2019 y otras formas de ser

En mi discusión sobre la subjetividad, la intersubjetividad y la objetividad, la perspectiva y la percepción, lo natural y lo social, el cuerpo y la metáfora y su papel en la teoría […] me he esforzado en difuminar los contornos duros y rápidos. Mi intención no es dejar que todo el pensamiento se reblandezca sino más bien crear zonas de ambigüedad focalizada, insistir en que los “diversos puntos de vista” cuando se examina el mismo objeto no son opcionales sino necesarios. Para mí, ambigüedad no es un término pobre sino rico.

Siri Hustvedt, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres

31 de diciembre de 2019: un ciclo solar más que termina. Pienso en lo que este año hemos logrado desde el esfuerzo colectivo en México, y en la visibilidad que ha cobrado la intersexualidad. Pienso que nada de ello sería posible si no fuera porque hemos roto con el mandato del silencio y de la vergüenza que se impuso a nuestras familias, que condicionó nuestras infancias y juventudes. La marca de haber sido nombradxs “ambiguxs”, de forzarnos a calzar en una casilla llena de estereotipos, de cortar y coser nuestros cuerpos para borrar cualquier duda. Pero no se dieron cuenta que, en hacerlo, crearon aquello que hoy evitan nombrar: la intersexualidad es la construcción médica del género, como ya lo apuntó Suzanne Kessler. Pocas feministas en lengua española la han leído, y es una pena, porque la futilidad de muchos de los debates sobre la verdad ontológica de la categoría “mujer” cifrada en marcadores biológicos quedaría expuesta si se le leyese y pensara con detenimiento. Sin duda, es un problema que nunca se la tradujo al español. (A este respecto, es fascinante que Lessons from the Intersexed, de 1998, siga teniendo tanta potencia analítica y vigencia social, más allá de los cambios y devenires propiciados, para bien o para mal, por las personas y las organizaciones intersex mencionadas en él; quizás no sea tarde para hacerle una traducción muy necesaria). Me enfoco en el feminismo, ese entramado interdisciplinar y epistemológico tan denostado y al mismo tiempo tan peleado en la actualidad, porque desde ahí he estado pensando últimamente la intersexualidad, y porque ahí existe una gran oportunidad de analizar crítica y seriamente la manera en que se entreteje el género con nuestros cuerpos, más allá de las fórmulas dicotómicas requeteconocidas que equiparan sexo con naturaleza y género con cultura, fórmulas que fueron útiles en un tiempo, pero que hoy son insuficientes para entender cómo nos configuramos como hombres y como mujeres. A grandes rasgos, Kessler expone cómo la existencia de cuerpos considerados “sexualmente ambiguos” viene a cuestionar nuestros criterios de la masculinidad y la feminidad, y cómo su intervención quirúrgica sirve para reforzar no solo la creencia de un dimorfismo sexual universal sino las fronteras mismas del género, justificándose en la necesidad de que ese niño o esa niña se adapte a un mundo que está moldeado por el género y el orden dimórfico sexual que el género precisa, en sociedades de corte occidental, a partir de la segunda mitad del siglo XX.

22 años después de su análisis de la intersexualidad (sobre la que la biomedicina, su inventora y custodia, luego habría de reafirmar su autoridad epistémica al rebautizarla como trastornos del desarrollo sexual; en México, hay distintos apelativos que siguen esta tendencia unificadora, pero es más común encontrarse con el mote anomalías de la diferenciación sexual), aún estamos lejos de la consolidación de un proceso que conduzca a una transformación de la mirada sobre los cuerpos sexuados. En especial, el retroceso que supone basar la feminidad en códigos sociales o cientificistas (léase, en estereotipos o en creencias articuladas en un lenguaje biomédico desfasado), presente en los debates actuales, impide concebir otras formas de ser mujer, lejos de convenciones taxonómicas. Pienso muy en especial en aquellos médicos que le dicen a mujeres intersexuales que poseen cromosomas XY que son varones “genéticos”, como si el uso de este adjetivo calificativo encerrara una verdad inobjetable pero higiénica, la de que no importa cuán “femeninas” sean, esencialmente nacieron hombres. Una afirmación así, pensada como “objetiva” desde el conocimiento popular que reduce la feminidad a unos ovarios y a un útero (o, peor aún, a una vulva o a unos cromosomas XX), representa una violencia de un alcance incomprensible para quien desde su privilegio normativo pretende invalidar cualquier verdad que solo puede encontrarse en el lugar subjetivo de quien ha sido parida, criada, querida y educada como una mujer, y para quien ser mujer no había sido una cuestión que precisara la opinión en foros públicos o la imposición de un sistema de clasificación en el que lxs demás tuvieran que participar decididamente. Que seamos criaturas inmersas en la sociedad, que desde y a través de nuestros cuerpos estemos en continua interacción con otras personas, no justifica ni la violentación de nuestra integridad física en nombre de la comodidad epistemológica de quienes se piensan dueñas y dueños de las llaves de la verdad última sobre el ser mujeres o el ser hombres, o como si solo las violencias que vivimos nos definieran. En ese sentido, puedo entender una parte del argumento de quienes determinan que el ser mujer está en función de narrativas que restringen antes que de narrativas que constituyen (por ejemplo, la violencia en las calles, las violaciones, los feminicidios); pero no comparto la idea de que ahí radique el núcleo del ser, sino que ello constituiría, más bien, un ser en momentos discretos, aproximaciones experienciales a un ser que no es inmanente sino resultante de una dialéctica interminable materializada en los cuerpos que nos constituyen. Análogamente las personas intersexuales son a causa de la mirada que pone la duda, que inventa la ambigüedad en nuestros cuerpos. Pero a diferencia de la categoría mujer, que históricamente es sexo-genérica, la categoría intersexual, contrario a lo que el sufijo sugeriría, en esta época y en sociedades occidentalizadas, es una categoría exclusivamente epistemológica, de una experiencia corporal donde las categorías sexo-genéricas son puestas a prueba por la realidad material del proceso de diferenciación sexual, y se entrama o se intersecta con las categorías de hombre y mujer. Por esto es que una persona intersexual entenderá mejor que nadie que hay más elementos en la configuración de ser hombre o ser mujer que estereotipos sobre la masa muscular, sobre el vello corporal o la presencia o ausencia de sangrado menstrual. Una mujer intersexual sabe mejor que muchas otras mujeres la violencia que implica ser mujer, porque materialmente le han cortado el cuerpo, cosido la piel, extirpado los órganos y bombardeado de hormonas exógenas sin su consentimiento, y supuestamente siempre en el interés superior de la infancia.

Tampoco clamo tener la verdad final sobre lo que hace mujer a una mujer, u hombre a un hombre. Algunas personas intersexuales incluso me han llegado a decir que no se piensan ni hombres ni mujeres, aun cuando su identificación oficial lleve uno u otro marcador de sexo, aún cuando tienen al resto del mundo cuestionándoles diariamente, incansablemente, que cuándo se van a decidir; que por qué no se depilan para parecer más femeninas; que por qué orinan sentados y no de pie; en fin, metiéndose en lo que no les incumbe. Lo que sí clamo es que, en vez de pelear por tener la razón, peleo por el reconocimiento de otras múltiples e inacabables formas de ser en el mundo.

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