Bajo los tres palos: lo que el fútbol significó para mi.

Cuando era niña, hacía de todo para entretenerme yo sola. Uno de mis juegos favoritos consistía en inventarme historias de hazañas deportivas en las que yo era la protagonista. Desde siempre me gustó el fútbol, y en esas historias, yo no era una niña sino una futbolista profesional, coleccionando trofeos de tantos triunfos que lograba para mi club y para mi selección. Llegaba al extremo de robar espacio de algún cuaderno de la escuela, y crearme estadísticas, calendarios de juegos, alineaciones, notas periodísticas, en fin, me inventaba un mundo de futbolistas en una época en que yo no sabía que, de hecho, existían mujeres jugando futbol de alto nivel en alguna parte del mundo. Esto fue previo a la época de una Mia Hamm, ya no digamos una Sun Wen, una Charlyn Corral, una Martha, menos aún una Megan Rapinoe. No tenía referentes deportivos, no tenía referentes de mujeres jugando fútbol, pero imaginaba un mundo así, donde yo pudiera ser como mis ídolos infantiles, todos ellos hombres: un Hugo Sánchez, un Jürgen Klinsmann, un Bebeto, un Sergio Goicoechea.

Yo quería ir a jugar fútbol al campo de juego, ser parte de un equipo. En casa, la idea causaba escozor. ¿Por qué una niña va a estar jugando un juego de niños? Se me toleraba que pateara la pelota, que la reventara contra la puerta del patio, que daba a la calle, que imaginara mis hazañas puertas adentro, y en el ámbito de la fantasía. Mientras tanto, afuera los niños jugaban, y yo solo anhelaba poder unírmeles. Hasta que un día, no sé si porque fue mucha mi insistencia y un vecino, pariente lejano, un niño menor que yo de edad y de talla con quien me llevaba bien, me invitó a jugar. Yo ya estaba en segundo grado de secundaria. Había pasado ya más de dos años de la última cirugía. Esa vez me divertí tanto pateando el balón con mi vecino (ya no era una simple pelota plástica, sino un balón de cuero sintético, un balón de verdad) que acordamos volver a jugar al día siguiente. En esa época, la calle afuera de la casa de mis padres era tranquila y había más niños en las casa aledañas. Fue cuestión de días para que el vecino de enfrente, un año menor que yo, saliera también. Luego, el de la casa de la esquina, de mi edad, y con él su hermano menor. Fui muy feliz en esa época, y recuerdo que ese verano lo pasé con ellos, fuimos al cine Cosmos a ver una película de los Power Rangers, nos reuníamos en cada casa a jugar un juego de mesa, o el Super Nintendo, o el Sega, o a ver una película en VHS. Fuimos a los cumpleaños de cada uno. Nos peleamos. Nos reconciliamos. A veces, hacíamos tareas juntos, yo les asesoraba porque yo era más grande y sabía más. Y seguimos jugando, corriendo, pateando la pelota, todo un año, tal vez más. Hasta que cumplí los quince años. Ese fue uno de los días más horribles de mi vida, porque la primera vez que mis amigos fueron a tocarme a la puerta para que saliera con ellos a jugar, tuve que decirles que ya no podía salir a jugar con ellos nunca más. Nunca les expliqué, pero nunca olvidaré la mirada dolida del más pequeño, que decía, con ciertas dificultades de dicción: “es que Hana ya no quiere jugar con nosotros”.

¿Cómo explicarles algo que a mi misma me parecía injusto e incomprensible? ¿Que ya era una “señorita”?

Todo este preludio sirve como trasfondo de una constante lucha que desde entonces tuve con todos los estereotipos de la feminidad, solo porque se me había negado el placer del juego que me apasionaba. Mi rebeldía era silenciosa, porque no me atrevía realmente a desobedecer a mis padres, en especial a mi madre. Como la de muchas hijas, mi relación con mi madre a veces fue menos una relación estrecha, sino una historia de desencuentros y afectos dolorosos. Si antes me resistía a usar faldas o vestidos, el resto de la secundaria y los años del bachillerato fueron de pantalones de mezclilla y monos deportivos. Mocasines, zapatillas deportivas. Mi cuerpo, con sus caracteres sexuales secundarios desarrollados a fuerza de Premarin, me resultaba vergonzoso, y no hallaba felicidad alguna en estirarme hasta alcanzar una estatura que me ponía por encima de la mayoría de mis compañeras y compañeros de clase. Ni siquiera en el bachillerato me permití jugar futbol, porque sabía que no era bien visto en casa.

Solo hasta la universidad, sucedió que un día me junté con un grupo de amigas apasionadas del fútbol rápido, y armamos un equipo en el que nos enfrentamos a las seleccionadas de la escuela. Yo jugaba como portera. Aunque me gustaba jugar también como delantera, era la única con reflejos para atajar balones, y no tenía miedo de encarar el uno a uno que es habitual en el fútbol rápido, sabía arrojarme a los pies de la oponente, y resistía sin temor los disparos a quemarropa. Ese torneo pudimos haber dado la campanada, pero fuimos vencidas por la superioridad técnica de quienes llevaban años entrenando juntas. Yo era la portera. Todavía conservo el orgullo de haber sido clave para avanzar a la final, dejando fuera a uno de los equipos fuertes, con seleccionadas del colegio en él. Después de la final, la capitana del equipo campeón, que era capitana de la selección de la escuela, se me acercó para darme lo que ostento como el mayor reconocimiento a mi entrega en la cancha: “pinche Hana, ¡no podíamos anotarte! Cuando nos fuimos al descanso, pensé que íbamos a perder. Me sacaste dos goles que ya estaba saboreándome”.

Fue la modesta culminación de una fantasía soñada por una niña de siete años.

Sin embargo, desde entonces, he jugado fútbol en contadas ocasiones. En uno de mis últimos empleos, me atreví a jugar con mis compañeros de trabajo. Hombres adultos, todos ellos. No me importaba si se contenían al chutar la pelota cuando yo custodiaba la meta, o si pateaban con fuerza: yo nunca me arredré de jugar con los hombres, quizás porque mi rebeldía contra los estereotipos de género me exigía ponerme constantemente a prueba con los hombres. Sería ingenua de afirmar que ellos no me veían como mujer, pero habiendo estudiado una ingeniería en sistemas, y habiéndola ejercido, yo no veía el sesgo de género en ese ámbito. O más bien, prefería no verlo. Quizás, porque ellos sabían de mi orientación sexual, porque yo era más alta que ellos, porque yo tenía mayor experiencia y ello me confería cierta autoridad, es que me trataban como uno de ellos, incluso en cosas que hoy me siento arrepentida de haber dicho y de haber hecho. No lo sé.

¿Qué significa el fútbol para mi? Una vez, un psicólogo me planteó la hipótesis de que esa era una manifestación de un deseo por formar parte integral de un mundo masculino, y de probar mi valía. Hoy, no concuerdo con esa hipótesis: hoy sostengo que, en mi caso, el fútbol siempre fue una legítima expresión de un deseo mayor: el de habitar y disfrutar de mi cuerpo, sin importar sus formas genitales y la ridícula imposición del género asociado a tales formas. Mi madre, hace pocos años, me confesó que, conforme veía mis juegos, mis deseos, mis elecciones de ropa, y así, sentía culpabilidad por las decisiones que se habían tomado sobre mi sexo, cuando era todavía una bebé de meses. ¿Habría sido lo mejor una asignación como niño? No lo sé. No lo creo. Aquella ambigüedad descubierta en mis formas genitales infantiles no debió ser excusa ni impedimento. Incluso si yo hubiera exigido una reasignación de sexo, si ese hubiera sido mi deseo, las formas genitales no eran lo importante, y sin embargo, lo fueron todo. Eso es lo que yo lamento: el prejuicio sobre la presencia de un faloclítoris en una niña como motivo más que suficiente para decretar la mutilación de mis genitales, para hacerme más difícil, ahora como mujer adulta, un ejercicio pleno de una sexualidad ahora sólo hipotética en mi experiencia (afortunadamente, la mía no es la de todxs, y cuerpos como el que pude tener, existen y quizás tengan la fortuna de haber superado el prejuicio y ampliado los márgenes de lo normativo, desde coordenadas corporales diferentes) y un acceso al placer mundano (no solo el sexual, sino otros, como el placer de la comida o el placer del ejercicio) menos gravoso. Y, claro, no solo las negaciones del cuerpo, sino el daño a la relación con mi madre que indujo esta práctica médica y la patologización de mi cuerpo, resultante de ese devastador proceso histórico con epicentro en la clínica de endocrinología pediatra de Johns Hopkins en 1955, que a tantas vidas ha trastocado desde la duda y en la vergüenza, el silencio y el secreto.

Pero los tiempos, aunque no lo quieran los conservadores, y aunque la pandemia traiga consigo la incertidumbre de crisis económicas, políticas y sociales, los tiempos están cambiando, y las posibilidades de ser, cada vez más, se abren, desde otros tipos de ser mujer, otros tipos de ser hombre, otros tipos de ser.

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