La bandera de otros (o de cómo hacen falta más voces e historias intersex).

Todos necesitamos de aliados en algún punto de nuestro andar por el mundo.

Sin embargo, a veces me pregunto qué tan valioso resulta el apoyo de algunos “aliados” que recogen algunos aspectos de nuestra persona para articular sus propias demandas. Pienso en este momento en quienes, a su conveniencia, hablan sobre la corporalidad no-binaria y las variantes de las características sexuales de las personas intersex, para así desmitificar diversos aspectos de la heteronormatividad como la identidad de género, para no ir lejos.

Como se ilustra en este cómic de la fantástica Sophie Labelle (un ejemplo de una verdadera aliada), muchas veces no somos más un buen argumento para la causa de otros:

comic_inter.jpg
@assignedmale, de Sophie Labelle. Traducción de Laura Inter.

Lo anterior me aflige bastante porque, en el poco tiempo que llevo trabajando en pro de la visibilidad intersex, he atestiguado el cómo muchos grupos de activismo pro LGBTQ, sexólogos, académicos y estudiantes utilizan nuestra mera existencia para justificar sus casos, sus estudios, sus campañas de políticas públicas en favor de la diversidad sexual (mencionándonos pero dejándonos a un lado) y al fin hacerse de un nombre y una reputación de expertos, antes que interesarse genuinamente por nosotros y nuestras problemáticas cotidianas. Nos incluyen en el acrónimo LGBTQI (en México se usa LGBTTTI). Pero esa “I” sigue siendo desconocida e incomprendida, cuando no abiertamente ignorada, por esos mismos “aliados”, que se acercan para solicitarte apoyo, sea el tuyo o el de la comunidad intersex, pero que no expresan el cómo van a apoyar de vuelta a la propia comunidad; en mi comprensión básica, un aliado pide, pero no se olvida de retribuir.

Cuando veo a esos “aliados” hablar por nosotrxs, en nuestro nombre, pero sin nosotrxs, y sin entendernos, y usándonos con descaro sólo para reafirmar los postulados de sus propias causas, me viene a la mente un dicho mexicano que reza: “¡No me defiendas, compadre!”. O sea: “ya deja de ‘ayudarme’, porque me estás perjudicando”. ¿Por qué perjudicar? Porque:

  1. Cuando un “aliado” no tiene un claro entendimiento de nuestra lucha concreta por consolidar nuestros derechos humanos; cuando no conoce las muy diversas características que nuestros cuerpos presentan y de las historias que hemos vivido dentro de esos cuerpos (la experiencia de una persona intersex puede ser muy diferente a la de otra); y cuando no tiene la claridad de los problemas diarios con que tenemos que lidiar (salud y asistencia médica, acoso escolar y en entornos laborales, dificultades con la familia y hasta con la pareja), ese “aliado” termina por simplificar nuestra existencia a un mero estereotipo (“una persona intersex es una persona que tiene partes de ambos sexos”, es solo una de las barbaridades con las que muchos “aliados” han llegado a describirnos). Al ocurrir esto, ¿cómo podemos esperar que el común de las personas comprenda nuestra demanda, o siquiera se entere de lo que significa la intersexualidad, cuando escuchan por primera vez de nosotros por boca de esos “aliados”?
  2. Cuando un “aliado” nos utiliza para sus propios objetivos, para desarmar las nociones de identidad y roles de género, para generar políticas públicas de inclusión que sólo contemplan los aspectos de orientación sexual e identidad de género (SOGI, por sus siglas en inglés), nuestras demandas específicas generalmente son excluidas. Es cierto que muchas personas intersex no se identifican con las definiciones típicas de género binario, y que hay otras que además tienen orientaciones no heterosexuales; pero nuestra lucha se debe a la existencia de un poderoso ente médico-social que no concibe la posibilidad de que una persona con características sexuales diferentes al estereotipo binario masculino-femenino pueda llegar a ser pleno y feliz tal y como ha nacido. Nuestra lucha es por la defensa de nuestros DDHH inalienables. Pero nuestros “aliados” fallan (no se si por falta de capacidad o por desinterés) en comprenderlo, y cuando sus propias luchas rinden frutos, no hay ninguno en favor de nuestras exigencias. Ni siquiera el citarnos como la “I” dentro de LGBTQI parece ayudar a que haya una mayor visibilidad de la intersexualidad entre el grueso de la población. No es visible la manera en que esas “alianzas” nos estén ayudando a sentar las bases de un futuro más promisorio para lxs niñxs intersex, por citar un ejemplo. No se ve cómo la mera sensibilización sobre niñxs de género diverso pueda beneficiar a unx niñx intersex, cuando que su realidad no necesariamente (ni únicamente) se define por una discrepancia entre identidad de género y sexo asignado al nacer; queda fuera el aspecto más importante de esx niñx: su corporalidad innata, sus características sexuales.

Ya en 2002, un estudio sobre la forma en que la intersexualidad era abordada en las aulas de los cursos de Estudios de Género (Koyama y Weasel, 2002. From Social Construction to Social Justice) sugería que para la agenda política LGBT no era claro que el activismo intersex requiriese de un enfoque diferente y “un conjunto de prioridades distinto que el del activismo de las comunidades LGBT” (la traducción es mía). Quince años han pasado, y la situación no es tan diferente.

La necesidad de contar con argumentos a favor de la deconstrucción de las identidades de género y de los roles estereotipados hacen de nuestra lucha, pero a veces de nuestra mera existencia, una herramienta útil para las otras luchas y debates. No puedo decir que esto sea negativo por sí solo. De hecho, la sola generación de ideas y reflexiones suele ser benéfico para todxs. Pero, ahora más que nunca, es tiempo de que sea el propio movimiento intersex el que asuma los reflectores que hoy están siendo ocupados, a nombre nuestro pero sin nosotrxs, por otras personas que no son verdaderos aliados, que no sienten un compromiso real con nuestra lucha. El micrófono, las ideas, las propuestas de ley, los procesos de sensibilización y alfabetización de las personas sobre el tema de la intersexualidad y la representación de nuestra comunidad ante entidades gubernamentales; en suma, la lucha por nuestros derechos humanos, debe de ser asumida plenamente por voces de adentro de la misma comunidad intersex, apoyados y acompañados (pero nunca reemplazados) por los verdaderos aliados que tienen interés en ver que nuestra lucha reditúe beneficios para la población intersex presente y futura. La invitación está abierta para las personas intersex a nivel local y regional, pues hace falta generar ideas y soluciones propias, aprovechando el apoyo y logros de las comunidades de otras latitudes, pero sin “tropicalizar” propuestas que no aborden los problemas de nuestros entornos. Por ejemplo: no es lo mismo ser una persona intersex en uno de los más privilegiados países de Europa Central que serlo en la comunidad más remota del estado de Michoacán; el primer caso enfrenta una lucha muy específica contra una cultura que confía a ciegas en la opinión de médicos altamente especializados y una industria farmacéutica que se beneficia de que los procedimientos hasta hoy practicados sigan su curso, porque cada vez que se le remueven las gónadas a una criatura debido a un pobre diagnóstico de malignidad cancerígena, se fabrica un cliente que requerirá terapia de remplazo hormonal de por vida. En cambio, una persona que vive en una ranchería, cuya familia aprende a guardar el secreto para evitar el estigma, que no es llevada nunca a una clínica porque no existe cobertura médica, puede vivir hasta llegar a ser adulta y descubrir su condición intersex sólo al recurrir por primera vez en su vida a un médico por un problema de salud completamente ajeno a sus características sexuales. Esa persona enfrenta entonces otra problemática, ya no de índole clínica, sino de índole social.

¿Cuántos de los que hoy se proclaman como nuestros “aliados” tienen clara la diferencia? ¿Cuántos de ellos tienen una idea de lo difícil que es hablar de intersexualidad con una persona que no puede articular su propia intersexualidad porque no tiene el lenguaje aunque la viva todos los días, y que por añadidura tiene que enfrentar la dificultades de un entorno socioeconómico desfavorable y muchas veces violento (realidad cotidiana de millones de personas tan solo en México)?

Esta reflexión surge en el marco del Día Internacional de la Lucha contra la Homofobia y Transfobia (IDAHOT). A menudo pasada por alto, la interfobia (aspecto que abordaré en otra publicación) también forma parte ya de esta lucha. De hecho, el acrónimo IDAHOT ha sido acompañado de unos años acá por otro más: IDAHOBIT, el cual incluye la intersexualidad y a otra comunidad acaso igual de desatendida e incomprendida: la bisexual. La visibilidad de nuestras demandas es una de las prioridades del movimiento, y esa visibilidad no la da otra cosa que el alzamiento de las voces de otras personas intersex y de sus historias. Sin esas voces, no se puede hablar de intersexualidad. Citando el famoso aforismo de Ludwig Wittgenstein:

De lo que no se puede hablar, es mejor callarse.

¿Hasta cuando podremos seguir callando? Por esto es que hace falta hablar, con nuestras propias voces, para romper el silencio, y enunciar nuestras necesidades y demandas, con nuestras propias palabras.

No podemos esperar ya que otros nos ayuden a conseguirlo; ciertamente, no podemos seguir permitiendo que otros enarbolen nuestra bandera para sus fines particulares. Incluso si lo que queremos es que sean las voces de nuestros aliados verdaderos las que nos abran paso y luchen a nuestro lado por sobre el oportunismo de otros, es imperativo que demos el primer paso, estrechemos nuestros vínculos, nos hagamos visibles (entre nosotrxs, por lo menos) y hablemos alto y claro.

La deuda de la sociedad.

Como activistas intersex, nuestro trabajo se encamina principalmente en tres caminos: el clínico, el jurídico, y el social.

El aspecto clínico busca revolucionar el paradigma médico imperante que patologiza la intersexualidad. La meta no es solo detener las cirugías en bebés y niñxs, no consentidas por ellxs, lo cual es una forma de abuso médico y a veces también parental; la meta es conseguir que, como menos, la comunidad médica se planteé la duda razonable sobre la pertinencia de los procedimientos médicos a que las personas intersex (bebés, niñxs, adolescentes y adultos por igual) son sometidas cada día sin ser debidamente informadas, y casi siempre sin su consentimiento, bajo el supuesto de que existe un beneficio psicosocial que justifica lo que de otra forma se trata, las más de las veces, de una serie de intervenciones innecesarias, cosméticas, irreversibles, que acarrean consecuencias negativas que, por fortuna, algunos médicos comienzan a ver y a comprender. Asimismo, el enfoque de derechos humanos ya permea, aunque con lentitud, en la preocupación de algunos sectores de la comunidad médica, y por tanto en el reconocimiento de la autonomía no solo en adultos, sino también en niñxs y adolescentes, y en el respeto que se debe tener a proteger este derecho ya desde el nacimiento, pues más allá de tratarse de menores de edad en la terminología legal, bebés, niñxs y adolescentes son ya personas con identidad jurídica y con derechos que deben ser respetados y protegidos por sus padres (y a veces a pesar de ellos). En ese sentido, creo que aunque es todavía conservador el progreso, ya hay un avance que promete.

Otro frente de la labor es, precisamente, el jurídico. Gracias a la lucha del colectivo LGBTQ, hay bases sentadas para argumentar a favor de los derechos de las personas con diferencias en las características sexuales (lo cual es otra forma de expresar la diversidad corporal que implica la intersexualidad, no solo en las características primarias sino también en el aspecto cromosómico, a menudo dejado de lado por la propia práctica clínica). Poco a poco, se van generando ejemplos a nivel internacional que van perfeccionando el lenguaje jurídico a utilizar para promover leyes y mecanismos judiciales que permitan la defensa de estos mismos derechos. Aunque México todavía no tiene una ley en este sentido, los ejemplos de Malta o Australia, o los dictámenes y sentencias de cortes y organismos gubernamentales como en Chile y Colombia, representan una promesa del trabajo para el que aún se necesitan manos, y también disposición política a fin de no corromper el propósito del esfuerzo requerido.

Pero sobre todo, hay un frente que hace falta reforzar, y acaso sea el más importante de todos: el frente social. Un aspecto clave de nuestro trabajo es dar visibilidad a la existencia de la intersexualidad, con el propósito de derribar mitos en torno a su significado y a veces tan solo para conseguir que la gente conozca su existencia. Pero no basta. La sociedad no se compone solamente de personas educadas o con disposición a educarse, sino también de personas llenas de prejuicios y con estrechez de miras, las cuales perciben la existencia de las personas intersex como una amenaza a su estilo de vida o como una aberración a sus concepciones de lo que debe ser un ser humano; lo que debe ser, mas no lo que es.

La intersexualidad existe, no es una monstruosidad al margen de un supuesto “orden” natural, sino que es un integrante inobjetable de la naturaleza, la cual se expresa en incontables elementos, especies y formas de vida.

La existencia de la intersexualidad se la ha tratado de disfrazar (“corregir”) para hacerla encajar en la noción binaria que hemos creado de hombre-mujer (macho-hembra) como estados únicos que estructuran y gobiernan no solo nuestra percepción de la naturaleza sino del mundo y sociedad en que vivimos. Pero ya no puede ser negada basándose en pseudociencia y dogmas de fe; la intersexualidad es real y natural, aunque sea atípica si se atiende al hecho de que representa un porcentaje reducido de la población humana. Es una manifestación de la diversidad de la especie humana y debería ser enseñada así a la sociedad, si es que esta aspira a ser libre.

La razón por la que este tema me parece relevante y digno de ser recalcado ahora y cuantas veces sea necesario es sencilla: aunque el paradigma clínico se transforme, y se establezca el marco jurídico y judicial para la defensa de los derechos humanos de las personas intersex, sin importar su edad, lo que realmente importa al final es que la gente común y corriente, esos que, como se dice comúnmente, viven y dejan vivir, pero también aquellos que nos contemplan con prejuicio, miedo y a veces hasta odio, todos ellos tengan forma de transformar su desconocimiento en solidaridad. Esto resulta especialmente importante en los entornos sociales más comunes: escuela, trabajo, espacios deportivos, y, desde luego, servicios de salud. Más que todos los anteriores, es necesario que educadores, médicos y profesionales de la salud, instructores y personal de espacios deportivos, y personal de recursos humanos de lugares de trabajo estén capacitados para fungir como aliados de las personas intersex, para empoderarlas, y así crear los entornos más favorables posibles para que el estigma se desvanezca, y las personas intersex puedan desarrollarse tan libremente como las personas que no son intersex.

No se trata solo de un bonito deseo; es una demanda. Es una deuda de la sociedad hacia nosotrxs, a saldar mediante educación, capacitación y sensibilización, para transformar gradualmente (porque es la única forma de que existan cambios reales y duraderos en las sociedades) el entendimiento sobre la diversidad humana, en este caso sobre las diversidad de características sexuales, y las diferencias corporales que ello implica.

Al final, la demanda no es irracional, y no es algo que esperemos que se dé espontáneamente: como activistas, es nuestra obligación crear los recursos que sirvan a esos aliados potenciales para formar, educar y sensibilizar. Tocar las puertas necesarias, convencer de la relevancia de este trabajo en pro de una convivencia más sana, y en búsqueda de una sociedad más libre, libre de miedos y prejuicios, que nos acepte como somos, como hemos nacido, y también como elegimos ser; pero también que, al reconocer nuestra existencia, se reconozca y acepte en su diversidad misma, y evolucione hacia una nueva consciencia de sí misma, y que fomente no solo la inclusión en espacios públicos, sino la creación de otros más que favorezcan este proceso y vayan reduciendo la discriminación y la violencia que padecemos.

De espiritualidad, (pseudo)ciencia y ateísmo.

Imagine there’s no Heaven 
It’s easy if you try 
And no Hell below us 
Above us only sky 

Imagine all the people 
Living for today

John Lennon. Imagine

Cada persona define la espiritualidad de una manera particular. Esto se debe a que la espiritualidad es una experiencia enteramente subjetiva. Más allá de dogmas religiosos, se trata de lo que uno percibe, de lo que trasciende a la mera anécdota cotidiana, de lo que brinda sentido a lo que hacemos.

Solitude-Calm-Nature-Sunset-Peace-Stillness-1207326.jpg

Yo no vengo aquí a hablar de dioses. Pese al título, tampoco vengo a promocionar el ateísmo. Solo soy una persona que, después de haber intentado encajar en una definición forzada del mundo, de los cuerpos, de orientaciones y de género, ha acabado por cuestionar de manera crítica los aprendizajes dogmáticos de la infancia, y alejarse de ellos por salud mental. No soy atea porque afirme con brutalidad que no existen los dioses. Pero tampoco encuentro ya razones para creer en ellos, fuera de que existan o no, ni mucho menos en las instituciones (me refiero en particular, pero no exclusivamente, a las cristianas, porque ese es el trasfondo del que provengo) que solo han controlado las mentes y las voluntades de millones de personas a lo largo de la historia a través de dos instrumentos: la culpabilidad y el miedo a lo diferente.

Todo este preámbulo es para abordar el tema de las necesidades espirituales de las personas intersex. Como seres humanos, también nuestras mentes poseen esa necesidad de creer en algo más. Las religiones, pero más a menudo los pastores y demás clérigos de la grey de cada una de ellas, tienen sus opiniones particulares. He sabido que hay quienes se obstinan en sostener que la intersexualidad no solo es una patología, sino el resultado de pecados que provienen de los padres. Incluso entre algunos budistas, con un pensamiento más flexible que el que proviene de Occidente, se plantea la posibilidad de que las personas intersex arrastremos una serie de consecuencias kármicas negativas que nos ha acarreado la condición corporal específica de esta existencia.

¿Quién podría asegurar dónde se encuentra la verdad?

Solo nos queda atenernos a los hechos: nacemos en el contexto de la naturaleza, no solo nosotrxs como seres humanos sino también en otras especies de mamíferos (casos del potro nacido en Ontario o de la leona en Botswana). Somos personas con características sexuales que desafían nociones sociales de género. Históricamente las sociedades recurren a las instituciones religiosas como punto de referencia para tener respuestas simples (que a veces terminan siendo simplistas) a inquietudes sobre el mundo y las amenazas que se perciben. Y nuestros cuerpos son una amenaza a conceptos que se suponen incuestionables. Es común encontrarse con gente que, con un lenguaje a menudo hostil, sostiene que un cierto dios ha creado solamente a hombre y mujer, y que todo lo demás son aberraciones o pecado, o incluso inventos de los medios o de ese fantasma esgrimido por esferas conservadoras de ciertos credos cristianos, al que denominan “ideología de género”, para englobar todo aquello que perciben como un atentado contra sus principios dogmáticos sobre lo que es natural y lo que no. Peor aún, me he topado con argumentos sin sustento, que plantean que, “científicamente”, solo existen dos sexos y dos géneros, que son indisociables de las características sexuales innatas, negando e ignorando así, porque a menudo es ignorancia rampante y nada más, nuestra existencia como personas intersexuales. Quienes de una u otra forma desean erigirse como vencedores en estas estériles diatribas, donde rara vez se hace presente la razón, olvidan que la ciencia no es una religión, y que su principio esencial es el observar los hechos, analizarlos y cuestionar las “verdades” científicas. Es este pensamiento el que ha llevado a responder dudas y conocer misterios del universo y de la naturaleza que nos rodea. Como hemos visto a través de la historia, hay conocimientos que se tenían por verdad absoluta que se refutan por la presencia de evidencia que fuerza un nuevo análisis, una nueva hipótesis y un nuevo resultado. Así, hay quienes en EE.UU. siguen negando la evolución biológica, sugiriendo que esta es solo una opinión, y no un hecho basado en años de estudio para probar, refutar y complementar teorías que han dejado de ser solo teorías, porque han sido, de hecho, probadas con hechos duros. ¿Quién, a la luz de los hechos duros, puede negar la existencia de las personas intersexuales? ¿Quién puede recurrir a una pobrísima y falaz interpretación de la ciencia para afirmar que somos una aberración, una anomalía, cuando que somos millones de personas?

¿Cuántos tenemos que ser para que a la mirada llena de prejuicios tengamos la calidad de seres humanos, y tengamos derecho a serlo plenamente? 

No importa cuántos: para esa mirada, somos “los otros”. Somos los que hay que temer, los que hay que rechazar, los que hay que negar. ¿Cómo encontrar refugio en un credo que más allá de las virtudes teologales y de la misericordia exaltada por el mayor de sus profetas, se empeña en reducirnos a una condición infrahumana, solo redimible mediante la renunciación a nuestra esencia, a la diversidad interior y exterior que es la que nos hace humanos en todas sus dimensiones? La espiritualidad de las personas es asunto de cada una de ellas. Nosotrxs también tenemos esa dimensión. La necesidad de trascender, de saber que algo permanece más allá de la materia; que este cuerpo en que hemos nacido no es un castigo, ni un pecado, ni una consecuencia de un karma negativo; que, evidentemente, no es una malformación ni un trastorno durante la gestación. La ciencia nos da respuestas sobre cómo es que nuestros cuerpos se diferencian, cuáles son los genes, cuáles los procesos endocrinos que confluyen. Pero no podemos buscar ni interpretar más allá de los hechos, porque los hechos son solo eso. La necesidad de darle un sentido a esto, quizá una de las búsquedas más acuciantes durante los momentos más obscuros en la vida de una persona sometida por largos años al estigma, a la discriminación, a la violencia, a los recuerdos acallados por la vergüenza, desemboca de formas muy distintas en las personas que logran sobrevivir al proceso. Cuando interiormente acusamos a una deidad por la vida que nos toca enfrentar, cuando la desesperación se adueña de unx porque no hay adónde recurrir, solo el recurso de la supervivencia, de aferrarse al momento, uno tras otro, nos ayuda a continuar, a veces sin percatarnos. Conocemos las profundidades del corazón humano, sus aspectos más duros, porque nos han forzado a ello. Quizá eso sea una fuente de sentido y de consuelo para algunos. Para otros, será el combustible que alimente una nueva forma de vivir. Para otros más, será la cicatriz más dolorosa de cuantas cicatrices físicas nos hayan dejado los escalpelos y la negligencia médica en los tratamientos hormonales.

Quizá la única opción realista consiste en reconocer que hemos sobrevivido a prejuicios, a vejaciones, a discriminación, no solo de la sociedad sino hasta de nuestra propia familia, para poder vivir y dar un ejemplo de vida. La compasión, la misericordia, no son conceptos asequibles a quienes no han superado aquello por lo que nosotrxs hemos atravesado, y viven una vida “de rectitud” sin asomarse realmente a abrir su corazón, aceptando al otro sin juzgarlo ni condenarlo, en una actitud de semejantes, de pares, no desde un falso pedestal de moralidad superior. Así, tampoco nosotrxs somos santos ni iluminados. Pero sí podemos aspirar a vivir en paz con nosotrxs mismxs, sobre todo cuando tomamos la mano de otra persona intersexual, ya sea para brindarle nuestro apoyo, o ya sea para aceptar el suyo.

Quizá eso es todo lo que necesitamos.

La importancia del apoyo mutuo y las redes sociales

Cuando en febrero del 2016 contacté por primera vez con Brújula Intersexual, poco sabía de lo mucho que en el curso de un año mi vida se transformaría gracias a la interacción que tendría con la comunidad intersexual que se había conformado en torno al proyecto.  No intuía que encontraría amistad, apoyo de mis pares, alianzas; menos aún, que encontraría el tierno afecto de una pareja.

pexels-photo-271099.jpeg

No paro de recalcar un rasgo que las personas intersex compartimos cuando nos lanzamos a indagar sobre nuestro pasado: que estamos terriblemente solxs. La falta de visibilidad de la intersexualidad es sinónimo de aislamiento, lo mismo que el estigma es sinónimo de silencio. ¿A dónde acudimos cuando, sabiéndonos distintos, nos está vedado hablar de forma abierta lo que vivimos, lo que sentimos, lo que hemos atravesado? Son muy pocos los amigos (los de verdad) con los que se puede abordar lo que nos pasa por la mente. La familia casi nunca cumple ese propósito, porque padres y hermanos también guardan silencio y comparten la vergüenza del estigma. En el mejor de los casos, se cuenta con un apoyo tácito y un respaldo de cariño; en el peor, la familia resulta tan nociva como el resto de la sociedad.

Contactar a una persona intersex, o a un grupo como el que Brújula se ha erigido, tampoco resulta tan simple como parece. La necesidad de averiguar sobre unx mismx, de conocer las historias de otras personas, de sentirse identificadx es natural, pero de ahí a atreverse a enviar un simple saludo hay un gran salto. El común denominador es la inseguridad, el miedo a ser juzgadx que proviene del rechazo y de una autoestima socavada tras años de sentir que hay algo malo con unx. Que es unx quien nació mal, que es unx el error, que es unx la patología. Abrirse, entablar un vínculo de confianza, puede resultar aterrador según la persona. Hay quienes con más valentía se arrojan y encuentran de inmediato esa calidez en la recepción de una comunidad que, aunque pequeña, es receptiva. No es pequeña porque seamos pocxs; es pequeña precisamente por esa falta de visibilidad que permita un acercamiento mayor. Cada vez se siente que esta invisibilidad va cambiando, que es un poquito menos que antes. Pero falta mucho.

La primera vez que contacté a Brújula fue en febrero del año pasado, lo dije ya; pero me tomó hasta junio para animarme a comunicarme vía chat con Laura Inter; otro más me costó juntar el valor para de hecho dejar que las barreras de la desconfianza comenzaran a caer. En noviembre conocí a Laura y a tres personas inter más. Fue la vez que decidí hablar en Conapred. ¡No es fácil pararse frente a un grupo de desconocidos y hablar de la experiencia propia! Pero ahí estábamos, cinco personas intersex dando nuestro testimonio de vida. Tener el apoyo mutuo ayuda a mantenerse de pie y continuar hablando.

Hago mención de todo esto porque recién hace tres semanas tuve oportunidad de acudir a una reunión que tuvo lugar en el sur de la Ciudad de México. En total éramos siete personas intersex. Pocas veces he sentido la camaradería espontánea que en esta ocasión surgió. Veníamos de realidades y contextos diferentes, pero el simple hecho de saber que no teníamos que ocultar nada sobre nuestro pasado, que podíamos hablar libremente de vivencias y experiencias, de la manera en que miramos el mundo, y hasta de encontrar muchos aspectos en común, todo eso contribuyó a generar una atmósfera de confianza única.

Gracias al surgimiento de Internet y las redes sociales es que los individuos de la casi invisible comunidad intersexual hemos podido conectarnos, poco a poco. Contar con una persona a la cual platicarle las cosas que vives, las que te preocupan, sobre todo porque sabes que esa persona entiende por lo que has vivido, es invaluable, inclusive si esa persona no está físicamente contigo. No es solo recurrir a un amigo; tampoco es como ir con un terapeuta. Es contar con un vínculo solidario, compasivo, que proviene no solo de imaginarse en los zapatos de la otra persona, sino de haber estado de hecho en ellos.

En lo personal, ha sido todo un viaje el haberme abierto a otras personas intersex como yo. Pero la retribución ha sido enorme, no solo por lo que he encontrado sino porque he descubierto que también yo cuento con algo valioso para dar. Y lo doy porque, como hace poco me lo dijo una persona intersex, lo que más nos ayuda es esa unión entre nosotrxs, ese apoyo mutuo. Creo, desde luego, que hay muchas cosas más que podemos hacer, como comunidad, como sociedad; pero el simple hecho de estar ahí para otrxs, y de que otrxs estén ahí para unx, es un paso gigantesco, es un acto de generosidad que resulta tan revolucionario como el activismo más acendrado.

Si eres una persona intersex en México (o en cualquier parte, que de nuevo esa es la belleza de estar en línea) que estás leyendo esta publicación, y quieres ponerte en contacto con otras personas como tú, sea porque tienes dudas, sea porque te sientes solx, no dudes en contactarme, o directo con Brújula Intersexual. Si a mi me cambió la vida, ¿por qué a ti no?