De espiritualidad, (pseudo)ciencia y ateísmo.

Imagine there’s no Heaven 
It’s easy if you try 
And no Hell below us 
Above us only sky 

Imagine all the people 
Living for today

John Lennon. Imagine

Cada persona define la espiritualidad de una manera particular. Esto se debe a que la espiritualidad es una experiencia enteramente subjetiva. Más allá de dogmas religiosos, se trata de lo que uno percibe, de lo que trasciende a la mera anécdota cotidiana, de lo que brinda sentido a lo que hacemos.

Solitude-Calm-Nature-Sunset-Peace-Stillness-1207326.jpg

Yo no vengo aquí a hablar de dioses. Pese al título, tampoco vengo a promocionar el ateísmo. Solo soy una persona que, después de haber intentado encajar en una definición forzada del mundo, de los cuerpos, de orientaciones y de género, ha acabado por cuestionar de manera crítica los aprendizajes dogmáticos de la infancia, y alejarse de ellos por salud mental. No soy atea porque afirme con brutalidad que no existen los dioses. Pero tampoco encuentro ya razones para creer en ellos, fuera de que existan o no, ni mucho menos en las instituciones (me refiero en particular, pero no exclusivamente, a las cristianas, porque ese es el trasfondo del que provengo) que solo han controlado las mentes y las voluntades de millones de personas a lo largo de la historia a través de dos instrumentos: la culpabilidad y el miedo a lo diferente.

Todo este preámbulo es para abordar el tema de las necesidades espirituales de las personas intersex. Como seres humanos, también nuestras mentes poseen esa necesidad de creer en algo más. Las religiones, pero más a menudo los pastores y demás clérigos de la grey de cada una de ellas, tienen sus opiniones particulares. He sabido que hay quienes se obstinan en sostener que la intersexualidad no solo es una patología, sino el resultado de pecados que provienen de los padres. Incluso entre algunos budistas, con un pensamiento más flexible que el que proviene de Occidente, se plantea la posibilidad de que las personas intersex arrastremos una serie de consecuencias kármicas negativas que nos ha acarreado la condición corporal específica de esta existencia.

¿Quién podría asegurar dónde se encuentra la verdad?

Solo nos queda atenernos a los hechos: nacemos en el contexto de la naturaleza, no solo nosotrxs como seres humanos sino también en otras especies de mamíferos (casos del potro nacido en Ontario o de la leona en Botswana). Somos personas con características sexuales que desafían nociones sociales de género. Históricamente las sociedades recurren a las instituciones religiosas como punto de referencia para tener respuestas simples (que a veces terminan siendo simplistas) a inquietudes sobre el mundo y las amenazas que se perciben. Y nuestros cuerpos son una amenaza a conceptos que se suponen incuestionables. Es común encontrarse con gente que, con un lenguaje a menudo hostil, sostiene que un cierto dios ha creado solamente a hombre y mujer, y que todo lo demás son aberraciones o pecado, o incluso inventos de los medios o de ese fantasma esgrimido por esferas conservadoras de ciertos credos cristianos, al que denominan “ideología de género”, para englobar todo aquello que perciben como un atentado contra sus principios dogmáticos sobre lo que es natural y lo que no. Peor aún, me he topado con argumentos sin sustento, que plantean que, “científicamente”, solo existen dos sexos y dos géneros, que son indisociables de las características sexuales innatas, negando e ignorando así, porque a menudo es ignorancia rampante y nada más, nuestra existencia como personas intersexuales. Quienes de una u otra forma desean erigirse como vencedores en estas estériles diatribas, donde rara vez se hace presente la razón, olvidan que la ciencia no es una religión, y que su principio esencial es el observar los hechos, analizarlos y cuestionar las “verdades” científicas. Es este pensamiento el que ha llevado a responder dudas y conocer misterios del universo y de la naturaleza que nos rodea. Como hemos visto a través de la historia, hay conocimientos que se tenían por verdad absoluta que se refutan por la presencia de evidencia que fuerza un nuevo análisis, una nueva hipótesis y un nuevo resultado. Así, hay quienes en EE.UU. siguen negando la evolución biológica, sugiriendo que esta es solo una opinión, y no un hecho basado en años de estudio para probar, refutar y complementar teorías que han dejado de ser solo teorías, porque han sido, de hecho, probadas con hechos duros. ¿Quién, a la luz de los hechos duros, puede negar la existencia de las personas intersexuales? ¿Quién puede recurrir a una pobrísima y falaz interpretación de la ciencia para afirmar que somos una aberración, una anomalía, cuando que somos millones de personas?

¿Cuántos tenemos que ser para que a la mirada llena de prejuicios tengamos la calidad de seres humanos, y tengamos derecho a serlo plenamente? 

No importa cuántos: para esa mirada, somos “los otros”. Somos los que hay que temer, los que hay que rechazar, los que hay que negar. ¿Cómo encontrar refugio en un credo que más allá de las virtudes teologales y de la misericordia exaltada por el mayor de sus profetas, se empeña en reducirnos a una condición infrahumana, solo redimible mediante la renunciación a nuestra esencia, a la diversidad interior y exterior que es la que nos hace humanos en todas sus dimensiones? La espiritualidad de las personas es asunto de cada una de ellas. Nosotrxs también tenemos esa dimensión. La necesidad de trascender, de saber que algo permanece más allá de la materia; que este cuerpo en que hemos nacido no es un castigo, ni un pecado, ni una consecuencia de un karma negativo; que, evidentemente, no es una malformación ni un trastorno durante la gestación. La ciencia nos da respuestas sobre cómo es que nuestros cuerpos se diferencian, cuáles son los genes, cuáles los procesos endocrinos que confluyen. Pero no podemos buscar ni interpretar más allá de los hechos, porque los hechos son solo eso. La necesidad de darle un sentido a esto, quizá una de las búsquedas más acuciantes durante los momentos más obscuros en la vida de una persona sometida por largos años al estigma, a la discriminación, a la violencia, a los recuerdos acallados por la vergüenza, desemboca de formas muy distintas en las personas que logran sobrevivir al proceso. Cuando interiormente acusamos a una deidad por la vida que nos toca enfrentar, cuando la desesperación se adueña de unx porque no hay adónde recurrir, solo el recurso de la supervivencia, de aferrarse al momento, uno tras otro, nos ayuda a continuar, a veces sin percatarnos. Conocemos las profundidades del corazón humano, sus aspectos más duros, porque nos han forzado a ello. Quizá eso sea una fuente de sentido y de consuelo para algunos. Para otros, será el combustible que alimente una nueva forma de vivir. Para otros más, será la cicatriz más dolorosa de cuantas cicatrices físicas nos hayan dejado los escalpelos y la negligencia médica en los tratamientos hormonales.

Quizá la única opción realista consiste en reconocer que hemos sobrevivido a prejuicios, a vejaciones, a discriminación, no solo de la sociedad sino hasta de nuestra propia familia, para poder vivir y dar un ejemplo de vida. La compasión, la misericordia, no son conceptos asequibles a quienes no han superado aquello por lo que nosotrxs hemos atravesado, y viven una vida “de rectitud” sin asomarse realmente a abrir su corazón, aceptando al otro sin juzgarlo ni condenarlo, en una actitud de semejantes, de pares, no desde un falso pedestal de moralidad superior. Así, tampoco nosotrxs somos santos ni iluminados. Pero sí podemos aspirar a vivir en paz con nosotrxs mismxs, sobre todo cuando tomamos la mano de otra persona intersexual, ya sea para brindarle nuestro apoyo, o ya sea para aceptar el suyo.

Quizá eso es todo lo que necesitamos.

La importancia del apoyo mutuo y las redes sociales

Cuando en febrero del 2016 contacté por primera vez con Brújula Intersexual, poco sabía de lo mucho que en el curso de un año mi vida se transformaría gracias a la interacción que tendría con la comunidad intersexual que se había conformado en torno al proyecto.  No intuía que encontraría amistad, apoyo de mis pares, alianzas; menos aún, que encontraría el tierno afecto de una pareja.

pexels-photo-271099.jpeg

No paro de recalcar un rasgo que las personas intersex compartimos cuando nos lanzamos a indagar sobre nuestro pasado: que estamos terriblemente solxs. La falta de visibilidad de la intersexualidad es sinónimo de aislamiento, lo mismo que el estigma es sinónimo de silencio. ¿A dónde acudimos cuando, sabiéndonos distintos, nos está vedado hablar de forma abierta lo que vivimos, lo que sentimos, lo que hemos atravesado? Son muy pocos los amigos (los de verdad) con los que se puede abordar lo que nos pasa por la mente. La familia casi nunca cumple ese propósito, porque padres y hermanos también guardan silencio y comparten la vergüenza del estigma. En el mejor de los casos, se cuenta con un apoyo tácito y un respaldo de cariño; en el peor, la familia resulta tan nociva como el resto de la sociedad.

Contactar a una persona intersex, o a un grupo como el que Brújula se ha erigido, tampoco resulta tan simple como parece. La necesidad de averiguar sobre unx mismx, de conocer las historias de otras personas, de sentirse identificadx es natural, pero de ahí a atreverse a enviar un simple saludo hay un gran salto. El común denominador es la inseguridad, el miedo a ser juzgadx que proviene del rechazo y de una autoestima socavada tras años de sentir que hay algo malo con unx. Que es unx quien nació mal, que es unx el error, que es unx la patología. Abrirse, entablar un vínculo de confianza, puede resultar aterrador según la persona. Hay quienes con más valentía se arrojan y encuentran de inmediato esa calidez en la recepción de una comunidad que, aunque pequeña, es receptiva. No es pequeña porque seamos pocxs; es pequeña precisamente por esa falta de visibilidad que permita un acercamiento mayor. Cada vez se siente que esta invisibilidad va cambiando, que es un poquito menos que antes. Pero falta mucho.

La primera vez que contacté a Brújula fue en febrero del año pasado, lo dije ya; pero me tomó hasta junio para animarme a comunicarme vía chat con Laura Inter; otro más me costó juntar el valor para de hecho dejar que las barreras de la desconfianza comenzaran a caer. En noviembre conocí a Laura y a tres personas inter más. Fue la vez que decidí hablar en Conapred. ¡No es fácil pararse frente a un grupo de desconocidos y hablar de la experiencia propia! Pero ahí estábamos, cinco personas intersex dando nuestro testimonio de vida. Tener el apoyo mutuo ayuda a mantenerse de pie y continuar hablando.

Hago mención de todo esto porque recién hace tres semanas tuve oportunidad de acudir a una reunión que tuvo lugar en el sur de la Ciudad de México. En total éramos siete personas intersex. Pocas veces he sentido la camaradería espontánea que en esta ocasión surgió. Veníamos de realidades y contextos diferentes, pero el simple hecho de saber que no teníamos que ocultar nada sobre nuestro pasado, que podíamos hablar libremente de vivencias y experiencias, de la manera en que miramos el mundo, y hasta de encontrar muchos aspectos en común, todo eso contribuyó a generar una atmósfera de confianza única.

Gracias al surgimiento de Internet y las redes sociales es que los individuos de la casi invisible comunidad intersexual hemos podido conectarnos, poco a poco. Contar con una persona a la cual platicarle las cosas que vives, las que te preocupan, sobre todo porque sabes que esa persona entiende por lo que has vivido, es invaluable, inclusive si esa persona no está físicamente contigo. No es solo recurrir a un amigo; tampoco es como ir con un terapeuta. Es contar con un vínculo solidario, compasivo, que proviene no solo de imaginarse en los zapatos de la otra persona, sino de haber estado de hecho en ellos.

En lo personal, ha sido todo un viaje el haberme abierto a otras personas intersex como yo. Pero la retribución ha sido enorme, no solo por lo que he encontrado sino porque he descubierto que también yo cuento con algo valioso para dar. Y lo doy porque, como hace poco me lo dijo una persona intersex, lo que más nos ayuda es esa unión entre nosotrxs, ese apoyo mutuo. Creo, desde luego, que hay muchas cosas más que podemos hacer, como comunidad, como sociedad; pero el simple hecho de estar ahí para otrxs, y de que otrxs estén ahí para unx, es un paso gigantesco, es un acto de generosidad que resulta tan revolucionario como el activismo más acendrado.

Si eres una persona intersex en México (o en cualquier parte, que de nuevo esa es la belleza de estar en línea) que estás leyendo esta publicación, y quieres ponerte en contacto con otras personas como tú, sea porque tienes dudas, sea porque te sientes solx, no dudes en contactarme, o directo con Brújula Intersexual. Si a mi me cambió la vida, ¿por qué a ti no?

 

 

 

 

Historia rota. Por Hana Aoi (persona intersexual)

Gracias a Laura Inter, por ser fuente constante de inspiración, y por su amistad. Fue gracias a su insistencia en pedirme la traducción al inglés de la versión original de este texto que tuve el valor de explorar de nuevo el pasado, con una mirada más serena y el deseo de que otrxs puedan identificarse y que sepan que siempre existe la esperanza de trascender al dolor y ser unx mismx.

Brújula Intersexual

Historia rota.

Por Hana Aoi (E-mail: aoihana.1981@gmail.com. Website: Vivir y Ser Intersexual)

Versión editada y actualizada del texto publicado también en Brújula Intersexual bajo el mismo nombre.

Hana orquidea.png

Es un abismo sideral, un vacío inmenso de una oscuridad y un silencio insoportables. No se ve nada. No se oye nada. Pero ahí se encuentran los fragmentos de una historia pendiente de articular.

Denegar el pasado representa una grave afrenta, ya sea porque es unx quien vive en la negación, o porque son los seres queridos que cuidaron de unx cuando se era una criatura quienes viven en negación. Muchos me han dicho: “Lo pasado, pasado está. Ya no mires atrás. Enfócate solo en el presente”. Aún así, al ser intersex, ignorar la historia del nacimiento de unx acarrea una serie de eventos y consecuencias en la propia vida que desembocan en problemáticas de las que, como si nada, se…

Ver la entrada original 3.693 palabras más

Lxs niñxs están bien

Una de mis mayores preocupaciones cuando pienso en los bebés intersex es la maraña de emociones encontradas que experimentan sus padres cuando sus hijxs son diagnosticadxs. Siento una propensión inmediata a ponerme en su lugar y pensar en cómo ayudarles a canalizar sus sentimientos y sus temores, y prevenirles de tomar una decisión irreversible.

Una decisión que, además, realmente no les corresponde tomar.

Cuando yo nací, mis padres no tenían mucha noción de que las decisiones que tomaron en nombre mío fueran las “correctas”. Ser padre de familia es una responsabilidad inmensa. Ya no se trata de ti; todo gira en torno a tu(s) hijx(s). Y por tal razón, cualquier decisión puede ser una espada de doble filo para su bienestar presente y futuro. Es difícil prever los resultados, sin importar cuán bienintencionadas sean las acciones que realizas. Tal fue el caso de mis padres: creyeron de corazón que actuaban bien, porque actuaron desde el amor. Pero también desde el temor. Carecían de información, sólo existían los prejuicios y  nadie estuvo ahí para asesorarlos, aparte de los “expertos”, quienes los urgieron a seguir sus recomendaciones. Mis ovotestes “potencialmente cancerígenos” fueron extirpados, y mis genitales “ambiguos”, operados para lucir y funcionar de forma “normal”. Esa era la forma de ver las cosas en ese tiempo, y solo puedo imaginar la angustia y la desorientación que sintieron. Y el alivio momentáneo, mientras era muy pequeña, porque “no me daba cuenta”.

Hace unos meses, en una de las ocasiones que volvimos a abordar el tema de mi nacimiento (ya con más serenidad, en comparación con la primera vez que fue tan tormentosa), mi madre confesó haberse sentido culpable por la posibilidad de haber tomado la decisión equivocada. Por otro lado, reconoció que en ese momento no tenían a nadie más a quien recurrir. Solo muy pocas personas en la familia supieron, porque de verdad, ¿cómo soportar el peso de un secreto así? Hoy me resulta simple argumentar que esto no tiene por qué ser un secreto; que solo era que mi cuerpo era distinto, y que no había nada de qué preocuparse. Que el estigma lo podemos terminar nosotrxs mismxs, dando visibilidad a la intersexualidad, acabando con prejuicios, educando, informando.  Pero dado que los “expertos”, es decir, los médicos, solo vieron una patología en mis características sexuales, la noción germinó en la mente de mis papás, succionando la felicidad de mi nacimiento y convirtiéndola en preocupación, ansiedad, desconcierto, y miedo. Mucho miedo.

Y percibo que en el presente, en esta latitud del mundo donde los prejuicios en torno a la diversidad humana perviven, donde asumir la diferencia te pone incluso en riesgo de muerte, muchos padres, incluso aquellos que han buscado ayuda y que han recibido información, siguen llevando a sus bebés a la plancha, arrebatándoles el derecho a decidir solo porque no conciben que el cuerpo de sus peques sea diferente a lo que ellos estaban esperando.

baby-meme_spanish_new-1
De la campaña “Libres e iguales” de las Naciones Unidas para la Visibilidad Intersex

Crecer siempre ha sido complicado. En este mundo polarizado (que siempre lo ha sido, solo que apenas hoy cobramos consciencia de ello), la sensación de vivir en medio de una creciente violencia nos hace buscar un refugio. Esta necesidad es fundamental en el caso de muchos padres de familia, que perciben cómo la sociedad solapa y a veces hasta promueve la intimidación y la agresión hacia los niños que son distintos,  a manos de otros niños y de adultos intolerantes que creen que se rigen bajo principios morales cuando realmente sólo se conducen por prejuicios y creencias dogmáticas. Idóneamente, los padres tratan de ayudar a sus hijos a superar estas dificultades a fin de que su vida no sea más complicada de lo que de por sí la vida lo es. Ahora agreguemos el elemento intersex a las vivencias de esx niñx. ¿Cómo brindarle seguridad sobre si mismx, cómo enseñarle a defenderse en la vida? Todavía mi madre me pide encarecidamente que me cuide, porque sabe que tengo potenciales problemas de salud en un futuro, debido a los procedimientos a los que fui sometida. Pero me lo pide también porque desea mi seguridad física, porque sabe que afuera hay personas que se dejan llevar por el miedo y la intolerancia. No es ingenua: ha vivido el tiempo suficiente para saber que el mundo es un lugar tremendamente complejo, y en el cual hay muchos horrores. Pero confía en mi. ¿Acaso no es eso lo más valioso?

Solo puedo pensar que la seguridad de un niño proviene de la completa aceptación de sus padres a lo que constituye la esencia de su persona. Y el cuerpo, la experiencia de vida que el cuerpo nos proporciona, es especialmente importante en lxs niñxs intersex. Uno puede desear protegerlos todo el tiempo, toda la vida. Lo sé porque lo he vivido. Pero al final, unx tiene que vivir la vida por unx mismx, y defenderse a sí mismx, y pavimentarse su propio camino a la felicidad y a la plenitud. ¿No es ese el deseo final de un padre de familia?

Algo muy aparte es la atención médica que merezcan las condiciones específicas asociadas a ciertas variantes intersex. Por ejemplo, en los casos de HSC en forma perdedora de sal, donde realmente la salud (y la vida) de la criatura está en juego. Pero es importantísimo aprender a distinguir entre lo que son situaciones de salud y los temores que surgen por la diferencia en las características sexuales. Es decir, aprender a distinguir entre preocuparse por atender la salud de unx niñx intersex, y a desprenderse de prejuicios y miedos sobre las diferencias completamente sanas y naturales de su cuerpo.  

La base de un cambio real reside en la confianza que tengan los padres de los bebés intersex al recibirlos entre sus brazos. Desde ahí se puede avanzar mucho, en la medida en que la comunidad médica persiste en su cerrazón, y un cambio inmediato a nivel social resulta utópico. En cambio, la confianza de los padres de familia acerca de la diferencia de su bebé intersex, completamente saludable y natural, puede ser construida  de muchas formas, dejando así una marca positiva en la vida de esa familia. Pese a que existe mayor difusión, sigue faltando que los padres entren en contacto con personas que, de forma positiva y con empatía, les confieran la sensación de respaldo y comprensión, y les acompañen durante el proceso de externar sus miedos, preocupaciones, sentimientos encontrados, a fin de ayudarles a cobrar consciencia de que su bebé está bien como ha nacido. Si bien hay un montón de barreras sociales que habrán de atravesar, es necesario que consigan comprender que siempre va a haber una barrera que queramos evitar. Pero en lo que toca a su persona, es mejor entonces abordar el tema con aceptación, bien informados, amorosamente y con la certeza de que uno no tiene que adaptarse a la miopía de la sociedad sobre el cuerpo de su bebé. Aprendiendo así, de paso, a apreciar las infinitas posibilidades que surgen desde la aceptación total de la diversidad humana.

Callejoneada con el género

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar la hermosa ciudad colonial de Guanajuato. Un día de vacaciones, se podría decir. Durante todo el día recorrí sus calles en compañía de tres queridxs amigxs. Fue una experiencia sumamente grata en todos sentidos. Tuvimos la oportunidad de charlar a gusto, de explorar callejones, subir al mirador del Pípila, contemplar los edificios de la Alhóndiga de Granaditas, el Mercado de Hidalgo, el Teatro Juárez, las espectaculares escalinatas de la Universidad de Guanajuato, el Jardín de la Unión… incluso participar de una tradicional callejoneada. Nunca había ido a una. Era la primera en que podía apreciar la ciudad en su esplendor diurno y vespertino.

15724553_667379120100369_1846648049427648496_o
Edificio emblemático de la Universidad de Guanajuato.

Las callejoneadas son una especie de procesión nocturna por los callejones más emblemáticos de la joya del México colonial, llena de júbilo y canto por parte de una tuna o estudiantina que interpreta canciones de inspiración española o bien temas oriundos de México, como la famosa “Caminos de Guanajuato”, autoría de uno de los tres cantautores mexicanos más populares de la historia, José Alfredo Jiménez (considero justo afirmar que los otros dos, a la par suyo, son Agustín Lara y Juan Gabriel). Iluminados apenas por las luces ambarinas de las lámparas callejeras, escalando por callejones en declive o con escalinatas, llegamos a un punto donde ocurrió una anécdota que hizo evidente un aspecto que, en lo personal, me hizo sentir incómoda.

Sucedió que uno de los integrantes de la tuna pidió a los asistentes que nos separáramos en dos bloques: hombres y mujeres. El propósito era llevar a los hombres por una ruta aparte y conducir a las mujeres por otro callejón, hasta llegar a un punto donde se llevaría a cabo una especie de serenata (un gesto romántico, realmente). Años atrás me habría unido al contingente femenino sin chistar, sin pensar en que, como persona intersex, mi cuerpo y mi identidad de género son construcciones clínicas y sociales desde el momento en que nací. Pero esta vez algo en mí respingó, y era el hecho de que dos de mis amigxs eran personas ínter con rasgos andróginos. Sin hacer bulla, se integraron al contingente de los hombres, y mi otra amiga, que como yo se identifica como mujer en el tema del género, nos integramos en el bloque femenino. Mi amiga me hizo una observación: — ¿Y las personas ínter qué hacemos? —. Lo hizo en un tono tranquilo, era claro que no lo tomaba personal, pero lo mismo las dos nos sentíamos preocupadas por la integridad física de nuestrxs amigxs, a quienes habían llevado en el otro grupo. Pensé que no era justo que tuviéramos que preocuparnos por su integridad. Ellxs se habían ido con los otros hombres. Eso era todo. Pero entonces, ¿por qué era que teníamos que sentirnos mortificadas por su seguridad? Eso me remontó a los numerosos testimonios de personas intersex que dan cuenta de las veces que sufrieron agresiones verbales e incluso físicas por entrar al sanitario de hombres o de mujeres, y de la zozobra de tener que enfrentarse a ser agredidxs o humilladxs si la reacción de las personas en el sanitario al cual optaran por entrar fuera la de cavernícolas amenazados por una bestia salvaje. Dicho de otra forma: el precio a pagar por sufrir la reacción al temor a lo diferente, ignorando por esos miedos el hecho ineludible de que se trata de seres humanos.

Y no era sólo una ocurrencia mía: ese mismo día dos de mis amigxs se tuvieron que acompañar al sanitario de mujeres para que unx (de rasgos femeninos según lo socialmente esperado) protegiera al otrx (de aspecto más andrógino) de cualquier posible agresión como las que ya se habían suscitado en otras ocasiones.

Al final, lo tomé con calma. ¿Por qué habríamos de temer un desaguisado en un evento cuya intención es pasarla bien todos, sin distingo de rasgos, de género, de edades, de creencias, de nada? Era, después de todo, un momento para disfrutar. Desafortunadamente, no pude evitar percatarme que en algunas bromas de los integrantes de la tuna había elementos misóginos y homofóbicos al llegar al conocido Callejón del Beso. Claro que no sería justo acusar a nuestros guías de serlo, porque tampoco es justo juzgar a un grupo de personas por solo haber pasado una hora con ellas. Pero sí es un síntoma real de que en nuestra formación como personas, incluso en el entorno tolerante y progresista de una ciudad llena de historia y cultura como Guanajuato (como lo es en otras ciudades, más grandes pero del mismo talante como Guadalajara o la Ciudad de México a tal fin), persiste ese pensamiento machista, por muchos hombres malinterpretado como su derecho a comportarse según las conductas heredadas de siglos atrás endulzadas bajo términos como “caballerosidad” u “hombría”, pero que en realidad sostienen principios de dominación (a toda costa) sobre el resto de la sociedad, a dictar e imponer normas que les permitan sojuzgar la libertad de quienes no somos hombres (o de quienes no son hombres según sus estándares), sobre quienes no nos ajustamos a esa concepción binaria de género y que representamos una transgresión a ese sistema.

Con todo, no fue una mala experiencia. Mis amigxs me hicieron ver que no se habían sentido intimidadxs o en peligro. Estoy segura que me gustaría volver a una callejoneada en una ocasión futura. Quizá con una tuna o estudiantina diferente.

Solo deseo que, un día, nadie tenga que sentirse preocupado por un ser querido cuyo cuerpo es diferente a lo que otros siguen esperando que seamos.

Romper el silencio

El siguiente texto lo escribí para la capacitación sobre intersexualidad del Consejo Nacional para la Prevención de la Discriminación, y fue publicado inicialmente en el blog de Brújula Intersexual.

micro_audience_smallerHoy me presento ante ustedes para dar testimonio de un aspecto de mi persona, con la intención de ofrecerles una de muchas ventanas a la intersexualidad, y de generar consciencia y sensibilidad sobre la importancia de su trabajo para prevenir y luchar contra la discriminación hacia la comunidad intersex.

Mi nombre es Hana. Nací a principios de los años ochenta. Hace apenas cinco que comencé el viaje al interior de mí misma para reconocer y recuperar los fragmentos perdidos de mi historia, aquellos que se extraviaron en el silencio y la vergüenza. Hoy, por primera vez ante una audiencia, y pese al miedo, rompo el silencio. Otras voces antes de mi hicieron lo mismo, y espero sea el caso de muchos en el futuro.

Soy intersex porque nací con rasgos físicos, genéticos y biológicos que no cumplen con la definición binaria de masculino y femenino que prevalece en nuestra sociedad. Por estos motivos, una junta de eminencias médicas reunidas ex profeso, siguiendo el protocolo médico extendido hasta hoy, recomendó que se me asignara un género de inmediato, que se me practicara una serie de cirugías a lo largo de los años para extirpar los ovotestes con los que nací y moldear mis genitales lo más parecidos posible al género asignado, junto con un seguimiento puntual de mi desarrollo físico, y al llegar a la edad adecuada, estimular una pubertad artificial acorde también al género asignado. Estos procedimientos son irreversibles, y el resultado fue un cuerpo desprovisto de sensibilidad sexual, al que le fabricaron una vagina para cumplir con un estándar social y le asignaron la terapia de remplazo hormonal correspondiente. Nunca se tomó en cuenta mi opinión, ni quién era yo, qué quería, ni las experiencias de vida de las que se me privaría para siempre. Todo esto, pese a que mi cuerpo no estaba enfermo, sólo era diferente. Si alguien hubiera orientado a mis padres en aquel momento de comprensible incertidumbre, y les hubiera hecho saber que las cirugías no eran urgentes médicamente hablando, ni siquiera necesarias, que mi cuerpo no estaba enfermo ni defectuoso, quizá entonces mi opinión habría sido tomada en cuenta.

Considero que el problema de raíz fue que era una bebé, y luego una niña, y luego una adolescente. La mayoría de las veces nosotros los adultos pensamos que los niños son incapaces de tomar decisiones trascendentales como esta, alegando su falta de madurez física y mental. La realidad es que los niños son muy capaces, como menos, de opinar sobre lo que quieren para sí mismos. Somos nosotros, los adultos, los que le negamos esa posibilidad a los niños a causa de nuestros propios prejuicios y miedos, a causa de la sociedad a la que por comodidad preferimos aceptar antes que transformar. Este es el origen mismo de la discriminación que padecemos: se nos arrebata la posibilidad de decidir porque la sociedad percibe una amenaza en nuestros cuerpos y nuestras experiencias de vida distintas al común de las personas, y nuestros padres perciben la amenaza y actúan de forma comprensiva: la discriminación se presenta a veces rampante y violenta, porque como sociedad la permitimos; a veces viene sin intención, de profesionales médicos que de buena fe creen que hacen lo correcto para uno, pero sin uno. Las posturas y declaraciones fanáticas de personas que al referirse a la comunidad intersex como una aberración, una patología o una ideología de género, fallan en percatarse que se refieren a humanos con rostro, con nombre y con sentimientos, que todo cuanto queremos es que se reconozca a las personas intersex de las nuevas generaciones el derecho que todo ser humano tiene a decidir sobre su cuerpo, y a padres de familia de ser plena y objetivamente informados.

Durante años llevé una vida tranquila y callada, en la cual reprimí los recuerdos de esas largas noches de dolor en el Centro Médico La Raza cuando tenía cuatro años y luego a los once, cuando médicos e internos pasaban revista a mis genitales sin que yo pudiera oponerme, porque me habían hecho creer que algo estaba mal con mi cuerpo y que tenía que soportar la vergüenza de esas revisiones. No hay forma de cuantificar el daño que me dejó la asimilación psicológica de estos procedimientos, pero puedo asegurarles que las consecuencias las vivo todos los días, de una manera u otra. Hubo otros que tuvieron experiencias más traumáticas. Tampoco hay forma de desglosar objetivamente el sufrimiento de los seres allegados a uno; por ejemplo, mis padres, que desde el primer momento quisieron darme la mejor oportunidad para tener una vida feliz y productiva, como es el deseo de todos los padres del mundo que aman a sus hijos, y que, sin motivo para suponer el daño que iba a experimentar a raíz de esa decisión, confiaron ciegamente en los médicos.

Al hacer consciencia de lo vivido, hoy me reconstruyo y completo los fragmentos perdidos de mi historia. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, escribió Gabriel García Márquez en su libro autobiográfico Vivir para contarla. Considero pertinente esta frase porque pone de manifiesto que la vida, como serie de hechos, de causas y consecuencias, carece de significado hasta que, al recordar, reconocemos su marca indeleble en nuestras vidas. Es mi deseo personal que paren los tratamientos innecesarios, que los bebés intersex por nacer sean libres de estos muros que nos impone la sociedad y la práctica médica que arbitrariamente la sustenta, y que si han de padecer el sufrimiento y el dolor, que no sea nunca más porque sus cuerpos son distintos a la norma social, sino por los retos que libremente elijan asumir para sus vidas, y que las narrativas que nos relaten no tengan su origen nunca más en la vergüenza ni en el silencio.

Silenciosa mayoría, ¿casos de éxito?

Uno de los mitos prevalecientes en la comunidad médica en torno a las personas intersexuales es que quienes alzamos la voz o presentamos nuestros testimonios de vida como una denuncia tácita de lo que en la realidad se trata de violaciones a nuestros derechos humanos (consultar El Informe del Relator Especial), somos solo una minoría resentida frente a una silenciosa mayoría de casos exitosos en el “tratamiento de los desórdenes de desarrollo sexual” (DSD, por sus siglas en inglés, término acuñado hace relativamente poco, en 2006, y que sólo es utilizado en la literatura médica. La comunidad intersex rechaza categóricamente este término por una cuestión más que lógica: la palabra “desórdenes” sugiere que la intersexualidad es un tipo de patología o defecto congénito, lo cual, como no nos cansaremos de repetir, es una concepción equivocada).

8985496669_0a53c5d99c_z

Yo tengo la nada original hipótesis de que esa mayoría silenciosa no habla porque el miedo la acalla (para un ejemplo, está el testimonio de Kimberly Zieselman, traducido al español y publicado en Brújula Intersexual). Es una suposición bastante válida por una simple razón: el estigma que pende sobre las personas intersex es demasiado grande, y existe un momento y un punto dados donde, desde la óptica de quien ha interiorizado el sufrimiento, es muy preferible callarse y vivir una vida modesta, a ser denostado por amigos y familia.

Pero llega el momento en que ese silencio es absolutamente insoportable.

Pido disculpas por lo que voy a hacer, pero tengo que escribirlo: yo soy un “caso de éxito”. Soy una persona que después de las cirugías y el tratamiento hormonal llevé una vida funcional y aparentemente satisfactoria, claro está, soportada en la ignorancia de mi propia condición intersex, y en haber descontinuado el seguimiento que tuve hasta los quince años (en eso mi historia se parece algo a la de Kimberly). Aquí podría señalar cómplices y culpables, pero la fase del dedo acusador la dejé atrás hace tiempo, y hoy tengo la responsabilidad de ser lo objetiva que mi historia personal y mi mirada subjetiva me permitan. Pero ese es un tema para otro momento…

En fin, que este “caso de éxito” tardó treinta años en cobrar consciencia plena (o comenzar el viaje hacia ese despertar), y el hundimiento de mi estabilidad emocional, fundada en falacias, trajo consigo el derrumbe de mi “feliz” vida personal y de mi “exitosa” carrera profesional. Me tomó bastante tiempo (más del que creí) para volver a ponerme de pie (figurativamente, pero también literal, porque atravesé la peor depresión clínica de una vida llena de periodos complejos), y comenzar a comprender que, gracias a la verdad que trajo el redescubrimiento de mi historia, y a la paulatina reconciliación conmigo misma y con mi familia (y no menos importante, a la aceptación de mi condición intersex), por fin pude poner manos a la obra para hacer una realidad este proyecto y echar abajo el mito de los “casos de éxito”.

Ojalá esas voces que callan ahora pronto se animen a alzarse. Ojalá que pronto nuestra comunidad se fortalezca y enriquezca con sus historias y sus ideas.

Ese es uno de los principales objetivos de este blog.