De espiritualidad, (pseudo)ciencia y ateísmo.

Imagine there’s no Heaven 
It’s easy if you try 
And no Hell below us 
Above us only sky 

Imagine all the people 
Living for today

John Lennon. Imagine

Cada persona define la espiritualidad de una manera particular. Esto se debe a que la espiritualidad es una experiencia enteramente subjetiva. Más allá de dogmas religiosos, se trata de lo que uno percibe, de lo que trasciende a la mera anécdota cotidiana, de lo que brinda sentido a lo que hacemos.

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Yo no vengo aquí a hablar de dioses. Pese al título, tampoco vengo a promocionar el ateísmo. Solo soy una persona que, después de haber intentado encajar en una definición forzada del mundo, de los cuerpos, de orientaciones y de género, ha acabado por cuestionar de manera crítica los aprendizajes dogmáticos de la infancia, y alejarse de ellos por salud mental. No soy atea porque afirme con brutalidad que no existen los dioses. Pero tampoco encuentro ya razones para creer en ellos, fuera de que existan o no, ni mucho menos en las instituciones (me refiero en particular, pero no exclusivamente, a las cristianas, porque ese es el trasfondo del que provengo) que solo han controlado las mentes y las voluntades de millones de personas a lo largo de la historia a través de dos instrumentos: la culpabilidad y el miedo a lo diferente.

Todo este preámbulo es para abordar el tema de las necesidades espirituales de las personas intersex. Como seres humanos, también nuestras mentes poseen esa necesidad de creer en algo más. Las religiones, pero más a menudo los pastores y demás clérigos de la grey de cada una de ellas, tienen sus opiniones particulares. He sabido que hay quienes se obstinan en sostener que la intersexualidad no solo es una patología, sino el resultado de pecados que provienen de los padres. Incluso entre algunos budistas, con un pensamiento más flexible que el que proviene de Occidente, se plantea la posibilidad de que las personas intersex arrastremos una serie de consecuencias kármicas negativas que nos ha acarreado la condición corporal específica de esta existencia.

¿Quién podría asegurar dónde se encuentra la verdad?

Solo nos queda atenernos a los hechos: nacemos en el contexto de la naturaleza, no solo nosotrxs como seres humanos sino también en otras especies de mamíferos (casos del potro nacido en Ontario o de la leona en Botswana). Somos personas con características sexuales que desafían nociones sociales de género. Históricamente las sociedades recurren a las instituciones religiosas como punto de referencia para tener respuestas simples (que a veces terminan siendo simplistas) a inquietudes sobre el mundo y las amenazas que se perciben. Y nuestros cuerpos son una amenaza a conceptos que se suponen incuestionables. Es común encontrarse con gente que, con un lenguaje a menudo hostil, sostiene que un cierto dios ha creado solamente a hombre y mujer, y que todo lo demás son aberraciones o pecado, o incluso inventos de los medios o de ese fantasma esgrimido por esferas conservadoras de ciertos credos cristianos, al que denominan “ideología de género”, para englobar todo aquello que perciben como un atentado contra sus principios dogmáticos sobre lo que es natural y lo que no. Peor aún, me he topado con argumentos sin sustento, que plantean que, “científicamente”, solo existen dos sexos y dos géneros, que son indisociables de las características sexuales innatas, negando e ignorando así, porque a menudo es ignorancia rampante y nada más, nuestra existencia como personas intersexuales. Quienes de una u otra forma desean erigirse como vencedores en estas estériles diatribas, donde rara vez se hace presente la razón, olvidan que la ciencia no es una religión, y que su principio esencial es el observar los hechos, analizarlos y cuestionar las “verdades” científicas. Es este pensamiento el que ha llevado a responder dudas y conocer misterios del universo y de la naturaleza que nos rodea. Como hemos visto a través de la historia, hay conocimientos que se tenían por verdad absoluta que se refutan por la presencia de evidencia que fuerza un nuevo análisis, una nueva hipótesis y un nuevo resultado. Así, hay quienes en EE.UU. siguen negando la evolución biológica, sugiriendo que esta es solo una opinión, y no un hecho basado en años de estudio para probar, refutar y complementar teorías que han dejado de ser solo teorías, porque han sido, de hecho, probadas con hechos duros. ¿Quién, a la luz de los hechos duros, puede negar la existencia de las personas intersexuales? ¿Quién puede recurrir a una pobrísima y falaz interpretación de la ciencia para afirmar que somos una aberración, una anomalía, cuando que somos millones de personas?

¿Cuántos tenemos que ser para que a la mirada llena de prejuicios tengamos la calidad de seres humanos, y tengamos derecho a serlo plenamente? 

No importa cuántos: para esa mirada, somos “los otros”. Somos los que hay que temer, los que hay que rechazar, los que hay que negar. ¿Cómo encontrar refugio en un credo que más allá de las virtudes teologales y de la misericordia exaltada por el mayor de sus profetas, se empeña en reducirnos a una condición infrahumana, solo redimible mediante la renunciación a nuestra esencia, a la diversidad interior y exterior que es la que nos hace humanos en todas sus dimensiones? La espiritualidad de las personas es asunto de cada una de ellas. Nosotrxs también tenemos esa dimensión. La necesidad de trascender, de saber que algo permanece más allá de la materia; que este cuerpo en que hemos nacido no es un castigo, ni un pecado, ni una consecuencia de un karma negativo; que, evidentemente, no es una malformación ni un trastorno durante la gestación. La ciencia nos da respuestas sobre cómo es que nuestros cuerpos se diferencian, cuáles son los genes, cuáles los procesos endocrinos que confluyen. Pero no podemos buscar ni interpretar más allá de los hechos, porque los hechos son solo eso. La necesidad de darle un sentido a esto, quizá una de las búsquedas más acuciantes durante los momentos más obscuros en la vida de una persona sometida por largos años al estigma, a la discriminación, a la violencia, a los recuerdos acallados por la vergüenza, desemboca de formas muy distintas en las personas que logran sobrevivir al proceso. Cuando interiormente acusamos a una deidad por la vida que nos toca enfrentar, cuando la desesperación se adueña de unx porque no hay adónde recurrir, solo el recurso de la supervivencia, de aferrarse al momento, uno tras otro, nos ayuda a continuar, a veces sin percatarnos. Conocemos las profundidades del corazón humano, sus aspectos más duros, porque nos han forzado a ello. Quizá eso sea una fuente de sentido y de consuelo para algunos. Para otros, será el combustible que alimente una nueva forma de vivir. Para otros más, será la cicatriz más dolorosa de cuantas cicatrices físicas nos hayan dejado los escalpelos y la negligencia médica en los tratamientos hormonales.

Quizá la única opción realista consiste en reconocer que hemos sobrevivido a prejuicios, a vejaciones, a discriminación, no solo de la sociedad sino hasta de nuestra propia familia, para poder vivir y dar un ejemplo de vida. La compasión, la misericordia, no son conceptos asequibles a quienes no han superado aquello por lo que nosotrxs hemos atravesado, y viven una vida “de rectitud” sin asomarse realmente a abrir su corazón, aceptando al otro sin juzgarlo ni condenarlo, en una actitud de semejantes, de pares, no desde un falso pedestal de moralidad superior. Así, tampoco nosotrxs somos santos ni iluminados. Pero sí podemos aspirar a vivir en paz con nosotrxs mismxs, sobre todo cuando tomamos la mano de otra persona intersexual, ya sea para brindarle nuestro apoyo, o ya sea para aceptar el suyo.

Quizá eso es todo lo que necesitamos.

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