Interfobia

(Título de la imagen: Homenajeando a lxs antepasadxs intersex. Crédito: Bonnie Hart. Tomada del sitio IntersexDay.org)

No existe una entrada en el diccionario que defina la palabra interfobia. Algunos podrían argumentar que dicho término es inexistente. Sin embargo, ante la existencia de un fenómeno real que tiene que ser nombrado, la palabra surge por necesidad.

Defino interfobia como el temor o el rechazo a los cuerpos que poseen variantes en sus características sexuales, motivo por el cual son inclasificables dentro del esquema binario del sexo de un ser humano.

Desarrollando un poco más esta idea, la interfobia se alimenta de miedos, como el miedo a lo diferente, pero también el miedo al estigma social. Proviene también de las definiciones rígidas que la sociedad tiene sobre lo que hace hombre a un hombre y mujer a una mujer, sin dar lugar a posibilidades más allá.

La interfobia se da como resultado de una negativa a reconocer que los cuerpos intersexuales pueden ser (y lo son) vehículos para conducir una vida plena y satisfactoria.

La interfobia se manifiesta en muchas partes, y está íntimamente vinculada con la homofobia y la transfobia, porque el sexo de una persona está sobrecargado de elementos simbólicos sobre la sexualidad, jugada desde la orientación y la identidad de género. El sexo y la sexualidad de una persona no solo le competen a esa persona, sino que la sociedad se arroba el derecho de determinar si cuerpo, identidad y orientación son aceptables. Incluso en sociedades laicas, el lastre del control sobre sexo y sexualidad que viene de los siglos pasados sigue siendo terreno fértil para estas manifestaciones de odio y rechazo, y el consiguiente control (médico, en el caso de la intersexualidad) sobre la vida y el cuerpo de las personas. En sociedades como la nuestra, donde la mayoría de las veces las creencias religiosas, tan arraigadas en la cultura, se expresan con odio y desdén a lo diferente, las fobias causan un daño aún mayor a la dignidad e integridad física de muchas personas.

Sabemos que los médicos, con su enfoque centrado en una intervención temprana para normalizar las características sexuales de un cuerpo intersexual, son eminentemente interfóbicos. Sin embargo, la interfobia sin intención que proviene de los propios padres de familia es la que causa el mayor daño. La angustia parental, ese estado de shock en que suelen caer tantos padres cuando se enteran o se percatan de la diferencia en los genitales, en las gónadas o en los cromosomas de sus hijxs, es consecuencia directa de un temor muy profundo a enfrentar a la sociedad. En Fixing Sex, Katrina Karkazis da cuenta de varios casos de padres de familia que se enfrentaron a un desconcierto inicial que luego daba pie a otras fases como la negación o la furia. Al leer los testimonios de estos padres, uno no puede evitar comparar este proceso con el proceso de aceptación de la muerte. Aceptar el cuerpo intersexual de un hijx pareciera asemejarse a una negociación interna. Muchos padres no consiguen articular en el momento la tormenta emocional en la que se encuentran inmersos cuando reciben la noticia y se ven presionados a tomar decisiones (que no tendrían por qué ser presionados, ni son decisiones que les correspondiese tomar). Pero al cabo de los años, cuando relatan los momentos que vivieron, se percibe claramente que existe un momento de duda. Lo único que quieren es un bebé que entre en la norma, o lo que es lo mismo, un bebé normal. Un niño, una niña. Solo quieren irse a casa con un bebé al cual puedan identificar claramente como uno o como otro, y no tener que enfrentar la mar de cuestionamientos y señalamientos al no saber qué responder a la pregunta “¿Es niño o niña?”. Un bebé que no entra en la norma, es decir, un bebé cuyo cuerpo los fuerza a reconstruir estructuras mentales en un momento totalmente inesperado, es, a sus ojos, un bebé anormal, en todas sus acepciones posibles, incluyendo las más deplorables. Hay un sentimiento inicial de rechazo. Desde luego, también surge un sentimiento real de amor, una necesidad de proteger a esx pequeñx (muchas veces llevado al extremo de la sobreprotección), pero la incondicionalidad del amor que se supone conlleva el convertirse en padres brilla por su ausencia en el momento del anuncio. Cabe aclarar: el rechazo no es hacia el bebé, sino hacia su cuerpo, y a lo que su cuerpo significa. Por mucho que se encuentren incapacitados de articular con palabras los significados que cada uno le da al sexo y a la sexualidad humanas, la angustia que tanto se ha descrito es la expresión de ese rechazo. Si algo hemos aprendido de la psicología es justo eso: que la mente no siempre es capaz de estar consciente de todos los significados que atribuimos a las cosas y a las personas que nos rodean, y que a falta de ello se manifiestan de otras formas, porque nada se puede reprimir para siempre.

Por eso, en un momento tan intenso y tan tortuoso, la voz del médico (que además es la única disponible, pues a la fecha los grupos de pares y de apoyo de personas intersexuales siguen siendo excluidos del proceso), resuena como la de un salvador. No importa si el cuerpo es totalmente sano o no, lo que importa es corregir el defecto que transgrede la norma. Unos genitales “ambiguos”, unas gónadas “incorrectas”, no representan un defecto que prive de una vida saludable al recién nacido (o a la persona intersex en general, cualquiera que sea su edad y cualquiera que sea el momento en que descubra la diferencia de su cuerpo respecto al grueso de la población); representan una emergencia social derivado de un rechazo asimilado hacia lo diferente, especialmente porque se trata del sexo y de la sexualidad.

Lidiar con la interfobia de raíz requiere una transformación en el modo en que la sociedad mira a la intersexualidad. La visibilidad no se restringe solo a una educación de la población en general, sino que debe enfocarse de manera especial en quienes están en el proceso de convertirse en padres. De hecho, en mi opinión, los futuros padres tienen mayor necesidad de educarse. Si estas personas supieran con claridad que, de cada 1000 recién nacidos, 17 tienen un cuerpo con características intersexuales (sean o no visibles al nacer), probablemente la angustia parental sería menor. Si los best-sellers sobre el proceso de gestación mencionaran con toda naturalidad la posibilidad de tener un bebé con características intersexuales, y se indicara que se trata de bebés saludables cuyas características sexuales no requieren ninguna intervención médica (fuera de condiciones de salud muy específicas a atender), los eventuales padres de un bebé así no entrarían en pánico, por inesperada que fuera la noticia. Y digo esto porque considero que, mientras el sexo de una persona siga teniendo tantos elementos simbólicos, y represente una gama de expectativas de vida, los cuerpos intersexuales seguirán siendo motivo de sorpresa. La diferencia radical en este enfoque estriba en que, al estar más o menos consciente de la posibilidad de un nacimiento de ese tipo, esa angustia social se aminora. Los padres saben que no están solos. Saben que debe existir más gente como su bebé, y que es posible llevar una vida saludable y plena sin tener que someter a su hijx a cirugías irreversibles. Se genera un espacio, una ventana de oportunidad para que los padres busquen, con más tranquilidad y menos desesperación, la información y el apoyo de otras personas, especialmente de quienes promueven la posibilidad de una crianza libre de prejuicios y protectora de la integridad física de un niño con un cuerpo intersexual. Y aunque el proceso no es inmediato, un escenario así, repetido en múltiples familias, va dando pie a esa transformación social. Claro, es difícil, porque aún resta la labor titánica de generar consciencia entre familiares, educadores, otros padres, instructores deportivos, y posteriormente centros laborales, a fin de ir creando los espacios propicios para que toda persona, sin importar la forma de sus características sexuales o su funcionamiento metabólico, pueda tener la oportunidad real de desenvolverse con libertad y construir una vida satisfactoria y libre de estigmas y prejuicios.

Por supuesto, los prejuicios no se irán tan rápidamente, porque estos provienen de generaciones pasadas. Pero en la medida en que sepamos distinguir entre dogmas y valores, aprenderemos a poner la dignidad de las personas por encima de creencias caducas que nos limitan de crear un mundo menos injusto y más inclusivo con todos los seres humanos.

La deuda de la sociedad.

Como activistas intersex, nuestro trabajo se encamina principalmente en tres caminos: el clínico, el jurídico, y el social.

El aspecto clínico busca revolucionar el paradigma médico imperante que patologiza la intersexualidad. La meta no es solo detener las cirugías en bebés y niñxs, no consentidas por ellxs, lo cual es una forma de abuso médico y a veces también parental; la meta es conseguir que, como menos, la comunidad médica se planteé la duda razonable sobre la pertinencia de los procedimientos médicos a que las personas intersex (bebés, niñxs, adolescentes y adultos por igual) son sometidas cada día sin ser debidamente informadas, y casi siempre sin su consentimiento, bajo el supuesto de que existe un beneficio psicosocial que justifica lo que de otra forma se trata, las más de las veces, de una serie de intervenciones innecesarias, cosméticas, irreversibles, que acarrean consecuencias negativas que, por fortuna, algunos médicos comienzan a ver y a comprender. Asimismo, el enfoque de derechos humanos ya permea, aunque con lentitud, en la preocupación de algunos sectores de la comunidad médica, y por tanto en el reconocimiento de la autonomía no solo en adultos, sino también en niñxs y adolescentes, y en el respeto que se debe tener a proteger este derecho ya desde el nacimiento, pues más allá de tratarse de menores de edad en la terminología legal, bebés, niñxs y adolescentes son ya personas con identidad jurídica y con derechos que deben ser respetados y protegidos por sus padres (y a veces a pesar de ellos). En ese sentido, creo que aunque es todavía conservador el progreso, ya hay un avance que promete.

Otro frente de la labor es, precisamente, el jurídico. Gracias a la lucha del colectivo LGBTQ, hay bases sentadas para argumentar a favor de los derechos de las personas con diferencias en las características sexuales (lo cual es otra forma de expresar la diversidad corporal que implica la intersexualidad, no solo en las características primarias sino también en el aspecto cromosómico, a menudo dejado de lado por la propia práctica clínica). Poco a poco, se van generando ejemplos a nivel internacional que van perfeccionando el lenguaje jurídico a utilizar para promover leyes y mecanismos judiciales que permitan la defensa de estos mismos derechos. Aunque México todavía no tiene una ley en este sentido, los ejemplos de Malta o Australia, o los dictámenes y sentencias de cortes y organismos gubernamentales como en Chile y Colombia, representan una promesa del trabajo para el que aún se necesitan manos, y también disposición política a fin de no corromper el propósito del esfuerzo requerido.

Pero sobre todo, hay un frente que hace falta reforzar, y acaso sea el más importante de todos: el frente social. Un aspecto clave de nuestro trabajo es dar visibilidad a la existencia de la intersexualidad, con el propósito de derribar mitos en torno a su significado y a veces tan solo para conseguir que la gente conozca su existencia. Pero no basta. La sociedad no se compone solamente de personas educadas o con disposición a educarse, sino también de personas llenas de prejuicios y con estrechez de miras, las cuales perciben la existencia de las personas intersex como una amenaza a su estilo de vida o como una aberración a sus concepciones de lo que debe ser un ser humano; lo que debe ser, mas no lo que es.

La intersexualidad existe, no es una monstruosidad al margen de un supuesto “orden” natural, sino que es un integrante inobjetable de la naturaleza, la cual se expresa en incontables elementos, especies y formas de vida.

La existencia de la intersexualidad se la ha tratado de disfrazar (“corregir”) para hacerla encajar en la noción binaria que hemos creado de hombre-mujer (macho-hembra) como estados únicos que estructuran y gobiernan no solo nuestra percepción de la naturaleza sino del mundo y sociedad en que vivimos. Pero ya no puede ser negada basándose en pseudociencia y dogmas de fe; la intersexualidad es real y natural, aunque sea atípica si se atiende al hecho de que representa un porcentaje reducido de la población humana. Es una manifestación de la diversidad de la especie humana y debería ser enseñada así a la sociedad, si es que esta aspira a ser libre.

La razón por la que este tema me parece relevante y digno de ser recalcado ahora y cuantas veces sea necesario es sencilla: aunque el paradigma clínico se transforme, y se establezca el marco jurídico y judicial para la defensa de los derechos humanos de las personas intersex, sin importar su edad, lo que realmente importa al final es que la gente común y corriente, esos que, como se dice comúnmente, viven y dejan vivir, pero también aquellos que nos contemplan con prejuicio, miedo y a veces hasta odio, todos ellos tengan forma de transformar su desconocimiento en solidaridad. Esto resulta especialmente importante en los entornos sociales más comunes: escuela, trabajo, espacios deportivos, y, desde luego, servicios de salud. Más que todos los anteriores, es necesario que educadores, médicos y profesionales de la salud, instructores y personal de espacios deportivos, y personal de recursos humanos de lugares de trabajo estén capacitados para fungir como aliados de las personas intersex, para empoderarlas, y así crear los entornos más favorables posibles para que el estigma se desvanezca, y las personas intersex puedan desarrollarse tan libremente como las personas que no son intersex.

No se trata solo de un bonito deseo; es una demanda. Es una deuda de la sociedad hacia nosotrxs, a saldar mediante educación, capacitación y sensibilización, para transformar gradualmente (porque es la única forma de que existan cambios reales y duraderos en las sociedades) el entendimiento sobre la diversidad humana, en este caso sobre las diversidad de características sexuales, y las diferencias corporales que ello implica.

Al final, la demanda no es irracional, y no es algo que esperemos que se dé espontáneamente: como activistas, es nuestra obligación crear los recursos que sirvan a esos aliados potenciales para formar, educar y sensibilizar. Tocar las puertas necesarias, convencer de la relevancia de este trabajo en pro de una convivencia más sana, y en búsqueda de una sociedad más libre, libre de miedos y prejuicios, que nos acepte como somos, como hemos nacido, y también como elegimos ser; pero también que, al reconocer nuestra existencia, se reconozca y acepte en su diversidad misma, y evolucione hacia una nueva consciencia de sí misma, y que fomente no solo la inclusión en espacios públicos, sino la creación de otros más que favorezcan este proceso y vayan reduciendo la discriminación y la violencia que padecemos.

Primum non nocere (o sobre lo irreversible)

A los padres de niñxs intersex que se debaten entre autorizar o no las intervenciones médicas sobre el cuerpo de sus hijxs.

Una de las mayores zozobras de muchos padres de niñxs intersex que se han decidido por autorizar las intervenciones médicas en el cuerpo de sus hijxs para alterar sus características sexuales, es el no saber qué ocurrirá a partir de ello. “¿Habremos tomado la decisión correcta?“. “¿Podríamos haber esperado un poco más?“. “¿Qué le diremos a la familia?“. Todas son preguntas que merodean por su cabeza sin cesar.

He leído comentarios en distintos foros en Internet (sobre todo grupos de apoyo en Facebook) donde hay padres que defienden a ultranza la decisión tomada, con una pasión que me hace pensar en alguien que siente culpa, pero que busca creerse que tomó la mejor decisión algo a base de repetirlo. Y lo planteo así, porque dentro de su argumento dicen saber que hay una gran probabilidad sus hijxs les echen en cara la decisión tomada en el futuro. Su defensa: que han actuado desde el amor.

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No digo que no sea cierto. Al menos la parte del amor la creo por completo. Pero, desde mi perspectiva, su argumento es una racionalización para evadir la realidad inobjetable de que, al haber permitido la práctica de cirugías sobre el cuerpo de sus hijxs, tienen la noción de haber permitido que se trastocara para siempre y de forma irreversible no solo la forma natural (y por demás saludable) de su cuerpo, sino la parte de la psique que se construye y se vive desde el cuerpo.

A veces me pregunto, ¿cuál es la mejor forma de acercarse a los padres? Luego pienso que no hay una forma única y que el mismo trozo de información que puede ser clave para que algunos digan no a las intervenciones, puede ser irrelevante para otros que sigan cerrados en sus miedos y ansiedades. Ya por no hablar de los prejuicios y la homofobia subyacente en las racionalizaciones con que justifican sus decisiones

Quisiera poner a consideración de los padres una reflexión: existe un principio médico que surge de una alocución latina comúnmente atribuida a Hipócrates.

Primum non nocere, es decir, Ante todo no hacer daño

Lxs activistas intersex a menudo nos vemos en la penosa necesidad de recordarle a los médicos que este principio implica repensar el efecto de sus acciones y decisiones en lo que toca al tema de los procedimientos de normalización de las variaciones en las características sexuales a que someten a menores de edad y personas intersex en general. Como ha quedado más que establecido no solo por nosotrxs como comunidad, sino desde el programa Libres e Iguales de las Naciones Unidas, “estos procedimientos, que suelen ser irreversibles, pueden producir esterilidad permanente, dolor, incontinencia, pérdida de la sensibilidad sexual y sufrimiento mental de por vida, incluida la depresión.” (Libres e Iguales, 2016, Ficha de datos: Intersex).

Aunque he escuchado de casos de terror donde los médicos llevan a cabo su práctica con una total falta de ética y de respeto a la dignidad de la persona, así como a los padres de familia de niñxs intersex, es mi creencia personal que una considerable mayoría de los médicos no obran ni aconsejan de mala fe, sino que se dejan llevar por prácticas heredadas por catedráticos y sus superiores en los hospitales. Dicho lo anterior, muchos de ellos no cuestionan en lo más mínimo el efecto dañino que los protocolos médicos tienen en el menor de edad cuyo cuerpo recomiendan normalizar (es decir, moldear sus características sexuales para que se asemejen a los de un cuerpo típicamente femenino o masculino). No tienen la menor idea del infierno en cuya ruta ponen a hijx, padres y familia.

Lo que intento es concientizar a los padres del papel vital que juegan desde el momento mismo del nacimiento de su hijx intersex: al decantarse por las cirugías, es decir la normalización del cuerpo de su hijx, suponen que se evitarán problemas, bochornos, estigmas, burlas, etcétera. Parece la opción fácil. Pero en realidad, es la opción más dolorosa de todas y la que más daño provoca. Basta leer cualquier testimonio de un adulto intersex para constatarlo. Seguir la recomendación clínica en ese sentido no lo más sensato, por más intransigente que sea la reacción del médico que atienda. Los padres tienen el deber de velar por la integridad de su hijx, y de hacer respetar el derecho a decidir sobre su cuerpo. También tienen un deber hacia su salud: condiciones conocidas como la Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC, o CAH por sus siglas en inglés), asociada a la intersexualidad, puede en varios casos acarrear una pérdida de fluidos que debe ser atendida. Pero, aunque suene repetitivo, es importante como padres que aprendan a distinguir entre una urgencia médica y una confrontación con los prejuicios y las creencias tradicionales. La intersexualidad no es una enfermedad, sino una variación natural de las características sexuales. No hay por qué temerle.

Ante todo, no hacer daño. Algunos médicos hoy día son más conscientes y sensibles sobre la realidad de las personas intersex, y es posible que sean más informativos y respetuosos en vez de impositivos, como lo han sido en el pasado y muchos lo siguen siendo en el presente. Pero al final ustedes, padres de niñxs intersex a quienes me dirijo, son quienes juegan como el fiel de la balanza. Su responsabilidad no es para con la sociedad ni para con el médico: es para con la felicidad de su hijx. ¡Dense la oportunidad de descubrir quién es esa personita entre sus brazos! Y denle la oportunidad de descubrirse a si mismx. Superen juntxs miedos y prejuicios. Y exploren los infinitos alcances del amor.

Lxs niñxs están bien

Una de mis mayores preocupaciones cuando pienso en los bebés intersex es la maraña de emociones encontradas que experimentan sus padres cuando sus hijxs son diagnosticadxs. Siento una propensión inmediata a ponerme en su lugar y pensar en cómo ayudarles a canalizar sus sentimientos y sus temores, y prevenirles de tomar una decisión irreversible.

Una decisión que, además, realmente no les corresponde tomar.

Cuando yo nací, mis padres no tenían mucha noción de que las decisiones que tomaron en nombre mío fueran las “correctas”. Ser padre de familia es una responsabilidad inmensa. Ya no se trata de ti; todo gira en torno a tu(s) hijx(s). Y por tal razón, cualquier decisión puede ser una espada de doble filo para su bienestar presente y futuro. Es difícil prever los resultados, sin importar cuán bienintencionadas sean las acciones que realizas. Tal fue el caso de mis padres: creyeron de corazón que actuaban bien, porque actuaron desde el amor. Pero también desde el temor. Carecían de información, sólo existían los prejuicios y  nadie estuvo ahí para asesorarlos, aparte de los “expertos”, quienes los urgieron a seguir sus recomendaciones. Mis ovotestes “potencialmente cancerígenos” fueron extirpados, y mis genitales “ambiguos”, operados para lucir y funcionar de forma “normal”. Esa era la forma de ver las cosas en ese tiempo, y solo puedo imaginar la angustia y la desorientación que sintieron. Y el alivio momentáneo, mientras era muy pequeña, porque “no me daba cuenta”.

Hace unos meses, en una de las ocasiones que volvimos a abordar el tema de mi nacimiento (ya con más serenidad, en comparación con la primera vez que fue tan tormentosa), mi madre confesó haberse sentido culpable por la posibilidad de haber tomado la decisión equivocada. Por otro lado, reconoció que en ese momento no tenían a nadie más a quien recurrir. Solo muy pocas personas en la familia supieron, porque de verdad, ¿cómo soportar el peso de un secreto así? Hoy me resulta simple argumentar que esto no tiene por qué ser un secreto; que solo era que mi cuerpo era distinto, y que no había nada de qué preocuparse. Que el estigma lo podemos terminar nosotrxs mismxs, dando visibilidad a la intersexualidad, acabando con prejuicios, educando, informando.  Pero dado que los “expertos”, es decir, los médicos, solo vieron una patología en mis características sexuales, la noción germinó en la mente de mis papás, succionando la felicidad de mi nacimiento y convirtiéndola en preocupación, ansiedad, desconcierto, y miedo. Mucho miedo.

Y percibo que en el presente, en esta latitud del mundo donde los prejuicios en torno a la diversidad humana perviven, donde asumir la diferencia te pone incluso en riesgo de muerte, muchos padres, incluso aquellos que han buscado ayuda y que han recibido información, siguen llevando a sus bebés a la plancha, arrebatándoles el derecho a decidir solo porque no conciben que el cuerpo de sus peques sea diferente a lo que ellos estaban esperando.

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De la campaña “Libres e iguales” de las Naciones Unidas para la Visibilidad Intersex

Crecer siempre ha sido complicado. En este mundo polarizado (que siempre lo ha sido, solo que apenas hoy cobramos consciencia de ello), la sensación de vivir en medio de una creciente violencia nos hace buscar un refugio. Esta necesidad es fundamental en el caso de muchos padres de familia, que perciben cómo la sociedad solapa y a veces hasta promueve la intimidación y la agresión hacia los niños que son distintos,  a manos de otros niños y de adultos intolerantes que creen que se rigen bajo principios morales cuando realmente sólo se conducen por prejuicios y creencias dogmáticas. Idóneamente, los padres tratan de ayudar a sus hijos a superar estas dificultades a fin de que su vida no sea más complicada de lo que de por sí la vida lo es. Ahora agreguemos el elemento intersex a las vivencias de esx niñx. ¿Cómo brindarle seguridad sobre si mismx, cómo enseñarle a defenderse en la vida? Todavía mi madre me pide encarecidamente que me cuide, porque sabe que tengo potenciales problemas de salud en un futuro, debido a los procedimientos a los que fui sometida. Pero me lo pide también porque desea mi seguridad física, porque sabe que afuera hay personas que se dejan llevar por el miedo y la intolerancia. No es ingenua: ha vivido el tiempo suficiente para saber que el mundo es un lugar tremendamente complejo, y en el cual hay muchos horrores. Pero confía en mi. ¿Acaso no es eso lo más valioso?

Solo puedo pensar que la seguridad de un niño proviene de la completa aceptación de sus padres a lo que constituye la esencia de su persona. Y el cuerpo, la experiencia de vida que el cuerpo nos proporciona, es especialmente importante en lxs niñxs intersex. Uno puede desear protegerlos todo el tiempo, toda la vida. Lo sé porque lo he vivido. Pero al final, unx tiene que vivir la vida por unx mismx, y defenderse a sí mismx, y pavimentarse su propio camino a la felicidad y a la plenitud. ¿No es ese el deseo final de un padre de familia?

Algo muy aparte es la atención médica que merezcan las condiciones específicas asociadas a ciertas variantes intersex. Por ejemplo, en los casos de HSC en forma perdedora de sal, donde realmente la salud (y la vida) de la criatura está en juego. Pero es importantísimo aprender a distinguir entre lo que son situaciones de salud y los temores que surgen por la diferencia en las características sexuales. Es decir, aprender a distinguir entre preocuparse por atender la salud de unx niñx intersex, y a desprenderse de prejuicios y miedos sobre las diferencias completamente sanas y naturales de su cuerpo.  

La base de un cambio real reside en la confianza que tengan los padres de los bebés intersex al recibirlos entre sus brazos. Desde ahí se puede avanzar mucho, en la medida en que la comunidad médica persiste en su cerrazón, y un cambio inmediato a nivel social resulta utópico. En cambio, la confianza de los padres de familia acerca de la diferencia de su bebé intersex, completamente saludable y natural, puede ser construida  de muchas formas, dejando así una marca positiva en la vida de esa familia. Pese a que existe mayor difusión, sigue faltando que los padres entren en contacto con personas que, de forma positiva y con empatía, les confieran la sensación de respaldo y comprensión, y les acompañen durante el proceso de externar sus miedos, preocupaciones, sentimientos encontrados, a fin de ayudarles a cobrar consciencia de que su bebé está bien como ha nacido. Si bien hay un montón de barreras sociales que habrán de atravesar, es necesario que consigan comprender que siempre va a haber una barrera que queramos evitar. Pero en lo que toca a su persona, es mejor entonces abordar el tema con aceptación, bien informados, amorosamente y con la certeza de que uno no tiene que adaptarse a la miopía de la sociedad sobre el cuerpo de su bebé. Aprendiendo así, de paso, a apreciar las infinitas posibilidades que surgen desde la aceptación total de la diversidad humana.

Sobre tomar una decisión prematura por miedo.

De antemano reconozco mi derrota en este punto: los padres son quienes tienen la última palabra cuando se trata de la salud de su bebé.

Sin embargo, ¿es la salud realmente el foco de atención cuando se trata de un bebé intersex?

Quiero abundar un poco en mi propia experiencia, sobre la vivencia de mis padres cuando decidieron confiar ciegamente en el consejo de los médicos de ser intervenida quirúrgicamente.

Yo nací con ovotestes. Y me dirán, ¿qué son los ovotestes? Todas las personas poseemos tejido ovotesticular alrededor de la séptima semana de gestación. Nuestras gónadas se desarrollan a partir de ese tejido y toman forma definitiva como ovarios o testículos. En mi caso, mis gónadas se quedaron con ese tejido primordial; a estas gónadas se les da el nombre de ovotestes (singular ovotestis u ovotestículo).

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La razón por la que comparto esto es porque cuando nací, la “ambigüedad” genital con que nací no resultó desagradable a los  ojos clínicos del obstetra que trató a mi madre, por lo cual fui a casa, sólo para ser admitida en un hospital de alta especialidad del gobierno mexicano porque mi madre, que ya había tenido dos hijas previamente, sabía que algo estaba fuera de lugar. Con franqueza, no creo en absoluto que mi madre creyera que hubiera algo anormal en mí, pero sí se sintió alarmada porque nunca había visto los genitales “ambiguos” de un bebé intersexual. Entonces la batería interdisciplinaria de médicos especialistas hizo cónclave y decretó aplicar el protocolo de Money, explicando que yo tenía una condición patológica llamada “hermafroditismo verdadero” (que ni es hermafroditismo ni es verdadero, y lo cual se explica en una publicación anterior) y convenciéndolos de llevarse el paquete de cirugías para “prepararme para la vida” bajo el invencible argumento de que “era en mi mejor interés y para prevenir un posible cáncer”.

No voy a mentir: es cierto que existe una incidencia del 3% de cáncer (gonadoblastomas) en el tejido ovotesticular. Es cierto que al oír “cáncer”, la gente salta por un muy racional miedo a la muerte. ¿Quién quiere un cáncer para un recién nacido? Lo cierto es que, dada la muy baja incidencia de gonadoblastomas en tejido ovotesticular, la decisión de intervenir a una criatura de semanas de nacida necesita ser repensada. Ahora, mi caso es raro incluso entre las personas intersexuales. Entonces, ¿qué necesidad existe de llevar a la plancha quirúrgica a un bebé intersexual?

Quizá extirparme las gónadas fue una decisión acertada. Quizá yo habría optado por ese camino para mí misma. Quizá no. Pero el resto de cirugías y tratamientos a los que fui sometida después, eso sí fue totalmente innecesario. La opción me fue arrebatada. Desde luego, los médicos no informaron a mis padres, porque su protocolo les indicaba que lidiaban con una patología. Nada más falso…

El aspecto que intento destacar es que es necesario que los padres de bebés intersexuales combatan al miedo que conlleva la creencia de que los rasgos innatos intersexuales representan una amenaza intrínseca a la salud del bebé. Si bien es cierto que algunos tratamientos pueden ser recomendables y que debe dársele seguimiento a la salud del bebé durante su desarrollo, invadir el cuerpo a través de una cirugía de consecuencias irreversibles (esterilidad, incontinencia, insensibilidad sexual, incluso depresión por mencionar algunas) no debe ser la primera opción, salvo por las muy contadas excepciones donde hay una amenaza real a la salud del bebé.

De la misma forma, es crucial que con el curso de los años, esx niñx intersexual vaya siendo informadx de su condición innata y se le incluya en la toma de decisiones sobre su propio cuerpo, respondiendo sus dudas e inquietudes. Para ello, es indispensable que los padres busquen información y apoyo en verdaderos expertos, en personas que hayan atravesado experiencias similares, y que acepten la belleza manifestada en la diversidad de su bebé. La diferencia, sutil pero muy relevante, es que esx niñx vaya de poco a poco cobrando consciencia de su cuerpo como es, aceptándolo, amándolo, y creciendo así plenamente como ser humano.