Lxs niñxs están bien

Una de mis mayores preocupaciones cuando pienso en los bebés intersex es la maraña de emociones encontradas que experimentan sus padres cuando sus hijxs son diagnosticadxs. Siento una propensión inmediata a ponerme en su lugar y pensar en cómo ayudarles a canalizar sus sentimientos y sus temores, y prevenirles de tomar una decisión irreversible.

Una decisión que, además, realmente no les corresponde tomar.

Cuando yo nací, mis padres no tenían mucha noción de que las decisiones que tomaron en nombre mío fueran las “correctas”. Ser padre de familia es una responsabilidad inmensa. Ya no se trata de ti; todo gira en torno a tu(s) hijx(s). Y por tal razón, cualquier decisión puede ser una espada de doble filo para su bienestar presente y futuro. Es difícil prever los resultados, sin importar cuán bienintencionadas sean las acciones que realizas. Tal fue el caso de mis padres: creyeron de corazón que actuaban bien, porque actuaron desde el amor. Pero también desde el temor. Carecían de información, sólo existían los prejuicios y  nadie estuvo ahí para asesorarlos, aparte de los “expertos”, quienes los urgieron a seguir sus recomendaciones. Mis ovotestes “potencialmente cancerígenos” fueron extirpados, y mis genitales “ambiguos”, operados para lucir y funcionar de forma “normal”. Esa era la forma de ver las cosas en ese tiempo, y solo puedo imaginar la angustia y la desorientación que sintieron. Y el alivio momentáneo, mientras era muy pequeña, porque “no me daba cuenta”.

Hace unos meses, en una de las ocasiones que volvimos a abordar el tema de mi nacimiento (ya con más serenidad, en comparación con la primera vez que fue tan tormentosa), mi madre confesó haberse sentido culpable por la posibilidad de haber tomado la decisión equivocada. Por otro lado, reconoció que en ese momento no tenían a nadie más a quien recurrir. Solo muy pocas personas en la familia supieron, porque de verdad, ¿cómo soportar el peso de un secreto así? Hoy me resulta simple argumentar que esto no tiene por qué ser un secreto; que solo era que mi cuerpo era distinto, y que no había nada de qué preocuparse. Que el estigma lo podemos terminar nosotrxs mismxs, dando visibilidad a la intersexualidad, acabando con prejuicios, educando, informando.  Pero dado que los “expertos”, es decir, los médicos, solo vieron una patología en mis características sexuales, la noción germinó en la mente de mis papás, succionando la felicidad de mi nacimiento y convirtiéndola en preocupación, ansiedad, desconcierto, y miedo. Mucho miedo.

Y percibo que en el presente, en esta latitud del mundo donde los prejuicios en torno a la diversidad humana perviven, donde asumir la diferencia te pone incluso en riesgo de muerte, muchos padres, incluso aquellos que han buscado ayuda y que han recibido información, siguen llevando a sus bebés a la plancha, arrebatándoles el derecho a decidir solo porque no conciben que el cuerpo de sus peques sea diferente a lo que ellos estaban esperando.

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De la campaña “Libres e iguales” de las Naciones Unidas para la Visibilidad Intersex

Crecer siempre ha sido complicado. En este mundo polarizado (que siempre lo ha sido, solo que apenas hoy cobramos consciencia de ello), la sensación de vivir en medio de una creciente violencia nos hace buscar un refugio. Esta necesidad es fundamental en el caso de muchos padres de familia, que perciben cómo la sociedad solapa y a veces hasta promueve la intimidación y la agresión hacia los niños que son distintos,  a manos de otros niños y de adultos intolerantes que creen que se rigen bajo principios morales cuando realmente sólo se conducen por prejuicios y creencias dogmáticas. Idóneamente, los padres tratan de ayudar a sus hijos a superar estas dificultades a fin de que su vida no sea más complicada de lo que de por sí la vida lo es. Ahora agreguemos el elemento intersex a las vivencias de esx niñx. ¿Cómo brindarle seguridad sobre si mismx, cómo enseñarle a defenderse en la vida? Todavía mi madre me pide encarecidamente que me cuide, porque sabe que tengo potenciales problemas de salud en un futuro, debido a los procedimientos a los que fui sometida. Pero me lo pide también porque desea mi seguridad física, porque sabe que afuera hay personas que se dejan llevar por el miedo y la intolerancia. No es ingenua: ha vivido el tiempo suficiente para saber que el mundo es un lugar tremendamente complejo, y en el cual hay muchos horrores. Pero confía en mi. ¿Acaso no es eso lo más valioso?

Solo puedo pensar que la seguridad de un niño proviene de la completa aceptación de sus padres a lo que constituye la esencia de su persona. Y el cuerpo, la experiencia de vida que el cuerpo nos proporciona, es especialmente importante en lxs niñxs intersex. Uno puede desear protegerlos todo el tiempo, toda la vida. Lo sé porque lo he vivido. Pero al final, unx tiene que vivir la vida por unx mismx, y defenderse a sí mismx, y pavimentarse su propio camino a la felicidad y a la plenitud. ¿No es ese el deseo final de un padre de familia?

Algo muy aparte es la atención médica que merezcan las condiciones específicas asociadas a ciertas variantes intersex. Por ejemplo, en los casos de HSC en forma perdedora de sal, donde realmente la salud (y la vida) de la criatura está en juego. Pero es importantísimo aprender a distinguir entre lo que son situaciones de salud y los temores que surgen por la diferencia en las características sexuales. Es decir, aprender a distinguir entre preocuparse por atender la salud de unx niñx intersex, y a desprenderse de prejuicios y miedos sobre las diferencias completamente sanas y naturales de su cuerpo.  

La base de un cambio real reside en la confianza que tengan los padres de los bebés intersex al recibirlos entre sus brazos. Desde ahí se puede avanzar mucho, en la medida en que la comunidad médica persiste en su cerrazón, y un cambio inmediato a nivel social resulta utópico. En cambio, la confianza de los padres de familia acerca de la diferencia de su bebé intersex, completamente saludable y natural, puede ser construida  de muchas formas, dejando así una marca positiva en la vida de esa familia. Pese a que existe mayor difusión, sigue faltando que los padres entren en contacto con personas que, de forma positiva y con empatía, les confieran la sensación de respaldo y comprensión, y les acompañen durante el proceso de externar sus miedos, preocupaciones, sentimientos encontrados, a fin de ayudarles a cobrar consciencia de que su bebé está bien como ha nacido. Si bien hay un montón de barreras sociales que habrán de atravesar, es necesario que consigan comprender que siempre va a haber una barrera que queramos evitar. Pero en lo que toca a su persona, es mejor entonces abordar el tema con aceptación, bien informados, amorosamente y con la certeza de que uno no tiene que adaptarse a la miopía de la sociedad sobre el cuerpo de su bebé. Aprendiendo así, de paso, a apreciar las infinitas posibilidades que surgen desde la aceptación total de la diversidad humana.

Etiquetas

En nuestros días es común el uso de etiquetas para referirnos a las personas, definiéndolas por lo general con base en uno o varios aspectos de su persona. Un ejemplo simple es referirse a Zutano como un holgazán, sólo porque es una persona de poca energía y que tiende a dormir muchas horas. No importa si Zutano es una persona dedicada y responsable, “holgazán” deja de ser adjetivo para convertirse en sustantivo, y de paso denostarle por la connotación peyorativa del término.

En una charla con una persona hace unos días, abordamos el uso del término intersex intersexual para referirnos a las personas que hemos nacido con un cuerpo con una variación intersexual. Me preguntó: “¿No es un término peyorativo? Porque por ejemplo yo soy heterosexual, y no me gusta que me anden diciendo que lo soy.” Obviando el aspecto de que la heterosexualidad es una orientación sexual, comprendí lo que trataba de sacar a relucir: ¿por qué ciertos individuos afirmamos, a veces con orgullo y a veces en voz baja, que somos intersex, o intersexuales? ¿Acaso no nos basta saber que somos personas? Algo similar surgió durante la capacitación en Conapred en noviembre pasado; una de las personas de atención a quejas, intentando reconocer el valor del grupo que acudimos a dar nuestro testimonio, comentó que no debería importar que seamos intersexuales, al final todxs somos personas. Finalmente, en la sesión de la tarde se dio un acercamiento de una participante, y su comentario iba en la misma tónica: no debería ser importante nuestro origen social, nuestra preferencia sexual, nuestro color de piel, etcétera, sólo debería importar que somos personas.

El tema no es sencillo, y no espero agotarlo en esta publicación. Pero creo que es importante abordarlo, por su trascendencia. Aquí vamos:ETIQUETAS.jpg

Debido a la transgresión a la concepción social de “sexo igual a género” que implica la manifestación natural de nuestros cuerpos diversos, resulta muy fácil (en el contexto de una civilización occidental que sigue debatiéndose en la lucha por la libertad del ser humano) ser el blanco de definiciones dadas por otros. Al caer el siglo XIX, el término hermafrodita comenzó a emplearse de forma repetida para referirse a nosotrxs como individuos por parte de los médicos de la Inglaterra victoriana; y por ahí de la década de los años 50 del siglo XX, cuando la mirada de la sexología se topó con nosotrxs (nombre clave: John Money, más sobre el tema en futuras entregas), surge el término intersex como una alternativa menos ofensiva pero no por ello menos estigmatizadora, por lo menos dado el momento histórico que se vivía (es importante mencionar que la intersexualidad era hasta hace apenas 36 años un tema abordado de forma exclusiva por la mirada clínica, hasta que surgió el grueso del movimiento activista intersexual); en 2006, surge un nuevo término, probablemente el más desafortunado de todos en la medida en que parece haber sido el intento más bienintencionado hasta ese momento por mitigar el estigma social, pero sin renunciar, por desgracia, a ese enfoque médico que insiste en mirar la intersexualidad como un tópico clínico, una patología, en vez de reconocer que se ha convertido en un tema de derechos humanos y de reconocimiento de la diversidad natural del cuerpo humano, más allá de los problemas de salud reales que puedan asociarse a las variaciones intersexuales. Dicho término fue el de trastornos desórdenes en el desarrollo sexual (DSD por sus siglas en inglés). Este término, que supone que la sexualidad humana manifestada en cuerpo e identidad está restringida a la dicotomía masculino-femenino, fue muy pronto rechazado por muchxs otrxs activistas intersex, y de repente, de forma irónica, el término que había tenido una carga desfavorable adquirió un nuevo significado y una nueva connotación. Intersexual se volvió un término más humano y menos clínico. Esto representa todo un acontecimiento, pues se trata de una re-apropiación del término desde nuestra óptica, no de la de otros. El acto en sí representa una afirmación de nuestra experiencia corporal, independientemente de si nuestros cuerpos han sido intervenidos o no.

Ahora bien, ¿hasta cuándo seguiremos llamándonos así? Mi humilde opinión es: hasta que deje de ser necesario. El primer propósito del activismo intersex es conseguir que la comunidad intersexual tenga visibilidad, que sus voces y sus demandas por el respeto a sus derechos humanos se escuchen, y a partir de un diálogo constructivo se propicie la creación y modificación de mecanismos legales y oficiales que refuercen y protejan nuestros derechos. La etiqueta resulta necesaria para que se dé esta visibilidad. Sin embargo, si nos ponemos a pensar en el proceso que implica la fabricación de los mecanismos mencionados, la etiqueta sale sobrando. Nadie espera que una norma oficial o una ley defienda el derecho de los intersexuales a tener autonomía sobre su cuerpo desde el momento de su nacimiento; lo que se espera es una ley que defienda el derecho de las personas a tener autonomía sobre su cuerpo, incluso desde su nacimiento.

Una vez que los derechos que hoy son vulnerados una y otra vez en las clínicas y hospitales por parte de médicos que se arrogan el derecho de modificar el cuerpo de un bebé intersexual perfectamente sano, bajo la racionalización de que es necesario asignarle un género e intervenir el cuerpo para que su desarrollo sexual sea congruente con el entendimiento heteronormativo, o con el argumento de mitigar la ansiedad y la preocupación de padres de familia sobre la identidad de género y/o la orientación sexual y/o el aspecto físico de sus hijxs; solo entonces parece admisible que la etiqueta intersex caiga en desuso, como el recuerdo de una época de desfase entre las prácticas médicas surgidas en la mitad del siglo XX y los avances en derechos humanos del XXI.

LGBT…¿I?

ADVERTENCIA: este es un artículo en el que intento manifestar mi opinión particular sobre el por qué la intersexualidad no es un elemento de la diversidad sexual que engloba el acrónimo de la comunidad LGBT, y el por qué debería ser visible por sí sola.

ADDENDUM: El presente texto fue actualizado el 8 de diciembre de 2016 para enfatizar los aspectos particulares del activismo intersexual y facilitar su entendimiento y divulgación.

Hablemos, pues.

Durante la capacitación en materia de intersexualidad que se dio al personal del Consejo Nacional para la Prevención de la Discriminación (http://www.conapred.org.mx), surgió una inquietud que hasta antes del foro parecía algo obvio, pero que desde entonces se tornó necesario repensar: en la Ciudad de México existe el acrónimo LGBTTTI (Lésbico, Gay, Bisexual, Transgénero, Transexual, Trasvesti e Intersex), el cual sirve para englobar y visibilizar a los grupos de la diversidad sexual. Sin duda esto ha ayudado a que algunas personas comiencen a familiarizarse con el término “intersexualidad”. Lo cuestionable es que este enfoque tiende a generar más confusión que certeza. La percepción original de muchos de los asistentes al foro era que la intersexualidad era una componente más de la diversidad sexual, entendida como una orientación sexual o como una identidad de género. Al término del evento la comprensión fue otra, más próxima a la realidad: que la intersexualidad no es una orientación sexual, ni un género, ni una identidad ni rol de género; que si bien los temas de identidad de género y orientación sexual son afines al resto de la comunidad LGBTQ, nuestra verdadera pugna es por el pleno respeto a nuestros derechos humanos y el reconocimiento a la autonomía corporal. Es decir, que se trata de tener decisión sobre las características biológicas que hacen diferentes a nuestros cuerpos, y del trabajo a nivel social para visibilizar esa heterogeneidad natural del cuerpo humano, así como de detener la intervención que se hace sobre nuestros cuerpos a edades tempranas con el simple propósito de mitigar la ansiedad social que provoca el que nuestros cuerpos no encajen en la definición binaria típica que vincula sexo y género como aspectos indisolubles, perpetuando así, de forma violenta e irreversible, lo que supuestamente tratan de evitar: el estigma y la discriminación contra lo que es diferente.

El debate que propongo sobre la inclusión de la “I” en el acrónimo del colectivo parece ocioso. Durante años, la comunidad LGBTQ ha hecho enormes avances en la lucha por el reconocimiento de los derechos humanos y la validación de los derechos civiles de sus integrantes, algo que debería ser obvio para cualquier persona dentro de una sociedad que se proclama libre y democrática. En este artículo no intento en absoluto minimizar esa lucha, pues respeto y agradezco su valor y los resultados arrojados tras varias décadas; sin duda existen numerosos puntos de intersección entre las aspiraciones de los individuos que conformamos la comunidad intersex y las oportunidades abiertas gracias a años de diálogo y de pugna.

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No deja de haber un sentimiento de solidaridad hacia el movimiento LGBTQ puesto que sus vivencias son comunes a las de muchas personas intersex: por ejemplo, aquellas que tienen experiencias de vida trans y queer, y que optan por una identidad de género diferente a la asignada al nacer, o que disfrutan de una experiencia andrógina plena, o que acuden libremente al quirófano para transformar sus cuerpos y vivir una vida que puede igual seguir siendo queer o completamente cisgénero. Asimismo, otras personas, asumiendo libremente la etiqueta desde un entendimiento cisgénero de su propio cuerpo, tienen orientaciones heterosexuales, bisexuales y homosexuales. Finalmente existen los que eligen vivir sin ninguna etiqueta, experimentando su sexualidad libre y sanamente, asumiendo un rol de género implícito y a veces no, pero que no por ello dejan de reconocer el valor de la lucha de la comunidad LGBTQ. Pero la demanda de la comunidad intersex es específica: el derecho y el respeto a la autonomía del cuerpo desde el momento en que se nace. Esta demanda requiere un enfoque muy concreto hacia la comunidad médica y la sociedad en general, porque implica rediseñar normas médicas y marcos legales. El movimiento intersexual surgió como una respuesta de los individuos intersex ante el enfoque clínico (que perdura hasta nuestros días) promovido por sexólogos, urólogos y endocrinólogos, entre otros especialistas, a partir de la década de los 1950s (Karkazis, 2008). Dicho enfoque ha buscado desde entonces la “normalización” de nuestros cuerpos diferentes, es decir, forzarlos a acoplarse a la definición típica de un cuerpo sexuado y un género específico, mediante cirugías, terapias hormonales y otros procedimientos clínicos. La lucha de la comunidad intersex no solo es por erradicar estos procedimientos, sino para transformar el paradigma binario de sexo y género. Considero que, así como muchos individuos intersex que se identifican con la comunidad LGBTQ se han beneficiado y participan de su activismo, los resultados del activismo propiamente intersexual serían igualmente benéficos para la comunidad LGBTQ; como ejemplo puedo citar la eliminación de la casilla de género de los documentos oficiales, pero va más allá: la posibilidad de que nuestra misma existencia replanteé la identidad de género, indistintamente del sexo biológico, ofrece una perspectiva liberadora para generaciones futuras.

Dicho lo anterior, estimo que es inexacto incluir a la intersexualidad como un elemento de la diversidad sexual, al menos como si se tratara de una identidad de género o de una orientación sexual, porque la lucha es por el propio cuerpo, y por la experiencia de vida que la autonomía del cuerpo conlleva, independientemente de la identidad de género que se asuma o de la orientación sexual que se viva. Asimismo, existe otro punto a considerar: más allá de que existe un amplio sector de la sociedad que comienza a aceptar la diversidad sexual, es necesario un desmarque inicial del estigma que acarrea la homofobia y el sexismo de una sociedad heteronormativa. Considero pertinente que así sea dado que uno de los propósitos iniciales del activismo intersexual es dar visibilidad a la comunidad, a su realidad, a sus desafíos y a su demanda particular; la falta de información, los prejuicios que perviven y los miedos que suscita el nacimiento de un bebé intersexual en la mente de los padres de familia por todo lo anteriormente citado es lo que termina arrojándolos a la plancha quirúrgica a edades demasiado tiernas, cuando los individuos intersex, siendo infantes, niñxs y adolescentes, se les arrebata el derecho a decidir, ya no digamos a opinar, sobre su propio cuerpo. Estos miedos y prejuicios se expresan en fórmulas como “no le puedo privar de un género a mi hijx, porque los niños son muy crueles”. Cuando decimos esto, perdemos de vista que los niños tienden a discriminar y agredir porque socialmente les enseñamos que es aceptable hacer a un lado a los “raros”, a los “pervertidos”, etc., aunque en el discurso digamos lo contrario. El hecho de insistir en vivir dentro de un modelo social de control y dominación es lo que facilita la discriminación y la violencia hacia lo diferente; estos son los aspectos que avivan el miedo de los padres de bebés intersex. Si no se hace visible primero que la “I” de LGBTQI no es ni identidad de género ni orientación sexual, y a continuación no comenzamos a educar en lo irracional de los temores en la mente de los padres de familia, la asociación de la “I” con LGBTQ no ayudará a los bebés por nacer.

Mi opinión personal es que la “I” de intersexualidad debería ser visible por sí sola, y que LGBTQ e I continúen beneficiándose mutuamente, incluso si luchando por aparte, en el contexto de la demanda por los derechos humanos y civiles. La bandera que nos hermana es la del reconocimiento a la diversidad del género humano. Hacernos a un lado como comunidad no significa ignorar la lucha de la LGBTQ, sino reconocer la especificidad de nuestras demandas, y los medios concretos para materializarlas.

Hermafroditas los dinosaurios de Parque Jurásico; yo soy intersex.

Haciendo algunas pesquisas para el blog, me he dado cuenta que esta publicación es necesaria y pertinente. Y es que hay mucha gente que sigue creyendo que existen hermafroditas dentro de la familia del homo sapiens sapiens, y le siguen preguntando a Google cosas que van de lo ridículamente divertido a la ignorancia más rampante.

Zanjemos el tema de una vez por todas.

Aún existen médicos, literatura médica y, lamentablemente, medios sensacionalistas que usan el término “hermafroditismo” para referirse a los integrantes de la comunidad intersex morbosamente (“¿Es cierto que Zutano es hermafrodita?“) y a la intersexualidad misma a través de una desafortunada definición patológica (“El hermafroditismo verdadero es una afección…“, “El pseudohermafroditismo se caracteriza por un defecto congénito…“). El uso del término se remonta al siglo XIX, por los médicos ingleses que, para describir sus observaciones, emplearon el nombre de Hermafrodito, hijo de Hermes y Afrodita en la mitología griega, de quien la ninfa Salmacis se enamoró y deseó tan fuertemente que pidió a los dioses que nada los separara, lo cual fue respondido, de modo muy creatrivo por esos dioses griegos, uniéndolos en un solo ser de dos sexos (al menos así lo describe Ovidio en su obra “Las metamorfosis”).

Pero volviendo al tema, creo que la única solución es abordarlo con seriedad de una vez y para siempre, y así descartar su uso inadecuado e inexacto.

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El hermafroditismo es una característica biológica presente en varias especies como los caracoles, las estrellas de mar, las tenias, diversos anfibios y una gran variedad de flores y plantas, por citar algunos ejemplos. Dichas especies pueden ya sea producir ambos tipos de gametos o células reproductoras necesarias para la fecundación, o bien cambiar de sexo de vez en vez para el mismo fin (¿recuerdan Parque Jurásico, cuando se dan cuenta que los dinosaurios han podido reproducirse debido a que tenían insertado ADN de anfibios que eran capaces de cambiar de sexo? Bueno, pues no era un invento de Michael Crichton, realmente hay especies de ranas que son hermafroditas).

Por lo expuesto en el párrafo previo, el hermafroditismo existe, pero no en el ser humano, ni en ningún otro de nuestros parientes del filo (phylum) de los mamíferos. El motivo por el cual persiste el uso anacrónico de este término es la presencia de genitales que no encajan en la concepción binaria del sexo, lo que se conoce como “genitales ambiguos”. Ya sea, insisto: por morbo, o por esa desafortunada terquedad, rayana en deliberada soberbia, de algunos miembros de la comunidad médica.

(Por cierto, ¿saben cómo comenzó la infamia de emplear el término “hermafrodita” para referirse a las personas intersexuales? Es una historia para otra publicación…)

La comunidad intersexual a nivel global recomienda enfáticamente NO emplear los términos “hermafrodita” ni “hermafroditismo” al referirse a la intersexualidad o a las personas intersexuales, debido a las connotaciones peyorativas del contexto en que han sido usadas durante largo tiempo. Bien es cierto que algunxs integrantes de la comunidad eligen libremente este término como parte de su identidad, o como desafío a la noción binaria del género, o como parte del activismo en pro de los derechos de las personas intersexuales. Sin embargo, sólo ellxs pueden referirse a sí mismxs de esa manera, y sólo ellxs pueden permitirte o no llamarles así.

Así que ya lo saben, si van a preguntarle a Google si Lady Gaga es hermafrodita, les ahorro el misterio: no lo es. Ahora, ¿quieren saber si es intersexual? Vayan y abúrranla con su pregunta.

El Informe del Relator Especial.

Muchos miembros de la comunidad médica y personas desconocedoras de los temas del activismo intersexual seguramente creerán absurdo que las intervenciones quirúrgicas realizadas en bebés, niñxs, adolescentes e incluso adultos intersexuales constituyan malos tratos e incluso sean equiparables a la tortura como práctica sistemática.

La realidad es que desde hace muchos años, décadas, siglos incluso, la comunidad médica se ha erigido como uno de los bastiones clave de la sociedad occidental y de las sociedades periféricas a ella (como, por ejemplo, las de nuestros países de habla hispana). No es una afirmación hecha a la ligera. En Fixing Sex: Intersex, Medical Authority and Lived Experience (Karkazis, 2008), la autora establece que el conocimiento biomédico ha sentado las bases para la distinción de los sexos, especificando las características que permiten clasificar al ser humano ya desde la era victoriana, a fines del siglo XIX, dando lugar así a la sociedad para que tenga elementos sobre los cuales reforzar sus nociones culturales y disipar su ansiedad sobre la composición del cuerpo humano en el juego de definiciones de género, de sexo, de deseo sexual y de comportamiento social. Tomando lo anterior como punto de partida, y sin ánimo de simplificar el dilema, es comprensible que la comunidad médica haya ganado un gran poder sobre la sociedad en lo que respecta a muchos temas concernientes a la salud, y el derecho a decidir qué corresponde a una categoría patológica y qué no, siempre desde su lente clínico. Pero como Leslie Jaye nos comparte en Quiero un lenguaje que hable con la verdad, la realidad es que muchos médicos siguen operando los cuerpos de las personas intersexuales, siendo ellos quienes en mayor medida deciden la conveniencia de asignar género y sexo heteronormativos (es decir, un género y un sexo que coincidan de acuerdo a la noción binaria de la sexualidad). Algún amigo un día me expresó su desacuerdo a una observación que hice, refiriéndome a dichos médicos como “personas con complejo de Dios”. Sería míope no reconocer que, en realidad, es a eso a lo que siguen jugando con los cuerpos de seres humanos cuya salud a veces pasa a segundo término por no tratarse de emergencias médicas (una gran mayoría de las características biológicas de personas intersexuales realmente no constituyen una amenaza a su salud o su vida, solo en algunos casos teniendo debidos cuidados). Queda de esta forma expuesta una realidad incómoda: que muchos médicos en países donde se han dado grandes avances en el reconocimiento a la autonomía del cuerpo de las personas intersexuales (y casi todos en otros donde apenas estamos luchando por ganar la visibilidad, que es el reconocimiento de nuestra existencia) siguen interviniendo sin tener el derecho a hacerlo, por más que las leyes (o las lagunas legales) vigentes y los prejuicios sociales los validen.

juan_mendez_-_chatham_house_2012El Informe de Juan E. Méndez, Relator Especial sobre la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, adscrito al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, fechado el 5 de enero de 2016, se enfocó en los casos de las comunidades lésbica, gay, bisexual, transexual e intersexual. Recomiendo ampliamente su lectura, debido a que ofrece una perspectiva inclusiva sobre la vulnerabilidad de estos grupos poblacionales, y cómo los prejuicios y los estereotipos pervaden de forma negativa sobre el comportamiento de grupos mayoritarios de la sociedad hacia nuestras comunidades.

Resalto a continuación los aspectos del informe que a mi juicio son de mayor interés para la comunidad intersexual:

  • A las personas intersexuales se les ha sometido a procedimientos involuntarios tales como tratamientos hormonales e intervenciones quirúrgicas de normalización genital bajo la apariencia de “tratamientos reparadores”. Desde la perspectiva puramente médica, estos procedimientos resultan ser rara vez innecesarios (si no es que nunca), que traen consigo dolor y sufrimiento físico y mental intenso y crónico, equiparables al alcance del relator, esto es, equiparables a la tortura y a malos tratos.
  • En muchos Estados, los niñxs con características sexuales que no se ajustan a la definición binaria (“caracteres sexuales atípicos”, debatiblemente los denomina el Relator) son sometidxs a prácticas irreversibles como operaciones de reasignación de sexo, esterilizaciones involuntarias e intervenciones cosméticas para normalizar sus genitales (es decir, ajustarlos a la imagen de lo que la sociedad espera que sea masculino o femenino), sin el consentimiento informado de los padres, ya por no decir de lxs propixs niñxs. Esto contribuye a su estigmatización, y conlleva un gran sufrimiento psíquico. En algunos Estados, por la prevalencia de tabúes y estigmas, se llega al asesinato de lactantes intersexuales.

Al final del informe, el relator enlista una serie de conclusiones y recomendaciones a los Estados miembros de la ONU, obligados a prevenir y combatir la violencia de género y la discriminación hacia las comunidades LGBT e I, dejando muy en claro que tales actitudes son equivalentes a tortura y malos tratos, presentes en contextos públicos (regulados por el Estado) y otros (privados, etc.) Una de las recomendaciones menciona que debe derogarse cualquier ley que autorice la intervención quirúrgica con fines de normalización genital forzada, o sin el consentimiento libre e informado del paciente (no paciente en función de padecer una condición patológica, sino paciente en función de ser tratado como tal).

No podemos, como sociedad, seguir cerrando los ojos a la realidad de que estamos permitiendo que nuestros miedos y prejuicios se impongan a los derechos de los intersexuales recién nacidos. El principal derecho de nuestra comunidad es el derecho a la autonomía del cuerpo, es decir, a decidir cómo vivirlo, a tomar parte de las decisiones sobre la pertinencia de cirugías cosméticas (llamadas “normalizadoras” por el relator). Mientras la inmensa mayoría de la comunidad médica niegue a reconocer la existencia de este derecho, se obstine en imponer su opinión particular sobre la asignación de género y de sexo, incluso persista en discriminar a los propios padres por su origen socioeconómico o formación académica para así justificar el sus acciones, y mientras la sociedad no vea y desconozca a la comunidad intersexual (o la conozca pero mire hacia otro lado para validar implícitamente y volverse cómplice de esta violación), seguiremos siendo testigos de más relatorías sobre este tipo, y seguiremos conociendo de historias de personas intersexuales aquejadas por las “atinadas” intervenciones padecidas y sus consecuencias físicas y mentales.

Intersexualidad: hechos.

Esta publicación es una síntesis de la Ficha de datos sobre intersexualidad de la ONU. Recomiendo su lectura detenida y su difusión.

Mi intención ha sido extraer lo esencial de dicho documento (que en sí es breve y conciso) para adentrarse en un aprendizaje serio sobre las distintas dimensiones a considerar sobre la intersexualidad.

No está por demás enfatizar que cuando hablamos de intersexualidad, hablamos de personas, seres humanos que viven su vida en la forma más productiva que pueden, superando los mismos obstáculos que el resto del mundo (y un poco más), con sentimientos y aspiraciones que deben ser respetadas.

Sugiero enormemente echar un vistazo a los enlaces dentro del texto, a fin de sensibilizarse aún más de los temas abordados por la ficha de datos.

  • Ser intersexual.

Las personas intersexuales nacen con caracteres sexuales y variaciones naturales del cuerpo que, en su conjunto, no se corresponden con la noción binaria del cuerpo humano (es decir, sólo femenino o sólo masculino). Estas características no siempre son visibles al nacer, por lo que muchas personas no descubren que son intersexuales sino hasta la adolescencia o incluso la edad adulta.

Los rasgos intersexuales no son tan raros como uno podría pensar: hasta 1,700 personas en una población de 100,000 los tienen.

Una persona intersexual puede tener cualquier preferencia sexual, e identificarse bajo cualquier género. O ambos. O ninguno.

En distintos grados, en todas las sociedades del mundo se estigmatiza y reducen los derechos humanos de las personas intersexuales tan solo por la percepción de que sus cuerpos son diferentes.

  • Integridad física.

Se ha hecho común intervenir quirúrgicamente y tratar médicamente los cuerpos de las personas intersexuales, con la intención de ajustar sus rasgos físicos a la definición estereotípica del cuerpo humano (masculino-femenino). Dichos procedimientos son irreversibles y se hacen a una edad temprana, sin que haya posibilidad de que la persona dé su consentimiento, a menudo forzando la decisión de los padres con argumentos sobre supuestos beneficios para la salud. La realidad es que dichos procedimientos se traducen en consecuencias tales como dolor, incontinencia, esterilidad, pérdida parcial o total de la sensibilidad sexual, y sufrimiento mental constante.

La integridad física es comprometida por estos procedimientos, los cuales son justificados por diversos factores culturales y creencias sobre la integración de las personas intersexuales a la sociedad, conforme a los estereotipos prevalecientes. Los Estados deben combatir efectivamente tales prejuicios.

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Libres e Iguales.
  • Discriminación.

Un aspecto a considerar es la práctica discriminatoria en distintos contextos, debido a que se considera que las personas intersexuales no se adecuan a las normas sociales de género. Se ven limitados así el derecho a servicios de salud, a servicios públicos, educación, empleo, deportes, etc. Los trámites en documentos de identidad oficiales también representan un factor que deriva en una práctica discriminatoria al forzar a elegir una casilla para “masculino” o “femenino”. Los profesionales sanitarios no suelen estar preparados para atender las necesidades de las personas intersexuales, lo cual también amenaza el respeto a la autonomía de su cuerpo. Atletas intersexuales de género femenino han sido sometidas a escrutinio por su condición intersexual, sin que esto aporte ni afecte su desempeño per se.

  • Protección y reparación.

Es necesario proteger los derechos humanos de las personas intersexuales de las violaciones que prevalecen. Así mismo, deben tener acceso a recursos efectivos que aseguren una compensación y reparación de los perjuicios.  No menos importante es la participación de personas intersexuales en leyes y mecanismos para aplicarlas que garanticen la protección de sus derechos, como casos recientes que se han dado en Australia y Malta.