La rabia imparable

Hay veces que no sé lo que me pasa
Ya no puedo saber que es lo que pasa adentro
Somos como gatos en celo
Somos una célula que explota
Y esa no la paras, no, no la paras
No, no
Caifanes. “La célula que explota”

(La I también es de imparable)

Estoy furiosa. Lívida. Indignada.

Lo sé bien: las voces de las personas intersexuales han sido históricamente ignoradas. Se nos ha relegado al estatus de minoría descontenta. Pero cuando el entarimado de las representaciones se dispone para que la intersexualidad pueda ocuparla, a menudo es poblada por el imaginario de lo salaz, la atracción pornográfica del circo, o el exotismo de lo ambiguo que, por ser natural, apela lo mismo a la repulsión, a la fascinación o la compasión. El discurso biomédico, que con su vertiente genética detenta una presunta objetividad factual, da lugar al nombramiento de las fantasías que habitan el espacio abyecto. De esta forma se salvaguardan las fronteras de lo masculino y lo femenino. Hombre y mujer no se hacen, se nacen, y su incuestionable naturaleza es reiterada en esta verdad, que está inscrita en los genes. El discurso biomédico se nos impone como un amable tirano, que con su sonrisa plácida nos reconforta y nos devuelve a la certidumbre inicial: sí, sí, existe el sexo, está en el cuerpo. Cuando las apariencias engañen, siempre estará el marcador genético que nos dirá la verdad que parecía extraviada en el cuerpo recién nacido, infantil o juvenil. Incluso si, al final, es la apariencia lo que a los médicos realmente les importa. No porque sean una especie malévola de criaturas sociales, sino simplemente porque son criaturas sociales. La mayor parte de las veces, como muchas personas, acríticas de cómo llevan a su práctica los prejuicios sociales y las creencias subjetivas. Basta con echar una mirada a los muchos médicos que hablan de la “santidad” de su trabajo, de su “amor por el hombre” (porque la mujer no existe sino encapsulada en “el hombre”). Su presunta objetividad es aterrizada (o echada por tierra) a consecuencia de su vocación sectaria de tintes católico-cristianos.

Estoy iracunda. No hay caso en negarlo. Expresar estas ideas en este espacio es un esfuerzo subjetivo de reivindicación epistémica, pero es más que solo eso. Desde el comienzo, mi intención ha sido volver evidente que el testimonio como una especie de relato acabado, impreso o publicado, es solo un paso para la construcción de ese movimiento que clama por una justicia de la experiencia vivida. En ese sentido, toda comprensión de la intersexualidad, la mía incluida, tiene por fuerza que ir definida por un proceso continuo de reflexión y de crítica. No basta con estacionarnos en definiciones esencialistas del cuerpo sexuado. Si algo nos ha enseñado el feminismo desde su vertiente de pensamiento postestructuralista, es que no existen esencias ni verdades definitorias de la identidad en el cuerpo. Más bien, estas verdades las adherimos a nuestra materialidad en esa continuidad cotidiana repleta de encuentros, pensamientos, risas, divagaciones, enfrentamientos, impulsos, deseos, aburrimientos, ansiedades, llantos, incapacidades. Las experiencias importan. Nuestros cuerpos no dicen nada por sí solos sino que comienzan a hablar, a manifestarse y a reproducir esas verdades que asumimos como naturales. Yo, Hana, no soy intersexual porque haya nacido con ovotestes, por la apariencia de mis genitales al nacer, o porque mis células tienen una configuración cromosómica que no es ni XX ni XY, de la misma forma en que tampoco soy una mujer por tener estructuras mullerianas, útero incluido. No: soy intersexual porque la mirada médica reafirmó sobre mi cuerpo un discurso social sobre lo que debe ser el cuerpo de una niña para convertirse en mujer. Soy intersexual porque decidí indagar en el pasado que se me negó y descubrir la historia de mi cuerpo. Soy intersexual porque he decidido ocupar ese entarimado y articular mi rabia. No soy intersexual por la diferencia material de mi cuerpo al nacer, sino por el significado que le fue atribuido y la imposibilidad de existir como tal; y con esa imposibilidad, otras: la de ser aceptada, la de ser querida, la de ser mujer. ¡Cuánto debo agradecerle a la buena intención de los médicos!

Este espacio surgió de ese momento de resignificar el cuerpo normalizado y denunciar la violencia de la que fue sujeto en el quirófano, en la consulta externa, pero también en la decisión de no permitirme saber, de no permitirme decidir, de negarme mi cuerpo e imponerme una expectativa social, de plagar mi vida de ansiedades desde la infancia más temprana y un profundo horror a expresar mis deseos, a contener mis emociones para soportar, a los once años, un procedimiento que ningún niño o niña debería atravesar, ser mutilada de los genitales solo para complacer la repulsiva estética heterosexual, similar a como lo ha dicho Paul B. Preciado.

Quiero escribir una historia desde mi experiencia. No hablo de una historia en el sentido de un libro; hablo de sacudir el mundo. “Cantad, oh musa, la cólera de la niña Hana; cólera funesta en la infancia engendrada, que causó infinitos males a los centinelas del género y precipitó al Hades las prácticas tiránicas de normalización que mutilaron infancias y juventudes”.

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¡Oh, la cólera! Tantos años mediada por la mesura, por la contención del grito y por el jugar el papel de género que me fue asignado. Ahora reavivado por el secuestro, incluso, de voces que abogan por el género. De voces que buscan un asiento en la mesa de la heteronorma. Mi riña no es contra las cirugías, sino contra la tiranía. Mi riña no es contra la decisión de sentarse en la mesa de la heteronorma, sino contra la falta de crítica para aceptar calladamente la negación del derecho a la autonomía para ser marcados por la coacción del bisturí y las hormonas. De la complacencia de la (re)producción de experiencias corporales, de devenires marcados por la mutilación.

Es tiempo de que nuestros activismos abandonen las certezas esencialistas de la intersexualidad, que dejen de morar en el diagnóstico médico como validación de una identidad intersexual, y que, de hecho, dejemos de pensar la intersexualidad como una  más de una linda colección de identidades sexuales. Es el infierno que se ha vivido y que se vive desde los cuerpos infantiles y juveniles, pero también y de otras maneras desde los cuerpos adultos que siguen deviniendo, lo que inscribe la intersexualidad. No en el cuerpo, y sin embargo, desde el cuerpo; con precisión, desde la experiencia corporal. La que es definida por los criterios normativos sociales de la sexualidad y de los cuerpos sexuados. La que se apodera de los hechos materiales y los nombra para imponer un significado, sin importar las violencias y las negaciones que se hagan sobre el cuerpo, en nombre del orden social, o, peor aún, en nombre de la supuesta verdad incuestionable de la ciencia y de la naturaleza.

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