Memoria intersex, 2019

La intersexualidad funciona como un orden donde el secreto es el trabajo imperativo. Secreto de lo fallado, secreto en la novela familiar que esconde, en la mayor parte de los casos por consejo médico— la historia de la intervención sobre los cuerpos […] Las intervenciones quirúrgicas intersex suelen ser prolijamente olvidadas en historias clínicas vedadas a los pacientes durante la mayor parte de sus vidas, como si la cirugía perteneciera a una prehistoria de los sujetos, a un tiempo tan mítico y tan velado como la misma existencia de los hermafroditas en el imaginario de los pueblos.

Mauro Cabral. Pensar la intersexualidad, hoy. (2008) [cursivas mías]

El 8 de noviembre culmina la quincena de la visibilidad intersex. En esa fecha se conmemora el natalicio de un personaje que resulta casi legendario en cuanto ha sido nombrado por tantas personas desde que Michel Foucault le rescató de la niebla del tiempo y del olvido. Un 8 de noviembre de 1838, nació Herculine Barbin, célebre en su tiempo a causa del escándalo que produjo el descubrimiento de su corporalidad no normativa. A este día, la página de Wikipedia en español describe a Herculine como una persona intersexual, aunque esta definición es errada. Herculine no fue una persona intersexual; en realidad, Foucault la nombra como hermafrodita, porque el lenguaje jurídico de su época así la describió, a partir de la incipiente mirada clínica en torno a los cuerpos que quedaban relegados de las nacientes fronteras del sexo. Si Herculine hubiese nacido en la segunda mitad del siglo XX, indudablemente habría sido una persona intersexual. La diferencia es simple: la intersexualidad es el producto de una época específica, la urgencia de estabilizar a los sujetos con base en narrativas de la reproducción y a partir del lenguaje científico con que el discurso biomédico se arrogaba la verdad sobre el sexo y la sexualidad humana, como si lo social le fuera ajeno, como si estuviera por encima de los sesgos y los prejuicios de su tiempo. Si Herculine hubiera nacido a mediados del siglo XX, los médicos habrían mutilado sus genitales y le habrían asignado un sexo acorde al alcance tecnológico de su época, muy probablemente el sexo femenino. A Herculine se le habría mentido sistemáticamente sobre la necesidad de las cirugías, y a sus padres se les habría obligado a mudarse de Saint-Jean d’Angély a otro lugar donde pudieran empezar de cero, para que la gente no murmurara sobre su hija. Claro que si hubiera nacido en la metrópoli francesa, probablemente el consejo médico no habría llegado a ese extremo; total, que en una ciudad de millones, a nadie le importa realmente la miseria de unx. Herculine habría crecido con la sensación de que algo no estaba bien, pero no habría sido capaz de enunciar ese malestar ni de identificar su origen. Quizás un día, Herculine habría decidido hacer las preguntas que su cabeza y su piel ya no podían contener, y habría recibido evasivas o verdades a medias; como a muchxs de nosotrxs, su expediente le habría sido negado.

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Quién sabe si Herculine sería de esa silenciosa mayoría de la que se ufanan los médicos porque habría decidido guardarse sus dudas y aceptar con resignación la vida que le permitiera la intervención médica hecha sobre su cuerpo —con las limitantes que estas producen en la experiencia fenomenológica de los cuerpos intersexuados—; o sencillamente habría optado por acallar sus dudas poniéndose un revolver en el paladar. Un caso de éxito.

O quizás Herculine, en un [no tan] inesperado giro del destino, habría decidido convertirse en el escándalo al que, finalmente, estaba destinada a convertirse. Quizás Herculine habría intentado denodadamente encontrar respuestas. Quizás Herculine habría buscado a su gente, su pueblo: aquellas otras criaturas, aquellas jóvenes que, como ella, habrían sido intervenidas de sus características sexuales sin que ellas lo consintieran. Su gente, es decir, el 0.05%, o el 1.7%, o el 4%, qué más da, habría derribado el mito de su tiempo, el mito propagado por el discurso biomédico que dictamina que “somos un caso en un millón”, que “es mejor que no hables de ello”, y que “nunca vas a encontrar a nadie como tú”. Quizás Herculine habría sido la primera activista intersex en Francia, en Europa, en el mundo Occidental, en todo el planeta, quién sabe.

Herculine, sin embargo, no pudo vivir este destino porque le tocó nacer en un mundo donde las leyes medievales se entretejían con el naciente poder de la institución médica. Herculine, devenido Abel por mandato canónico y secular, pensó que había encontrado la verdad de si mismo en la reasignación social de su sexo, pensó que, al final, había encontrado su camino. En cambio, Abel encontró que no había nada qué encontrar. Que el mundo no tenía lugar para él, que las delicias a las que había aspirado como Herculine le estaban vedadas. Abel puso fin a su vida, sin contar con más de treinta años, y todo lo que tenemos hoy es su recuerdo, y su constante evocación en las reflexiones de académicos de todo orden. Parece que, hasta muertx, Herculine/Abel no pasa de ser una anécdota; su sufrimiento le es ajeno a quien se vive desde la armonía de no haber tenido su sexo cuestionado por la apariencia genital al nacer, o por un desarrollo corporal inesperado en la pubertad. Ese es el privilegio endosex. [La gente que rechaza la etiqueta cis también rechaza, sin saber de su existencia, la etiqueta de lo endosex, pero es claro: un blanco no sabe que es blanco, sino que es el sujeto universal, blanco es algo que un no-blanco diría de él.]

El 8 de noviembre se conoce como el día de la solidaridad intersex, pero también como el día de la memoria intersex. Prefiero esta acepción, porque si bien la solidaridad denota un ser-desde-la-empatía, una capacidad de vincularse desde el sentir y, en virtud de ello, desde la posibilidad de actuar con un sentido político más o menos claro, pasa por alto que Herculine no es ejemplar para lxs demás. Es decir, que Herculine no pidió ser el ejemplo de nadie, ni el estandarte de una lucha, menos aún el caso clínico en que se le convirtió durante las décadas siguientes a su muerte, o en el caso académico sobre el que se ha hablado del biopoder o de la matriz heterosexual. No que yo le esté haciendo mayor justicia; su vida y su muerte también puede sensibilizarnos para reflexionar sobre el hecho de que la intersexualidad es un fenómeno producido desde la segunda mitad del siglo XX en nombre de la mentira que representa el dimorfismo sexual sobre el que se ha naturalizado el sexo y sobre el que opera el género en las sociedades occidentales y de su esfera de influencia. Pero, ante todo, rememorar las vidas que han sido trastocadas, que mayormente se dan en el silencio; vidas que han podido hacerse paso no gracias a las intervenciones sino pese al desconocimiento del origen del malestar con que se viven sus cuerpos con cicatrices que se han vuelto indescifrables; pero también rememorar las vidas que se han perdido porque ese malestar se volvió tan insufrible que solo el silencio final les permitió acceder a la paz negada.

La memoria intersex es la memoria de que somos seres que estamos dejando el testimonio de nuestro paso por este mundo, y de los crímenes que se cometieron en nombre de la norma cis y heterosexual, sobre nuestros cuerpos infantiles y juveniles. Es la memoria colectiva que estamos articulando desde distintas partes del mundo, en distintas lenguas, distintas voces, distintas experiencias. La memoria intersex nos permite re-membrar lo que ha sido mutilado, que no es solo el cuerpo amenazante por el faloclítoris inapropiado en una niña o el hipospadias inaceptable en un niño; re-membrar, también, las historias rotas y silenciadas a las que hemos sobre-vivido, y poder así proyectarnos un futuro donde, lo único seguro, es que no volveremos al silencio ni al olvido.

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