hacia el bebé, sino hacia su cuerpo, y a lo que su cuerpo significa. Por mucho que se encuentren incapacitados de articular con palabras los significados que cada uno le da al sexo y a la sexualidad humanas, la angustia que tanto se ha descrito es la expresión de ese rechazo. Si algo hemos aprendido de la psicología es justo eso: que la mente no siempre es capaz de estar consciente de todos los significados que atribuimos a las cosas y a las personas que nos rodean, y que a falta de ello se manifiestan de otras formas, porque nada se puede reprimir para siempre.

Por eso, en un momento tan intenso y tan tortuoso, la voz del médico (que además es la única disponible, pues a la fecha los grupos de pares y de apoyo de personas intersexuales siguen siendo excluidos del proceso), resuena como la de un salvador. No importa si el cuerpo es totalmente sano o no, lo que importa es corregir el defecto que transgrede la norma. Unos genitales “ambiguos”, unas gónadas “incorrectas”, no representan un defecto que prive de una vida saludable al recién nacido (o a la persona intersex en general, cualquiera que sea su edad y cualquiera que sea el momento en que descubra la diferencia de su cuerpo respecto al grueso de la población); representan una emergencia social derivado de un rechazo asimilado hacia lo diferente, especialmente porque se trata del sexo y de la sexualidad.

Lidiar con la interfobia de raíz requiere una transformación en el modo en que la sociedad mira a la intersexualidad. La visibilidad no se restringe solo a una educación de la población en general, sino que debe enfocarse de manera especial en quienes están en el proceso de convertirse en padres. De hecho, en mi opinión, los futuros padres tienen mayor necesidad de educarse. Si estas personas supieran con claridad que, de cada 1000 recién nacidos, 17 tienen un cuerpo con características intersexuales (sean o no visibles al nacer), probablemente la angustia parental sería menor. Si los best-sellers sobre el proceso de gestación mencionaran con toda naturalidad la posibilidad de tener un bebé con características intersexuales, y se indicara que se trata de bebés saludables cuyas características sexuales no requieren ninguna intervención médica (fuera de condiciones de salud muy específicas a atender), los eventuales padres de un bebé así no entrarían en pánico, por inesperada que fuera la noticia. Y digo esto porque considero que, mientras el sexo de una persona siga teniendo tantos elementos simbólicos, y represente una gama de expectativas de vida, los cuerpos intersexuales seguirán siendo motivo de sorpresa. La diferencia radical en este enfoque estriba en que, al estar más o menos consciente de la posibilidad de un nacimiento de ese tipo, esa angustia social se aminora. Los padres saben que no están solos. Saben que debe existir más gente como su bebé, y que es posible llevar una vida saludable y plena sin tener que someter a su hijx a cirugías irreversibles. Se genera un espacio, una ventana de oportunidad para que los padres busquen, con más tranquilidad y menos desesperación, la información y el apoyo de otras personas, especialmente de quienes promueven la posibilidad de una crianza libre de prejuicios y protectora de la integridad física de un niño con un cuerpo intersexual. Y aunque el proceso no es inmediato, un escenario así, repetido en múltiples familias, va dando pie a esa transformación social. Claro, es difícil, porque aún resta la labor titánica de generar consciencia entre familiares, educadores, otros padres, instructores deportivos, y posteriormente centros laborales, a fin de ir creando los espacios propicios para que toda persona, sin importar la forma de sus características sexuales o su funcionamiento metabólico, pueda tener la oportunidad real de desenvolverse con libertad y construir una vida satisfactoria y libre de estigmas y prejuicios.

Por supuesto, los prejuicios no se irán tan rápidamente, porque estos provienen de generaciones pasadas. Pero en la medida en que sepamos distinguir entre dogmas y valores, aprenderemos a poner la dignidad de las personas por encima de creencias caducas que nos limitan de crear un mundo menos injusto y más inclusivo con todos los seres humanos.

De espiritualidad, (pseudo)ciencia y ateísmo.

Imagine there’s no Heaven 
It’s easy if you try 
And no Hell below us 
Above us only sky 

Imagine all the people 
Living for today

John Lennon. Imagine

Cada persona define la espiritualidad de una manera particular. Esto se debe a que la espiritualidad es una experiencia enteramente subjetiva. Más allá de dogmas religiosos, se trata de lo que uno percibe, de lo que trasciende a la mera anécdota cotidiana, de lo que brinda sentido a lo que hacemos.

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Yo no vengo aquí a hablar de dioses. Pese al título, tampoco vengo a promocionar el ateísmo. Solo soy una persona que, después de haber intentado encajar en una definición forzada del mundo, de los cuerpos, de orientaciones y de género, ha acabado por cuestionar de manera crítica los aprendizajes dogmáticos de la infancia, y alejarse de ellos por salud mental. No soy atea porque afirme con brutalidad que no existen los dioses. Pero tampoco encuentro ya razones para creer en ellos, fuera de que existan o no, ni mucho menos en las instituciones (me refiero en particular, pero no exclusivamente, a las cristianas, porque ese es el trasfondo del que provengo) que solo han controlado las mentes y las voluntades de millones de personas a lo largo de la historia a través de dos instrumentos: la culpabilidad y el miedo a lo diferente.

Todo este preámbulo es para abordar el tema de las necesidades espirituales de las personas intersex. Como seres humanos, también nuestras mentes poseen esa necesidad de creer en algo más. Las religiones, pero más a menudo los pastores y demás clérigos de la grey de cada una de ellas, tienen sus opiniones particulares. He sabido que hay quienes se obstinan en sostener que la intersexualidad no solo es una patología, sino el resultado de pecados que provienen de los padres. Incluso entre algunos budistas, con un pensamiento más flexible que el que proviene de Occidente, se plantea la posibilidad de que las personas intersex arrastremos una serie de consecuencias kármicas negativas que nos ha acarreado la condición corporal específica de esta existencia.

¿Quién podría asegurar dónde se encuentra la verdad?

Solo nos queda atenernos a los hechos: nacemos en el contexto de la naturaleza, no solo nosotrxs como seres humanos sino también en otras especies de mamíferos (casos del potro nacido en Ontario o de la leona en Botswana). Somos personas con características sexuales que desafían nociones sociales de género. Históricamente las sociedades recurren a las instituciones religiosas como punto de referencia para tener respuestas simples (que a veces terminan siendo simplistas) a inquietudes sobre el mundo y las amenazas que se perciben. Y nuestros cuerpos son una amenaza a conceptos que se suponen incuestionables. Es común encontrarse con gente que, con un lenguaje a menudo hostil, sostiene que un cierto dios ha creado solamente a hombre y mujer, y que todo lo demás son aberraciones o pecado, o incluso inventos de los medios o de ese fantasma esgrimido por esferas conservadoras de ciertos credos cristianos, al que denominan “ideología de género”, para englobar todo aquello que perciben como un atentado contra sus principios dogmáticos sobre lo que es natural y lo que no. Peor aún, me he topado con argumentos sin sustento, que plantean que, “científicamente”, solo existen dos sexos y dos géneros, que son indisociables de las características sexuales innatas, negando e ignorando así, porque a menudo es ignorancia rampante y nada más, nuestra existencia como personas intersexuales. Quienes de una u otra forma desean erigirse como vencedores en estas estériles diatribas, donde rara vez se hace presente la razón, olvidan que la ciencia no es una religión, y que su principio esencial es el observar los hechos, analizarlos y cuestionar las “verdades” científicas. Es este pensamiento el que ha llevado a responder dudas y conocer misterios del universo y de la naturaleza que nos rodea. Como hemos visto a través de la historia, hay conocimientos que se tenían por verdad absoluta que se refutan por la presencia de evidencia que fuerza un nuevo análisis, una nueva hipótesis y un nuevo resultado. Así, hay quienes en EE.UU. siguen negando la evolución biológica, sugiriendo que esta es solo una opinión, y no un hecho basado en años de estudio para probar, refutar y complementar teorías que han dejado de ser solo teorías, porque han sido, de hecho, probadas con hechos duros. ¿Quién, a la luz de los hechos duros, puede negar la existencia de las personas intersexuales? ¿Quién puede recurrir a una pobrísima y falaz interpretación de la ciencia para afirmar que somos una aberración, una anomalía, cuando que somos millones de personas?

¿Cuántos tenemos que ser para que a la mirada llena de prejuicios tengamos la calidad de seres humanos, y tengamos derecho a serlo plenamente? 

No importa cuántos: para esa mirada, somos “los otros”. Somos los que hay que temer, los que hay que rechazar, los que hay que negar. ¿Cómo encontrar refugio en un credo que más allá de las virtudes teologales y de la misericordia exaltada por el mayor de sus profetas, se empeña en reducirnos a una condición infrahumana, solo redimible mediante la renunciación a nuestra esencia, a la diversidad interior y exterior que es la que nos hace humanos en todas sus dimensiones? La espiritualidad de las personas es asunto de cada una de ellas. Nosotrxs también tenemos esa dimensión. La necesidad de trascender, de saber que algo permanece más allá de la materia; que este cuerpo en que hemos nacido no es un castigo, ni un pecado, ni una consecuencia de un karma negativo; que, evidentemente, no es una malformación ni un trastorno durante la gestación. La ciencia nos da respuestas sobre cómo es que nuestros cuerpos se diferencian, cuáles son los genes, cuáles los procesos endocrinos que confluyen. Pero no podemos buscar ni interpretar más allá de los hechos, porque los hechos son solo eso. La necesidad de darle un sentido a esto, quizá una de las búsquedas más acuciantes durante los momentos más obscuros en la vida de una persona sometida por largos años al estigma, a la discriminación, a la violencia, a los recuerdos acallados por la vergüenza, desemboca de formas muy distintas en las personas que logran sobrevivir al proceso. Cuando interiormente acusamos a una deidad por la vida que nos toca enfrentar, cuando la desesperación se adueña de unx porque no hay adónde recurrir, solo el recurso de la supervivencia, de aferrarse al momento, uno tras otro, nos ayuda a continuar, a veces sin percatarnos. Conocemos las profundidades del corazón humano, sus aspectos más duros, porque nos han forzado a ello. Quizá eso sea una fuente de sentido y de consuelo para algunos. Para otros, será el combustible que alimente una nueva forma de vivir. Para otros más, será la cicatriz más dolorosa de cuantas cicatrices físicas nos hayan dejado los escalpelos y la negligencia médica en los tratamientos hormonales.

Quizá la única opción realista consiste en reconocer que hemos sobrevivido a prejuicios, a vejaciones, a discriminación, no solo de la sociedad sino hasta de nuestra propia familia, para poder vivir y dar un ejemplo de vida. La compasión, la misericordia, no son conceptos asequibles a quienes no han superado aquello por lo que nosotrxs hemos atravesado, y viven una vida “de rectitud” sin asomarse realmente a abrir su corazón, aceptando al otro sin juzgarlo ni condenarlo, en una actitud de semejantes, de pares, no desde un falso pedestal de moralidad superior. Así, tampoco nosotrxs somos santos ni iluminados. Pero sí podemos aspirar a vivir en paz con nosotrxs mismxs, sobre todo cuando tomamos la mano de otra persona intersexual, ya sea para brindarle nuestro apoyo, o ya sea para aceptar el suyo.

Quizá eso es todo lo que necesitamos.