Etiquetas

En nuestros días es común el uso de etiquetas para referirnos a las personas, definiéndolas por lo general con base en uno o varios aspectos de su persona. Un ejemplo simple es referirse a Zutano como un holgazán, sólo porque es una persona de poca energía y que tiende a dormir muchas horas. No importa si Zutano es una persona dedicada y responsable, “holgazán” deja de ser adjetivo para convertirse en sustantivo, y de paso denostarle por la connotación peyorativa del término.

En una charla con una persona hace unos días, abordamos el uso del término intersex intersexual para referirnos a las personas que hemos nacido con un cuerpo con una variación intersexual. Me preguntó: “¿No es un término peyorativo? Porque por ejemplo yo soy heterosexual, y no me gusta que me anden diciendo que lo soy.” Obviando el aspecto de que la heterosexualidad es una orientación sexual, comprendí lo que trataba de sacar a relucir: ¿por qué ciertos individuos afirmamos, a veces con orgullo y a veces en voz baja, que somos intersex, o intersexuales? ¿Acaso no nos basta saber que somos personas? Algo similar surgió durante la capacitación en Conapred en noviembre pasado; una de las personas de atención a quejas, intentando reconocer el valor del grupo que acudimos a dar nuestro testimonio, comentó que no debería importar que seamos intersexuales, al final todxs somos personas. Finalmente, en la sesión de la tarde se dio un acercamiento de una participante, y su comentario iba en la misma tónica: no debería ser importante nuestro origen social, nuestra preferencia sexual, nuestro color de piel, etcétera, sólo debería importar que somos personas.

El tema no es sencillo, y no espero agotarlo en esta publicación. Pero creo que es importante abordarlo, por su trascendencia. Aquí vamos:ETIQUETAS.jpg

Debido a la transgresión a la concepción social de “sexo igual a género” que implica la manifestación natural de nuestros cuerpos diversos, resulta muy fácil (en el contexto de una civilización occidental que sigue debatiéndose en la lucha por la libertad del ser humano) ser el blanco de definiciones dadas por otros. Al caer el siglo XIX, el término hermafrodita comenzó a emplearse de forma repetida para referirse a nosotrxs como individuos por parte de los médicos de la Inglaterra victoriana; y por ahí de la década de los años 50 del siglo XX, cuando la mirada de la sexología se topó con nosotrxs (nombre clave: John Money, más sobre el tema en futuras entregas), surge el término intersex como una alternativa menos ofensiva pero no por ello menos estigmatizadora, por lo menos dado el momento histórico que se vivía (es importante mencionar que la intersexualidad era hasta hace apenas 36 años un tema abordado de forma exclusiva por la mirada clínica, hasta que surgió el grueso del movimiento activista intersexual); en 2006, surge un nuevo término, probablemente el más desafortunado de todos en la medida en que parece haber sido el intento más bienintencionado hasta ese momento por mitigar el estigma social, pero sin renunciar, por desgracia, a ese enfoque médico que insiste en mirar la intersexualidad como un tópico clínico, una patología, en vez de reconocer que se ha convertido en un tema de derechos humanos y de reconocimiento de la diversidad natural del cuerpo humano, más allá de los problemas de salud reales que puedan asociarse a las variaciones intersexuales. Dicho término fue el de trastornos desórdenes en el desarrollo sexual (DSD por sus siglas en inglés). Este término, que supone que la sexualidad humana manifestada en cuerpo e identidad está restringida a la dicotomía masculino-femenino, fue muy pronto rechazado por muchxs otrxs activistas intersex, y de repente, de forma irónica, el término que había tenido una carga desfavorable adquirió un nuevo significado y una nueva connotación. Intersexual se volvió un término más humano y menos clínico. Esto representa todo un acontecimiento, pues se trata de una re-apropiación del término desde nuestra óptica, no de la de otros. El acto en sí representa una afirmación de nuestra experiencia corporal, independientemente de si nuestros cuerpos han sido intervenidos o no.

Ahora bien, ¿hasta cuándo seguiremos llamándonos así? Mi humilde opinión es: hasta que deje de ser necesario. El primer propósito del activismo intersex es conseguir que la comunidad intersexual tenga visibilidad, que sus voces y sus demandas por el respeto a sus derechos humanos se escuchen, y a partir de un diálogo constructivo se propicie la creación y modificación de mecanismos legales y oficiales que refuercen y protejan nuestros derechos. La etiqueta resulta necesaria para que se dé esta visibilidad. Sin embargo, si nos ponemos a pensar en el proceso que implica la fabricación de los mecanismos mencionados, la etiqueta sale sobrando. Nadie espera que una norma oficial o una ley defienda el derecho de los intersexuales a tener autonomía sobre su cuerpo desde el momento de su nacimiento; lo que se espera es una ley que defienda el derecho de las personas a tener autonomía sobre su cuerpo, incluso desde su nacimiento.

Una vez que los derechos que hoy son vulnerados una y otra vez en las clínicas y hospitales por parte de médicos que se arrogan el derecho de modificar el cuerpo de un bebé intersexual perfectamente sano, bajo la racionalización de que es necesario asignarle un género e intervenir el cuerpo para que su desarrollo sexual sea congruente con el entendimiento heteronormativo, o con el argumento de mitigar la ansiedad y la preocupación de padres de familia sobre la identidad de género y/o la orientación sexual y/o el aspecto físico de sus hijxs; solo entonces parece admisible que la etiqueta intersex caiga en desuso, como el recuerdo de una época de desfase entre las prácticas médicas surgidas en la mitad del siglo XX y los avances en derechos humanos del XXI.

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