La deuda de la sociedad.

Como activistas intersex, nuestro trabajo se encamina principalmente en tres caminos: el clínico, el jurídico, y el social.

El aspecto clínico busca revolucionar el paradigma médico imperante que patologiza la intersexualidad. La meta no es solo detener las cirugías en bebés y niñxs, no consentidas por ellxs, lo cual es una forma de abuso médico y a veces también parental; la meta es conseguir que, como menos, la comunidad médica se planteé la duda razonable sobre la pertinencia de los procedimientos médicos a que las personas intersex (bebés, niñxs, adolescentes y adultos por igual) son sometidas cada día sin ser debidamente informadas, y casi siempre sin su consentimiento, bajo el supuesto de que existe un beneficio psicosocial que justifica lo que de otra forma se trata, las más de las veces, de una serie de intervenciones innecesarias, cosméticas, irreversibles, que acarrean consecuencias negativas que, por fortuna, algunos médicos comienzan a ver y a comprender. Asimismo, el enfoque de derechos humanos ya permea, aunque con lentitud, en la preocupación de algunos sectores de la comunidad médica, y por tanto en el reconocimiento de la autonomía no solo en adultos, sino también en niñxs y adolescentes, y en el respeto que se debe tener a proteger este derecho ya desde el nacimiento, pues más allá de tratarse de menores de edad en la terminología legal, bebés, niñxs y adolescentes son ya personas con identidad jurídica y con derechos que deben ser respetados y protegidos por sus padres (y a veces a pesar de ellos). En ese sentido, creo que aunque es todavía conservador el progreso, ya hay un avance que promete.

Otro frente de la labor es, precisamente, el jurídico. Gracias a la lucha del colectivo LGBTQ, hay bases sentadas para argumentar a favor de los derechos de las personas con diferencias en las características sexuales (lo cual es otra forma de expresar la diversidad corporal que implica la intersexualidad, no solo en las características primarias sino también en el aspecto cromosómico, a menudo dejado de lado por la propia práctica clínica). Poco a poco, se van generando ejemplos a nivel internacional que van perfeccionando el lenguaje jurídico a utilizar para promover leyes y mecanismos judiciales que permitan la defensa de estos mismos derechos. Aunque México todavía no tiene una ley en este sentido, los ejemplos de Malta o Australia, o los dictámenes y sentencias de cortes y organismos gubernamentales como en Chile y Colombia, representan una promesa del trabajo para el que aún se necesitan manos, y también disposición política a fin de no corromper el propósito del esfuerzo requerido.

Pero sobre todo, hay un frente que hace falta reforzar, y acaso sea el más importante de todos: el frente social. Un aspecto clave de nuestro trabajo es dar visibilidad a la existencia de la intersexualidad, con el propósito de derribar mitos en torno a su significado y a veces tan solo para conseguir que la gente conozca su existencia. Pero no basta. La sociedad no se compone solamente de personas educadas o con disposición a educarse, sino también de personas llenas de prejuicios y con estrechez de miras, las cuales perciben la existencia de las personas intersex como una amenaza a su estilo de vida o como una aberración a sus concepciones de lo que debe ser un ser humano; lo que debe ser, mas no lo que es.

La intersexualidad existe, no es una monstruosidad al margen de un supuesto “orden” natural, sino que es un integrante inobjetable de la naturaleza, la cual se expresa en incontables elementos, especies y formas de vida.

La existencia de la intersexualidad se la ha tratado de disfrazar (“corregir”) para hacerla encajar en la noción binaria que hemos creado de hombre-mujer (macho-hembra) como estados únicos que estructuran y gobiernan no solo nuestra percepción de la naturaleza sino del mundo y sociedad en que vivimos. Pero ya no puede ser negada basándose en pseudociencia y dogmas de fe; la intersexualidad es real y natural, aunque sea atípica si se atiende al hecho de que representa un porcentaje reducido de la población humana. Es una manifestación de la diversidad de la especie humana y debería ser enseñada así a la sociedad, si es que esta aspira a ser libre.

La razón por la que este tema me parece relevante y digno de ser recalcado ahora y cuantas veces sea necesario es sencilla: aunque el paradigma clínico se transforme, y se establezca el marco jurídico y judicial para la defensa de los derechos humanos de las personas intersex, sin importar su edad, lo que realmente importa al final es que la gente común y corriente, esos que, como se dice comúnmente, viven y dejan vivir, pero también aquellos que nos contemplan con prejuicio, miedo y a veces hasta odio, todos ellos tengan forma de transformar su desconocimiento en solidaridad. Esto resulta especialmente importante en los entornos sociales más comunes: escuela, trabajo, espacios deportivos, y, desde luego, servicios de salud. Más que todos los anteriores, es necesario que educadores, médicos y profesionales de la salud, instructores y personal de espacios deportivos, y personal de recursos humanos de lugares de trabajo estén capacitados para fungir como aliados de las personas intersex, para empoderarlas, y así crear los entornos más favorables posibles para que el estigma se desvanezca, y las personas intersex puedan desarrollarse tan libremente como las personas que no son intersex.

No se trata solo de un bonito deseo; es una demanda. Es una deuda de la sociedad hacia nosotrxs, a saldar mediante educación, capacitación y sensibilización, para transformar gradualmente (porque es la única forma de que existan cambios reales y duraderos en las sociedades) el entendimiento sobre la diversidad humana, en este caso sobre las diversidad de características sexuales, y las diferencias corporales que ello implica.

Al final, la demanda no es irracional, y no es algo que esperemos que se dé espontáneamente: como activistas, es nuestra obligación crear los recursos que sirvan a esos aliados potenciales para formar, educar y sensibilizar. Tocar las puertas necesarias, convencer de la relevancia de este trabajo en pro de una convivencia más sana, y en búsqueda de una sociedad más libre, libre de miedos y prejuicios, que nos acepte como somos, como hemos nacido, y también como elegimos ser; pero también que, al reconocer nuestra existencia, se reconozca y acepte en su diversidad misma, y evolucione hacia una nueva consciencia de sí misma, y que fomente no solo la inclusión en espacios públicos, sino la creación de otros más que favorezcan este proceso y vayan reduciendo la discriminación y la violencia que padecemos.

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