Visibilidad intersex

En el tiempo que llevo trabajando en la promoción de los derechos de las personas intersex, hay un tema que genera controversia, en mi opinión sin razón para que así fuera. Si lo abordo en esta ocasión, es porque reconozco que hace falta aclararlo: hablo acerca de la visibilidad del activismo intersex. Para ello, me valdré de tres anécdotas.

La primera es referida, dos personas intersex y una aliada de la comunidad que participaron en un evento público fueron interpeladas por una persona de la comunidad LGBT. Esta persona expresó su desacuerdo con que la comunidad intersex no fuera tan abierta, que no fuera visible. Que cómo esperábamos que las personas simpatizaran con nosotrxs si no éramos públicxs. La segunda ocasión que surgió el tema fue en medio de una reunión con activistas de otros países. Una de las personas manifestó su desacuerdo con que algunxs optáramos por un perfil más bajo, por emplear seudónimos en vez de nuestros nombres legales, y dijo que con ello solo promovíamos el temor y el estigma. La tercera ocasión fue hace poco, en un evento donde intervine públicamente. Un aliado de la comunidad me felicitó por haberme decidido a participar, a ser más visible. Entendí que lo decía como un cumplido, pero hubo un eco en mi interior que me hizo cuestionar el significado de la palabra visibilidad en el contexto del activismo por los derechos de las personas intersex.

El común denominador de estas tres anécdotas no salta a la vista si antes no se entiende lo tremendamente difícil que es para una persona asumir la historia propia con una voluntad política, es decir, con el deseo de promover un cambio, de marcar una diferencia, de generar una reacción que lleve a una transformación del estado de las cosas como son. Esto es especialmente cierto para las personas intersex. En este sentido, confieso que hace años miraba a los activistas de cualquier tema con cierto desdén. Como muchas de las personas que viven absortas en el trajín cotidiano y en la creencia de la existencia de jerarquías morales dadas por el quehacer, la formación y la profesión, yo me situaba desde una posición falsa de superioridad moral y pensaba: “¿Por qué no se encuentran un trabajo real?” ¿Cómo fue que una persona que pensaba de esa forma mudó su ocupación hacia aquello que tenía en tan baja estima? Como casi cualquier transformación real, provino de una convicción profunda, y para que sea profunda, debe ser personal. Descubrir mi historia personal me hizo darme cuenta de muchas cosas que estaban mal, no a causa de una maquiavélica disposición de un grupo de especialistas médicos del IMSS a comienzos de los años ’80s, ni por el bienintencionado despropósito de mis padres al acceder a seguir el consejo de las eminencias médicas, sino porque socialmente existen montones de condicionantes sociales y culturales que avalan y dan por bueno ese pensar y ese obrar tan hondamente violento. Condicionantes muchas de las cuales solo estoy consciente porque son las que más cercanamente me han tocado, a mí y a mi familia, pero que también estoy consciente que hay muchísimas otras que existen y ocurren, aunque yo no las haya vivido en mi propia experiencia de vida. Lupita Chávez, en su propio testimonio de vida, dice: “no ofrezco mi testimonio para victimizarme sino para ayudar a más personas que nacieron con esta condición”. Hace solo unos días, una amiga me dijo que quería hacer algo para ayudar, y yo le ofrecí la misma solución que funcionó para mi, y que ha funcionado para muchxs: escribir su propio testimonio de vida. Porque al escribir la propia historia, unx se reencuentra a si mismx, y valoriza aquello que sirve para aprender y aquello que hay que dejar ir, y permite también determinar lo que se quiere hacer en adelante. En el caso de Lupita, como en el mío y en el de muchas personas, el testimonio no es para inducir a la compasión mal comprendida, aquella que supone que poner atención a historias como las nuestras les ayudan a ser mejores seres humanos o a ser una sociedad con mayor empatía, como si por obra de un artilugio alquímico nuestra conciencia se limpiara y nuestras omisiones nos fuesen eximidas; no, el testimonio sirve para generar conciencia de lo que como seres humanos estamos ignorando, a veces deliberadamente, y cuestionar nuestras bases tan inconscientemente asimiladas. En este momento, recuerdo a una persona que, tras un evento donde di mi testimonio, se me acercó como si quisiera consolarme (en verdad, aquella vez me puse muy emotiva al hablar ante el público). No necesitaba consuelo; necesitaba reconocimiento, y no hacia mi persona, sino hacia las realidades que siguen sucediendo como sucedió en mi caso. Imagino que aquella persona no sabía de qué otra forma reaccionar ante una situación que hasta ese día había desconocido. Quizás sea esa la primera e inevitable reacción de algunas personas que piensan que pueden ayudar, aunque no sepan cómo. Como quienes ven a una persona convulsionarse en un episodio epiléptico, ansiosos sin saber cómo actuar, hasta que alguna persona interviene de forma eficaz, o hasta que son educados al respecto.

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Espectro visible de luz, fotografía de Hadley Paul Garland (bajo licencia de Creative Commons). Hay mucho más en la luz que los colores que nos revela. “Lo esencial es invisible para los ojos” -. Antoine de Saint-Exupéry

No creo que ser visible signifique presentarse en foros públicos y desnudar el alma (o el cuerpo) sin motivo. No creo que ser visible se traduzca directamente en manifestarse en una plaza pública, o en hacer una caminata, trote, rodada o marcha. Aunque entiendo muy bien que para algunas personas, esas sean formas poderosas de ser visibles, la visibilidad no puede, no debe exigir de ninguna forma como requisito indispensable la presencia de un cuerpo y de un rostro, de un nombre, de una figura pública; debería, en cambio, exigir una mayor atención a la voces, a las demandas, al pensamiento crítico, a las diversas formas de manifestación de nuestra existencia como el arte y la literatura hechos por personas intersex, más que a un cuerpo o a un rostro o a un nombre. La visibilidad que me interesa es la del tema intersex como tal. Recuerdo un comentario que escuché una vez de un aliado, a la pregunta de una asistente a un evento que dimos hace unos meses, que resume a la perfección lo que para mi (y para todo aliado de nuestra lucha) debería significar la visibilidad intersex: aquella vez, alguien preguntó por Laura Inter. —¿Tú sabes si Laura Inter está aquí?—, preguntó aquella persona, y el aliado, con toda templanza, replicó: —Si Laura Inter está aquí, ella vendrá a ti —. Y es verdad: si una persona intersex quiere hacerse presente o pública en un foro dado, lo hará, en sus tiempos, en sus términos. No se puede pedir otra cosa de nadie, en realidad. Aquella persona de la comunidad LGBT que interpeló a lxs participantes del foro estaba parcialmente equivocada en dar por sentado que la única forma de lograr avances era siendo públicos. Parcialmente, porque no le veo sentido ser públicamente intersex solo para saciar la curiosidad de quienes quieren saber cómo es una persona intersex, pero sí que hay que saber elegir los foros y los momentos en los cuales nombrarse intersex, especialmente cuando la oportunidad se presenta de propiciar un cambio, de generar conciencia. Está también el tema de la inseguridad a la que se enfrentan las personas que se dedican a cualquier forma de activismo, circunstancias tales que exigen una forma inteligente de actuar sin con ello acallarse, sin con ello someterse nuevamente al yugo del estigma social. Las personas que nos criticaban a los que elegíamos un perfil bajo en aquella reunión ciertamente provenían de un entorno más seguro que México, de un país de la esfera occidental donde se puede dar la cara como persona intersex pues el riesgo a asumir es menor. No se trata de agachar la cabeza en derrota, sino de ser conscientes de que no necesitamos mártires, sino agentes de cambio que impulsen una transición social, sin violencia, sin muertes. Mi interés es cuestionar, es revolucionar las mentes de las personas, es plantearles preguntas que eventualmente le haga salir por si mismas de ese sopor que tan bien conozco. Mi interés, en fin, no es ser corifeo de ninguna cruzada, sino voz que se sume a la cuestión crítica de una era que tiene que deshacerse de sus prejuicios y asumir la diversidad más amplia de la naturaleza humana.

I ≠ T (intersex no es igual que trans)

A Laura Inter, compañera de muchas batallas.

Intersex no es igual que trans.

Intersex no es igual que transgénero.

Intersex no es igual que transexual.

Intersex es acerca de un cuerpo que nace con variaciones de las características sexuales.

Las cosas como son.

Es un tema que se me hace cansino abordar, pero tengo que hacerlo, porque muy pocas personas lo harán. ¿Por qué? Porque, para comenzar, muchas personas siguen desconociendo el término intersex. Muy pocas personas entienden en qué consiste ser intersex o tener un cuerpo intersex. Pero todos suponen, todos tienen una fantasía. Todos tienen una opinión. Aparentemente, eso es suficiente para abrogarse el derecho de llamarte intersex.

Como si la intersexualidad fuese un tema de identidad autopercibida en discordancia con el sexo asignado al nacer; no lo es.

Entiendo por qué muchas personas (personas trans incluidas) pueden pensar eso. Después de todo, muchas personas intersex fueron forzadas a una identidad de género junto con intervenciones médicas de normalización genital y corporal. Algunas personas intersex también son trans, pero no a causa de las cirugías, sino a causa de la discordancia del sexo de asignación al nacer respecto a su identidad y/o expresiones de género. Lamentablemente, muchas personas trans encuentran consolador o útil para si mismas el identificarse como intersex (aunque no lo sean) en algún momento de su proceso íntimo de conciliar su identidad respecto a la asignación de sexo en su infancia. El problema, pues, es que confunden la violencia médica de quienes hemos sido intervenid*s quirúrgicamente y forzados a depender de una terapia de remplazo hormonal en nuestra infancia y adolescencia con la imposición social de un sexo al nacer. Confunden el estigma que tuvimos que vivir las personas intersex en nuestros años formativos (y que muchos siguen viviendo en la edad adulta, incluso en una época en apariencia tan liberal como esta) con el rechazo que esta misma sociedad les sigue mostrando.

Reconozco el sentimiento de empatía que puede manifestarse y la manera en que pueden sentirse relacionadas e identificadas con la experiencia intersex, pero no es lo mismo que haber vivido la violencia tan desgarradora en lo íntimo que implica la mutilación y la conformación artificial impuestas sobre el propio cuerpo. No hay nada glamuroso ni reivindicativo de la identidad en haber sido sujeto de semejantes agresiones, a una edad tan temprana que un* no tiene la menor oportunidad de defenderse, de opinar, de negarse o de consentir con libertad, con conocimiento, con información.

Asumirse como intersex sin serlo, solo porque existe un código implícito entre las personas intersex de no indagar demasiado acerca de nuestros diagnósticos al nacer y de nuestras experiencias personales —a menos esto sea compartido en el contexto de un espacio terapéutico, de apoyo entre pares, de empoderamiento personal y lucha política—, me parece no solo una falta de respeto a la batalla que día a día sostenemos las personas intersex para apoderarnos nuevamente de nuestros cuerpos y de nuestras vidas, sino una forma grosera de menospreciar las violaciones a nuestros derechos y reduciéndola en no pocas ocasiones a un tema de identidad de género, y tornando el sentido del movimiento intersex al del simple reconocimiento de identidades de género que nos permitan “orgullosamente identificarnos como intersex”, mientras que cada semana cientos de niños siguen siendo mutilados, en la fría ignominia de los quirófanos validada por la sociedad .

Peggy Cadet y Marc Feldman han apuntado ya esto en su artículo de 2012, “Pretense of a Paradox: Factitious Intersex Conditions on the Internet” (International Journal of Sexual Health, 24(2): 91-96). Durante una observación de 15 años en diversos grupos de apoyo de personas intersex, pudieron apreciar el hecho de que hay muchas personas trans que se presentan como intersex, elaborando a menudo condiciones muy raras —cuando no ficticias o imposibles— para así justificar su presencia. Esta es una situación perceptible también en el activismo, como Daniela Truffer (quien cita a Cadet y Feldman) lo ha señalado en su comentario sobre dicho artículo:

[La existencia de] personas trans que dicen ser intersex para su confort y beneficio personal, y el daño que infligen, tanto en el corto como en el largo plazo, a grupos de apoyo de personas intersex y al movimiento intersex de derechos humanos, es un problema doloroso y que tiene mucho tiempo, a menudo ignorado o trivializado también por algunas personas intersex y sus organizaciones (en mi experiencia, generalmente por aquellos que no fueron sometidos a la mutilación genital en su infancia).

Trans persons posing as intersex (and the damage they do to intersex rights) <http://stop.genitalmutilation.org/post/Intersex-Posers> [Fecha de consulta: 26 de marzo de 2018]

Traducción libre; existe una traducción completa del artículo hecha por Laura Inter, publicada como Personas trans aparentando ser intersexuales (y el daño que hacen a los derechos intersexuales), disponible en Brújula Intersexual.

El daño real, siguiendo la idea de los autores, se produce cuando las participaciones de personas trans que no nacieron con cuerpos intersex pero que fingen serlo o se basan en sus propias interpretaciones de lo que es la intersexualidad, se integran a publicaciones, documentales y otro tipo de productos culturales. Pero todavía más allá: cuando las personas intersex buscan apoyo en estos grupos, y se encuentran con personas trans fingiendo ser algo que no son, solo porque se siente bien para ellas, terminan sintiéndose alienadas y se alejan nuevamente; y en el caso del movimiento intersex, esto puede desalentar a algunos activistas, viendo cómo sus reclamos se diluyen ante los objetivos políticos de quienes emplean la intersexualidad para sus propios fines.

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Compartiendo una experiencia personal, debo admitir que este ha sido mi caso: en varias ocasiones he contemplado alejarme de la labor de divulgación y visibilización de la intersexualidad y de los derechos de las personas intersex, debido a cómo algunas personas trans secuestran el tema, a veces ya sin importar si se autonombran intersex o no; o, peor aún, algunos “aliados” que les dan más credibilidad y espacio a estas personas, solo porque son “visibles”, en la creencia de que la visibilidad es igual a mostrar el rostro y hacerse presente en todos los foros públicos LGBT.

A menudo he reflexionado sobre la pertinencia de que el movimiento intersex marque una distancia del colectivo LGBT+, aunque entiendo el por qué much*s aliad*s insisten en que debemos permanecer unid*s, por un tema de estrategia. Sin embargo, mi reflexión tampoco es original (la opinión de Daniela Truffer es ejemplo de ello). Nuestro vínculo con lo LGBT+ está más dado por una trayectoria histórica del movimiento intersex surgido durante los años 90s en los EE.UU. que por otra cosa. Entiendo que muchas personas intersex se identifiquen con identidades queer que correspondan mejor a su autopercepción, pero eso no equipara intersex con queer. En la encuesta realizada a personas intersex en Australia, publicada en 2016, un 48% de las personas intersex reporta que su orientación sexual es heterosexual; pero eso tampoco equipara intersex con heterosexualidad. Desde la capacidad de pensamiento intelectual del movimiento intersex, tenemos que plantear seria y críticamente lo LGBT en nuestra comunidad como una interseccionalidad más, es decir, situar horizontalmente la identidad y expresión de género y la orientación sexual a la par de otras categorías, como lo son, por ejemplo, la edad, la clase, la nacionalidad y el origen étnico; reconocer, así, que el aspecto común que vincula a las personas intersex son sus variaciones de las características sexuales al nacer, así como las experiencias personales derivadas del estigma que pueden traducirse en rechazo, discriminación y, muchas veces, violencia médica instrumentada a partir de las intervenciones médicas no consentidas. Y, en este sentido, reformular nuestra participación en el movimiento LGBT+, conformando alianzas basadas en el mutuo respeto y reconocimiento, pero emprendiendo, por fin, una denuncia y una lucha independientes, basada en los reclamos a la violencia médica que afecta y marca la vida futura de niños, niñas y adolescentes (lo que, irónicamente, busca prevenir), y educando a la sociedad sobre lo que realmente es la intersexualidad.

Me gustaría invitar a las personas intersex que también son trans, a remarcar el daño que causa la presencia de personas trans que fingen ser intersex en las comunidades y grupos intersex, especialmente en la generación de vínculos de confianza. No se trata de si se sienten cómodas con la idea de ser intersex, como un mecanismo de defensa o una justificación mental de que por eso son trans: se trata de respetar la experiencia de vida de las personas intersex, y de reconocer el verdadero objetivo del movimiento: nuestros derechos humanos.

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A los corazones que se reunieron en San José, físicamente y de pensamiento.

 A mi hermano, que me dijo: —Te estábamos esperando.

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Han pasado ya más de dos semanas desde que concluyó la Primera Conferencia Latinoamericana y del Caribe de Personas Intersex en San José, Costa Rica. He esperado un tiempo antes de escribir al respecto, en parte porque he querido que todas las experiencias, las ideas y las emociones que surgieron durante las sesiones de trabajo de esos tres inolvidables días ocupen su lugar y su valor en mi memoria. Todavía me parece increíble que haya sucedido ese encuentro, que catorce personas de distintos países y orígenes hayamos convergido en un mismo lugar y espacio, en el centro de nuestra América, la América de la vocación por la diversidad, la América donde se gestan movimientos que claman por un mundo distinto, donde haya equidad, justicia social, memoria del pasado, respeto a los derechos humanos, entre tantas otras deudas que venimos acarreando…

Más allá de los resultados y de los acuerdos, más allá de los esfuerzos comunes que se tienen que articular de aquí en adelante para fortalecer y hacer más visible el movimiento intersex de la región, me parece necesario destacar la palpable existencia de una riqueza humana que aún está por manifestarse en el mundo. La procedencia cultural, lingüística, política y corporal de cada persona, por necesidad tenía que aportar algo diferente, algo único, al espacio común en que coincidimos. Más que homogeneizar una perspectiva de acciones y de estrategias colectivas, en la Conferencia pronto se hizo patente que el enfoque del activismo intersex de la región de América Latina y el Caribe no puede menos que reconocer la historia de nuestros pueblos, y explorar las posibilidades invisibilizadas y desplazadas por los discursos dominantes de otras regiones y de otros ámbitos (por ejemplo, el ámbito médico occidental).

Por otro lado, fue una excelente oportunidad de reconocer la potencia que tienen las expresiones alternativas de las personas que forman parte de nuestra “pequeña” comunidad.

En verdad, la comunidad de personas intersex y nacidas con variaciones de las características sexuales de esta tierra que denominamos como América Latina y el Caribe, tiene muchísimo para aportar al movimiento intersex global, mediante la creación cultural, la acción social, la intervención artística y la propuesta académica. Tales expresiones están llamadas a irrumpir en el mainstream dominante de ideas y concepciones del ser humano, a sensibilizar a una sociedad indiferente, cuando no desconocedora, de la problemática que vivimos; y a reforzar la lucha por el pleno reconocimiento de nuestra categoría de seres humanos y respeto de nuestros derechos desde el momento de nacer y durante nuestra infancia y adolescencia, que es el periodo en que somos más vulnerables a los prejuicios y a la normalización de nuestras características sexuales (una vindicación urgente y que sigue pendiente de aterrizar en los planos que sean necesarios: normativos, jurídicos, judiciales).

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Guaría en gestación, arte callejero. San José, Costa Rica, 3 de marzo de 2018.

 

Es claro que hace falta mucho trabajo para concretar en hechos y resultados los acuerdos y propósitos surgidos de este primer encuentro, mismos que se harán públicos próximamente. Pero me parece imperativo señalar la necesidad que ha surgido a partir de esta primera conferencia (posibilitada gracias a los auspicios del Intersex Human Rights Fund) de dar espacio a las voces de la región, con toda su pujanza y su creatividad, pero también de fortalecer el sentimiento de comunidad de sur a norte y de norte a sur, alineando los corazones de todas las personas intersex y nacidas con variaciones de las características sexuales, oriundas de este hemisferio, para construir una visión del mundo que nos oriente en el camino, una utopía que, retomando las palabras del cineasta Fernando Birri, nos permita fijar la mirada en un horizonte posible, y caminar hacia ella, porque para eso son justamente las utopías: para caminar.

La intersexualidad no es un argumento para la identidad de género: una denuncia.

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Las banderas intersex. Crédito: Inge Toft Thapprakhon (Intersex Danmark)

Hace unos meses publiqué “La bandera de otros, o de cómo hacen falta más voces e historias intersex”, texto en el que hacía mención de ciertos “aliados” que entorpecen y perjudican la lucha del movimiento intersex por reivindicar los derechos de las personas nacidas con variaciones en sus características sexuales (especialmente los de niños, niñas y adolescentes, por mucho el grupo más vulnerable y cuya problemática es la menos entendida). Dichos individuos a menudo usan el aspecto de la diversidad biológica en los marcadores sexuales de las personas intersex solamente para argumentar a favor de cómo el género no está relacionado con un sexo biológico que ni siquiera es unívoco en su definición. Hoy vuelvo a abordar el tema, porque me resulta preocupante el protagonismo creciente de ciertos activistas, defensores de los derechos humanos, médicos y profesionales de la sexología, que se presentan como “expertos” en foros donde se habla de la intersexualidad, pero que no comprenden la temática intersex, y que respaldan su “experiencia” con una trayectoria profesional y académica en torno al tema de la identidad de género. Sigue leyendo “La intersexualidad no es un argumento para la identidad de género: una denuncia.”

La bandera de otros (o de cómo hacen falta más voces e historias intersex).

Todos necesitamos de aliados en algún punto de nuestro andar por el mundo.

Sin embargo, a veces me pregunto qué tan valioso resulta el apoyo de algunos “aliados” que recogen algunos aspectos de nuestra persona para articular sus propias demandas. Pienso en este momento en quienes, a su conveniencia, hablan sobre la corporalidad no-binaria y las variantes de las características sexuales de las personas intersex, para así desmitificar diversos aspectos de la heteronormatividad como la identidad de género, para no ir lejos.

Como se ilustra en este cómic de la fantástica Sophie Labelle (un ejemplo de una verdadera aliada), muchas veces no somos más un buen argumento para la causa de otros:

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@assignedmale, de Sophie Labelle. Traducción de Laura Inter.

Lo anterior me aflige bastante porque, en el poco tiempo que llevo trabajando en pro de la visibilidad intersex, he atestiguado el cómo muchos grupos de activismo pro LGBTQ, sexólogos, académicos y estudiantes utilizan nuestra mera existencia para justificar sus casos, sus estudios, sus campañas de políticas públicas en favor de la diversidad sexual (mencionándonos pero dejándonos a un lado) y al fin hacerse de un nombre y una reputación de expertos, antes que interesarse genuinamente por nosotros y nuestras problemáticas cotidianas. Nos incluyen en el acrónimo LGBTQI (en México se usa LGBTTTI). Pero esa “I” sigue siendo desconocida e incomprendida, cuando no abiertamente ignorada, por esos mismos “aliados”, que se acercan para solicitarte apoyo, sea el tuyo o el de la comunidad intersex, pero que no expresan el cómo van a apoyar de vuelta a la propia comunidad; en mi comprensión básica, un aliado pide, pero no se olvida de retribuir.

Cuando veo a esos “aliados” hablar por nosotrxs, en nuestro nombre, pero sin nosotrxs, y sin entendernos, y usándonos con descaro sólo para reafirmar los postulados de sus propias causas, me viene a la mente un dicho mexicano que reza: “¡No me defiendas, compadre!”. O sea: “ya deja de ‘ayudarme’, porque me estás perjudicando”. ¿Por qué perjudicar? Porque:

  1. Cuando un “aliado” no tiene un claro entendimiento de nuestra lucha concreta por consolidar nuestros derechos humanos; cuando no conoce las muy diversas características que nuestros cuerpos presentan y de las historias que hemos vivido dentro de esos cuerpos (la experiencia de una persona intersex puede ser muy diferente a la de otra); y cuando no tiene la claridad de los problemas diarios con que tenemos que lidiar (salud y asistencia médica, acoso escolar y en entornos laborales, dificultades con la familia y hasta con la pareja), ese “aliado” termina por simplificar nuestra existencia a un mero estereotipo (“una persona intersex es una persona que tiene partes de ambos sexos”, es solo una de las barbaridades con las que muchos “aliados” han llegado a describirnos). Al ocurrir esto, ¿cómo podemos esperar que el común de las personas comprenda nuestra demanda, o siquiera se entere de lo que significa la intersexualidad, cuando escuchan por primera vez de nosotros por boca de esos “aliados”?
  2. Cuando un “aliado” nos utiliza para sus propios objetivos, para desarmar las nociones de identidad y roles de género, para generar políticas públicas de inclusión que sólo contemplan los aspectos de orientación sexual e identidad de género (SOGI, por sus siglas en inglés), nuestras demandas específicas generalmente son excluidas. Es cierto que muchas personas intersex no se identifican con las definiciones típicas de género binario, y que hay otras que además tienen orientaciones no heterosexuales; pero nuestra lucha se debe a la existencia de un poderoso ente médico-social que no concibe la posibilidad de que una persona con características sexuales diferentes al estereotipo binario masculino-femenino pueda llegar a ser pleno y feliz tal y como ha nacido. Nuestra lucha es por la defensa de nuestros DDHH inalienables. Pero nuestros “aliados” fallan (no se si por falta de capacidad o por desinterés) en comprenderlo, y cuando sus propias luchas rinden frutos, no hay ninguno en favor de nuestras exigencias. Ni siquiera el citarnos como la “I” dentro de LGBTQI parece ayudar a que haya una mayor visibilidad de la intersexualidad entre el grueso de la población. No es visible la manera en que esas “alianzas” nos estén ayudando a sentar las bases de un futuro más promisorio para lxs niñxs intersex, por citar un ejemplo. No se ve cómo la mera sensibilización sobre niñxs de género diverso pueda beneficiar a unx niñx intersex, cuando que su realidad no necesariamente (ni únicamente) se define por una discrepancia entre identidad de género y sexo asignado al nacer; queda fuera el aspecto más importante de esx niñx: su corporalidad innata, sus características sexuales.

Ya en 2002, un estudio sobre la forma en que la intersexualidad era abordada en las aulas de los cursos de Estudios de Género (Koyama y Weasel, 2002. From Social Construction to Social Justice) sugería que para la agenda política LGBT no era claro que el activismo intersex requiriese de un enfoque diferente y “un conjunto de prioridades distinto que el del activismo de las comunidades LGBT” (la traducción es mía). Quince años han pasado, y la situación no es tan diferente.

La necesidad de contar con argumentos a favor de la deconstrucción de las identidades de género y de los roles estereotipados hacen de nuestra lucha, pero a veces de nuestra mera existencia, una herramienta útil para las otras luchas y debates. No puedo decir que esto sea negativo por sí solo. De hecho, la sola generación de ideas y reflexiones suele ser benéfico para todxs. Pero, ahora más que nunca, es tiempo de que sea el propio movimiento intersex el que asuma los reflectores que hoy están siendo ocupados, a nombre nuestro pero sin nosotrxs, por otras personas que no son verdaderos aliados, que no sienten un compromiso real con nuestra lucha. El micrófono, las ideas, las propuestas de ley, los procesos de sensibilización y alfabetización de las personas sobre el tema de la intersexualidad y la representación de nuestra comunidad ante entidades gubernamentales; en suma, la lucha por nuestros derechos humanos, debe de ser asumida plenamente por voces de adentro de la misma comunidad intersex, apoyados y acompañados (pero nunca reemplazados) por los verdaderos aliados que tienen interés en ver que nuestra lucha reditúe beneficios para la población intersex presente y futura. La invitación está abierta para las personas intersex a nivel local y regional, pues hace falta generar ideas y soluciones propias, aprovechando el apoyo y logros de las comunidades de otras latitudes, pero sin “tropicalizar” propuestas que no aborden los problemas de nuestros entornos. Por ejemplo: no es lo mismo ser una persona intersex en uno de los más privilegiados países de Europa Central que serlo en la comunidad más remota del estado de Michoacán; el primer caso enfrenta una lucha muy específica contra una cultura que confía a ciegas en la opinión de médicos altamente especializados y una industria farmacéutica que se beneficia de que los procedimientos hasta hoy practicados sigan su curso, porque cada vez que se le remueven las gónadas a una criatura debido a un pobre diagnóstico de malignidad cancerígena, se fabrica un cliente que requerirá terapia de remplazo hormonal de por vida. En cambio, una persona que vive en una ranchería, cuya familia aprende a guardar el secreto para evitar el estigma, que no es llevada nunca a una clínica porque no existe cobertura médica, puede vivir hasta llegar a ser adulta y descubrir su condición intersex sólo al recurrir por primera vez en su vida a un médico por un problema de salud completamente ajeno a sus características sexuales. Esa persona enfrenta entonces otra problemática, ya no de índole clínica, sino de índole social.

¿Cuántos de los que hoy se proclaman como nuestros “aliados” tienen clara la diferencia? ¿Cuántos de ellos tienen una idea de lo difícil que es hablar de intersexualidad con una persona que no puede articular su propia intersexualidad porque no tiene el lenguaje aunque la viva todos los días, y que por añadidura tiene que enfrentar la dificultades de un entorno socioeconómico desfavorable y muchas veces violento (realidad cotidiana de millones de personas tan solo en México)?

Esta reflexión surge en el marco del Día Internacional de la Lucha contra la Homofobia y Transfobia (IDAHOT). A menudo pasada por alto, la interfobia (aspecto que abordaré en otra publicación) también forma parte ya de esta lucha. De hecho, el acrónimo IDAHOT ha sido acompañado de unos años acá por otro más: IDAHOBIT, el cual incluye la intersexualidad y a otra comunidad acaso igual de desatendida e incomprendida: la bisexual. La visibilidad de nuestras demandas es una de las prioridades del movimiento, y esa visibilidad no la da otra cosa que el alzamiento de las voces de otras personas intersex y de sus historias. Sin esas voces, no se puede hablar de intersexualidad. Citando el famoso aforismo de Ludwig Wittgenstein:

De lo que no se puede hablar, es mejor callarse.

¿Hasta cuando podremos seguir callando? Por esto es que hace falta hablar, con nuestras propias voces, para romper el silencio, y enunciar nuestras necesidades y demandas, con nuestras propias palabras.

No podemos esperar ya que otros nos ayuden a conseguirlo; ciertamente, no podemos seguir permitiendo que otros enarbolen nuestra bandera para sus fines particulares. Incluso si lo que queremos es que sean las voces de nuestros aliados verdaderos las que nos abran paso y luchen a nuestro lado por sobre el oportunismo de otros, es imperativo que demos el primer paso, estrechemos nuestros vínculos, nos hagamos visibles (entre nosotrxs, por lo menos) y hablemos alto y claro.

La deuda de la sociedad.

Como activistas intersex, nuestro trabajo se encamina principalmente en tres caminos: el clínico, el jurídico, y el social.

El aspecto clínico busca revolucionar el paradigma médico imperante que patologiza la intersexualidad. La meta no es solo detener las cirugías en bebés y niñxs, no consentidas por ellxs, lo cual es una forma de abuso médico y a veces también parental; la meta es conseguir que, como menos, la comunidad médica se planteé la duda razonable sobre la pertinencia de los procedimientos médicos a que las personas intersex (bebés, niñxs, adolescentes y adultos por igual) son sometidas cada día sin ser debidamente informadas, y casi siempre sin su consentimiento, bajo el supuesto de que existe un beneficio psicosocial que justifica lo que de otra forma se trata, las más de las veces, de una serie de intervenciones innecesarias, cosméticas, irreversibles, que acarrean consecuencias negativas que, por fortuna, algunos médicos comienzan a ver y a comprender. Asimismo, el enfoque de derechos humanos ya permea, aunque con lentitud, en la preocupación de algunos sectores de la comunidad médica, y por tanto en el reconocimiento de la autonomía no solo en adultos, sino también en niñxs y adolescentes, y en el respeto que se debe tener a proteger este derecho ya desde el nacimiento, pues más allá de tratarse de menores de edad en la terminología legal, bebés, niñxs y adolescentes son ya personas con identidad jurídica y con derechos que deben ser respetados y protegidos por sus padres (y a veces a pesar de ellos). En ese sentido, creo que aunque es todavía conservador el progreso, ya hay un avance que promete.

Otro frente de la labor es, precisamente, el jurídico. Gracias a la lucha del colectivo LGBTQ, hay bases sentadas para argumentar a favor de los derechos de las personas con diferencias en las características sexuales (lo cual es otra forma de expresar la diversidad corporal que implica la intersexualidad, no solo en las características primarias sino también en el aspecto cromosómico, a menudo dejado de lado por la propia práctica clínica). Poco a poco, se van generando ejemplos a nivel internacional que van perfeccionando el lenguaje jurídico a utilizar para promover leyes y mecanismos judiciales que permitan la defensa de estos mismos derechos. Aunque México todavía no tiene una ley en este sentido, los ejemplos de Malta o Australia, o los dictámenes y sentencias de cortes y organismos gubernamentales como en Chile y Colombia, representan una promesa del trabajo para el que aún se necesitan manos, y también disposición política a fin de no corromper el propósito del esfuerzo requerido.

Pero sobre todo, hay un frente que hace falta reforzar, y acaso sea el más importante de todos: el frente social. Un aspecto clave de nuestro trabajo es dar visibilidad a la existencia de la intersexualidad, con el propósito de derribar mitos en torno a su significado y a veces tan solo para conseguir que la gente conozca su existencia. Pero no basta. La sociedad no se compone solamente de personas educadas o con disposición a educarse, sino también de personas llenas de prejuicios y con estrechez de miras, las cuales perciben la existencia de las personas intersex como una amenaza a su estilo de vida o como una aberración a sus concepciones de lo que debe ser un ser humano; lo que debe ser, mas no lo que es.

La intersexualidad existe, no es una monstruosidad al margen de un supuesto “orden” natural, sino que es un integrante inobjetable de la naturaleza, la cual se expresa en incontables elementos, especies y formas de vida.

La existencia de la intersexualidad se la ha tratado de disfrazar (“corregir”) para hacerla encajar en la noción binaria que hemos creado de hombre-mujer (macho-hembra) como estados únicos que estructuran y gobiernan no solo nuestra percepción de la naturaleza sino del mundo y sociedad en que vivimos. Pero ya no puede ser negada basándose en pseudociencia y dogmas de fe; la intersexualidad es real y natural, aunque sea atípica si se atiende al hecho de que representa un porcentaje reducido de la población humana. Es una manifestación de la diversidad de la especie humana y debería ser enseñada así a la sociedad, si es que esta aspira a ser libre.

La razón por la que este tema me parece relevante y digno de ser recalcado ahora y cuantas veces sea necesario es sencilla: aunque el paradigma clínico se transforme, y se establezca el marco jurídico y judicial para la defensa de los derechos humanos de las personas intersex, sin importar su edad, lo que realmente importa al final es que la gente común y corriente, esos que, como se dice comúnmente, viven y dejan vivir, pero también aquellos que nos contemplan con prejuicio, miedo y a veces hasta odio, todos ellos tengan forma de transformar su desconocimiento en solidaridad. Esto resulta especialmente importante en los entornos sociales más comunes: escuela, trabajo, espacios deportivos, y, desde luego, servicios de salud. Más que todos los anteriores, es necesario que educadores, médicos y profesionales de la salud, instructores y personal de espacios deportivos, y personal de recursos humanos de lugares de trabajo estén capacitados para fungir como aliados de las personas intersex, para empoderarlas, y así crear los entornos más favorables posibles para que el estigma se desvanezca, y las personas intersex puedan desarrollarse tan libremente como las personas que no son intersex.

No se trata solo de un bonito deseo; es una demanda. Es una deuda de la sociedad hacia nosotrxs, a saldar mediante educación, capacitación y sensibilización, para transformar gradualmente (porque es la única forma de que existan cambios reales y duraderos en las sociedades) el entendimiento sobre la diversidad humana, en este caso sobre las diversidad de características sexuales, y las diferencias corporales que ello implica.

Al final, la demanda no es irracional, y no es algo que esperemos que se dé espontáneamente: como activistas, es nuestra obligación crear los recursos que sirvan a esos aliados potenciales para formar, educar y sensibilizar. Tocar las puertas necesarias, convencer de la relevancia de este trabajo en pro de una convivencia más sana, y en búsqueda de una sociedad más libre, libre de miedos y prejuicios, que nos acepte como somos, como hemos nacido, y también como elegimos ser; pero también que, al reconocer nuestra existencia, se reconozca y acepte en su diversidad misma, y evolucione hacia una nueva consciencia de sí misma, y que fomente no solo la inclusión en espacios públicos, sino la creación de otros más que favorezcan este proceso y vayan reduciendo la discriminación y la violencia que padecemos.