Día de la solidaridad intersexual 2020

Detalle de la exposición de impresiones en gran formato del Proyecto Intersexual, por Adiós al Futuro, el 7 noviembre de 2017

Todos los años, desde hace cuatro años, vivo este día, el 8 de noviembre, con una sombra en el corazón. La sombra ya estaba ahí, desde muchísimo antes, incluso antes de saber cómo nombrarla. Desde que entendí el significado del día de la solidaridad intersexual, entendí que la tónica de la fecha no trae consigo ese júbilo vital y esa resistencia motivada por el anhelo de ser y de vivir que nos embarga el 26 de octubre. La verdad es que 26 de octubre y 8 de noviembre son dos caras de una misma moneda, y la festividad que se desborda en una fecha es la solemnidad que flota sobre la otra.

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Una compañera muy querida, intersexual, hoy me preguntó: “¿me explicas qué significa el día de la solidaridad intersexual?”. Y claro, yo le expliqué de Herculine Barbin, de la importancia de la remembranza, de los vínculos de solidaridad. Pero al final me quedé insatisfecha. Mauro Cabral, en Interdicciones, ha hablado sobre lo problemática que puede resultar ser la demanda de solidaridad:

La solidaridad ajena nos coloca, una y otra vez, en el lugar de quien es otro, esencialmente distinto de ése que viene dulcemente a ofrecerla, y que se lleva a cambio de su ofrenda, la certeza tranquilizadora de su ajenidad solidaria […] No hay espacio en esta solidaridad para un cuerpo intersex —cortado o no cortado— que desea y es deseado, que toca y es tocado, que lame y es lamido, que coge y es cogido.

Mauro Cabral, Interdicciones, p. 118

La reflexión que me mueve este día —8 de noviembre—, en este día —el de 2020, el año por demás saturado de malestares y pérdidas—, es la progresiva resignificación de la fecha. Ponemos fechas en el calendario para vivir en el presente, para darle un cierto sentido a la sucesión de amaneceres y atardeceres, pero corremos el riesgo de pensar que las fechas son marcas fijas en piedra. O de olvidar que la piedra también la erosiona el mismo sol y el mismo clima demarcado por las fechas. Trato de decir lo siguiente: que la memoria nos obliga a reflexionar el devenir que solo puede ser contemplado en retrospectiva. El futuro, el porvenir, en el mejor de los casos son proyectos e intenciones sobre los cuales depositamos nuestros deseos más intensos, pero no somos los únicos que intervenimos en el devenir del porvenir. Hoy podemos hablar de Herculine, ¿pero qué vamos a hablar? ¿Vamos a hablar de sus genitales? ¿Vamos a hablar de lo que Foucault y Butler han elaborado sobre su existencia? ¿Vamos a tejer un manto evanescente del simbolismo y la desarticulación del deseo a partir de un espécimen-muestra disecado? ¿Vamos a construir una torre de marfil para legitimar la existencia biológica de la intersexualidad como anomalía del sexo verdadero? La solidaridad se vuelve una limosna de la que no nos cuesta nada desprendernos, y con la que nos ganamos el derecho de zanjar discusiones teóricas con la evocación (o descarte) de nuestra existencia, pero no queda claro que se vuelva un puente de sentires y acompañamientos desde la ética y el compromiso político. Y el compromiso político significa, ante todo, situar en el centro al sujeto de la intersexualidad. Para desmayo de esencialistas y desencialistas por igual, el sujeto de la intersexualidad no es un cuerpo (inter)sexuado, sino ustedes mismos, que nos miran, y la mirada que prevalece incluso cuando sus ojos la desvían, presurosos, hacia la realidad que quieren ver. El problema de la intersexualidad son ustedes, que reafirman el discurso médico sin consideración de los silencios y violencias que validan con el fácil recurso de la anomalía y la acrítica utilización de “la ciencia” como argumento para aliviar las ansiedades en el orden social y en las luchas políticas ordenadas por la alineación de una persona con lo que Monique Wittig llamaba “la ideología de la diferencia sexual”.

Este día pienso en lo que significa ese tendido de puentes de sentires y de reflexiones encarnadas. Para nosotrxs, lxs intersexuales, es más accesible (pero desafiante) esa reflexión porque ya estamos ahí, encarnados todo el tiempo, habitando ese tiempo pos-quirúrgico al que Iain Morland se refiere (pero que puede ser, también, un tiempo pos-mirada, cuando la duda sobre el sexo emerge para nunca desaparecer), en ese cuerpo con historia propia, con las marcas que la relatan, con las cicatrices infantiles de mutilaciones bienintencionadas, con las cicatrices adultas de los esfuerzos por borrar el daño causado, por las cicatrices emocionales que no son fantasmas o fantasías, sino la ansiedad, el estrés postraumático y la depresión. La solidaridad debería ser asumida con consciencia, por eso creo que es simbólico que la consciencia intersex (intersex awareness, visibilidad intersex) precede en el calendario a la solidaridad, y en ese sentido, prefiero las muestras de solidaridad de quienes guardan silencio y escuchan y se dejan afectar por la intersexualidad para re-orientarse en su propia experiencia de vida, como diría Sara Ahmed.

Yo quiero su rabia, no su compasión. Yo quiero su llanto, no sus palabras de consuelo. Yo quiero, en todo caso, un honesto alejamiento y apertura de camino, si no tienes nada más que decir. Pero como dijo Eva Alcántara: déjate tocar por el tema. Y lucha en la vida como una persona intersexual.

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Pienso, también, que es simbólico que el 8 de noviembre es una semana después de la celebración de muertos, en México. Este día, yo recuerdo, yo honro, la memoria de quienes pusieron fin a su vida porque el mundo les alteró sus perfectamente bellos y saludables cuerpos en aras de adaptarlos a sus expectativas: construir vulvas para ser penetradas, mutilar faloclitoris para asegurarse que una niña nunca dude de que lo es, destruir falos solo porque un niño tiene que poder orinar de pie. La intersexualidad está en sus ojos, y nuestra sangre en sus manos. No somos unos radicales descontentos: somos los niños cándidos y llenos de posibilidades a los que les mutilaron porvenires.

Que no se le olvide a nadie.

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