Callejoneada con el género

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar la hermosa ciudad colonial de Guanajuato. Un día de vacaciones, se podría decir. Durante todo el día recorrí sus calles en compañía de tres queridxs amigxs. Fue una experiencia sumamente grata en todos sentidos. Tuvimos la oportunidad de charlar a gusto, de explorar callejones, subir al mirador del Pípila, contemplar los edificios de la Alhóndiga de Granaditas, el Mercado de Hidalgo, el Teatro Juárez, las espectaculares escalinatas de la Universidad de Guanajuato, el Jardín de la Unión… incluso participar de una tradicional callejoneada. Nunca había ido a una. Era la primera en que podía apreciar la ciudad en su esplendor diurno y vespertino.

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Edificio emblemático de la Universidad de Guanajuato.

Las callejoneadas son una especie de procesión nocturna por los callejones más emblemáticos de la joya del México colonial, llena de júbilo y canto por parte de una tuna o estudiantina que interpreta canciones de inspiración española o bien temas oriundos de México, como la famosa “Caminos de Guanajuato”, autoría de uno de los tres cantautores mexicanos más populares de la historia, José Alfredo Jiménez (considero justo afirmar que los otros dos, a la par suyo, son Agustín Lara y Juan Gabriel). Iluminados apenas por las luces ambarinas de las lámparas callejeras, escalando por callejones en declive o con escalinatas, llegamos a un punto donde ocurrió una anécdota que hizo evidente un aspecto que, en lo personal, me hizo sentir incómoda.

Sucedió que uno de los integrantes de la tuna pidió a los asistentes que nos separáramos en dos bloques: hombres y mujeres. El propósito era llevar a los hombres por una ruta aparte y conducir a las mujeres por otro callejón, hasta llegar a un punto donde se llevaría a cabo una especie de serenata (un gesto romántico, realmente). Años atrás me habría unido al contingente femenino sin chistar, sin pensar en que, como persona intersex, mi cuerpo y mi identidad de género son construcciones clínicas y sociales desde el momento en que nací. Pero esta vez algo en mí respingó, y era el hecho de que dos de mis amigxs eran personas ínter con rasgos andróginos. Sin hacer bulla, se integraron al contingente de los hombres, y mi otra amiga, que como yo se identifica como mujer en el tema del género, nos integramos en el bloque femenino. Mi amiga me hizo una observación: — ¿Y las personas ínter qué hacemos? —. Lo hizo en un tono tranquilo, era claro que no lo tomaba personal, pero lo mismo las dos nos sentíamos preocupadas por la integridad física de nuestrxs amigxs, a quienes habían llevado en el otro grupo. Pensé que no era justo que tuviéramos que preocuparnos por su integridad. Ellxs se habían ido con los otros hombres. Eso era todo. Pero entonces, ¿por qué era que teníamos que sentirnos mortificadas por su seguridad? Eso me remontó a los numerosos testimonios de personas intersex que dan cuenta de las veces que sufrieron agresiones verbales e incluso físicas por entrar al sanitario de hombres o de mujeres, y de la zozobra de tener que enfrentarse a ser agredidxs o humilladxs si la reacción de las personas en el sanitario al cual optaran por entrar fuera la de cavernícolas amenazados por una bestia salvaje. Dicho de otra forma: el precio a pagar por sufrir la reacción al temor a lo diferente, ignorando por esos miedos el hecho ineludible de que se trata de seres humanos.

Y no era sólo una ocurrencia mía: ese mismo día dos de mis amigxs se tuvieron que acompañar al sanitario de mujeres para que unx (de rasgos femeninos según lo socialmente esperado) protegiera al otrx (de aspecto más andrógino) de cualquier posible agresión como las que ya se habían suscitado en otras ocasiones.

Al final, lo tomé con calma. ¿Por qué habríamos de temer un desaguisado en un evento cuya intención es pasarla bien todos, sin distingo de rasgos, de género, de edades, de creencias, de nada? Era, después de todo, un momento para disfrutar. Desafortunadamente, no pude evitar percatarme que en algunas bromas de los integrantes de la tuna había elementos misóginos y homofóbicos al llegar al conocido Callejón del Beso. Claro que no sería justo acusar a nuestros guías de serlo, porque tampoco es justo juzgar a un grupo de personas por solo haber pasado una hora con ellas. Pero sí es un síntoma real de que en nuestra formación como personas, incluso en el entorno tolerante y progresista de una ciudad llena de historia y cultura como Guanajuato (como lo es en otras ciudades, más grandes pero del mismo talante como Guadalajara o la Ciudad de México a tal fin), persiste ese pensamiento machista, por muchos hombres malinterpretado como su derecho a comportarse según las conductas heredadas de siglos atrás endulzadas bajo términos como “caballerosidad” u “hombría”, pero que en realidad sostienen principios de dominación (a toda costa) sobre el resto de la sociedad, a dictar e imponer normas que les permitan sojuzgar la libertad de quienes no somos hombres (o de quienes no son hombres según sus estándares), sobre quienes no nos ajustamos a esa concepción binaria de género y que representamos una transgresión a ese sistema.

Con todo, no fue una mala experiencia. Mis amigxs me hicieron ver que no se habían sentido intimidadxs o en peligro. Estoy segura que me gustaría volver a una callejoneada en una ocasión futura. Quizá con una tuna o estudiantina diferente.

Solo deseo que, un día, nadie tenga que sentirse preocupado por un ser querido cuyo cuerpo es diferente a lo que otros siguen esperando que seamos.

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